Matrimonio, heterosexualidad e igualdad

Quiero comenzar esta columna dejando claro que estoy convencida que el matrimonio, como institución social, es una institución patriarcal. Y, sin embargo, el próximo sábado 12 de septiembre a las 4:30 pm me casaré civilmente. 

Las opiniones de las feministas frente al matrimonio han estado profundamente divididas desde el inicio. Un grupo, ferozmente opuesto a la posibilidad de conciliar la libertad personal de las mujeres con una vida de mujer casada, argumentan que la única opción es abolir esta institución. El segundo grupo, muchos más mitigado frente a la incompatibilidad del feminismo y el matrimonio, y mucho más liberal propone que se puede construir un matrimonio libre de estereotipos de género y donde los dos compañeros sean iguales.

La realidad, como siempre, es mucho más complicada que estos dos extremos. Cuando una feminista heterosexual decide casarse no basta con preguntarse si el matrimonio es patriarcal, o si podría no serlo. También debe preguntarse qué modelo social está validando esta institución. Qué tanto poder tenemos, por un lado, de cambiar la sociedad a partir de nuestras decisiones individuales, y por el otro de cambiar las instituciones a través de nuestras acciones personales. Qué alcance tiene la afirmación de que vivimos una relación de pareja feminista. 

Sea como sea, hay un hecho que no se puede disputar. El matrimonio surgió y se desarrolló como una institución heteronormativa que subyuga a la mujer al poder de su esposo y le impone unos roles de género estrictos. No podemos entender el debate sin entender cómo se construyó históricamente esta institución.

  1. El matrimonio como transferencia de propiedad

Lejos de ser una institución para perpetuar relaciones de pareja basadas en el amor y el respeto mutuo, la primera finalidad del matrimonio históricamente fue la organización económica, la transferencia y perpetuación de la propiedad. Y dentro de esta configuración, las mujeres eran parte de la propiedad privada adquirida por el hombre. Como lo explica la historiadora Margaret Hunt, el matrimonio fue concebido como “el principal medio para transferir propiedad, estatus ocupacional, contactos personales, dinero, herramientas, ganado y mujeres entre generaciones y grupos de parentesco”. El matrimonio cumplía un rol similar al que hoy ocupan los bancos, permitiendo el traspaso de propiedad, y ayudando a perpetuar negocios familiares a través de la creación de nueva mano de obra. 

Dentro de este acuerdo económico que era firmado por las familias de los esposos (y no necesariamente según la voluntad de los esposos mismos), la propiedad de la mujer pasaba de su padre a su esposo, de donde viene la tradición del padre que “entrega” a la novia el día de su boda. 

2.              El matrimonio como herramienta de jerarquización social

A pesar de que a través de la historia y desde hace miles de años se han reconocido social y legalmente diferentes tipos de uniones, muchas de ellas polígamas y hasta entre personas del mismo sexo, el matrimonio, al ser una institución que necesita ser sancionada oficialmente por el estado o por la iglesia, ha sido utilizada como una herramienta de control social que determina que es válido y que no, que es aceptable y que no, y como consecuencia que excluye y jerarquiza.

Dicho de otra forma, cuando el estado o la iglesia tienen la capacidad de investir un tipo de relación privada entre dos ciudadanos con un valor legal particular, esto necesariamente excluye los otros tipos de relaciones privadas y perpetúa sistemas de opresión como la heteronormatividad y el patriarcado. Y esta herramienta ha sido usada conscientemente para excluir y privar de derechos a ciertos grupos sociales. Recordemos por ejemplo que los matrimonios interraciales estuvieron prohibidos en Estados Unidos hasta 1967 o que los matrimonios del mismo sexo no fueron permitidos en Colombia sino hasta 2016. Las relaciones poliamorosas no son reconocidas por ningún Estado occidental, y en todas las organizaciones sociales las parejas casadas tienen ventajas, especialmente en términos de impuestos, sobre las personas solteras. No es una coincidencia tampoco que los grupos sociales más marginalizados tengan las menores tasas de matrimonio 

Así mismo, requerimiento de la iglesia de que la mujer llegue al matrimonio virgen y que sea sumisa a su esposo, como nos lo recordó un cura en una misa de matrimonio a la que asistí hace apenas dos meses, también demuestra el rol del matrimonio para establecer jerarquías morales y normalizar la exclusión y opresión de las mujeres. 

3.              El matrimonio como imposición de roles de género

Si la historia del matrimonio en occidente solo reconoce un tipo de unión (monógama y heterosexual) como válida, esto es porque se considera que el rol de un hombre y el rol de una mujer dentro de una relación de pareja y de crianza de hijos son necesariamente diferentes y complementarios. El matrimonio posiblemente es la institución social que más ayuda a la perpetuación de los roles de género en nuestra sociedad.

Hasta hace apenas unas décadas, el matrimonio otorgaba legalmente derechos y deberes únicos a los hombres y a las mujeres dentro del matrimonio. Como lo muestra Stephanie Coontz en su libro “La historia de un matrimonio” “las mujeres tenían derecho a la manutención de sus maridos, pero no tenían derecho a decidir sobre la distribución de la propiedad comunitaria. Y si una esposa resultaba herida o muerta, un hombre podía demandar a la parte responsable por privarlo de “servicios en el hogar”, mientras que las mujeres no tenían la misma opción”.

