La carga emocional de trabajar

Imagen de: @cottonbro

No sé ustedes, pero lo que a mí me cansa más de mi trabajo es la montaña rusa de emociones en la que vivo día a día. Más que el mismo trabajo que hago. Contener el estrés y responder bien a la presión. No dejarme intimidar por las fallas que tengo constantemente ni molestarme por el mucho trabajo que cae en mis hombros. Siempre mostrar una sonrisa, siempre tratar bien a la gente, nunca salirme de casillas. Mostrarme siempre en control. Aunque por dentro sienta que quiero explotar. 

A muchas nos enseñaron que esto era parte de ser inteligentes emocionalmente, saber cómo manejar tus emociones en cada ambiente al que te enfrentas. Es un concepto que cada vez toma más fuerza en el desarrollo de habilidades blandas en las personas. 

Pero otro concepto que está detrás de este malabar de emociones es el de carga emocional. En el mundo laboral, la carga emocional se refiere a la expectativa de que un trabajador debería manipular sus emociones o la apariencia de sus emociones, para satisfacer los requisitos percibidos de un trabajo.

Piensen un momento en las azafatas o auxiliares de vuelo, quienes deben estar sonriendo y atendiendo de manera complaciente a clientes por largos periodos de tiempo. O piensen en las personas que trabajan en starbucks que tienen que escribir mensajes positivos para los clientes todo el día (y seamos sinceros, cuando nos tocan mensajes de “ten un lindo día” los juzgamos que se les acabó la imaginación). Estas personas tienen que estar constantemente felices, positivos y entusiastas para hacer su trabajo, o por lo menos aparentarlo.

El término carga emocional fue acuñado por Arlie Hochschild en 1983, en su libro “The Managed Heart”, el cual describe la carga emocional como “la forma en la que ciertas profesiones exigen un manejo emocional”. Este manejo emocional se puede dar de dos maneras: a partir de un actuar profundo o de un actuar superficial.

En el actuar profundo, uno trata de cambiar la manera como se siente internamente al tratar de manipular sus emociones con buenos recuerdos, o usando técnicas de pensamiento positivo, entre otras cosas. El actuar superficial es cuando una persona solo disfraza sus sentimientos con una sonrisa y sin cambiar realmente la manera como se siente.

Todos nos podemos sentir relacionados con estos dos casos. Ya sea porque nos hemos entrenado para dejar los “sentimientos malos” de lado y concentrarnos en ser siempre positivos y felices, o porque nos hemos convertido en unos expertos en ocultar lo que realmente sentimos. Todos hemos adoptado estos comportamientos. Muchas veces, para que no nos perciban como poco profesionales. Así, dejamos las emociones en un segundo (o realmente como un quinto lugar) en el mundo laboral. 

Hemos oído que las emociones no tienen cabida en el mundo laboral. Mostrar emociones se ve mal, se considera algo débil. O aún peor, hemos oído que las mujeres somos demasiado emocionales para tener altos cargos de liderazgo en una empresa. Las emociones en el mundo laboral se han exorcizado en aras a mantener un “ambiente de trabajo amigable” y poder seguir produciendo. A veces siento que nos convertimos en un saco de boxeo, viendo qué tanto podemos aguantar. 

El problema es que tanto hombres como mujeres somos humanos y eventualmente sentimos emociones. Ese conflicto entre lo que sentimos y lo que externalizamos es extenuante y, tristemente, somos las mujeres las que tenemos el mayor precio que cargar. 

Debido a una serie de factores que varían entre la crianza, la biología y los roles de género, las mujeres tendemos a ser más “emocionales” que los hombres. En nuestra cultura, a los hombres se les inculca el no hablar de sus emociones – lo que nosotros mal llamamos estoicismo. El machismo tiene como estereotipo a el hombre “estoico”. Los niños son criados para ser fuertes, no llorar, no hablar de cómo se sienten, no ser movidos por las cosas que están pasando, porque todo esto es un comportamiento de niñas. También, a medida que crecemos, nos juzgan y nos tratan diferente, por ejemplo en los deportes, a los niños se les pide mayor severidad mientras que con las niñas se pide ser atento. No es sorpresa que cuando crecemos, estos estereotipos se reproducen en el mundo laboral. Las mujeres terminamos siendo más abiertas a compartir nuestras emociones, mientras que para los hombres no es algo muy masculino ni profesional.

Entre más trabajo y más conozco de feminismo, me doy cuenta que el ambiente laboral fue construido por hombres. A medida que más mujeres han entrado al mundo laboral, todavía se espera de nosotras que tengamos un poco más de trabajo emocional que los hombres – ya saben, porque “las mujeres somos mejores para esas cosas”, tales como ser emotivas o empáticas. De hecho, a las mujeres se les pide el proveer de armonía la oficina, el ser complaciente, estar presente pero no demasiado (osea, no hagas del trabajo tu vida), encantadora pero tolerante, y voluntariarse a hacer tareas superfluas como hacer café o imprimir documentos. 

