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Tenemos un problema punitivo

“Hacemos un llamado a los movimientos de justicia social para que desarrollen estrategias y análisis que aborden tanto la violencia estatal como la interpersonal, particularmente la violencia contra las mujeres. Actualmente, los activistas / movimientos que abordan la violencia estatal (como los grupos de brutalidad contra la prisión y contra la policía) a menudo trabajan aislados de los activistas / movimientos que abordan la violencia doméstica y sexual “. Critical Resistance e INCITE, 2001

Una de las más marcadas diferencias entre las corrientes más mainstreams del feminismo y otros movimientos de justicia social es nuestra instrumentalización del sistema carcelario como herramienta de cambio social.

A pesar de que el feminismo carcelario ha existido en todas las olas del feminismo, ha sido especialmente visible en los últimos años, con el surgimiento de fenómenos sociales que giran en torno al género y a las mujeres y que nos han hecho tener conversaciones muy importantes sobre la violencia de género, nuestros derechos y nuestra posición social. Les dejo dos ejemplos:

  1. #MeToo nos permitió tener, tal vez por primera vez, una conversación global (si bien no siempre exitosa) sobre la universalidad y sistematicidad de la violencia sexual contra las mujeres.
  2. Varios países, especialmente en occidente han visto el surgimiento de movimientos revisionista en torno a las leyes que penalizan el abuso, acoso y violencia sexual y de las leyes de violencia contra la mujer. Varios países de América Latina tipificaron el delito de feminicidio (el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer). En España, por ejemplo cientos de miles de personas paralizaron las ciudades principales después de la sentencia exculpando a “la Manada”, bajo el eslogan “No es abuso, es violación”. En Estados Unidos activistas por los derechos de las víctimas han logrado cambiar el límite de prescripción para los delitos sexuales, y volverlo un delito federal. En Colombia, la ley 1258 de 2008 reglamentó la prevención y sanción de la violencia de género, marcando un punto de quiebre en la protección a las mujeres contra la violencia machista (si bien los resultados siguen estando solo en el papel).

Y estos fenómenos tienen un punto en común: en el fervor de las masas que los están propulsando hay un impulso punitivo. Es como si, ya que por fin nos escuchan, por fin estamos hablando abierta y sincera y dolorosamente de la violencia y sevicia a la que la sociedad patriarcal nos somete, sintiéramos que la única forma de remediar estos males es someter a nuestros opresores a las más fuertes penas y sufrimientos.

Algo similar sucede con la nueva tendencia de “True Crime” (como los americanos llaman a las historias de delitos) y que es ahora un fenómeno mundial cuya audiencia es marcadamente femenina. Documentales, series, libros, podcast y canales enteros están dedicados a explorar la historia de asesinos en serie, de desapariciones, asesinatos, y casos sin resolver. Y casi sin excepción, los autores de estas historias nos llevan a un punto común: la necesidad de castigo y de venganza, de “dejar a estos criminales pudrirse en una prisión”. 

Y en este afán de justicia, olvidamos que el sistema carcelario es en sí mismo un sistema de opresión, de violencia y de injusticia, y olvidamos la tortura que representan las penas privativas de la libertad. El feminismo, como movimiento que lucha contra la opresión, tiene que preguntarse seriamente sobre el apoyo y legitimación a este sistema.

En términos del colectivo de mujeres de color en contra de la violencia  INCITE! El feminismo carcelario es el término utilizado para describir la dependencia en el aumento de la vigilancia, enjuiciamiento y encarcelamiento como la principal solución para la violencia de género. En general, el feminismo carcelario ve las soluciones a la violencia de género desde un lente de clase media y de raza blanca, ignorando así las maneras en las que la intersección de identidades como la raza, la clase social, identidad de género o estatus migratorio, dejan a muchas mujeres en una posición de mayor vulnerabilidad frente a la violencia, incluida la violencia de género.”  

La lectura de esta columna les va parecer muy poco satisfactoria pues no tengo una alternativa propicia para proponerles. Y porque de todas formas, ninguna alternativa ofrece el placer inmediato que brinda la idea de venganza. Pero me parece importante escribirla porque como sociedad perdimos completamente noción de lo que implica la carcel, y normalizamos su utilización. Y es necesario que nos lo cuestionemos.

