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¡Feliz Cumpleaños SietePolas!

En Octubre de 2017 salió al aire SietePolas. Como una propuesta para hablar sobre micromachismos y feminismo, estas siete escritoras – novatas – decidieron publicar ésta página web, y con ella sus primeras columnas.

Hoy después de dos años no podemos hacer más sino agradecer todos los aprendizajes, el crecimiento y la amistad que nos ha dejado SietePolas.

¡Todo gracias a USTEDES, nuestros y nuestras lectoras!

Ya sea que nos hayan acompañado desde el día #1 o que se hayan convertido en fieles lectores durante este tiempo, queremos contarles que han significado estos dos años para nosotras. Queremos que nos conozcan más y sepan quiénes son las siete caras detrás del blog.

#DomingoDeInvitadas: Sujetar al animal

Autora invitada: Daniela Moreno

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Sujetar al animal es un resultado, –uno de muchos-, de un proyecto emprendido para entender el cuerpo femenino materno en nuestro contexto histórico que ha determinado una idea fija y limitada de mujer, y que la hace desaparecer como sujeto en función de la maternidad; ¿suena exagerado?, sí, pero aún es un lugar común en el cotidiano, en la medida en que vivimos en un sistema patriarcal.

Esta obra nació desde el lenguaje del dibujo y de dos poesías de la española Berta García Faet[1], con el tiempo se ha trasformado en un collage unimaterial que contiene numerosas imágenes que se contraponen y se transparentan entre sí, con esto hablo de historia, de capas, fondos de experiencia y horizontes de expectativa, contiene un conjunto de representaciones de lo femenino –que como símbolos han expropiado a las mujeres de ellas mismas-, histerizando su mente y su cuerpo, pero también contiene imágenes de las nuevas herramientas como nuevos símbolos de acceso a los circuitos del placer y del poder que se nos han negado.

Sobre un material frágil (papel cosmético), puntos, el gesto de aglomeración y mucha paciencia, comencé a reproducir imágenes de mujeres contenidas en cuadros famosos de la historia del arte, imágenes que en su mayoría constituían una escena o una imagen moralizante (una virgen, una nodriza, una esposa) o todo lo contrario, emulaciones de mujeres ficticias como Venus.  Con este panorama empezaron a aparecer otras categorías de dibujos, como la botánica o los “secretos de mujeres”: recetas, ritos, y prácticas que hacían que éstas se apropiaran lentamente de un cuerpo que no les pertenecía.  Pócimas de miel con sanguinaria, perejil con miel de abejorro y baños caliente de altamisa y manzanilla, eran las terapias empíricas y remedios tradicionales, analogías por el color y por el efecto de los contrarios para controlar el animal, como lo nombró Hipócrates[2], mejor conocido como útero, estas plantas están presentes en la obra.

Otras categorías concurrentes son los instrumentos quirúrgicos de la ginecología del siglo XIX; la píldora, y muchos otros métodos anticonceptivos como esas nuevas herramientas mencionadas anteriormente; lo biológico y fisionómico; diferentes figuras de la madre, desde la antigüedad hasta nuestros días.

Me gusta pensar este dibujo como documento, pues necesita ser observado, y realizar conexiones propias entre las imágenes que más llamen la atención, sin duda la intención expresiva y clarificadora es reconstruir a través de imágenes la condición de lo femenino, y desintegrarlo de la “esencia” de lo materno.  O al menos eso me gusta pensar cada que me siento a llenar de puntos el papel.

Para consultar los poemas de Berta García Faet en los que se inspiró la autora, puedes hacer click acá

[1] Berta García Faet nació en Valencia (España) en 1988. Ha vivido en Nueva York, Barcelona, Madrid, Nantes y Boston. Es licenciada en Ciencias Políticas (2011) y Humanidades (2013), Tiene un máster en Political Philosophy (2012) (Universitat Pompeu Fabra de Barcelona) y otro en Literatura Española y Latinoamericana (2015) (The City College of New York, CUNY). Estudio un doctorado en Hispanic Studies, en Brown University.  Ha recibido las becas Sydney and Hellen Jacoff Scholarship en mayo del 2015, e Isaías Lerner Memorial Scholarship en diciembre del 2014, así como la beca CCNY / Stanford Summer Research Program para estudiar en Stanford University durante el verano de 2014 y la beca de la Obra Social “la Caixa” para estudiar en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona el máster en Political Philosophy (curso 2011/2012).  Es autora de los poemarios: Manojo de abominaciones (2008), Night club para alumnas aplicadas (2009), Fresa y herida (2011), Introducción a todo (2011) y La edad de merecer (2015).

