Conversar con el feminismo transexcluyente

La confrontación entre los discursos transincluyentes y transexcluyentes en el feminismo ha adquirido una relevancia tal vez imprecedente en el feminismo hispano-hablante. Y es una confrontación con unos niveles de beligerancia en las redes sociales que da miedo involucrarse. Especialmente cuando uno no la tiene tan clara o cuando duda de postulados totalizantes que proscriben cualquier tipo de indagación como “la identidad no se debate”. Precisamente, leer esta frase hace ya varias semanas en Twitter me llevó a pensar que el gran debate sobre las  personas trans y su lugar en el feminismo es precisamente un debate sobre qué es la identidad y qué tienen que ver la identidad con el feminismo y que es en esos términos (y probablemente lo más alejado de Twitter que se pueda) que es posible abrirse a una conversación. Creo que la vía para encontrar puntos realmente productivos, que no le hagan el juego al patriarcado de violentarnos entre nosotras, es pensar en la identidad ampliamente entendida, no solamente como una prerrogativa individual en la que cada persona puede decidir quién es y cómo se identifica.

Pero, ¿qué carajos es la identidad?

 Cuando intento definirla, me siento intentando describir a qué sabe la fresa (pues, a fresa… ¿o no?) pero empezaré por decir que la identidad es una paradoja en sí misma. Porque, por un lado, la identidad tiene que ver con la experiencia profunda e íntima de quiénes somos. Es decir, una prerrogativa individual en que cada persona define qué o cómo se reconoce a sí misma y se configura para interactuar con el mundo a su alrededor. Pero al mismo tiempo tiene un elemento colectivo y contextual, pues identificarse quiere decir reconocer a qué o a quién nos parecemos y definir lo que somos, al menos en parte, a partir de allí.

Hoy en día es común que las personas y las instituciones acudamos a categorías como la identidad racial, la identidad cultural, la identidad nacional o la identidad de género para clasificarnos. Y lo primero que hay que reconocer es que estas categorías no corresponden a algo que es sino a la forma en que las personas y las sociedades interpretamos lo que percibimos. A veces pienso en las categorías identitarias como las etiquetas de la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Hay unos “temas” que son relevantes para mí y que me permiten agrupar los correos que me llegan de una forma que resulta práctica para tramitarlos. A veces un correo cabe en más de una etiqueta y a veces en ninguno. Lo importante de todo es que la lógica de esas etiquetas obedece a aquello a lo que yo le doy relevancia o que en general tiene relevancia en función de mi vida personal, profesional y social. A lo que voy con todo esto es que, así como las etiquetas del correo, las categorías identitarias obedecen a eso que –por procesos históricos, políticos y sociales– nuestra sociedad considera relevante y necesario organizar. Y, como esas etiquetas de mi bandeja de entrada, las categorías identitarias son mutables, contextuales e incapaces de prever ese correo inclasificable que seguramente está por llegar. O sea, pueden cambiar en función de lo que tiene sentido para mis necesidades de organización. Y, lo que es más importante, cada etiqueta es incapaz de contener o  reflejar en su totalidad todo el significado de aquello que clasifica. Dicho de otro modo, las personas no somos fundamentalmente de una raza, etnia o género sino que la forma colectiva en que hemos aprendido a pensarnos como seres nos enseña a clasificarnos, a nosotros mismos y a los demás, con estas etiquetas. Y en ese sentido, esas “identidades” no pueden corresponder en su totalidad con ese otro sentido de identidad que tiene que ver con “quién soy” en lo más profundo de mi entendimiento sobre mí mismo.

El debate sobre la transidentificación tiene todo que ver con esto porque las feministas radicales transexcluyentes afirman que lo trans se opone a uno de los principios que ellas enarbolan que es el de la “abolición del género”. Abolir el género quiere decir, básicamente, darle “suprimir” a la etiqueta “género” de nuestra bandeja colectiva de clasificación, es decir, dejar de usar el género como un criterio válido para decir que una cosa es fundamentalmente distinta de la otra. En general, la corriente transexcluyente del feminismo radical lo que dice es que en la medida en que las mujeres trans buscan ajustarse a los criterios sociales y visuales (y, por tanto, patriarcales) de feminidad para *identificarse* como mujeres, lo que hacen es, precisamente, reivindicar esos criterios que son los que le han servido al patriarcado para oprimir a las mujeres. Por eso, según ellas, lo que ES – lo que realmente existe más allá de esa interpretación social que es la etiqueta “género” – es el sexo biológico definido a partir de la genitalidad y la capacidad reproductiva. Y afirman que es esa genitalidad y esa capacidad reproductiva, o más bien, los intentos por controlar, dominar y apropiarse de esa genitalidad y capacidad reproductiva los que están detrás de la opresión histórica y actual de las mujeres. Y lo anterior es absolutamente cierto y eso lo sabemos todas las feministas. Lo que no aceptamos las feministas transincluyentes es que el género no SEA REAL también, así sea una categoría construida y no una característica fisiológica perceptible a través de los sentidos. Así como tampoco nos conformamos con que el control, dominación y apropiación de nuestra sexualidad y capacidad reproductiva sean la única frontera para acabar con la jerarquía  opresora que construye el patriarcado.