La cárcel es un error histórico:

La idea común de que las cárceles siempre han existido es falsa. O, al menos, es falso afirmar que siempre han existido en la forma en que existen hoy. En realidad las cárceles son un azar histórico. 

Hasta el siglo XV, la cárcel no era considerada un castigo en sí misma, sino apenas como un lugar para reunir (y exhibir) a los acusados de un delito mientras esperaban a ser juzgados. Antes del Siglo XV, los tipos de castigos se clasificaban dentro de cuatro categorías: multas, vergüenza pública, castigos físicos o, para los crímenes considerados como más graves, la pena de muerte. La privación de la libertad no estaba contemplada como castigo, excepto en algunos contados casos de prisioneros políticos, y el aislamiento de la sociedad tomaba forma de exilio y no de confinamiento.

Como tantas cosas, las cárceles empezaron a surgir como una alternativa interesante para la criminalidad gracias al capitalismo. Y esto se explica en cuanto el surgimiento del capitalismo trajo consigo una percepción del crimen mucho más marcada. Como lo explica Jack Lynch, “El desarrollo del capitalismo temprano y el comienzo de la revolución industrial transformó la economía y todo esto hizo lo delitos más prevalente, o al menos más obvios en la esfera pública. El temor a la criminalidad generalizada provocó un frenesí de persecución contra el crimen, y cada vez más delitos fueron designados delitos capitales”. Es entonces que las penas privativas de la libertad empezaron a considerarse como una solución adecuada y eficiente. 

La privación de la libertad es un castigo excesivamente alto:

Estamos tan desensibilizados al flagelo que implica la carcel que no somos capaces de darnos cuenta lo desproporcionado que es como castigo a la mayoría de crímenes. 

Una pena de prisión implica la privación de las libertades fundamentales de la persona detenida. No implica solamente privarlo de la libertad de movimiento, sino aislarlo completamente de la sociedad, de la familia, de su desarrollo humano. Es obligarlo a detener todos lo elementos de su vida social, económica, familiar, sentimental y privada y forzarlo a seguir viviendo. Es confinar a un ser humano a un espacio delimitado. Y, en el sistema carcelario colombiano, implica además un limitado acceso a la justicia, a la salud, a la educación, a las condiciones mínimas de higiene, a una vida digna digna.

Cuando nos indignamos de las condiciones de privación de libertad de los criminales de cuello blanco, que nos parecen mucho mejores que las de los detenidos promedio, estamos ignorando que la privación de la libertad es, en sí y sin importar otras condiciones, una pena altísima.

Pero además, recurrir a la prisión como pena para todos los delitos siempre me ha parecido una muestra de debilidad de las instituciones sociales; una admisión de derrota. No puede ser que la solución sea aislar sistemáticamente a la persona de la sociedad. Especialmente sabiendo que meter a las personas a la cárcel no ayuda a remediar las causas estructurales de la violencia ni tiene efectos reales de disuasión, especialmente para delitos como la violación o la pedofilia.

Justicia y prisión son una falsa equivalencia:

Es simplemente falso que una sentencia penal más larga equivalga a mayor justicia, a pesar de que sea un impulso instintivo exigir que a mayor gravedad del delito la pena sea más alta. 

Es además un contrasentido, pues el sistema penal actual está construido bajo la premisa de que las penas tienen el fin de reeducar y reinsertar a la persona que cometió el delito a la sociedad. La venganza NO es un fin de la pena, así como no lo es tampoco la reparación de las víctimas o de sus seres queridos.

Y este hecho no es meramente anecdótico. El hecho de que las penas no estén concebidas como una forma de venganza es la materialización del principio de que el Estado no tiene un poder absoluto sobre sus ciudadanos y significa también que nuestra concepción de justicia no es retributiva (ojo por ojo, diente por diente). Entonces, no es lógico que la dureza de la pena dependa de la gravedad del crimen.

Pero además, el sistema penitenciario es tan violento y opresivo, que es intolerable pensar que someter a una persona a una pena de prisión equivale a hacer justicia. La activista Beth Richie del Colectivo INCITE! Argumenta que “El encarcelamiento reemplaza el abuso por parte de un individuo por el abuso por parte de las fuerzas del orden, las cortes y las cárceles, sin hacer nada para atender a las causas estructurales de la violencia contra las mujeres”. 