[2] Por herencia de la antigüedad y de la filosofía aristotélica que afirma que todo aquello que por sí sólo se mueve es animal, y lo que no, planta; El útero fue catalogado como animal, reconociendo en él movimientos de “sofocación, de precipitación, de coarrugación, de indignación”, etc. (Restrepo, 2006, pág. 16)

El humor y la misoginia

Esta mañana celebramos el hecho de que las astronautas Christina Koch y Jessica Meir realizaran, por primera vez, una caminata espacial protagonizada por mujeres al salir de la Estación Espacial Internacional y reemplazar una unidad de control de energía.

Sin embargo, al caricaturista colombiano Matador, lo único que se le ocurrió fue banalizar el hecho y reducir el logro a dos mujeres que, incluso estando en su trabajo, en lo único que pueden pensar es en descuentos y en compras.

Esta caricatura que para muchos es inofensiva, es la representación y perpetuación de estereotipos machistas que siguen pareciendo normales para algunos. Por eso, el recomendado de esta semana es el podcast de Womansplainig que se titula: “Casi como un hombre, pero con cuerpo femenino”, donde nos hablan sobre el machismo en el humor y la caricatura, un espacio que muchos asocian con los hombres pero donde las mujeres han venido abriendo camino desde hace algunos años.

Una feminista que te habla fuerte no te odia, te tiene fe

Hace un par de semanas, me invitaron a hablar sobre SietePolas en una clase de pregrado de mi universidad. Ya al final de la clase, un estudiante me preguntó por la diferencia entre “el feminismo de equidad” y “el feminismo de género”, aludiendo a este segundo como una corriente aparentemente “misándrica” del feminismo. Respondí, con mi acostumbrada emoción y vehemencia frente a estos temas, que lo primero es entender que, en realidad, el feminismo se opone a los binarios, a las clasificaciones y a los absolutos. Que el feminismo es una filosofía, una ética y una práctica y que, como tal, esta en continuo flujo y revisión. Que, además, las clasificaciones del feminismo en “olas” o en “corrientes” usadas para hacer esas aseveraciones lo único que buscan es reducir el movimiento a sus mínimas expresiones, al punto del absurdo, para luego tumbar fácilmente esos argumentos debilitados. Expliqué, ya que se trataba de un salón lleno de abogados en formación, que desde el punto de vista de la retórica ese es el ejemplo clásico de la ‘falacia del hombre de paja’.

Y así lo creo. Las personas que se obsesionan por organizar la historia del feminismo en “olas” suelen reducir las luchas históricas del movimiento a su mínima expresión y con ello proceden a descalificar lo que hacemos las feministas contemporáneas. Por que claro, las feministas de la primera ola lucharon por el voto, las de la segunda por la anticoncepción y el derecho al trabajo y a la educación superior, y las de la tercera por incluir a las mujeres racializadas en el movimiento. Y esas sí eran luchas válidas. Pero ya votan, ya pueden tirar sin tener hijos (qué zánganas) y ya van a la universidad. ¿Qué más quieren? De forma parecida, la clasificadera de las feministas en categorías – que si la feminista liberal, que si la radical, que si la socialista, que si la eco-feminista o que si el feminismo es de género o de equidad – lo que nos hace es entrar en el juego de límites auto impuestos y enfrentamientos insensatos entre nosotras del que precisamente el feminismo nos quiere liberar. Claro, como filosofía y movimiento político en el feminismo hay muchas discrepancias y asuntos nos resueltos. ¡Gracias a las diosas! Y necesitamos un lenguaje para denominar y distinguir unas posiciones de otras. No en vano entre feministas se suelen dar los más feroces y nutridos debates (que luego la opinión pública reduce a vulgares peleas de gatas pero qué mas queremos las feministas sino que el mundo aprenda a ver a las mujeres en toda su complejidad y no desde los acostumbrados estereotipos misóginos desde los que suelen interpretarnos).

