El Cristianismo no es el origen del Patriarcado

Creo que la religión tiende a confundir fuerzas culturales con reglas bíblicas, en especial en cuanto al rol de las mujeres. Beth Allison Barr, cristiana evangélica y profesora de historia medieval en la Universidad de Baylor en Waco, Texas, publicó recientemente un libro titulado: “La creación de la mujer bíblica: como la subyugación de las mujeres se convirtió en verdad bíblica”. En su libro Barr expone que la visión moderna de la complementariedad de los roles de género – que hombre y mujer tienen un lugar y función determinada en la sociedad – fue inventada en el siglo XX como respuesta al creciente movimiento feminista para poder reforzar las divisiones culturales del género. 

No es la primera vez que la cultura permea las creencias religiosas. Hoy quiero sostener que por mucho palo que le den, el cristianismo NO es el origen del patriarcado. Su origen es aún más antiguo y profundo. No quiere decir que el cristianismo no perpetúe estructuras patriarcales, sin duda lo hace, sino que la fe misma no nace de una estructura patriarcal y más bien es permeada por la cultura alrededor de ella. El Patriarcado existía antes que el cristianismo reinara.

Grecia

Para empezar esta historia, nos vamos a remontar a Grecia antigua. Las mujeres son percibidas en la mitología griega como las fuentes de todo conflicto. Eva Cantarella (Pandora’s Daughters, 1981) comenta las obras de Homero diciendo “las raíces de la misoginia occidental se remontan a los documentos más antiguos de la literatura Europea”. Zeus, dios máximo en el monte Olivo, crea a Pandora – la primera mujer – como maldición a los hombres (Hesíodo, Trabajos y Días). Eran la fuente de todo conflicto y sufrimiento, la maldición eterna del hombre.

Por su lado, la ciencia de la época consideraba a la mujer como un ser inferior. Hipócrates, uno de los médicos griegos más famosos, consideraba que el cuerpo de la mujer era inferior, como el de un niño o un varón deformado, que al no tener semen no podía crear vida. Aristóteles, como precedente filosófico y científico, decía que el principio perfecto era masculino. Lo femenino era imperfecto y carente de alma, por lo que no podía dar vida:

“…está inacabado como el de un niño y carece de semen como el de un hombre estéril. Enfermo por naturaleza, se constituye más lentamente en la matriz, a causa de su debilidad térmica, pero envejece más rápidamente porque «todo lo que es pequeño llega más rápido a su fin, tanto en las obras artificiales como en los organismos naturales». Todo esto, «porque las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural.”

Grecia fue la cuna de la democracia pero no para los esclavos ni para las mujeres. Las mujeres no tenían muchos derechos y estaban excluidas de los asuntos públicos y políticos. No eran ciudadanas, y dependían plenamente de la autoridad de un hombre – ya fuera su padre, algún hermano o un hijo. Al igual que los esclavos:

  • No recibían herencia
  • No podían ser parte de transacciones comerciales
  • La educación de las mujeres era estrictamente práctica y restringida a la vida del hogar.

El mundo griego era un mundo masculino, centrado en las relaciones entre hombres, tanto que el homosexualismo no era desconocido. La literatura y la mitología griega tienen personajes bisexuales y referencias de prácticas homosexuales entre hombres. Zeus tenía a un joven troyano, Ganimedes, como a uno de sus amantes favoritos. La relación de Aquiles y su fiel pupilo Patroclo en «La Ilíada» de Homero fue vista por los propios autores griegos como una referencia homosexual. Los griegos practicaban la pederastia como una forma de introducción de los jóvenes, en la pubertad, a la sociedad adulta. Un mentor asumía la formación militar, académica y sexual de un joven.

El rol de la mujer en la sociedad griego era limitado. Sin poder votar, tener tierra o heredar, el lugar de la mujer en la sociedad era en su hogar, y su propósito en la vida era dar hijos.

Roma

Años después, Roma parecía tener una percepción diferente de las mujeres. A pesar de que no era legalmente igual que el hombre, sí era reconocida como ciudadana. 

Sin embargo, Roma era una sociedad profundamente desigual, dividida entre los libres y los que no eran libres. Los derechos de cada persona, así como el rol en la sociedad, dependía del estatus social. Por ejemplo, las mujeres se dividían entre quienes eran respetables, y quienes no (es decir, las prostitutas). Cada una jugaba un rol diferente en la sociedad. Las mujeres de la aristocracia no participaban en la vida pública sino que se dedicaban a los roles de la familia y el hogar. Mientras que las mujeres de baja clase social sí participaban en la vida pública, pues tenían que trabajar para poder vivir. Usualmente los trabajos que desempeñaban eran en la agricultura, los mercados, o las artesanías, entre otros.

Para las mujeres, el momento cúlmine de su vida era el matrimonio. Este era concebido como una herramienta para preservar el estatus y la herencia familiar gracias a los hijos que en él se engendraban. El matrimonio legal se reservaba a los ciudadanos libres y, en función del sometimiento de la mujer, podía ser de dos maneras:

  • Ad manus: la mujer se somete a la tutela del marido o a la de su suegro. Los romanos justificaban el sometimiento argumentando que la mujer sufría de fragilidad de ánimo, por lo que necesitaba una fuerte tutela masculina.
  • Sine manu: más habitual entre los plebeyos. Servía para proporcionar hijos por consentimiento de ambos pero sin unión de sangre y sin el sometimiento de la mujer a la familia del hombre.