Matrimonio del siglo XXI

Es innegable que el matrimonio en Colombia hoy es muy diferente al matrimonio validado por la iglesia y el Estado hace 200, 100 y hasta 50 años. Para comenzar, los matrimonios actuales parten de la premisa de que la decisión de casarse nace del amor mutuo. Inclusive en términos legales, el código civil colombiano ya no incluye disposiciones que impongan roles y deberes diferentes a hombres y mujeres dentro del matrimonio.

Sin embargo, los matrimonios, a la imagen de las relaciones de pareja de manera global, siguen siendo profundamente desiguales y patriarcales. Como lo indica la Dra. Meagan Tyler “no basta con ser una feminista que se está casando para que el matrimonio sea feminista”, y así mismo, no basta con que un matrimonio sea celebrado por una feminista para que la institución deje de ser excluyente y opresiva. Vale la pena preguntarse qué estamos logrando como feministas si queremos apropiarnos de instituciones tradicionalmente patriarcales para cambiarlas (supuestamente desde adentro) si de todas maneras seguimos validando con ellas un sistema político y jurídico que es liberal, y excluyente. 

Pero si el matrimonio civil, y aún más el religioso, es necesariamente patriarcal, entonces ¿no habría ninguna justificación para que una feminista se case? De nuevo, creo que es mucho más complicado que eso. A pesar de que hoy predicamos que el matrimonio es una celebración de amor y respeto mutuo, en la práctica sigue teniendo fines muy variados (la obtención de la nacionalidad, el reconocimiento de los hijos, el sustento económico) que pueden ser al menos igualmente importantes que nuestra conciencia feminista. Por otro lado, y como lo plantea Andi Zeisler “parte del feminismo vivido (a diferencia del feminismo teórico que muchos de nosotros aprendemos a medida que asumimos la identidad, a menudo en la universidad) es comprender que es imposible armonizar nuestros ideales del feminismo con todos los aspectos de nuestras vidas, y que simplemente no vale la pena castigarnos por pequeñas capitulaciones ante el patriarcado arraigado que la mayoría lleva dentro de nosotros”.

Para terminar, creo que es fundamental preguntarse no solo si el matrimonio puede ser feminista, que no lo creo, sino si las relaciones heterosexuales en si pueden ser feministas e igualitarias. En todo caso no basta con que dentro de la pareja haya una conciencia feminista. Se necesita, además de la conciencia y el propósito, un trabajo significativo y profundamente incómodo (especialmente para el hombre). Por eso es que, aun en nuestra burbuja social feminista y que se cree profundamente igualitaria, las mujeres casadas, y especialmente las mujeres casadas y con hijos, viven en una posición de profunda desigualdad frente a sus parejas. 

Nosotras seguimos cargando con la carga más importante en las labores del cuidado. Las mujeres están encargadas de la estabilidad emocional, de mantener y alimentar el ego de la pareja y los hijos, de mantener relaciones íntimas, de resolver conflictos, de llevar la carga mental ligada a las celebraciones familiares, de la crianza en lo micro y lo macro. A pesar del aumento de conciencia sobre la importancia del rol de los padres y esposos ha aumentado, esto nunca se ha traducido en paridad en la repartición de las cargas ligadas a la vida familiar, ni en la eliminación de los roles de género dentro de las parejas. En otras palabras, la toma de conciencia sobre la importancia de la igualdad no se ha traducido en esfuerzos de los hombres por estar a la par con sus parejas.

En un estudio de la Universidad de Nueva York sobre los matrimonios heterosexuales se concluyó que hay “una distinción entre ideología y práctica de la igualdad dentro del matrimonio heterosexual de feministas. La práctica de la igualdad marital en términos de resultados, es decir, compartir los [deberes domésticos], no surge automáticamente cuando se declara tener una ideología feminista”.

¿Por qué? Por un lado, porque es muy difícil, a pesar de reconocerse y construirse dentro del feminismo, liberarse de los patrones sociales que hemos aprendido a lo largo de la vida. Por otro lado, porque es mucho más fácil decir que queremos igualdad que realmente actuar para alcanzar la igualdad (especialmente del lado de quien se beneficia de la desigualdad). La doctora Darcy Lockman explica que “la desigualdad hace que todos se sientan mal. Los estudios han encontrado que las personas que sienten que se están saliendo con la suya experimentan miedo y auto-reproche, mientras que las personas que se sienten explotadas están enojadas y resentidas. Y, sin embargo, los hombres se sienten más cómodos que las mujeres con el primer escenario y menos tolerantes que las mujeres de encontrarse con el extremo más corto del palo. La paridad es difícil y esta discrepancia sienta las bases para la resistencia masculina”.

El matrimonio, y las relaciones heterosexuales, han cambiado a lo largo de la historia. Y, sin embargo, siguen siendo relaciones profundamente desiguales. La institución legal del matrimonio, como injerencia del estado en la vida privada de las parejas nunca dejará de ser una herramienta de exclusión y jerarquización social, pero la vida de pareja, en cualquiera de sus configuraciones, pueden ser verdaderos espacios de trabajo y de cambio hacia la igualdad. Solo tenemos que entender que no basta con ser feminista para lograrlo.

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