Cómo no pedir un aumento salarial

Ser una feminista “corporativa” ha sido muy diferente de lo que me imaginaba. Hace dos años escribí acerca de consejos feministas para el trabajo. La releo y me sorprendo de mi sabiduría, que me ha costado interiorizar. Como muchas otras, esta columna es una catarsis de mi vida personal – una que me hizo pensar sobre mi feminismo en el trabajo: cuando uno se da cuenta que hay una brecha salarial entre su compensación y la de otras personas.

Ser una feminista corporativa no es necesariamente ser una activista vocal sobre cualquier injusticia que sucede. No es el espacio para vociferarlas a todo momento. Además, sabemos que existen, las hemos oído, pero pocas veces nos pasan a nosotras mismas. Hasta que nos pegan en la cara.

De acuerdo al DANE, la brecha salarial total en Colombia entre hombres y mujeres en 2019 es de 12,9%: por cada 100 pesos que recibe un hombre por concepto de ingresos laborales, una mujer gana 87,1 pesos.

El 12.5% de las mujeres negocian su salario inicial, en comparación al 52% de los hombres. Esto lleva a una pérdida de $1.5 millones de dólares en ingreso a lo largo de una carrera profesional.

La brecha salarial es un hecho claro y contundente a nivel mundial. No es fácil cuantificar la brecha, la cual puede cambiar entre países y condiciones socioeconómicas, solo por nombrar los dos factores más evidentes. Probablemente no todo el mundo lo va a sentir en su vida – serán pocos los afortunados – pero a otros si nos va a tocar en algún momento pedir el valor que nuestro trabajo se merece.

Me di cuenta hace casi un año que ganaba menos – significativamente menos – que la mayoría de mis pares. No creo que fuera un tema de género, porque también incluía mujeres que ganaban más que yo aún cuando hacían lo mismo o menos que yo. Pero si era un hecho que ganaba significativamente menos que la mayoría, y que era parte de esa cifra de brecha salarial. 

Como buena feminista que me enfurecen las injusticias, adivinen que hice. Nada. No hice nada. Me tragué mi rabia y seguí trabajando. Me dije a mi misma que la diferencia se debía a algo de antigüedad en la empresa, de la experiencia que habían tenido mis compañeros antes de entrar, o que simplemente se lo merecían. Sin duda mi trabajo iba a hablar por sí mismo, y en la siguiente evaluación de desempeño las cosas iban a cambiar. 

Esta actitud ya ha sido analizada en libros como “Vayamos Adelante” de Sheryl Sandberg – donde habla del liderazgo de las mujeres en el trabajo -, o en el estudio “Las mujeres no piden” de Linda Babcock y Sara Laschever. Las mujeres no pedimos porque no sabemos o no caemos en cuenta que se puede pedir y que no todo debe quedar a voluntad de otras personas. A veces no pedimos por miedo de dañar alguna relación personal o porque hemos visto cómo la sociedad reacciona cuando una mujer vocaliza sus necesidades y/o deseos. 

Para hacer la historia corta, pasaron seis meses hasta que me atreví a hacer algo al respecto. Fueron seis meses de embotellar sentimientos de rabia y frustración al ver que mi trabajo era valorado como menos. En ese tiempo, a pesar de no querer cambiarme de trabajo, empecé a estar abierta a ofertas de otras empresas. Había visto que a algunas compañeras les habían aumentado el salario con ofertas laborales de otros lugares – y que había una reputación interna en que los aumentos se lograban de esa manera. Para mi parecía que era la única manera para ser pagada justamente. 

Pregunté a un par de personas de confianza cómo debía estructurar el discurso: partiendo de las cosas que estoy haciendo y el valor que estoy aportando a la compañía. Y así fue como enmarqué la discusión con mi jefe. Para mi fortuna, todo salió bien y si obtuve un aumento que hiciera mi compensación competitiva con mis pares.

Lo que no he contado en esta bella historia de “éxito” es que en medio de toda la negociación revivió un trauma del pasado y mi emocionalidad empezó a jugar en la ecuación. Estudios también examinan que las mujeres actuamos de manera menos asertiva en las negociaciones por miedo a dañar la relación con jefes o colegas. Esta fui yo otra vez. No quería vender a mis pares y – por más de que me queje – tengo una gran relación con mi jefe. El miedo absoluto que sentía de pedir lo que sentía justo me inmovilizó al punto de tener que usar una oferta externa para la negociación – en mi opinión actual, dejar mi merced a la voluntad de las circunstancias. 

Hoy, luego de varias reflexiones se que esta no fue la manera correcta de pelear por mi injusticia. Siento que me convertí en una cifra más, pero todo mi conocimiento feminista igual no me hubiera prevenido de no caer ahí. Este es el primer aprendizaje de toda la experiencia: eventualmente nos vamos a encontrar con una desigualdad de la cuál sólo habíamos oído o leído. Ser feministas no nos va a proteger de caer en “las trampas” del patriarcado. Pero si nos debe proveer de herramientas para afrontarlo. Y tenemos que educarnos para poder aprender de experiencias de otras personas.

Segundo, dejé que todas esas trampas jugaran en mi contra. Hoy se que la aproximación a reclamar lo que era justo debió ser otra. Debió partir absolutamente de mi propio trabajo y del valor que ese trae a la organización donde trabajo. Negociar desde el valor propio – considero – debe ser algo plenamente feminista: el poder tener claridad que lo que se está haciendo vale más, y que debe ser peleado desde el valor de lo que se está haciendo, no del miedo o amenaza de irse a otro lugar. De hacer la injusticia, justicia.

No les voy a decir que siempre va a terminar en éxito. Aquí también las cifras juegan en nuestra contra. Estudios recientes muestran que las mujeres piden aumentos salariales tanto como los hombres. Pero en promedio las mujeres reciben un aumento del 15% mientras que los hombres reciben un aumento del 20%. Pero sé que si mi aproximación hubiera sido diferente, mi incremento salarial hubiera podido ser tal vez más alto de lo que obtuve, y que hubiera dejado una reputación diferente en la organización.

Mi tercer aprendizaje es que, aunque nadie nos lo diga, cada uno de estos elementos empiezan a construir nuestra marca personal dentro de una organización. Traer una oferta laboral es una jugada muy riesgosa que muchas veces termina en que la persona debe irse, o en caso que no igual puede afectar la percepción de una persona en una organización. En esto el patriarcado nos va a jugar en contra, y vamos a ser juzgadas más duro que nuestros pares.

No hay una fórmula mágica para pelear una injusticia. Menos, una que se pelea en el tablero de las ganancias económicas de una organización vs. el futuro de una persona. A pesar de que toma coraje pararse frente a una injusticia, mi último aprendizaje es que el fin no siempre justifica los medios. Tenemos que aprender a negociar.

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