Re-confusa la cosa, yo sé. Pero es que tiene que ver con esa paradoja que supone la dimensión individual y la dimensión colectiva de los procesos de identificación. Que una mujer, individualmente concebida, tenga o no vulva y útero deja de ser relevante cuando, en la dimensión colectiva, son todas las personas percibidas como mujeres las que experimentan opresión, negación de sus derechos y vulneración de su dignidad. A eso nos referimos cuando decimos que la definición de mujer no puede depender de una característica tal como los genitales o la capacidad de reproducirse, porque ello querría decir que las mujeres infértiles, por ejemplo, estarían libres de opresiones patriarcales. Y no es así.  Además, no podemos obviar que la feminización de los sujetos con el objetivo d e oprimirlos es algo que el patriarcado sabe hacer muy bien sin limitarse a criterios biológicos o físicamente perceptibles para hacerlo.

Vuelvo a la bandeja de entrada, por si sirve para aclarar este tema espinoso. En algunas configuraciones de Gmail hay una especie de clasificaciones pre-determinadas. Han visto? El servidor de correo automáticamente manda los correos a una  de tres bandejas de entrada: “Principal”, “Social”  o “Promociones”. A fuerza de que a la mayoría de las personas nos llegan infinidad de notificaciones de cuentas de redes sociales y una infinidad de correos con basura  promocional, Gmail diseña toda una configuración de su plataforma de correos que obedece a  esa lógica.

Para mí el género es un poquito así. Es una etiqueta que a fuerza de repetición y de relevancia se convierte en una super-etiqueta, tanto así que se le asigna una bandeja de entrada propia. Para eliminar esas bandejas de entrada alternas no basta con “eliminar una etiqueta” sino que tienes que cambiar la configuración principal de tu bandeja de entrada. Esa bandeja de entrada alterna es fija y funciona automáticamente. Y cambiar la configuración de una sociedad completa no es cuestión de un par de clicks. Por eso, la abolición del género como sistema de jerarquización no puede pasar por decirle a las mujeres trans que nieguen la dimensión personal e íntima que involucra su proceso de identificación. O cargarles encima la responsabilidad de que no se valgan de los códigos sociales sobre la feminidad – que permean a la sociedad entera – para tramitar y dar sentido  a sus procesos de identificación tanto íntimos como sociales.

Y acá la palabra jerarquización es clave porque hace falta reconocer que las categorías identitarias bajo las que opera nuestra sociedad actual (es decir, las que dicta el patriarcado) no son exclusivamente un sistema de clasificación sino un sistema de jerarquización. No estamos socializados solamente para distinguir a unas personas de otras en virtud de sus genitales y de comportamientos que se consideran femeninos o masculinos, sino que le damos un valor mayor o menor a las personas según la categoría en la que resultan categorizadas. El feminismo, me atrevería a decir que en todas sus corrientes, se opone a esas jerarquías, es decir, a esa asignación de un valor mayor (y por consiguiente de más derechos y menores oportunidades) a unos por encima de otras. Lo que distingue, según veo, al feminismo transexcluyente del que no lo es,  es pensar que negar que las mujeres trans son mujeres nos acerca a desconfigurar una configuración en la que las mujeres cisgénero no solo estamos clasificadas sino jerarquizadas como inferiores. O, visto desde el otro lado, que la identificación de las mujeres trans con la categoría “mujer” de alguna forma agrava esa jerarquía.

En su dimensión social, las categorías identitarias pueden tener una de dos funciones. Cuando las categorías son políticas, es decir, a través de ellas se organiza una repartición desigual y opresiva del poder, las categorías sirven para oprimir. Cuando las categorías son sociales pueden servir para reivindicar, para reconocer y denunciar que unas u otras características nos han hecho objeto de abuso y opresión y, entonces, buscar erradicar el sistema que decreta, permite y perpetúa esa opresión. En una sociedad patriarcal y machista, tanto el sexo como el género se despliegan e instrumentalizan como categorías políticas en virtud de las cuales se le asigna mayor o menor validez y dignidad a las personas. No me resulta congruente que se use políticamente una categoría (mujeres “biológicas” vs. mujeres trans) en función de la reivindicación de los derechos de las mujeres.  En últimas, si todas las mujeres trans desparecieran mañana, ¿estaríamos las mujeres cisgénero en una sociedad más justa con nosotras? ¿O estaríamos en una posición más ideal para reivindicar nuestros derechos?

La identidad y el sujeto político del feminismo

Podría pretender que con esto zanjo la discusión. Pero si he de tomarme en serio este ejercicio de cuestionamiento y reflexión, es necesario admitir que la “transexclusión” no se limita a la negación de la identidad (o sea de la clasificación) de las mujeres trans como mujeres y que, incluso, en varios casos, las feministas transexcluyentes no niegan de base la identidad trans sino la inclusión de las mujeres trans en el movimiento feminista. Es decir, pasamos del asunto de la identidad al asunto de los sujetos políticos.

