Instagram es el mejor aliado y el peor enemigo del feminismo

Imagen de Luke Chesser.

¿Hay relaciones que se han fortalecido gracias a la pandemia y a la cuarentena? Claro que sí. Hablemos de mi relación con Instagram. Hablemos de la cantidad de horas que paso conectada y de cómo intento justificar esta evidente adicción, señalando que estoy consumiendo contenido principalmente feminista, ambientalista e intelectual. Pero mentiría si no dijera que las publicaciones sobre estos temas vienen acompañadas de otro tipo de publicaciones, como mis marcas de ropa favoritas gritándome “rebajas” de todas las formas posibles o un sinnúmero de memes basura. Por todo esto sería más acertado afirmar que mi newsfeed es un potpurrí que apela a mis intereses feministas pero también consumistas.

Esta columna es un potpurrí también, una serie de reflexiones feministas y antropológicas sobre la inevitabilidad de Instagram en nuestra realidad. Dicen que para superar una adicción el primer paso es admitir dicha adicción. ¿Quizás estas palabras son mi primer paso?

Instagram es un artefacto político

Instagram ha provocado una pequeña crisis existencial en sus usuarias feministas: ¿qué hacemos con una plataforma que puede ser extremadamente feminista y, simultáneamente, extremadamente perjudicial para el feminismo? ¿Cómo es posible que en un mismo espacio convivan los reclamos de diversos movimientos sociales con publicaciones que son la máxima expresión del capitalismo o del patriarcado? La respuesta sencilla es que Instagram es una plataforma totalmente neutra cuyo significado se lo otorga quien la utilice. Pero a los antropólogos no nos gustan las respuestas sencillas, preferimos buscar y rebuscar explicaciones menos intuitivas y yo encontré la mía en un artículo de la década de los ochentas titulado “¿Tienen política los artefactos?” del teórico estadounidense Langdon Winner.

Winner señala que, como los arqueólogos que escavan artefactos para entender las culturas antiguas, nosotros podemos analizar los artefactos tecnológicos que nos rodean para entender más sobre quienes los diseñan. Que nuestras creencias y nuestros prejuicios quedan plasmados en nuestras invenciones y que esto puede suceder consciente o inconscientemente. De esta manera, podemos afirmar que Instagram es mucho más que una plataforma neutra y que esto tiene implicaciones positivas y negativas. Las positivas: que quienes la manejan han entendido el rol de Instagram en la protesta social e incluso se han comprometido a trabajar en miras de esto. Por ejemplo, gracias al reciente auge del movimiento Black Lives Matter, el CEO de Instagram señaló que se revisará el algoritmo de la plataforma para asegurarse de que no se estén discriminando las “voces negras”.  

Las implicaciones negativas son que, al pretender ser un espacio democrático en el que una publicación será eliminada si la mayoría de los usuarios la reporta, Instagram está reproduciendo prejuicios y violencias normalizadas en la cultura patriarcal. Retomo un caso del que ya escribí en una columna sobre el tabú de la menstruación: la siguiente foto de la poeta e ilustradora canadiense Rupi Kaur fue eliminada dos veces de la plataforma en 2015, pues, como Kaur fue informada, iba en contra de las pautas establecidas para la comunidad.

Foto tomada de la página web de Kupi Kaur.

En cambio cuentas como el del jugador profesional de póker Dan Bilzerian, cuyas publicaciones no hacen más que objetivizar a las mujeres, cuentan con más de 30 millones de seguidores. Vivimos en un mundo en el que nuestra objetivización no atenta contra las políticas de uso de redes sociales como Instagram, pero una pequeña mancha de sangre menstrual sobre una sábana sí.

Instagram se asegura de que todo nos entre por los ojos

Sin duda alguna Instagram es una red social en la que primera lo visual y lo estético. Esto es una regla de oro que las Siete Polas y todos los generadores de contenido queremos cumplir y gracias a la cual hemos incursionado, de manera tímida, en el mundo del diseño gráfico. Esto también podría entenderse como un reto interesante al cual nos enfrentamos las feministas: ¿cómo transmitir ideas complejas de manera sencilla, a través de imágenes y formas gráficas y no bloques y bloques de texto?

¡Y sí que hemos logrado el reto! Como para que no crean que solo estoy buscando excusas para echarle flores a la cuenta de Siete Polas, los invito a seguir, por ejemplo, a Thaddeus Coates, un ilustrador negro y queer que afirma que gracias a Instagram, ha podido demostrar que el ser negro (“blackness”) no es algo “monolítico”, sino una conversación que se puede dar a través de “los colores, los patrones y los ritmos”.

Foto tomada del Instagram de Thaddeus Coates, @hippypotter

Ahora bien, debemos entender que este culto a lo visual no se lo inventó Instagram. En la cultura occidental prima lo que en la literatura se ha llamado el visualismo o el sesgo hacia la visión como el sentido más noble o más cercano a la razón. Este énfasis en la observación y lo visible, que es característico del positivismo científico, implica que la habilidad para visualizar es sinónimo de entender. Y todo esto nos puede sonar perfectamente natural, pero estudios antropológicos sobre culturas no occidentales han sugerido que se trata de (¡sí, ya lo saben!) una construcción social. Tenemos evidencia de culturas “orales” en las que la escucha es más valorada que la visión e incluso algunas en las que observar se considera peligroso, descortés o hasta incivilizado.