Y, ojo, que no estoy diciendo que no sea útil y muchas veces necesario encontrar formas de clasificar eventos históricos o de categorizar corrientes de pensamiento que difieren en asuntos fundamentales dentro de un mismo movimiento. El problema surge cuando el orden y las clasificaciones que el propio movimiento ha creado para nutrir el debate y ejercer la autocrítica son apropiadas y reducidas al absurdo para ridiculizar al feminismo y sus reivindicaciones. Nos explotan en la cara nuestros propios términos cuando estas formas de entendernos se convierten en formas de determinarnos categóricamente como feministas de las buenas (que hablan dulcemente, que explican todo con paciencia, que buscan incluir a los hombres en el movimiento, que se preocupan por las formas en que el machismo los afecta a ellos y quizá principalmente a ellos, que no amenazan abiertamente el orden económico actual) y de las malas (nefastas que odian a los hombres, que no los dejan llamarse feministas, que buscan una utopía misándrica en la que ellos ya no existen), o como feministas de las válidas (o sea las de antes que peleaban por cosas que sí eran justificadas, que supuestamente no eran violentas ni rayaban monumentos ni se enfrentaban a la policía) y de las inválidas (o sea las de ahora, que joden por todo, que son capaces de tirarse la reputación de cualquier hombre con falsas acusaciones y lo que quieren es crear un orden en que las mujeres son superiores a los hombres porque ahora ya somos iguales y ellas siguen con lo mismo).  

¿Existen feministas reconocidas que han dicho explícita y públicamente que no quieren nada que ver con los hombres? Las hay. Y están en todo su derecho de tomar la decisión individual de asumir esa forma de vivir la vida. ¿Es eso una muestra de que hay feminismo misándrico? Pues no. Para existir, la misandría tendría que ser un entramado sistemático de odio y desprecio por los hombres y lo que representan que resultara, a su vez, en opresión sistemática y estructural contra ellos. Como sí lo es la misoginia: un entramado de odio y desprecio –que es histórico y estructural­­ –contra lo femenino que resulta en una opresión sistemática y estructural contra las mujeres. El patriarcado y su hermano gemelo el machismo necesitan del desprecio de lo femenino para existir. El feminismo como movimiento político y como ética y práctica (muy a pesar de lo que quieren hacer creer nuestros detractores con falacias y engaños) no se vale ni requiere del odio hacia los hombres (y tampoco lo ve como un objetivo deseable). Ese disgusto particular de algunas feministas particulares por el género masculino no es y no será jamás relevante para el movimiento. Además, el que las feministas denunciemos, critiquemos y busquemos cambiar las expresiones machistas de la masculinidad no es una muestra de odio por el género como tanta gente insiste caprichosa y equivocadamente en creer. Del otro lado, en el mundo en que habitamos no tenemos siquiera que ser conscientes del desprecio hacia lo femenino que nos inculca una cultura patriarcal para hacer parte activa y efectiva de un sistema misógino.

Todo esto quise transmitirle a los estudiantes del curso, aunque muy seguramente de forma menos elocuente por la premura del final de la clase y la muy humana característica de hablar con menos claridad que con la que se expresa una por escrito. Concluí diciéndoles que entonces ellos, como jóvenes privilegiados, con acceso a la mejor educación que el dinero puede pagar y estudiando una carrera que les exige rigor argumentativo y de pensamiento, no podían caer en las trampas que nos ponen quienes se empeñan en clasificar en categorías cerradas y supuestamente lógicas, racionales y ciertas para calificar al feminismo como misándrico. Que la afirmación de que existe un feminismo que odia a los hombres es ridícula y la descalifiqué tanto con mis palabras como con mi tono. Pero dije que sabía que quienes me acompañaban ese día en ese salón tenían las herramientas y las capacidades para no caer en esa falacia.