Si político es aquello que tiene que ver con la distribución y el ejercicio del poder, entonces los sujetos políticos son quienes entran a negociar y disputar esa distribución  y ejercicio del poder. El sujeto político de un movimiento social como el movimiento feminista es esa persona ficticia ideal que representa y define quiénes somos las personas que entramos a la arena política con las banderas de ese movimiento. Al igual que las etiquetas, es una forma práctica de hacer una generalización para agrupar a elementos distintos entre sí pero con una o unas características comunes. El sujeto político del feminismo es “la” mujer. Desde el artículo “la” ya es evidente que se trata de una categoría difusa y que, además, como toda etiqueta, es contextual y mutable.

Me gusta pensar en la-mujer-como-sujeto-político como una unidad que contiene multitudes. Y es que empecemos por aclarar que toda definición unívoca de un sujeto político nos tiene que generar sospecha. Precisamente, los discursos nacionalistas, supremacistas y fundamentalistas se construyen  bajo la lógica de una subjetividad individual que corresponde exactamente con el sujeto político de un grupo o comunidad (y que quien no corresponde individualmente con ese sujeto político debe ser eliminado de la “polis” es decir, del espacio en que se ejerce y negocia el poder).

El sujeto político del feminismo puede y deber ser heterogéneo. Todo lo demás solo buscaría reemplazar la hegemonía patriarcal ­– es decir, una dinámica homogeneizante y universalizante–  con una hegemonía de otro tipo. Lo importante es que esta diferenciación implica un llamado para ambas partes del debate. Para las feministas transexcluyentes implica cuestionar la idea de que la genitalidad puede ser un criterio exclusivo de identificación del sujeto político de nuestro movimiento. A las feministas transincluyentes nos obliga a cuestionar nuestro impulso por hacer de todos los espacios feministas espacios universales en que “quepan todas las mujeres”. No seremos nosotras, por supuesto, quienes gestionemos, divulguemos, o apoyemos espacios separatistas. Pero el separatismo de algunas corrientes feministas no puede desencadenar en nosotras prácticas y discursos aniquiladores de quienes disienten frente al feminismo que nosotras proponemos.

Yo sí quiero espacios feministas en que quepan todas las mujeres, y en los que las luchas y las reivindicaciones de las mujeres trans ocupen cada vez lugares más centrales. Y me esforzaré, con todas mis torpezas, puntos ciegos y deficiencias, por construirlos. Pero tampoco voy a salir a crucificar, anular o prohibir a quien decide construir espacios que excluyan a algunas, aunque no comprenda o comparta sus razones. Y evitaré caer en la trampa de construir alteridades contrapuestas y lógicas de ellas vs. nosotras. Esas alteridades que (hablando de identidad) definen lo que uno es a partir de aquello que no es como uno, que deviene en una satanización  y deshumanización del otro han sido la columna vertebral de todos los sistemas jerárquicos y opresores (el racismo, el patriarcado, el colonialismo, el imperialismo). Creo que el debate posible entre unas y otras es precisamente este: cómo co-existir en heterogeneidad.

Suscribo completamente la idea de que “sin mujeres trans no hay feminismo”, pero esta larga indagación me ha llevado a concluir que, sin feministas radicales transexcluyentes tampoco. Posiblemente no sea una opinión popular entre mis compañeras transincluyentes o transfeministas. Y entiendo su aprensión; no hay cómo negar que hay discursos transexcluyentes que exceden el debate y cruzan a la deshumanización. No son esos discursos a los que quiero abrirme. Pero tampoco quiero estigmatizar toda posición que cuestiona el lugar de las reivindicaciones trans  en el feminismo como inherentemente cancelables. Creo que hay ideas y debates que, aunque incómodos y posiblemente ofensivos, pueden ser objeto de mi atención, escucha y análisis. Y, claro, hago esta propuesta desde un lugar cómodo, porque estas discusiones no me atraviesan el cuerpo y el espíritu sino solo la mente y el intelecto. Creo, de hecho, que una ética de solidaridad y empatía con las personas trans no necesita  de una política de cancelación automática de todo discurso transexcluyente. Es más, encuentro más solidario poner mi mente a trabajar allí donde otras tal vez no quieran o no puedan por el costo emocional que esto pueda implicar. Creo que, si logramos escapar a las lógicas patriarcales y coloniales de la anulación y la cancelación, podemos aspirar a convertirnos en una multitud homogénea que se mueve hacia un horizonte común. Que, por supuesto, lo hace por caminos distintos que a veces confluyen y a veces divergen, pero que se reconoce, se “identifica”  (¿por qué no ponerlo en esos términos?) como una multitud que coincide en el deseo y la capacidad de imaginar y trabajar por un mundo justo para las mujeres.

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