Inclusive, Jessica Colette, profesora de sociología de la Universidad de California en Los Ángeles, menciona en uno de sus estudios que los miembros de juntas directivas – tanto mujeres como hombres – tienen que “charlarse” a sus clientes o grupos de interés hasta cierto punto (lo cual es una expectativa normal de su trabajo), pero, adicionalmente, de las mujeres se espera que contribuyan a la armonía de su oficina al recordar los cumpleaños de sus colegas, o el hacer charlas pequeñas con el staff. Me van a decir “los hombres también lo hacen”, sí, pero en este caso se ve como un plus en vez de un requisito para ser apreciado en la oficina.

Esto, sin hablar sobre la brecha de confianza y la doble moral con la que nos juzgan a las mujeres en el mundo laboral, las cuales han sido temas de columnas pasadas. La brecha de confianza hace referencia a que las mujeres confiamos menos en nosotras mismas y se refleja en los comportamientos que tenemos en nuestro trabajo. Por ejemplo, que nos cuesta más vendernos a nosotras mismas y los éxitos que hemos conseguido. Pero, una contraparte de esta teoría no es que las mujeres tengamos menos confianza en nosotras mismas sino que aún no ha cambiado cómo se percibe a las mujeres en las organizaciones. Las mujeres todavía somos percibidas como cuidadoras y emocionales. Y salirse de ese rol también tiene unas implicaciones negativas para las mujeres. Como por ejemplo, cuando somos asertivas nos juzgan de agresivas. Nuestros comportamientos siempre son juzgados con una doble moral de la cual siempre tenemos que estar pendientes.

Les pongo un ejemplo mio de la semana pasada. Llevo dos meses muy enfocada en mi trabajo, lo cual ha resultado en mayor visibilidad y responsabilidad con las áreas que trabajo. Mi “trabajo arduo” me ayudó a posicionarme y a crecer como profesional. Gané inicialmente alabanzas con mi jefe por esto, me llamaron asertiva. En estas, entró un jefe nuevo. Gringo, con otro esquema de trabajo. Desde la primera semana de trabajo me pide descansar y me dice que me tome vacaciones. Para él, soy una workaholic – o una adicta a mi trabajo. Para uno puedo tomar aún más carga mientras para el otro estoy tomando demasiada. Y lo peor, es que tengo que modular mi discurso y emociones cada vez que hablo con cada uno para intentar no ser etiquetada en ninguna de las dos áreas y pueda seguir avanzando en las cosas que tengo que hacer. 

Pero volviendo al tema de la carga emocional, cuando intentamos controlar nuestra expresión emocional, con el fin de no “molestar” o “causar inconvenientes en otra persona”, nuestra carga emocional aumenta. Esto se ve mucho en escenarios de trabajo, y el rol que tiene la mujer dentro del ámbito profesional. Cuando su asertividad es vista como amenazante y agresiva, limita significativamente su expresión emocional. Parecido a lo que me pasa a mí, constantemente estamos modulando nuestras emociones para no parecer muy poco pero tampoco demasiado.

Lo triste de todo este asunto es que a pesar que nos afecte más a las mujeres, esto afecta a todas las personas y las empresas aún no han creado espacios para poder hablar de manera abierta sobre las emociones. No es que vayamos por el día histéricas y puteando a todo el mundo que se nos atraviesa, pero las empresas sí deberían buscar crear sistemas a través de los cuales una persona que necesita ayuda pueda hablar de sus emociones sin ser tildada de débil.

Mientras esto sucede, el mundo laboral muy asertivamente nos sigue vendiendo la carga emocional como la habilidad de gerenciar nuestras emociones y nos hundimos en un discurso donde las personas solo valen en tanto que pueden mantenerse estables para producir. Las empresas romantizan esta explotación, le llaman ponerse la 10, dar la milla extra, buscar crecer profesionalmente. Ese entregarse en espíritu, alma y cuerpo, que muy pocas veces trae el mismo retorno para la persona que lo hace, que para la empresa que lo recibe. Los estudios muestran que la carga emocional de manera acumulativa y continua es extenuante y pocas veces es reconocida como una presión legítima – y por tanto, no se refleja en los salarios.

Entonces, ¿renunciamos a nuestros trabajos? Pues, no. Trabajar hace parte de los elementos de desarrollo profesional que hacen plenas a algunas personas. Para mí, esta es otra área en la cual debemos ganar la pelea contra el patriarcado. A pesar que el mundo laboral ha sido construido por hombres, somos las mujeres las que lo estamos reivindicando con nuevos estilos de liderazgo más colaborativos, más empáticos, más conscientes, y más feministas. Seamos nosotras las primeras en darnos un respiro y no darnos tanto palo por cómo nos sentimos durante el día. También, a las personas que nos rodean, démosles el espacio de poder expresarse como nosotras no lo hemos tenido. Reconozcamos que el verdadero equilibro emocional viene de lo que construyamos por fuera del trabajo y dejemos de normalizar el trabajo sin descanso.

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