Igualmente, es necesario que reconozcamos que el sistema carcelario es racista, y clasista. Los castigos más severos y las sentencias más largas siempre han sido más duras y devastadoras para las personas y las comunidades de color y las clases más bajas. En Estados Unidos, por ejemplo, las sentencias de los hombres negros son en promedio 20% más largas que las penas impuestas a hombres blancos por el mismo delito,

En últimas, tal vez el argumento más importante en contra del feminismo carcelario es que no hace nada para solucionar los problemas estructurales que causan la violencia de género y a cambio genera una violencia estatal que afecta desproporcionadamente a las poblaciones más vulnerables. Queremos que la violencia contra la mujer sea reconocida justamente, pero el precio de esto no puede ser la opresión y la violencia de otro grupo de personas. ¿Qué hacemos entonces con nuestros agresores? Honestamente, no lo sé. Una solución mucho más digna y útil sería implicarlos a la solución del problema, en vez de aislarlos completamente de la sociedad.

¿Qué opinan ustedes?

 

 

En un mundo en que la auténtica diversidad es atípica, Atypical es la serie que debemos ver

Atypical, serie original de Netflix que ya va por su tercera temporada, es eso: atípica. La narración, los diálogos, los personajes, los sucesos narrados, todo es extraño en medio de la más absoluta cotidianidad. La serie tiene como protagonista a Sam, un adolescente en el espectro autista, y a su familia conformada por una mamá sobreprotectora, un padre a quien le ha tomado 18 años procesar la realidad de la mente atípica de su hijo, y Casey, su hermana menor y quien, a mi juicio, mejor entiende y mejor apoya a su hermano autista: lo defiende, le ayuda pero no lo mima, no lo sobreprotege y lo cree capaz de todo.  

Las historias de esta familia nos permiten ver en pantalla, por fin, muchos de los temas que hace rato nos deben. El más evidente, por supuesto, la representación de personas neurodivergentes en la cultura popular. Pero hay mucho más. La relación entre los padres del protagonista revela las injusticias y consecuencias de una repartición injusta de las labores emocionales en un hogar con una particular carga de emociones, complicaciones y obligaciones. La relación de amistad entre Sam y su mejor amigo, Zahid, su desparpajo y simultánea seriedad a la hora de abordar temas como las relaciones sentimentales y sexuales nos enfrenta como espectadores a las tensiones entre una masculinidad tóxica a la que estos adolescentes no logran escapar y una masculinidad abierta, sensible y sensata que poco a poco empiezan a construir cada uno en compañía del otro. La autenticidad de Casey, sus logros como atleta, la relación madura con su novio, la innegable atracción por su mejor amiga, y su conflictiva relación con su mamá ofrecen un retrato complejo y profundo de la adolescencia femenina que resulta toda una revelación en un mundo del entretenimiento que se empeña en ridiculizar y tratar con condescendencia a las mujeres jóvenes.

Atípica de todas las mejores formas posibles, precisamente para quienes estamos preocupados por imaginar mundos auténticamente diversos, Atypical es una de las mejores y menos reconocidas series de Netflix. Un hecho que creo más que justo cambiar.

El síndrome del impostor no solo me afecta a mí

Hace poco hablaba con alguien y me dijo algo que me quedó sonando en la cabeza: “Me parece increíble cómo minimizas tus logros”. Y me quedó sonando porque después de pensarlo me di cuenta que era cierto. Nunca me había preguntado por qué me incomodaba tanto hablar sobre mí con otras personas y creo que una de las razones era que me daba pena hablar de las cosas buenas que había logrado. Sí, pena pero ¿por qué? Justamente porque pensaba que muchas de las cosas que he logrado en la vida han sido producto de una serie de buenas coincidencias, en otras palabras, que he contado con suerte y que poco o nada han tenido que ver mis capacidades y habilidades para alcanzarlas.