Salí, satisfecha y feliz de saber que en el mismo recinto en que tuve la oportunidad de explorar y afinar estas ideas pero donde también tuve que soportar la displicencia de compañeros de clase que encontraban mi seguridad y la vehemencia de mis ideas insoportable, ahora hubiera otros que me parecieron mucho más abiertos a habitar un mundo distinto de lo que jamás fueron mis pares hace no tantos años como parece. Por eso quedé muy desubicada cuando dos días después una de las Polas recibió un mensaje en el que me acusaban de haber respondido groseramente, de haber humillado al estudiante que hizo la pregunta en cuestión delante sus compañeros y con ello haber alejado a potenciales aliados con mi altanería.

Siempre he aprovechado este espacio para analizar, pensar y deconstruir algunos de los asuntos más complejos o controversiales del movimiento feminista: el rol de las mujeres trans en el feminismo, el manejo y la tergiversación de discursos como la sororidad, el amor propio, y el privilegio, el tema del feminismo pop, la relación entre feminismo y amor romántico. Sé que quienes me leen son, en su mayoría, mujeres feministas o que empiezan a explorar estas ideas y, muy conscientemente, escribo para ellas. Poco me ha interesado justificarme, defender mi vehemencia, justificar o morigerar mi “agresividad” y mucho menos que mis entradas en este blog sean una cálida bienvenida para los hombres que nos leen. Creo que los que lo hacen, si realmente tienen un interés genuino por informarse y auto cuestionarse, no necesitan de esas consideraciones. Y no, no es un asunto de discriminación inversa ni estoy intentando vivir mi fantasía misándrica de un mundo de solo lectoras. Todo lo contrario. Es, primero, un convencimiento pleno y visceral en que el feminismo es un movimiento que propende por la igualdad de los géneros (que no es lo mismo que equidad, aunque la distinción ya es harina de otro costal o material para otra entrada) que nunca pienso siquiera que haya que construir un argumento al respecto de este principio básico. Y, segundo, es una muestra tangible de mi respeto por el intelecto y las capacidades de los hombres que nos leen ­– y, por extensión, de todos los hombres del mundo pues al ser públicos mis escritos los potenciales lectores son todos los hombres del mundo– y de mi convicción absoluta de que son capaces de ser distintos de lo que ha representado su género durante siglos. ¿Por qué, si no, le dedicaría los mejores años de mi vida y las habilidades con que me dotó el universo a un movimiento cuya creencia más fundamental es que es posible una sociedad libre de misoginia y de machismo? ¿Le dedicaría tantas horas a esta tarea si odiara a “los hombres” como género y les designara una naturaleza malvada e inmutable en lugar de creer (como es el caso) que es posible construir masculinidades no patriarcales, ni machistas, ni abusivas, ni violentas por las que todo este trabajo propende?

Digo todo lo anterior y me refiero a mis publicaciones pasadas para dejar claro que no he escrito estas líneas para justificar o disculpar lo sucedido en ese salón de clases. Sé que actué como actué, hablé como hablé y dije lo que dije porque lo hice desde la convicción de que lo hacía entre iguales, entre personas que, como yo, proponían un tema u opinión para ser discutida y tienen la capacidad de distinguir una opinión contraria o una aseveración vehemente de un ataque personal. Pero escribo todo esto porque ese suceso en particular sirve para ilustrar un malentendido producto de la falacia y el engaño que yo daba por superado en mi generación y las que nos siguen pero que se me presenta una y otra vez como un asunto lejos de ser superado.  

