Hablemos de (y con) lenguaje incluyente: ¿son realmente inclusivas una E o una X?

Decir lenguaje incluyente es hablar de un lenguaje no sexista, que no invisibilice, excluya o subordine a ninguna persona, en particular a aquellas que han sido históricamente invisibilizadas, excluidas y subordinadas.

Para hablar de lenguaje incluyente en español es preciso partir de algunas premisas. Primero, el español es una lengua de género binario. Gran parte de la estructura gramatical de este idioma se fundamenta en la clasificación de todas las personas, animales, objetos– lo que la gramática llama sustantivos – en los géneros masculino y femenino.

Segundo, históricamente se nos ha propuesto que el género masculino actúa también como género universal, es decir, que al usarlo se pueden abarcar tanto los sustantivos masculinos como los femeninos. El lenguaje moldea nuestro pensamiento y puede limitar nuestra imaginación. Por eso, el masculino universal como única alternativa supone un problema: sostiene y perpetúa la idea de la universalidad del hombre, esa que implica que nos debe satisfacer todo lo que está hecho a la medida de los hombres, sin considerar conscientemente a las mujeres y personas no binarias.

Tercero, el español, como todas las lenguas habladas, es una lengua viva. Es decir, sus formas y reglas cambian con el uso y, aunque es importante que existan unos presupuestos básicos y comunes, esos presupuestos básicos pueden modificarse cuando una comunidad, consciente o inconscientemente, se pone de acuerdo en hacerlo. Y para eso no necesitamos ninguna institución colonial y anacrónica. El español existió antes, existirá después y existe mucho más allá de la Real Academia de la Lengua Española.

Ahora sí, ¿lenguaje incluyente para qué?

Desde los años 60 las feministas han dado la pelea porque las mujeres seamos nombradas en el discurso público y en la cotidianidad para que, al momento de regular, legislar y dirigirse a la ciudadanía, las personas poderosas nombren tanto a las mujeres como a los hombres. Las feministas entendemos que el lenguaje modifica la conciencia de las personas y que tener que nombrar explícitamente a las mujeres –sobre todo en la esfera pública en la que nuestra presencia ha sido y es sistemáticamente ignorada – obliga a quien nos nombra a ser conscientes de que existimos y que también legislan, gobiernan y lideran para nosotras y que, además, cualquier forma en que se ejerza el poder nos afecta de maneras particulares. La misma dinámica ocurre en las esferas más cotidianas: al nombrar a las mujeres en el ámbito laboral, familiar, educativo, personal quien nos nombra reconoce no solo de viva voz sino en su conciencia que allí estamos y que nuestra presencia importa.

Hoy, además, somos conscientes de que hablar de lenguaje incluyente (o mejor dicho, hablar con un lenguaje incluyente) requiere visibilizar e incluir a las disidencias de género, en particular a aquellas personas que no se suscriben a la binariedad del género. (Es decir, a la división artificial de las personas exclusivamente como hombres y como mujeres, con características supuestamente categóricas, definitivas y claramente delimitadas). Para mí no existe discusión alguna sobre la existencia de estas personas –no binarias, queer, género neutro o como ellas mismas quieran identificarse – y sobre su derecho a existir y a ser nombradas en igualdad con todas las demás. Mi duda radica en las soluciones que aparentemente hemos encontrado para que un lenguaje binario como el español llegue a nombrar y visibilizar a todas las personas en el espectro de los géneros.

¿Lenguaje incluyente para quién?

La X y/o la E se han propuesto como aquellas letras que pueden convocarnos. Yo no lo tengo tan claro.

Empiezo por las consideraciones prácticas: la X en reemplazo de la ‘O’ y la ‘A’ resulta, como mínimo, impronunciable en nuestra lengua. Me han dicho que se trata de un gesto político, confinado exclusivamente a las plataformas escritas.  A mí se me ocurren por lo menos dos consecuencias indeseables de la impronunciabilidad de la X entre otras dos consonantes incluso si se pretende que la X exista únicamente por escrito.

Pretender que el uso de la X sea un gesto evidente únicamente por escrito no tiene en cuenta que lo escrito es inaccesible para algunas personas. Dicho de otro modo, un gesto político que se transmita únicamente de forma visual es capacitista, es decir, excluye a las personas que padecen alguna discapacidad. Las personas ciegas, por ejemplo, necesitan de adaptadores de texto a voz para usar algunos aparatos electrónicos; el aparato lee en voz alta el texto que aparece en la pantalla. Estos adaptadores no pueden leer un ‘todxs’ o un ‘nosotrxs’.

La segunda consideración con la X tiene que ver con algo que ya mencioné: la relación entre el lenguaje y la conciencia. El lenguaje modifica nuestra forma de pensar porque pensamos en ese lenguaje. Claro, el lenguaje de nuestro pensamiento es mucho más difuso que el lenguaje verbal o escrito, pero necesitamos del lenguaje para formar esos pensamientos. Yo me pregunto qué pasa cuando alguien lee mentalmente una palabra como: ‘nosotrxs’ o ‘ciudadanxs’. ¿Cómo forma esa palabra en su mente? Una cuenta feminista de Instagram llamada @devermut le hizo esta pregunta a sus seguidoras y seguidores. 48% respondió que lo leían como “nosotros”, 27% nosotrs, 17% nosotrcs y 8% nosotras. Al ver esta publicación pensé dos cosas: la primera, que al menos un 56% de estas personas todavía siguen suscritas al binario del género y que ver la X por escrito no les ha sacado de ahí. Y segundo, que sea como sea, al imaginar una palabra “neutra con X”  la posibilidad de imaginarla como femenina es la última de la lista. Y esto sigue perpetuando la idea de que lo universal puede ser de todo menos femenino.