Este mismo sentimiento también me ha llevado a pensar que debo ser perfecta, que no puedo equivocarme y que siempre tengo que estar dando el 200% en todo porque no puedo quedar mal con las circunstancias que me llevaron a estar donde estoy. Esto genera una autoexigencia permanente por hacer siempre las cosas bien y cuando algo sale mal, así no haya sido responsabilidad propia, se genera un sentimiento de culpa que me acompaña durante un buen tiempo que también se traduce en ansiedad.

Gracias al feminismo y a la posibilidad de poder indagar un poco más sobre el tema, comprendí que esto lo viven muchísimas mujeres y que, de hecho, tiene un nombre científico: el síndrome del impostor. De acuerdo a Holly Hutchins de la Universidad de Houston, este síndrome consiste en sentirse como un fraude intelectual por la incapacidad de internalizar el éxito profesional. Y nos afecta mayoritariamente a las mujeres como una respuesta a la sociedad patriarcal que ha sido estructurada para que las mujeres no seamos exitosas y nos dediquemos a lo que los hombres quieren.

En pleno Siglo XXI seguimos luchando a diario para ganarnos nuestro espacio en el ámbito laboral, para que nos tengan en cuenta, para que nos escuchen, para que nos paguen lo mismo o más, con base en capacidades no en el sexo, para que nos dejen hablar, para que no nos expliquen nuevamente lo que acabamos de decir en una reunión, para que nos tomen con seriedad, para que no nos llamen “niña”. Así que no debería sorprendernos que nos sintamos de esta manera.

Cuando pensamos en este síndrome, es más fácil entender muchas de las dinámicas que vivimos en el día a día en nuestra vida laboral. Por ejemplo, porque nos cuesta tanto a las mujeres ser conscientes de nuestras capacidades, de los logros alcanzados y de lo que tenemos por aportar a un equipo en el momento de tener la conversación con nuestro jefe y pedir un aumento salarial o por qué nos intimida tanto la posibilidad de llegar a una posición de poder porque seguimos pensando que las personas a nuestro alrededor no nos van a tomar en serio y no contamos con todas las capacidades. O, como me pasa a mí, por qué nos cuesta tanto aceptar y hablar sobre los logros alcanzados.

La buena noticia es que después de identificar que tenemos este síndrome podemos trabajar para intentar superarlo y que su efecto sea mínimo en nuestro día a día. Varios expertos sugieren que es fundamental que podamos exteriorizarlo con otras mujeres o personas que también lo sufren, que escribamos un listado de la retroalimentación positiva que recibimos para que podamos leerlo con calma después y no nos quedemos con la negación del momento y que tengamos un círculo cercano seguro con el que podamos hablar con tranquilidad sobre estos sentimientos y donde sepamos que vamos a recibir apoyo. Esta no es una tarea fácil pero quiero que seamos conscientes que nos pasa a más de las que nos podríamos imaginar.

Si quieren conocer y leer un poco más sobre el tema, les comparto los siguientes links:

  1. TedTalk: ¿Qué es el síndrome del impostor y cómo combatirlo?:  https://www.ted.com/talks/elizabeth_cox_what_is_imposter_syndrome_and_how_can_you_combat_it?language=es
  2. Unmasking the impostor de Karen Kaplan: https://www.nature.com/naturejobs/science/articles/10.1038/nj7245-468a
  3. The Imposter Phenomenon in High Achieving Women: Dynamics and Therapeutic Intervention de  Pauline Rose Clance & Suzanne Imes https://www.paulineroseclance.com/pdf/ip_high_achieving_women.pdf

 

#DomingoDeInvitadas: Por qué parece que gritar es lo único que nos queda

Autora Invitada: Daniela Mahecha*

¿Cuántas veces hemos tenido que escuchar el discursito que dice que las mujeres nos victimizamos? ¿Cuántas veces ese discurso ha venido de otras mujeres? Aunque estemos cansadas de tanta falacia, el sermón se repite incesantemente, con toda su violencia y su cinismo, incluso en boca de nuestra queridísima vicepresidenta.

