Por qué leer a bell hooks, ahora y siempre

La obra de bell hooks, feminista negra y estadounidense, es un buen punto de partida para toda feminista interesada en acercarse a la tan anhelada interseccionalidad. Y para esto me voy a enfocar en un libro titulado ‘¿Acaso no soy yo una mujer?’ y sobre todo en un capítulo cuyo título es tan cautivador como su contenido: ‘Racismo y feminismo: la cuestión de la responsabilidad’. Y antes de proceder hago una aclaración: estoy segura de que, desde que hooks publica este libro en 1981, mucho se habrá avanzado en términos del cruce entre raza, género y clase. También sé que, como feminista colombiana, quizás debería fijarme más en las ideas de las feministas negras del sur global, ideas en las que está presente la mirada decolonial. Por todo esto insisto en que esta reseña es un punto de partida y no un retrato completo de un debate en el que no soy experta.

Me animo a escribir sobre las ideas de hooks porque en Estados Unidos (y en el mundo) se respira mejor desde que Joe Biden asumió la presidencia de este país. La sensación general es que “cesó la horrible noche” y que el desafortunado Donald Trump fue una maldición temporal nada más. Pero la verdad es que Trump, que no logró hacer muchas cosas, sí logro revivir odios y tensiones que a Biden y sus sucesores les costará mucho mitigar—y muchos de estos odios tienen que ver con el racismo. Por eso propongo este regreso a la obra de hooks y lo propongo a través de una singular pero muy valiosa lección.     

La lección de hooks: El racismo es una institución

¿Qué implica que el racismo sea una institución? Las instituciones son los sistemas de reglas formales e informales que condicionan y organizan nuestra sociedad (las constituciones, los buenos modales que aprendemos cuando somos pequeños y, por qué no, los roles de género, todos son ejemplos de instituciones). Tan inherentes son estos sistemas de reglas que es difícil concebir nuestra sociedad sin ellos… y esto es lo que, según hooks, sucede con el racismo en EEUU. El racismo en este país es muchísimo más que la suma de muchos actos individuales de odio racial; es una de las bases sobre las cuales está construida la sociedad estadounidense. Esto implica que si reuniéramos y enviáramos a todos los estadounidenses a una isla desierta o al espacio, EEUU seguiría siendo un país racista.

Para entender esto, hooks nos habla de la integración escolar que tomó lugar en 1954 después de una histórica sentencia de la Corte Suprema de EEUU. La escritora señala que integrar a los estudiantes negros y blancos fue una medida necesaria pero definitivamente insuficiente para disminuir el racismo. Después de todo, ¿qué tanta integración se lograría sin intervenir la manera en la que los estudiantes aprendían sobre la historia nacional? ¿Sin reflexionar sobre el hecho de que la economía de su país dependió de la esclavitud durante siglos? ¿Sin reimaginar a los padres fundadores, no tanto como hombres excepcionales sino como esclavistas y promotores de una visión más bien limitada de los derechos humanos? ¿Sin cuestionar el mito del mestizaje, aquella idea romántica de un pasado de coexistencia y no de violencia (y ciertamente un mito presente en nuestras sociedades latinoamericanas)?

¿Y por qué esto nos compete a las feministas?

Ni las más fervorosas feministas nos podemos escapar del todo de las instituciones en las que vivimos (y está bien que seamos imperfectas, aquí les dejo una columna sobre el despropósito que es aspirar a la perfección). Por eso cada día estoy más segura de que el primer y el más importante “requisito” para acercarse al feminismo es tener una disposición genuina a cuestionarlo todo, incluso aquello que va más allá de los asuntos de género. Porque si no asumimos esta actitud de principiante o incluso de humildad, se nos van a pasar las cosas, que fue exactamente lo que les sucedió a las promotoras del movimiento feminista de la década de los sesentas en EEUU. A diferencia de las sufragistas de principios de siglo XX, quienes condenaban a los hombres blancos no por su sexismo, sino porque su sexismo pesaba más que su racismo, estas mujeres no fueron explícitamente racistas, pero la institución del racismo sí alcanzó a moldear muchas de sus ideas feministas.

Un ejemplo de esto es que para estas feministas, las mujeres alcanzarían su libertad y emancipación por medio del empoderamiento económico. hooks señala que esta tan visión romántica del trabajo como liberación no tuvo en cuenta las experiencias de las mujeres negras, para quienes el trabajo, aparte de ya ser una realidad, era simplemente otro frente mediante el cual eran discriminadas. Esto implica que cuando estas feministas hablaban de la lucha de “la mujer americana” en realidad estaban hablando de una mujer específica e invisibilizando a todas las demás.

Es importante leer a hooks para no olvidar que las mujeres también podemos ser victimarias y que lo hemos sido a lo largo de la historia. Acá en Siete Polas hemos hablado de esto en ocasiones pasadas, mencionado el caso de las mujeres del Estado Islámico y de las mujeres hutu durante el genocidio de Ruanda. Son ejemplos más bien explícitos de mujeres victimarias, pero las expresiones sutiles de esto también nos rodean. Me ha pasado más de una vez que en el mundo corporativo en el que me muevo, me encuentro con empresarias muy exitosas y empoderadas pero que condenan al feminismo y perpetúan la idea de que “yo me esforcé y lo logré, ya no hay excusas para las mujeres”.  

¿Entonces qué hacemos?

Es difícil saber cómo reaccionar ante semejante panorama, en el que el racismo es una institución y no la mera suma de actos individuales de odio racial. Sin duda lo que debemos buscar es un cambio institucional, que es algo que no se logrará de la noche a la mañana y que requiere de transformaciones absolutamente radicales.  En su excelente podcast Mujer Vestida, Vanessa Rosales conversa con Allison B. Wolf sobre el feminismo radical: la conclusión es que a las feministas radicales no les interesa que las mujeres vivan mejor en un mundo patriarcal. Lo que les interesa es cambiar el sistema patriarcal del todo. Yo no puedo estar más de acuerdo e incluso sugeriría que esto es precisamente ser feminista, punto (es decir, que el apellido de “radical”) sobra. Cuando nuestras acciones son pequeñas y poco disruptivas y llevan a que las mujeres triunfen (y por lo tanto perpetúen) el patriarcado, entonces no es feminismo. Cierro esta columna un poco desviada de hooks, pero me gusta a donde llego porque puedo recordarles sobre la importancia de no confundir feminismo con empoderamiento.  

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