La vehemencia de mis palabras y la dureza de mi tono no solo son la expresión de un espíritu que cada día se libera un poquito más de las imposiciones externas. Es, cuando me dirijo a los hombres, una muestra de mi respeto por ellos y por la humanidad y potencial que sé que existe en cada uno de ellos más allá de las taras machistas que llevan a cuestas. A los hombres que respeto y que admiro, a los hombres que más quiero es a quienes con más crudeza increpo y cuestiono, a quienes con mayor vehemencia les expongo mis ideas feministas y mis críticas. Precisamente por lo dicho: porque tengo la plena convicción de que ellos, como yo, pueden hacer conciencia y deconstruirse para ser mejores seres humanos. Si los despreciara, si los odiara, no les daría los mejores argumentos que mi cerebro es capaz de construir. Si no los considerara mis iguales los trataría con el tono condescendiente y “paternalista” (o maternalista, mejor dicho) que algunos, a veces, parecerían preferir.

“La culpa es patriarcal y el placer es feminista,” María del Mar Ramón

Recomendado de Paola

Cuando terminé el tercer capítulo de Tirar y Vivir Sin Culpa , “El Sexo”, lo hice entre lágrimas, confusión y al mismo tiempo un poco de tranquilidad porque se me había quitado un peso de encima. Descubrí que yo también me he acostado con manes sin querer, que tuve novios que me me violentaron y me quedé callada. Pero lo más importante de todo, caí en cuenta de que no estoy sola y que no estamos solas. Luego de leer ese tercer capítulo le escribí a Maria del Mar y le di las gracias. Su respuesta: “te abrazo, nos abrazo”. El poder de lo colectivo es real y aún estando todos los días rodeada de las mejores amigas feministas posibles, a mí se me puede olvidar.

Este es un libro que hay que leerse de carátula a contra-carátula y no dejar nada por fuera. Desde los prólogos hasta los agradecimientos, cada palabra es pertinente, importante y adecuada para liberarnos de la culpa. Tirar y Vivir Sin Culpa, más que hablar de sexo, nos habla de las relaciones de poder, de nuestro cuerpo y cómo lo reconquistamos (desmintiendo el mito del amor propio), del placer y de la violencia contra la mujer. Este libro narra la vida de Maria del Mar Ramón desde el fondo de su intimidad, no para aleccionar sino para compartir y dejar un mensaje muy claro:

“No somos lo que los hombres y la sociedad piensan de nosotras ni tampoco lo que nos han dicho que debemos ser. Es necesario tejer redes de amistad feminista, de compañerismo y de amor colectivo, cuestionar el mandato en manada, armarse de amigas con las que podamos habitar una realidad diferente, lejos de la imposición del amor romántico de pareja como la única forma de tener una vida feliz y no morir en soledad.”

No sé cómo expresarme para darle todas las gracias a Maria del Mar por este libro, que sin que yo lo supiera llegó cuando más lo necesitaba. Llevamos años pensando que sentir culpa es normal, cuando en realidad no ha sido sino una imposición patriarcal.

El libro lo encuentran en todas las librerías del país. Y  en línea en: https://www.planetadelibros.com.co/libro-tirar-y-vivir-sin-culpa/302234

La feminista y el ‘Guasón’: lo que nos dice esta película sobre la masculinidad tóxica

Crédito a Warner Bros. por la imagen.

El fin de semana pasado hice algo que no había hecho en mucho tiempo (o que quizás nunca había hecho): me metí a una sala de cine en horas de la mañana. Yo prefiero el cine para acabar y no para empezar el día, pero rompí esta regla implícita para verme el ‘Guasón’. Me la vi pero no lo hice por un amor profundo a las películas de superhéroes—o en este caso, de supervillanos. Lo hice porque tenía una curiosidad levemente feminista de verla, porque antes de que la película se estrenara en Colombia ya se hablaba en los medios de lo polémica que era y de la manera en la que, para muchos, glorificaba y justificaba la violencia. Y la violencia y la perpetuación de esta sí que pueden entenderse como un asunto feminista.

Me he visto el ‘Guasón’ y lo primero que quisiera compartirles, dándomelas de crítica de cine, es que la película es realmente excelente (aquí un verdadero conocedor del tema hubiera podido encontrar una manera más especial de decir “realmente excelente”). Es una película que, como la trilogía de ‘Batman: el caballero de la noche’ de Christopher Nolan, transciende al superhéroe o al supervillano y nos pinta un retrato más completo de la sociedad. Ahora, lo segundo que quisiera decirles, y es a lo que voy a dedicar esta columna, es que la película sí es una apología a la violencia y más específicamente, a la violencia del hombre blanco. Y quisiera pensar que, gracias al feminismo, sí tengo un poco más de cancha para hablar de este punto.