A esta mujer de la clase alta colombiana, sesgada por la sombra de cierto ex presidente, le pareció sencillo decir, en televisión nacional, que la solución al maltrato contra la mujer está en invertir en la mujer. Como si solo proyectara la grabación de voces bastante conocidas y repulsivas para nosotras, afirma que el problema está en la falta de educación de las mujeres que se pobretean tratándolas de víctimas. Ante una cámara, que pronto la pondría frente a millones de mujeres que lloran, vomitan, escuchan insultos y órdenes o se limpian la culpa, la pena, el odio y la sangre, concluye que lo único que puede hacer el Estado es brindar más “oportunidades” de educación y trabajo para el género femenino. ¿En serio es eso lo único que se puede hacer? ¿Cómo es que una mujer puede evitar que la manoseen en un transmilenio o que la violen cuando su único “error” ha sido salir de casa? Esta vicepresidenta tiene una carrera en Derecho y más de tres especializaciones y eso no le ha impedido exaltar a figuras patriarcales, o manifestar que el papel de la mujer en la democracia se limita a la educación de sus hijos, futuros votantes. ¿Se ve la falla en su discurso? ¿El peligro en su replicación?

No creo que la vicepresidenta se haya salvado de ser vulnerada por su condición de mujer; creo que, por el contrario, ignora la violencia que se le ha ejercido, pues la tradición la ha obligado a ignorarla, a no “victimizarse”. ¿Acaso no ha notado cómo, junto a otras mujeres de altos cargos políticos, se le juzga por su aspecto y no por sus ideas? ¿Es que jamás sintió el miedo por la mirada enferma de un hombre? y ¿Qué hay de su madre y sus abuelas?

Ya basta de absolver a los hombres que violentan. Déjenme decirles que no, que las mujeres no nos victimizamos; este discurso solo niega la verdad: somos víctimas. Somos víctimas de una sociedad que nos ataca; de un pueblo que se hace el de la vista gorda y nos condena; de la violencia normalizada; de un presidente que cree que la solución al embarazo en adolescentes es tener a las “niñas” “ocupadas”, porque las únicas responsables por el embarazo, deseado o no, tenemos que ser nosotras. Somos víctimas del presidente del Senado que llamó a la estudiante Jennifer Pedraza “niña”, porque aún se niega esa identidad de mujer concebida hace más de medio siglo. ¿Cuándo han escuchado que un desconocido llame a un hombre mayor de veinte años “niño”?

Claro, somos niñas, pero cuando nos atacan es nuestra culpa por no tener la capacidad o las agallas, o qué sé yo, de defendernos. Dicen que no deben tocarnos ni con el pétalo de una rosa; eso porque somos niñas, no porque seamos individuos con igualdad de derechos. Aquí, en este país que exhibe a la mujer como objeto, un deleite con el mismo valor de una fruta autóctona, o de una fruta ordinaria, no tenemos derecho ni de vestirnos como se nos venga en gana.

Sí. Qué pena. Cómo nos victimizamos. Qué pena por gritar cuando nos golpean y nos matan. Qué pena por denunciar que nos violentan, por exigir decidir sobre nuestro propio cuerpo. Qué pena por quejarnos si nos ignoran, si nos vuelven añicos con su patriarcado. Qué pena por no ser las putas del pueblo, calladitas y bonitas. Qué pena por tener una vagina entre las piernas. Qué pena por no tener la fuerza de coger a un hombre a puñetazos cuando nos golpea, porque es eso lo que quieren, ¿no?, que nos defendamos. Qué pena por temer por nuestra vida. Qué pena por hacerles ver que el catolicismo les mintió; ningún hombre ni ningún Dios tiene derecho sobre nosotras.

¿Se dan cuenta de la falla del discurso? En vez de estar atacando a esa otra mujer que está en condiciones tan desfavorables como usted, grite con ella y deje de acallar sus súplicas. Decir la verdad, a falta de un Estado que nos defienda, no es victimizarse. Exigir que se nos trate con respeto y como iguales no es exagerar. Revelar el verdadero foco del problema no es querer llamar la atención. Soñar con la privacidad de nuestro cuerpo no va en contra de ningún estado natural. Estas frutas, comercializadas, aporreadas y consumidas, no son propiedad de nadie; estas frutas son dueñas de su semilla.

*Daniela Mahecha Diaz, estudiante de octavo semestre de Creación literaria en la Universidad Central. Gestora del proyecto Editorial 233 y del proyecto piloto de promoción de lectura de la biblioteca de la Universidad Central. Amante de los viajes, la escritura y la lectura. 