Como dije al principio, lenguaje incluyente es aquel que no excluye o invisibiliza. ¿Qué pasa con la necesidad de que las mujeres seamos explícitamente nombradas si los sustantivos neutros (con X o con E) entran a reemplazar por completo el concepto de masculino universal, es decir, si creamos un ‘neutro universal’? ¿Qué pasa con la necesidad de nombrar explícitamente a las personas no binarias, queer, de género neutro si la E se convierte simplemente en O+A? Confieso que me inquieto cada vez que escucho a alguien hablar de sus ‘amigues’ para referirse a un grupo de personas que incluye a hombres y mujeres pero a ninguna persona no binaria. ¿Realmente cambia nuestra mentalidad binaria cuando ‘amigues’ se convierte simplemente en una forma más corta de ‘amigas y amigos’?

Entonces, ¿para dónde cogemos con el lenguaje incluyente?

¿Todo lo anterior quiere decir que no estoy de acuerdo con el lenguaje incluyente? Por supuesto que no. Para empezar, creo que el lenguaje incluyente no es un cuestión definitiva o unívoca con la que necesitamos que todo el mundo esté (o no) de acuerdo. Para mí, las muchas variaciones del lenguaje incluyente, es decir, los esfuerzos que conscientemente hagamos (individual y colectivamente) para que la maleabilidad natural del lenguaje trabaje en favor de una mentalidad que no excluya, invisibilice o subordine a nadie tienen un valor incalculable. Pero no podemos, como parece estar sucediendo, plantarnos irreflexivamente en una solución única y fácil que se convierta en mandato– como cambiar As y Os por Es y Xs. El lenguaje incluyente debe seguir siendo un lugar en que tambaleen nuestras certezas, una oportunidad de cuestionar y reflexionar sobre la gramática misma (o sea, los supuestos básicos) de nuestra cultura.

Al elegir la dificultad agregada de hacerle el quite al género binario que nos impone el español estamos ejerciendo un gesto político y declarando con cada una de nuestras expresiones una posición política que reconoce la multiplicidad inabarcable de lo humano. Por eso es que el uso del lenguaje incluyente no puede limitarse a un solo gesto (como el cambio de una letra por otra) sino que debe ir acompañado de una auténtica ética de transformación de nuestra mentalidad, prejuicios y supuestos. Y lo mismo debemos exigirle al poder. Si se van a subir al bus del lenguaje incluyente en sus campañas, en sus comunicaciones oficiales y demás, se tienen que subir al bus de la conciencia de género, las políticas públicas, leyes y decisiones judiciales que protejan a las mujeres y disidencias de género y permitan avanzar hacia una verdadera justicia social. El lenguaje incluyente como simple acto performativo, como un teatro que se hace solo para los demás, no le hace ningún bien a nadie.

Además, elegir este acto político que es el lenguaje incluyente tiene que ser una apuesta por conocer verdaderamente esta lengua. Se equivocan quienes, al pararse en una idea errada de la tradición, suponen que romper ciertos patrones que encontramos indeseables (como un lenguaje binario que termina por excluir e invisibilizar) le hacemos un “daño” al español. Todo lo contrario. Modificar las formas de expresión requiere dominar las claves básicas de nuestro idioma. Concordar sustantivos, adjetivos, pronombres y artículos en un nuevo género gramatical que queremos hacer surgir, requiere un dominio de esa concordancia.

Y aquí un llamado a quienes me leen y y se comprometen con expresarse de formas más incluyentes: si la alternativa que eligen es la de incluir el género neutro, háganlo con conciencia no solo de género sino con conciencia gramatical. No se trata de espolvorear letras aquí y allá. Si el sustantivo neutro no lleva artículo neutro, si el sustantivo neutro lo acompañan con un adjetivo masculino o femenino, se pierde inmediatamente la neutralidad. Para hacer de la lengua un instrumento de nuestra lucha social, tenemos que conocer y respetar nuestro instrumento.

Por último, creo que el lenguaje incluyente, como el feminismo, debe ser interseccional. La discusión sobre el lenguaje incluyente nos da una oportunidad de oro para para cuestionar y gestionar las muchas formas en que nuestro uso del lenguaje es excluyente. ¿Tiene sentido que la generación que más se preocupa por usar un lenguaje incluyente sea también la que irreflexiva y constantemente usa palabras en inglés para nombrar todo aquello que el español tiene ya cómo nombrar? ¿Nos hemos parado a pensar a cuántas personas dejamos por fuera de la conversación cuando cualquier palabra especializada (en el trabajo, en los movimientos sociales, en la vida cotidiana) optamos por usarla en inglés? Cuando pensamos en lenguaje incluyente, ¿incluimos también las necesidades de las personas que se comunican de manera distinta, por ejemplo, las personas sordas o ciegas? Cuando proponemos la tecnología digital como solución comunicativa que todo lo puede, ¿acaso somos conscientes de la falta de acceso a esas soluciones que existe en un país como el nuestro?

Propongo que no nos empecinemos únicamente en un imposible como pretender que la gramática de nuestra lengua pueda contener algo tan infinitamente complejo como la identidad humana. Retornemos a la conciencia del lenguaje incluyente no como un mandato y menos como una solución sino un como acto político. Es decir, un acto consciente y ético que demanda reflexión, introspección, creatividad, meticulosidad y que asume orgullosamente su carácter experimental y de constante transformación.

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