Sabemos que esta no es la intención de la película porque así lo han afirmado tanto Warner Bros. como Todd Phillips (el director) y Joaquin Phoenix (el actor que interpreta a Arthur Fleck, el hombre que se convierte en el Guasón). Pero algo quizás desafortunado es que no podemos controlar la manera en la que los demás interpretarán nuestras acciones. Como afirma Vox, los artistas no pueden determinar el significado final de su obra de arte; una vez esta está “allá afuera” en el mundo, cobra una vida y una identidad propia. Yo creo que esto es algo que la periodista Claudia Palacios descubrió recientemente, cuando publicó una columna sobre las migrantes venezolanas titulada ‘Paren de parir’ e hizo un enorme esfuerzo por explicarnos a todos que la pieza no era ni xenófoba ni machista y que todos la habíamos malinterpretado. A fin de cuentas, lo que vamos a recordar es la columna y la interpretación que le dimos, no la explicación que le siguió (que en mi opinión no hizo más que enfatizar esa xenofobia y ese machismo).

Volviendo a la película, Phoenix reconoce este asunto de la interpretación como una fortaleza de ‘Guasón’: “Lo que me gusta de esta película es que provoca reacciones distintas y todas son válidas.” Yo en cambio no creo que todas las reacciones que la película pueda provocar son igual de válidas. Como feminista, me preocupa enormemente que alguna persona en alguna parte del mundo encuentre en esta película una fuente de inspiración o una justificación para cometer actos violentos.

No estoy diciendo que el cine necesariamente deba darnos clases de ética. Mi preocupación no es con el cine o con el arte en general, es con esta película en particular y con el momento en particular en el que se lanza. Por ejemplo, pensemos qué son los Estados Unidos hoy en día, un país que parece estar retrocediendo en el tiempo y que, a mi modo de ver, es cada vez menos aspiracional. Me pregunto qué tan normalizada tiene que estar la violencia contra la mujer en este país para que el presidente tenga más de 22 denuncias por acoso sexual—y que esto no afecte sus posibilidades de ser presidente (y, posiblemente, de ser reelegido). Y me pregunto también cómo un congresista puede defender una ley antiaborto diciendo que la raza humana existe gracias a la violación.

Y ni hablar de las armas. Ha habido más de 2.000 tiroteos masivos en este país durante la última década y pareciera que, entre más masacres, más se aferran los señores de la Asociación Nacional del Rifle (NRA en inglés) a sus armas y a sus ridículos argumentos. No es la primera vez que toco este tema aquí, pero entiendan que como antropóloga estoy fascinada con algunos de estos argumentos: ¿pueden creer que han dicho que las cucharas pueden ser tan letales como las armas de fuego y que por eso no vale la pena prohibir las armas? ¿O que querer tener muchas armas es una intención tan inocente como querer tener muchos pares de zapatos? Aquí cabe agregar que los señores de la NRA tienen algo en común con el presidente Trump y con Steve King, el congresista que habló tan elocuentemente sobre la violación: suelen ser hombres blancos y conservadores que añoran un tiempo pasado en el que dominaban la sociedad. Sus comportamientos (tales como el apego a las armas) o la manera en la que se refieren a las mujeres o a los inmigrantes, son esfuerzos por recuperar esa posición de poder que han perdido en un mundo que es cada vez más diverso.