Mis 3 “Actos escandalosos y rebeldías cotidianas”

Recomendado de: Vanessa

Gloria Steinem es una heroína, una leyenda viviente, una caja de memorias, recuerdos y argumentos del furor feminista que se vivió en Estados Unidos en las décadas de los 60s, 70s y 80s. Muchos de esos recuerdos están condensados en mi recomendado de hoy: “Outrageous Acts and Everyday Rebellions” (en español, “Actos escandalosos y rebeldías cotidianas”). Este libro, que en realidad es una compilación de sus más famosos ensayos, es una de sus más recientes publicaciones. Contiene sus escritos publicados en las revistas New York y Ms. (esta última fundada por ella misma), que aunque son reflexiones del momento que ella estaba viviendo, tienen absoluta vigencia en la actualidad (lamentablemente). En estos ensayos Steinem aborda una multiplicidad de temas: las mujeres y el discurso público (“Men and Women Talking”), la relación entre la comida, la malnutrición y la discriminación de las mujeres (“The Politics of Food”), una defensa de la mujer incomprendida que fue Marilyn Monroe (“Marilyn Monroe: The Woman That Died Too Soon”), una crítica de la pornografía desde la defensa del erotismo (“Erotica v. Pronography”) y una fuerte argumentación de la importancia de que las mujeres hagamos política (“Campaigning”, que además trae muchas anécdotas de su travesía fundando y promocionando el National Women’s Political Caucus).

Outrageous Acts and Everyday Rebellions (Second Edition) Women's Studies

Aunque todos sus ensayos están llenos de infidencias, análisis y argumentos estupendos, hay tres que me conmovieron de manera particular y que por ello son mis favoritos. Aquí les dejo mis razones para amar tanto este libro, que pretendo que les cautive a leerlo también:

Ruth’s Song (Because She Could Not Sing It)

Mi absoluto favorito. Me lo leí en un vuelo y no hacía más que espantar a mis compañeros de vuelo por todas las lágrimas que este ensayo me sacó. Más que un ensayo es casi una carta a su mamá, una mujer que sufrió como pocas, que atravesó enfermedades mentales y que en medio de su dolor crió a sus hijas con lo poco que tuvo. Aquí Steinem le hace un homenaje a su mamá y nos muestra la forma en que el feminismo nos permite comprender mejor a las mujeres que nos criaron, a entender sus luchas y sus esfuerzos. Steinem reflexiona sobre lo poco que comprendió a su madre, todo lo que la juzgó y las veces que la maltrató. En uno de esos episodios tuve que parar de leer porque mi llanto se me estaba saliendo de control. Afortunadamente, la forma en que mi amor y agradecimiento por mi mamá y mis abuelas enardeció al terminar de leer el capítulo, mejoró mucho mi ánimo para cuando el avión aterrizó y debía volver a la realidad.

I Was A Playboy Bunny

Si no es el más, es al menos de los más reconocidos ensayos de Steinem. Esta intrépida periodista se infiltró en un casting para ser “conejita” y trabajar como mesera en el famoso club de Playboy, fue elegida y trabajó algunas jornadas aguantando todo tipo de acosos, abusos y maltratos. Llevó un diario de todo lo que vivía y lo publicó: esto es este ensayo. El mundo quedó petrificado al leer su testimonio. Por mucho tiempo luego de publicarlo, Steinem fue estigmatizada por haber sido una conejita. Sin embargo, ese ensayo contribuyó a catalizar varias luchas de muchas mujeres alrededor del mundo en contra de bares y revistas que replican el modelo de Hugh Hefner y que se sostenían esclavizando y explotando sexualmente a muchas mujeres.

The International Crime of Genital Mutilation

Este ensayo me dolió y estremeció hasta el punto de casi ni poder terminarlo. Sin embargo, esta cruda descripción de esta práctica tan horrenda que es la ablación o mutilación de los genitales femeninos, de la que sólo somos víctimas las mujeres en diversas culturas alrededor del mundo, es tan brutal como necesaria. La recomiendo porque esta crueldad es real y me opongo a que, por duro que sea, volteemos la mirada a esta forma de tortura que se da bajo el mando de la cultura y la tradición.

 

¿Cómo nos fue a las mujeres en las elecciones locales 2019?

