El parto feminista y la violencia obstétrica

“Da igual cómo tú quieras parir, ya sea en un hospital, de forma natural, colgada de una rama en el bosque, en casa, o en el hospital con epidural. Lo importante es que paras como quieras y no como te dejen parir.” – Yaye, Doula y educadura

 La frase que más he repetido en mis columnas para siete polas, porque es el pensamiento central de mi identidad feminista, es que no hay un factor único y común a todas las mujeres, y que no hay gustos o actividades intrínsecamente feministas o intrínsecamente femeninas. La feminidad es una construcción social, y el feminismo es la llave para liberarnos de sus imposiciones. Por ejemplo, no es antifeminista ni es necesariamente femenino que a una mujer le guste el rosado. Lo problemático es que se asuma que le gusta el rosado POR SER MUJER y que se nos imponga desde el nacimiento.

Esta idea me parece especialmente importante cuando hablamos de la maternidad. La maternidad es, tal vez, la institución que mayores consecuencias tiene para nuestro desarrollo personal y social y nuestra capacidad alcanzar una igualdad de condiciones con los hombres. Por ejemplo, la maternidad es uno de los factores que más influencia tiene en la perpetuación de la brecha salarial de género. El embarazo y el parto son, además, momentos que nos hacen particularmente vulnerables a la violencia de género. Sin embargo, como todo lo demás, no por ello es intrínsecamente antifeminista. Verla como una parte central de la identidad de una mujer, como el único camino posible, en cambio, sí lo es. Y es por esta razón que muchas mujeres feministas sienten una angustia particular cuando se enteran que están embarazadas.

¿Cómo navegar la maternidad desde el feminismo? ¿Cómo vivir un embarazo en una sociedad patriarcal, y acompañada de un modelo médico en donde el bienestar de la mujer no es la prioridad? La respuesta a esta pregunta dependerá, en gran medida, de las condiciones del embarazo que se esté viviendo. No es lo mismo vivir un embarazo deseado, o un embarazo de bajo riesgo que vivir un embarazo no deseado o de alto riesgo. Algo que todos estos embarazos tienen en común, sin embargo, es que deben enfrentarse a una medicalización de la gestación y frecuentemente a la violencia obstétrica (VO).

Es un tema primordial, porque la VO está completamente normalizada en nuestra sociedad, y no ha sido abordada desde el ámbito institucional ni desde el ámbito jurídico. Cuando hablamos de VO, hablamos de ella de forma anecdótica. Hablen con sus conocidas que hayan parido y les garantizo que la mayoría podrá contarles alguna vivencia problemática o violenta durante el embarazo, parto o postparto. Y por eso es necesario que se hable del tema con mucha más profundidad, para que las mujeres y personas gestantes podamos reconocerla, combatirla, y vivir un embarazo y un parto sano y respetuoso de nuestros derechos.

Hablar de violencia obstétrica, especialmente en Colombia, es difícil porque no es un tema ampliamente estudiado. No solo no hay cifras claras y oficiales, sino que no hay un consenso sobre qué constituye VO y qué no. El Grupo Médico por el Derecho a Decidir de Colombia la define como “la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”.

La VO es especialmente prevalente y sistemática en el momento del parto, cuando las mujeres son rutinariamente sometidas a procedimientos médicos, muchas veces innecesarios, sin su consentimiento (tactos repetidos, romper fuente para agilizar el trabajo de parto, inyectar oxitocina, realizar sistemáticamente una episiotomía) y los tiempos naturales no son respetados, prefiriendo la practicidad y la conveniencia del personal de salud (por ejemplo induciendo un parto o realizando una cesárea sin justificaciones médicas). Es importante tener en cuenta, sin embargo, que la VO puede manifestarse desde las primeras semanas del embarazo.

¿Por qué es tan prevalente este tipo de violencia? Según el grupo médico por el derecho a decidir, esto responde a varios factores. “El origen de la VO obedece básicamente a los siguientes aspectos: la expresión de la cultura patriarcal que se ha apropiado de los procesos naturales de la vida de la mujer; la relación de poder ejercida por el personal de salud sobre la materna; la desmedida valoración que la obstetricia hace del uso de la tecnología y la extensión a los hospitales de las dinámicas violentas prevalentes en la sociedad”.

En otras palabras, la VO es la expresión del patriarcado en la práctica médica, que resulta por la repetición de patrones sociales violentos contra las mujeres, pero también de la medicalización excesiva del proceso de gestación y de parto. Y esto es la consecuencia del modelo a través del cual entendemos la gestación y el parto.  Según la socióloga Barbara Katz, actualmente en Occidente existen dos modelos para entender y acompañar un embarazo: El modelo humanista, portado por ejemplo por parteras y doulas, y el modelo técnico-médico, que es de lejos el más representado y que es portado por lxs gineco-obstetras y el sistema de salud.

El modelo humanista se centra en la persona gestante y entiende el embarazo y el parto como algo que hacen las mujeres (o personas gestantes), no algo que les pasa, o como un proceso biológico inherentemente saludable en el que el bienestar de la persona gestante es determinante para el bienestar del feto y del recién nacido. Al centrarse en el bienestar de la persona gestante, el modelo humanista aboga por un consentimiento completamente informado en todos los procedimientos que deben realizarse sobre un cuerpo gestante, y promueve el intercambio de conocimiento, y el acompañamiento holístico a lo largo de la gestación. Es además un modelo en el que las intervenciones médicas son aplicadas únicamente si son estrictamente necesarias, reduciendo drásticamente, por el ejemplo, el uso de fórceps para extraer un bebé y limitando al máximo las cesáreas. El proceso de gestación es entonces entendido como un proceso biológico natural, que debe, en la medida de lo posible, ser libre y consciente y que no puede ser sujeto a decisión con base a la conveniencia médica o al lucro, sino exclusivamente con al bienestar de la persona gestante.