Por lo tanto el visualismo que prima en Occidente no es el resultado de la biología humana sino del legado de la Ilustración, que es un legado que viene acompañado de prejuicios raciales y de género. Según la antropología de los sentidos, la manera en la que una sociedad jerarquiza lo sentidos está determinada por los valores de dicha sociedad. En Occidente, la visión como el sentido más noble y más cercano a la razón es el sentido característico el hombre, aquel ser visionario, observador y pensante. En cambio a las mujeres nos compete el sentido del tacto, porque somos cuidadoras y maternales. Es más, un historiador natural del siglo XIX llegó a proponer una jerarquía sensorial de las “razas” humanas, en la que el hombre europeo fue clasificado como “eye-man”, el nativo americano como “nose-man,” y el africano como “skin-man”. ¡Qué divertido es haber nacido un siglo después de estos señores y reconocer su obra no por su rigurosidad científica sino por su evidente etnocentrismo y machismo!   

Todo esto se los cuento para que entendamos que Instagram tiene perfecta cabida en este paradigma de lo visual. Todo entra por los ojos, ver es igual a entender y el comportamiento de los generadores de contenido y los usuarios Instagram de está condicionado por esto. Un excelente ejemplo de esto es el frappuccino de unicornio que Starbucks vendió durante cinco días en 2017 en los Estados Unidos. Nadie nunca supo a qué sabía y si sabía bien o no, lo importante es que era una bebida “para ser instagrammeada”. Quién sabe cuántos frappuccinos (y  envases y pitillos desechables) fueron desperdiciados con el fin de obtener tan venerada foto. Una youtuber que tiene más de 6 millones de suscriptores hizo un video en el que, por razones inexplicables, decidió que necesitaba no uno sino tres frappuccinos para probar el producto en vivo. Observemos con el noble sentido de la visión la cantidad de jugo de unicornio que sobró…

¡Y ni hablar de nuestras propias fotos! El culto a lo visual ha llevado a que busquemos todo tipo de estrategias para compartir la “mejor” versión de nosotros mismas, especialmente las mujeres. Esto incluye asumir poses incómodas y contraintuitivas cuando nos toman fotos y someterlas a un proceso de edición, todo para sugerir que nosotros también gozamos de ese estilo de vida perfecto que todo el mundo parece tener. No voy a profundizar en este tema porque para nadie es un secreto que Instagram causa depresión y ansiedad, simplemente compartiré dos reflexiones (¿o peligros?) puntuales que le competen al feminismo: la primera es que muchas influencers que retratan este estilo de vida supuestamente perfecto y que perpetúan los estándares de belleza acompañan sus publicaciones con mensajes de empoderamiento femenino. Me genera incomodidad que estas influencers prediquen el body positivity mientras dedican su vida a perseguir estos estándares por medio de dietas, ejercicio y cirugías estéticas (si les interesa este tema, no se pierdan esta columna pasada de la pola Vanessa). Por casos como estos que estoy cada vez más convencida de que es más feminista ser una mujer empática que una mujer empoderada, algo que ya había afirmado en una columna pasada.

La segunda reflexión es sobre el impacto de Instagram y del culto a lo visual en nuestros cerebros y sobre todo en el cerebro de las niñas adolescentes. Se ha demostrado que el número de likes que tiene una publicación determinará si nos gusta o no esa publicación, independientemente de su contenido. En otras palabras, no sabemos si, cuando vemos una publicación que nos gusta y que tiene miles de likes, nos gusta por su contenido o por su número de likes.

Por todo esto pienso con angustia qué hubiera sido de mi y de mi autoestima si me hubiera tocado atravesar la adolescencia en un mundo con redes sociales visuales como Instagram. Quizás aquí valga la pena sugerir que los adolescentes son resilientes y que gracias a esto tenemos cada vez más videos de TikTok en donde el objetivo es mostrarte tal y como eres y burlarte de tus imperfecciones. Algo así como una reacción a la vida aspiracional de los influencers.

Instagram nos permite ser activistas… ¿o no?

Ya he mencionado que Instagram ha demostrado ser una plataforma efectiva para los movimientos sociales y el feminismo no es ninguna excepción. En Siete Polas nos hemos conectado con mujeres y feministas de otros países gracias a las redes sociales, eso es algo que reconocemos y agradecemos todos los días. Sin embargo, es de feministas cuestionar todo todo el tiempo y algo en lo que pensamos muy a menudo las Siete Polas es cuál es o cuál debería ser el alcance y el poder transformador del activismo digital.

Tomemos un ejemplo muy puntual y muy reciente: el #BlackoutTuesday, o aquel martes en el que miles de usuarios de Instagram publicaron un cuadrado negro para conmemorar y generar conciencia sobre el asesinato de George Floyd y de muchos otros estadounidenses negros en manos de la policía de este país. ¿Qué tan transcendentales son estas activaciones digitales? Consideremos la respuesta Ijeoma Oluo, activista y autora del libro “So You Want to Talk About Race”, le dijo a Vox en una entrevista: “Sé cauteloso con todo lo que te permita sentir que hiciste algo pero que no impacte a las personas de color. Cuando hago una labor solidaria siempre me pregunto a mi misma, ¿las personas con las que estoy siendo solidaria pueden sentir esto?”.

Como activista digital tengo sentimientos encontrados con esta posición. Estoy de acuerdo en que es una estupidez compartir una publicación con un trasfondo político o social para luego retomar la vida cotidiana como si nada. Sin embargo, sé que para alguien que no es activista de tiempo completo pero que tiene la intención de ayudar, puede ser difícil definir cuál es la mejor manera de hacerlo. Por esto acabo este potpurrí de columna con un consejo: es más transcendental hacer pequeñas reflexiones todos los días que participar en activaciones como la de #BlackoutTuesday o #ChallengeAccepted. Es más significativo intervenir nuestra realidad inmediata y la manera en la que nos relacionamos con los demás todos los días que unirse a un movimiento lejano que es muy fuerte durante un par de días pero que rápidamente se desinfla para dar paso al próximo frappuccino de unicornio.  

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