Insisto, por más preocupante que sea la situación actual, sé que no puedo exigirle al cine que nos salve y que sea el vocero oficial de las minorías. Pero sí puedo exigirle que de ninguna manera reitere o refuerce la posición tóxica de estos señores y este es precisamente mi problema con ‘Guasón’: que puedo ver cómo uno de estos amargados hombres blancos podría llegar a simpatizar con el desafortunado Arthur Fleck. A entender su desenfrenada violencia como la única manera de desahogarse en una sociedad en la que ya no es dominante. En otras palabras, Arthur Fleck tiene todas las de ser un tirador, uno de esos responsables por los tiroteos masivos que en años recientes han sucedido en discotecas, instituciones educativas y sitios de culto. Hay un paralelo muy macabro entre la película y estos tiroteos, y es el hecho de que, en ambos casos, la violencia se convierte en una puesta en escena. Disparar es casi un show, debe hacerse en público y debe haber una audiencia (como el espeluznante caso del tirador que transmitió, en vivo, los tiroteos a dos mezquitas en Nueva Zelanda).

Esta reflexión no es solo mía, pues varias cadenas de teatros de cine ya han tomado precauciones para evitar una tragedia, tales como prohibir el uso de disfraces para ingresar a la película. Además, según el periódico militar Star & Stripes, el FBI estuvo siguiendo una conversación en la dark web sobre un posible tiroteo en un teatro en el estado Oklahoma el 4 de octubre, el día del estreno de la película. Aun más interesante es el hecho de que Warner Bros. recibió una carta de varias familias cuyos familiares fueron asesinados en el tiroteo de Aurora, Colorado en 2012. Este tiroteo sucedió en un teatro de cine, en el estreno de ‘El caballero de la noche asciende’ y la carta dice lo siguiente: “Queremos dejar en claro que apoyamos su derecho a la libertad de expresión. Pero, como cualquiera que haya visto una película sobre cómics puede decir, un gran poder viene acompañado de una gran responsabilidad. Es por esto que estamos pidiendo a Warner Bros. que usen su poder, influencia y su plataforma para trabajar junto a nosotros en hacer que las armas de fuego sean más difíciles de conseguir.”

Mi intención no es boicotear ‘Guasón’ (recordemos que empecé esta columna hablando de lo excelente que es). Es provocar una reflexión acerca de las maneras en las que esta película podría llegar a interpretarse. Y para terminar sí quisiera dejar algo muy pero muy claro: la violencia nunca es la respuesta. Qué peligroso es pensar que Arthur Fleck no tenía más alternativa que enloquecer y matar. Si pensamos que todo aquel que haya sido maltratado por la sociedad tiene una excusa válida para volverse un asesino, entonces todas las mujeres y todas las minorías que han sido oprimidas a lo largo de la historia deberíamos serlo. Pero no, hemos preferido dejar la violencia atrás y buscar otro tipo de agencia para transformar aquella sociedad que nos maltrata.

#DomingoDeInvitadas: Sobre el acoso en el transporte

Autora invitada: Lina Marcela Quiñones                                                                Foto: Ana María Bolívar

Para las mujeres, salir a la calle en cualquier ciudad del mundo es un acto de valentía. Constantemente estamos expuestas a una cantidad de manifestaciones de violencia, que van desde las miradas morbosas hasta el feminicidio. Todas conocemos bien el vacío en el estómago que se siente al estar caminando solas y de noche por algún lugar de la ciudad, o la manera en la que se nos hiela el corazón cuando alguien nos camina detrás. Entre estas manifestaciones, una de las más extendidas – y que aún no se toma con la seriedad que debería – es el acoso sexual callejero. Bogotá tiene una situación especialmente crítica frente a este problema, pues fue catalogada como la ciudad con el sistema de transporte más peligroso para las mujeres en el 2014, y más recientemente, como la ciudad con mayor riesgo de acoso para niñas y mujeres en el mundo. Es por esto que decidí dedicarle mi trabajo de grado de maestría a este problema que nos afecta a todas día a día.

Cuando hablamos de acoso sexual en el transporte, la mayoría se imagina los manoseos y restregadas que se reportan en TransMilenio, pero el problema va mucho más allá. El acoso toma muchas formas, que incluyen el acoso visual (las miradas obscenas), verbal (los mal llamados piropos) y formas mucho más extremas, como el exhibicionismo o la masturbación. Tampoco se limita solo a los buses, y mucho menos a TransMilenio. El acoso sexual ocurre en paraderos y estaciones, así como en los andenes y calles que tenemos que recorrer para llegar a nuestros trabajos y hogares. Nos persiguen, nos piden información personal y nos amenazan. 