Matrona o prostituta, sacerdotisa o emperatriz, la mujer era considerada inferior según las leyes y permanecía siempre como una menor, es decir, jurídicamente igual que los niños. Dependía de la autoridad de su padre y, si contraía matrimonio, de la de su esposo – el paterfamilias, quien era el hombre dominante de la casa. Las mujeres podían tener propiedad propia, pero eran manejadas por un tutor, ya que eran consideradas incapaces de manejarlas ellas mismas. 

A pesar de dar más flexibilidad a las mujeres, la sociedad romana seguía siendo completamente patriarcal, centrada en el poder del hombre.

Cristianismo Primitivo

El cristianismo primitivo llega en medio de un escenario machista judío y bajo el dominio del imperio romano. Desde su fundación, Roma fue una sociedad profundamente religiosa que adoraba a una serie de dioses, algunos tomados de los griegos, y estaba llena de templos para celebrar a estas deidades.

Jesús trae el mensaje de que Dios – un único Dios – proveería un reino más grande que Roma, donde los miembros más pobres de la sociedad serán saciados y plenos. La afirmación de los discípulos de que Jesús era el hijo de Dios ofendía a muchas personas. Las ideas de Jesus eran revolucionarias, amenazando con destruir miles de años de tradición social. Esto incluye el rol de la mujer. La Biblia describe en los evangelios que los sequitos de Jesus estaban llenos de mujeres; en su crucifixión fueron mujeres las que lo acompañaban (de la mano con ciertos discípulos); y fueron mujeres las que primero vieron a Jesus resucitado. Hoy en día podrá parecer poco, pero tener participación prioritaria de mujeres, donde son resaltadas en relatos como líderes religiosas, era contrario a lo que sucedía en el judaísmo y en la tradición greco-romana. 

El liderazgo de las mujeres continuó durante las primeras décadas de la iglesia, respaldado por evidencias bíblicas y seculares. Varias mujeres sirvieron como líderes de las nuevas iglesias que se establecieron por el Imperio Romano. Las epístolas del Nuevo Testamento hacen referencia al liderazgo como ministras, diaconisas, o presbiteras de Priscila (Romanos 16:3-4), Cloé (1 Corintios 1:11), Apia (Filemón 1:2), Ninfas (Colosenses 4:15), y Febe (Romanos 16:1-2), entre otras. 

Aunque el término diaconisa en femenino no se acuñó hasta después del primer siglo después de Cristo, las mujeres diaconisas son mencionadas en la biblia en pasajes como Timoteo 3:11 y Romanos 16:1-2, dejando claro que sí había mujeres que profesaban dicho cargo. El término ‘presbítero’ o anciano también es traducido como ‘mujer anciana’, refiriéndose a una mujer que es la cabeza de una comunidad religiosa. 

Siguiendo con referencias no bíblicas, el gobernador romano Cayo Plinio Cecilio Segundo detalló, alrededor del año 112 D.C., sus esfuerzos por afrontar la naciente iglesia de Betania al interrogar a sus líderes, dos mujeres esclavas que se hacían llamar ministras o diaconisas. La tradición católica también nos habla de Santa Catalina de Alejandría, que para el siglo II DC se convierte al cristianismo gracias a una visión, y logra convertir a 50 filósofos de la época al cristianismo con su argumentación y retórica.

Las mujeres evangelizaron, bautizaron, enseñaron, y desempeñaron el rol de líderes dentro de las iglesias durante el primer y segundo siglo después de Cristo. Pero durante el tercer siglo vemos un declive en su participación, donde su rol entra en conflicto con los estándares Greco-Romanos. 

Algunos argumentan que el predominante rol de liderazgo que tenían las mujeres dentro del cristianismo se dio gracias a que las enseñanzas y evangelización se daba en la esfera privada, donde la mujer greco-romana fungía su función social. Pero durante el siglo tercero el cristianismo empieza a tomar la esfera pública en templos dedicados a las necesidades de la comunidad. Se empezó a percibir a las mujeres que ministraban como poco indecorosas y poco castas. Los ministerios de mujeres fueron confinados a círculos de solo mujeres, en la esfera privada. Las actividades eclesiásticas entraron en conflicto con las normas helenísticas de la sociedad, donde las reglas socioculturales de la época permearon las prácticas religiosas. Y las reglas culturales se empezaron a tomar como reglas bíblicas.

El cristianismo no es el origen del patriarcado, a pesar de que sí haya ayudado a fomentarlo. El patriarcado existía desde sociedades más antiguas donde el rol de la mujer ya era considerado inferior al de los hombres. Y el cristianismo absorbió sus tintes en el proceso de expansión dentro del Imperio Romano. El rol bíblico de la mujer tiene mucho más color del que le ha pintado la religión.

¿Por qué hablar de este tema? Porque si podemos separar la fé de la religión, podremos encontrar más puntos para poder entender la intersección de la fé y el feminismo. A pesar de las controversias, el exceso, los escándalos y la racionalidad moderna, la fe no solo continúa siendo central en la vida de los individuos sino que también se está convirtiendo en un tema central en la agenda pública. O que lo digan los estadounidenses – y honestamente también los colombianos – para quienes la religión fue una carta política jugada en las últimas elecciones presidenciales. Al ser una tema público relevante, es un tema feminista relevante en el cual hay mucha desinformación. 

Quiero darle gracias a Maria Emilia Gouffray – politóloga, historiadora y feminista – quien me inspiró y sin su ayuda no habría podido ser posible esta columna.

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