Han pasado tres días desde las elecciones locales y como bogotana aún no entro en la realidad dónde Claudia Nayibe López Hernández se convirtió en la primera mujer alcaldesa elegida por voto popular en la capital del país. Siendo la segunda persona más importante de Colombia, luego del presidente, tiene grandes responsabilidades y retos en sus manos. Da alegría y tranquilidad que sea ella la que me representa pues tiene todo para ser la mejor alcaldesa: la educación[1], el conocimiento sobre la ciudad, la disciplina para hacer que las cosas pasen y la tenacidad para tomar decisiones difíciles.

Al ser la primera mujer electa en el cargo, sabemos también que las exigencias no van a ser las promedio. La ciudadanía demandará perfección. Cada promesa en campaña será una lista de chequeo entre las personas que la elegimos con entusiasmo y las mujeres en Bogotá vamos a estar atentas haciendo veeduría para que el Pacto Por Las Mujeres y las propuestas se cumplan.

Bogotá no fue la única con grandes noticias para las mujeres en esta jornada electoral. Santa Marta fue la otra capital del país que contó con la dicha de tener a una mujer alcaldesa. Virna Johnson no se ha pronunciado abiertamente sobre las problemáticas de las mujeres en su ciudad, pero espero que asuma esta responsabilidad en su mandato. En el Cauca hay ocho alcaldesas electas, sorpresa para este departamento. Una en especial es motivo de orgullo, Mercedes Tunubalá Velasco, conocida como Mamá Mercedes, mujer indígena de la etnia Misak, será alcaldesa del municipio Silvia en el Cauca. En Medellín, donde el movimiento político de mujeres Estamos Listas logró conquistar una curul en el concejo. Y otro ejemplo fue en Cali, que eligió a Paulina Chavarro, mujer trans electa como Edil de la comuna 13 del barrio Ricardo Balcázar.

Los triunfos de Bogotá,  de Estamos Listas en Medellín , Paulina en Cali y las siete mujeres del Cauca me emocionaron y me hicieron creer que todo era posible. Sin embargo esta emoción se volvió agridulce apenas me enteré como la representación de las mujeres a nivel local disminuyo con respecto al periodo anterior.

6.3% de las gobernaciones son de mujeres-2

Para las gobernaciones en Colombia bajamos con respecto al periodo 2015-2019 de 5 a 2 gobernadoras. Es decir que “por cada mujer gobernadora hay 15 hombres elegidos como gobernadores”[2]. En las alcaldías la representación de la mujer también se redujo. Este año tenemos solo a 128 municipios con mujeres alcaldesas, indicando el 11,6% en participación[3] en este mandato. Las cifras a los concejos locales y  JAL agregadas se las quedamos debiendo (por razones de pre-conteo), pero si dejamos la noticia de que al menos una ciudad no tiene mujeres en su concejo: Manizales.

2 6.3% de las gobernaciones son de mujeres

La representación de las mujeres en política es muy importante. Que a nivel local sigamos estando por debajo del 12% para los cargos más importantes del país en pleno 2019, demuestra un mea culpa también para nosotras las mujeres. Las únicas capaces de crear este cambio somos nosotras y si seguimos esperando a un salvador o una ley que lo va a cambiar todo, nos vamos a quedar esperando. Por ejemplo, ¿Cuántos de sus votos fueron por mujeres que defienden sus derechos? ¿Cuántas veces se preocuparon por invitar a otras personas a votar por mujeres? ¿Cuántas le exigimos a nuestros partidos una lista paritaria?¿Cuántas de las candidatas que apoyamos eran mujeres trans? En elecciones locales no hay excusa y siempre va a haber al menos una candidata que va a cumplir con nuestras expectativas y demandas. No votar por ellas debería ser nuestra vergüenza.

Para dejar de tener a Martas Lucías en el poder y que no nos representan (pero que sí son importantes para imaginarios colectivos de mujeres en el poder), es importante que nosotras también nos ocupemos. Llenemos las calles cuando la paridad, alternancia y universalidad sea ridiculizada en el Congreso de la República, exijámosle a nuestros partidos que hagan listas alternadas y paritarias, que se preocupen por hacer escuelas de políticas donde las mujeres sean protagonistas y APOYEMOS a las mujeres que se lancen en política. La única manera de ocupar la política y posiciones de poder es hacer parte de ellos y nuestro voto para esto importa y es fundamental.