He visto que muchos culpan al tipo de sistema de transporte por el acoso, algo totalmente irresponsable. El acoso ocurre en metros, buses, tranvías y sistemas BRT como TransMilenio. Culpar al sistema del acoso es quitarle responsabilidad a los acosadores y perpetuar la creencia de que los hombres no pueden contenerse. Además, aunque muchos usan la aglomeración del sistema como excusa, otros se aprovechan de los espacios vacíos para acosar e intimidar a las mujeres. Los niveles de acoso no dependen del sistema, ni del diseño, porque el acoso callejero es un tema más profundo, que está ligado a la desigualdad de género y a la cultura patriarcal en la que vivimos. A la idea de que los cuerpos de las mujeres son objetos de consumo y por eso se puede opinar sobre ellos, mirarlos y tocarlos, incluso cuando se trata de cuerpos de desconocidas en el espacio público. Es, ante todo, una demostración de poder

El acoso callejero afecta profundamente la manera en la que las mujeres habitamos el espacio público y cómo accedemos a la ciudad. La mayoría hemos desarrollado una variedad de estrategias intentando evitarlo, que nos llevan a cambiar nuestras rutas, horarios, hábitos y modo de vestir, todo buscando que nos dejen en paz cuando vamos por la calle. Desde que nos levantamos, hasta que volvemos a nuestras casas por la noche, estamos pensando constantemente en cómo evitar el acoso y la violencia. Además, nos empieza a afectar desde que somos niñas. Muchas de las mujeres que hablaron conmigo para este trabajo me contaron que sus primeras experiencias de acoso fueron entre los 10 y los 13 años, viniendo de hombres mucho mayores que ellas. Incluso, alguna dijo que sentía más acoso cuando estaba en el colegio que cuando ya fue mayor. 

El acoso callejero tiene un problema adicional: no está bien definido en la legislación colombiana. Nadie sabe qué es el acoso o cómo se reporta.  Según mi investigación, solamente el 10% de las mujeres que ha sufrido algún tipo de acoso ha intentado reportarlo. Y al hacerlo se han enfrentado a una serie de barreras, incluyendo autoridades que no las apoyan o las revictimizan, procesos largos y confusos, falta de apoyo incluso por parte de sus familiares o parejas, o simplemente al miedo: a que las juzguen, a que las culpen, o a que el acosador tome represalias y se convierta en una especie más agresiva. 

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Respuestas de mujeres que no reportaron un episodio para evitar ser revictimizadas

Si el problema no está bien definido, las soluciones menos. En varias ciudades se han implementado buses o vagones exclusivos para mujeres, y en Bogotá ha habido intentos de hacer lo mismo, e incluso una ridícula iniciativa para hacer que las sillas de TransMilenio sean preferenciales para mujeres. Estas iniciativas son más pañitos de agua tibia que soluciones reales. La segregación de buses y vagones solamente cubre una porción del trayecto y no desafía ni los roles de género ni las relaciones de poder en el espacio público. Peor aún, puede incrementar la revictimización. La idea no debe ser segregar mujeres y hombres, debe ser lograr que las mujeres nos sintamos seguras en espacios mixtos.

Para esto, se requieren políticas integrales. Por un lado, es importante mejorar los procesos de reporte, y que el personal de atención reciba capacitación en género. No podemos seguir teniendo respuestas de “pero que culpa si usted está muy bonita” o “si no le gusta, coja taxi”. Es importante mejorar los procesos de reporte, pero este no puede ser el enfoque principal, pues enfocarse exclusivamente en el reporte de los casos pone toda la responsabilidad sobre las víctimas. En cambio, necesitamos trabajar en evitar que el acoso se dé en primer lugar. Necesitamos visibilizar el problema. Necesitamos entender que nada de esto es “inocente”, ni “naturaleza humana”. El problema no son solo las formas más extremas de acoso. Los piropos son violencia, las miradas obscenas son violencia. Repitamos esto hasta que se entienda.