¿Amamantar es feminista?

Aquí estoy, escribiendo esta columna en mi sexta semana de puerperio. Desde hace ya varios meses mis reflexiones en torno al feminismo han estado enfocadas al tema de la maternidad y paternidad. Mi conclusión es que es fácil ser mamá y considerarse y actuar desde el feminismo. En cambio, es muy díficil que la maternidad, tal que se nos obliga a ejercerla en nuestro sistema social y económico, sea feminista. Uno de los temas en los que esto es más flagrante es el de la lactancia.

La lactancia, lectora, es todo un cuento. Es, en mi experiencia, lo más difícil de las primeras semanas postparto (además de la falta de sueño). Por un lado porque, contrario a lo que uno puede imaginarse, la lactancia no tiene nada de intuitivo y “natural”. Uno aprende a amamantar como uno aprende a caminar: a punta de tropiezos. Por otro lado porque amamantar requiere una entrega absoluta (en tiempo, en energía, en desgaste físico, en dolor) de la lactante hacia su bebé. 

Mi preocupación de las últimas semanas ha sido sobre si una entrega tan total, puede ser feminista. ¿Es compatible la idea de libertad y autonomía de la mujer con el hecho de  dedicar la mayor parte de su existencia a entregarse a otro? ¿En qué concepción del feminismo es esto aceptable o problemático? 

En el Segundo Sexo, Simone de Beauvoir dice que “La lactancia es también una servidumbre agotadora […] la mujer lactante alimenta al recién nacido en detrimento de su propio vigor.” Su posición, que ha sido mayoritaria en el feminismo francés del siglo XX, es que la lactancia es una manifestación más de la servidumbre de la mujer a un sistema patriarcal. Como lo explica la feminista  española Beatriz Gimeno “Ciertamente, si tenemos en cuenta las exigencias del discurso y la falta de compatibilidades con la vida real, no solo la lactancia materna exclusiva y prolongada puede ser vista como una fuente de opresión para las mujeres que deciden ser madres, sino también como una exigencia neoliberal cuando la finalidad política de esta fomenta la reclusión femenina a la domesticidad y a la mística de la maternidad.”

Esta posición tiene sentido cuando entendemos la dinámica absolutista alrededor de la lactancia materna. Actualmente la recomendación oficial de la Organización Mundial de la Salud estipulan que las madres y personas lactantes deben amamantar de forma exclusiva por los primeros 6 meses de vida y, preferiblemente al menos hasta el primer año. La lactancia exclusiva debe ser en libre demanda, es decir, dar teta cada vez que el bebé lo pida, lo que puede ser hasta cada hora o dos horas en las primeras semanas de vida. Fuentes oficiales como La Leche League recomiendan que durante las primeras 6 semanas de lactancia no se introduzca ningún tetero ni chupo para evitar la temida (y probablemente exagerada) confusión de pezón. 

Todo esto suena relativamente simple pero, en la práctica, implica que durante 42 días la persona que acaba de parir debe alimentar, en promedio, 12 veces al día con pezones dolorosos y agrietados, sin pausas, sin la posibilidad de que su pareja o grupo de apoyo pueda ayudar. Implica 42 días de insomnio. Implica 42 días en que cualquier salida, vuelta, y rutina dependen del horario arbitrario en que el bebé quiere comer. Implica mucho, muchísimo, sacrificio en un sistema que penaliza a la mujer y persona lactante en vez de ayudarla, en un sistema en que las mujeres y personas gestantes se encuentran cada vez más solas para afrontar los retos de la maternidad. Y esto es sólo el principio. 

Lo más dramático de todo es que hay evidencia de que todas las ventajas que se le atribuyen a la lactancia exclusiva sobre otros tipos de alimentación son exageradas. Cualquier persona gestante o que haya parido ha escuchado de su proveedor de salud o de su entorno las supuestas ventajas de la leche materna para mejorar la salud, la inteligencia y hasta el estatus social de su bebé. La evidencia científica de todos estos beneficios es bastante dudosa, y sin embargo dentro de la comunidad prolactancia,la leche materna es oro líquido y cualquier otro suplemento es casi un veneno. Como lo explica Zoé Williams “El acto de amamantar se considera una transgresión de las normas sociales tal que, para que las mujeres se sientan bien al respecto, tiene que haber un grado de exageración en cuanto a cuán beneficioso es”.

No es difícil ver por qué tantas feministas ven en la lactancia una arista más de la dominación patriarcal. Y sin embargo, también hay un argumento para defender la lactancia como un acto profundamente feminista y liberador. 

Es necesario tomar una pausa y pensar acerca del casi milagro que es la lactancia. Que nuestro cuerpo sea capaz de producir de forma gratuita el alimento perfecto para nuestros bebés. Un alimento que se adapta a sus necesidades específicas en cada momento del día, del año y de su desarrollo. Que para alimentar y permitir que nuestro bebé crezca y se desarrolle solo se necesite pegarlo a nuestro seno y nuestro cuerpo se ocupe de todo. Es tan milagroso, como todo lo que pasa durante la gestación y el parto, que parece casi obsceno no celebrarlo. Y para muchísimas mujeres amamantar es una experiencia profundamente poderosa y un ejercicio de empoderamiento. A pesar del dolor y del cansancio debo decir que amamantar a mi bebé me hace sentir como una diosa de la fertilidad y la vida y me ha acercado a mi animalidad. Para todas las mujeres y personas lactantes que viven la lactancia como una actividad liberadora y empoderadora, ésta no se vive como una esclavitud sino como una manifestación de la ética del cuidado.

Por otro lado, como lo explica Esther Vivas, “cualquier feminismo que no apoye la lactancia materna expresa, aunque sea de manera involuntaria, un malestar y una desconfianza hacia el cuerpo femenino y nuestra capacidad biológica (…) El carácter biológico de la maternidad es el que ha utilizado el patriarcado para imponernos la maternidad como destino. Sin embargo, la respuesta no puede ser negar la biología de la maternidad, sino que reivindicar el embarazo, el parto y la lactancia como derecho a decidir sobre nuestro cuerpo”.

La mayoría de mujeres podemos amamantar. Los hombres Trans también pueden , potencialmente, amamantar. Es más, hay hombres que han podido amamantar. Es una verdad biológica innegable, a diferencia de otras cosas que nos han vendido como verdades biológicas (como el instinto de maternidad). No es la lactancia lo que es antifeminista sino la lactancia como camino impuesto. No es dar teta lo que nos someten sino dar teta en un mundo donde las tetas son objetos sexuales, donde se nos exige 6 meses de lactancia exclusiva pero se nos da apenas unas semanas de licencia de maternidad, donde se nos miente sobre los potenciales beneficios y se minimizan los posibles efectos negativos impidiendo así que tomemos decisiones libres sobre nuestro propio cuerpo.

En últimas nuestra leche es nuestro cuerpo, y la decisión de que hacer con nuestro cuerpo es solo nuestra.

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