El feminismo nos ha enseñado y demostrado (nuevamente Estamos Listas como el mejor ejemplo) que la mejor manera de defender la igualdad de derechos y ser tomadas en cuenta es cuando actuamos desde lo colectivo. Y que mejor escenario para actuar desde lo colectivo que la política. Y un último mensaje para las mujeres elegidas en cargos de elección popular: no dejen por fuera las voces de las mujeres, porque la representatividad  toma vigencia absoluta solo cuando salen a defender nuestros derechos como ciudadanas.

 

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[1] Estudió finanzas, gobierno y relaciones internacionales en el Externado (financiada por el ICETEX), hizo una Maestría en Administración Pública y Política Urbana en Columbia University y tiene un Doctorado en Ciencia Política de Northwestern University.

[2] Sisma Mujer (2019), Participación de las mujeres en las elecciones locales 2020 -2023. Cifras de pre-conteo sujetas a cambio.

[3] Onu-Mujeres (2019), Cifras de pre-conteo sujetas a cambio.

 

Inconcebible: la nueva serie policial de Netflix nos enseña sobre la violencia sexual

Netflix-Unbelievable-Poster

Marie Adler (nombre ficticio) fue brutalmente violada por un extraño que entró en su cuarto cuando tenía 18 años. Lo que sucedió después dio lugar a un artículo ganador del Pulitzer Price publicado por ProPublica y The Marshall Project, titulado “An Unbelievable Story of Rape” (Una increíble historia de violación), y a la nueva serie policial de Netflix.

Pero la historia de Adler no es una historia inédita. Lo que ella vivió lo viven miles de mujeres víctimas de violencia sexual en el mundo. Y ahí radica la importancia de su historia. La serie “inconcebible” de Netflix es dolorosa, pero necesaria porque nos obliga a vivir y observar el viacrucis que enfrentan las sobrevivientes de violencia sexual que osan denunciar sus ataques.

La serie de Netflix sigue en paralelo la historia de Adler desde su denuncia el día después del abuso y la historia de Grace Rasmussen y Karen Duvall, dos detectives que trabajan años después para resolver el caso de un violador en serie.

Desde el primer episodio, el espectador se enfrenta a la violencia institucional que enfrentan las víctimas de violación. Vemos a Marie ser interrogada 4 veces seguidas por diferentes policías que le piden repetir una y otra y otra vez los eventos de la noche anterior. Vemos a Marie desnuda, asustada, siendo fotografiada y examinada por una enfermera que toma muestras de su cuerpo, vemos a las autoridades cuestionar su historia, sus confusiones, su manera de reaccionar, vemos a sus familiares y amigos cuestionar su actitud en los meses previos al abuso y vemos, dolorosamente, a Marie deshacerse entre las dudas de quienes la rodean y terminar por suponer que ella misma se soñó el abuso.

Y, sin embargo, el segundo episodio nos muestra una forma de ser y de actuar diferente. Vemos a dos detectives responder a una denuncia de violación con empatía y sin prejuicios. Vemos a una víctima que es acompañada desde el primer momento, vemos a las detectives explicar paso a paso el procedimiento a seguir, vemos las diferentes formas posibles de reaccionar.

Y la serie trata también de forma justa y contundente el problema de violencia que es sistémico dentro de la policía, y la cultura de la violación que existe aún entre quienes deben supuestamente protegernos. En una escena emblemática, las detectives discuten sobre la posibilidad de que el violador en serie sea un policía, por su conocimiento de los procedimientos judiciales y por el otro porque tener incidentes de violencia domésticas puede predecir que alguien cometa actos de violencia sexual, y que el 40% de los policías en Estados Unidos tienen incidentes de violencia doméstica.

La serie lo tiene todo. Un elenco sublime, una historia cautivante e indignante, un mensaje profundamente feminista. Y un final feliz. O al menos lo feliz que puede llegar a ser un final para una mujer sistemáticamente victimizada.

Acá pueden encontrar el vínculo para el trailer de la serie: https://youtu.be/EPe5hoOnRSY