El modelo médico, que existe hace apenas dos siglos como producto de la revolución industrial, “entiende el cuerpo humano como una máquina, y el cuerpo femenino en particular como una máquina llena de defectos”. En este modelo, el embarazo y el parto son enfermedades que deben ser tratadas con drogas y equipos médicos para no ser perjudiciales a la persona gestante o al recién nacido. Así entonces, se aplican cronogramas arbitrarios (por ejemplo, que un nacimiento tiene que ocurrir dentro de las 24 horas siguientes al inicio del trabajo de parto) que no respetan la individualidad de cada caso. Así mismo, hay procedimientos médicos que son aplicados universalmente a todas las personas gestantes, sin que sea justificado o necesario (por ejemplo, monitoreo continuo del bebé que impide que la mujer pueda moverse, inducir un parto al cabo de un cierto tiempo después de la fecha prevista de nacimiento o practicar sistemáticamente una episiotomía, que consiste en una incisión que se hace en el perineo —para facilitar la salida del bebé). Como lo explica la partera Ina May en su libro culto “Ina May’s Guide to Childbirth” (La guía de Ina May para el parto) En el modelo médico en lugar de ser el actor central en el drama del nacimiento, la mujer se convierte en un objeto pasivo, casi inerte, que representa una barrera para el eventual paso del bebé al mundo exterior. Las mujeres son tratadas como un grupo homogéneo dentro del modelo médico, y las variaciones individuales pierden importancia”.

 Es normal, entonces, que si la mayoría de gestaciones y partos son tratados desde el lente médico, en el que la mujer o persona gestante no es la protagonista, sino la victima del proceso, que nuestros derechos individuales se vean constantemente vulnerados. Esto, sumado a un sistema de salud al borde de la extenuación y a una visión de la salud como una oportunidad de lucro y no como un derecho han creado una situación de violencia contra las personas gestantes que es alarmante. No es normal que no se nos explique detalladamente el por qué y los posibles efectos de las decenas de exámenes que se le practican a una mujer embarazada. No es normal que el acompañamiento, especialmente para las personas que están en la EPS, sea corto y esporádicos. No es normal que a una persona se le inyecten drogas o se les practiquen procedimientos para acelerar un proceso de parto para desocupar camas o para cumplir con un cronograma arbitrario. No es norma que una mujer sea examinada decenas de veces por personas sin su consentimiento; No es normal el nivel de violencia y degradación al que son sometidas las mujeres en trabajo de parto. No es normal que un bebé sea separado de su madre al momento de nacer. No es normal que entre el 45 y el 61% de los partos en el país sean por cesaría, cuando la recomendación médica es que no deberían ser superiores al 10-15%. No es normal que una mujer sea obligada a parir acostada, en contra de la biología humana, por conveniencia del personal de salud. No es normal que se induzca el parto o que se obligue a usar (o no usar) analgésicos, para que el parto sucede en una hora conveniente para el médico. Y, sin embargo, es lo que sucede en Colombia. Si quieren conocer más detalles y anécdotas sobre las manifestaciones de la VO en Colombia, les recomiendo  este artículo de cerosetenta.

No les hablo del recrudecimiento de la VO en épocas del COVID, porque me daría para otras tres columnas. Pero no se preocupen porque estamos preparando algo muy especial desde sietepolas para profundizar sobre el tema.

La gestación no tiene por que ser un momento lleno de culpa, de angustia y de violencia. En todo caso, es claro que mientras no contemos con el apoyo institucional para combatir este tipo de violencia, será muy difícil garantizar una gestación libre y segura. En el 2017 se radicó un proyecto de ley que pretendía reconocer la VO y combatirla en Colombia, como ya es el caso en varios países de América Latina. Sin embargo, el proyecto de ley fue violentamente criticado por el gremio médico, y no paso los debates para volverse ley. No obstante, hay cosas que podemos hacer por nuestro lado para defender nuestros derechos. En primer lugar, informarse de nuestros derechos, del proceso biológico que vive un cuerpo gestante y de todas las posibilidades que hay para acompañar un embarazo y parto. En segundo lugar, acercarse de personas que nos puedan acompañar en el proceso y que velen por nuestros derechos, especialmente en el momento más vulnerable de todos, el trabajo de parto. Hay personas profesionales que pueden acompañar a una persona gestante, como las doulas y las parteras, pero las mujeres llevamos milenios pariendo entre nosotras, y basta también con abrir un espacio de confianza dentro de la familia, con la pareja o con amigas. Por otro lado, preguntar todo lo que se nos ocurra, tanto al personal médico como a nuestro círculo íntimo, para conocer nuestras opciones, nuestros derechos, nuestros procesos. Crear, si posible, un plan de parto (siempre teniendo en cuenta que los partos pueden ser imprevisibles y se necesita de mucha resiliencia). Pedir ayuda. Y, por último, acercarse a redes de atención en salud que sean feministas. Y si esa lista no existe, pues la creamos.

 

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