Confesiones de una feminista cristiana: homosexualidad

El domingo se celebró el día del orgullo gay. En este día busca afirmar el sentimiento de orgullo personal que genera exhibir públicamente las identidades y orientaciones sexuales y de género tradicionalmente marginadas y reprimidas, y visibilizar su presencia en la sociedad y sus reclamos. El domingo también es el día en que se celebran diferentes cultos cristianos. Es el día de ir a misa o a la iglesia. Y mientras en mi casa cuestionaban la necesidad de darle “tanto bombo” a la comunidad gay – que realmente celebra a la comunidad LGBTIQ – a mí me puso a pensar en mis amigos de la comunidad. 

Siendo cristiana, tuve un largo camino de introspección para decidir cómo afrontar las conversaciones sobre la homosexualidad. No puedo esconder que es un tema tabú para la religión, y que son muy pocas las conversaciones donde se converse sobre el tema. Tampoco puedo negar que el cristianismo ha estigmatizado la homosexualidad. Con esta columna no busco reivindicar ni llegar a la conclusión de qué es lo que debería creer el cristianismo – entendida como cualquier religión que crea en Cristo – sobre la homosexualidad. Esta columna busca una reflexión sobre fe e identidad.

Cualquier persona que se considere feminista y practique una religión puede entender que hay momentos – y temas – que generan conflictos de identidad. Todos podemos entender que hay elementos que uno no comparte de la religión, y otros en los que uno cuestiona qué creer. Ser gay pareciera que entrara como una diferencia fundamental que alejara a las personas de profesar una religión. Pero conozco amigos gays para quienes su religión también es muy importante, lo cual me ha dejado una enseñanza muy grande: puedo tener de sin dejar de ser quien soy. Mi identidad y mi fe pueden, y deben convivir.

Debo empezar por admitir que la Iglesia y la religión como institución han hecho muchísimo daño a las comunidades marginalizadas a través de la historia. Tampoco podemos ocultar que estas mismas han sido el sujeto opresor y han causado incontables muertes innecesarias. Han sido el blanco de cuestionamientos morales y críticas. Pero de alguna manera, han permanecido durante todos estos años. ¿Qué tienen la verdad universal? No. ¿Qué deberían acabarse? No. ¿Qué han ayudado también a miles de personas? Sí.

La fe es fuente de esperanza y de identidad para las personas que creen. La fe, como el feminismo, es una teoría o manera de ver el mundo que tiene valores fundamentales fuertes, de esos que marcan cómo uno debe vivir y actuar. Las dos requieren de un profundo análisis y de conocerse a fondo para ir progresando en ellas. Cuando decides aceptarla voluntariamente, te cambia la vida y se vuelve parte de lo que eres.

Es por esto que debemos desligar a las personas – los creyentes – de la institución. Lo que yo creo no necesariamente representa a la institución a la que asisto, aún si esa institución tiene una gran influencia en moldear las cosas que yo crea. Pasa lo mismo con el feminismo. Yo creo en el feminismo pero no represento a todo el feminismo. Pensemos en los textos clásicos del feminismo. Puedo leer toda la teoría que existe, pero aún así no necesariamente creo y profeso todo lo que estoy leyendo. Hay otra serie de elementos que influyen en la manera cómo ponemos en práctica lo que creemos, como nuestras familias, nuestros valores, la sociedad en la que vivimos e incluso el color de nuestra piel. Cada persona interioriza los mensajes de manera diferente. Sin embargo, ambas – tanto el feminismo como la religión – pueden marcar la manera como una persona se identifica y se relaciona con el mundo. 

Pero volvamos a nuestra idea: una persona que profesa una fe, no es lo mismo que la institución de la cual practica sus ritos. Al igual que profesar una fe no es lo mismo que practicar una religión. Yo puedo creer en Dios, pero no seguir las prácticas de una religión determinada. Esto es porque religión es un conjunto de creencias o dogmas que están estructurados a través de normas morales para la conducta individual y social. Es una serie de rituales y prácticas que les dan sentido al culto. Es decir, son normas y prácticas. Son reglas construidas a través de los siglos, con contextos históricos diferentes, y escritas por hombres, que pueden fallar.

La religión, esa serie de reglas interminables que nos exigen cumplir, nos ha fallado a todos. Porque bajo cualquier régimen normativo, las personas se quedan cortas para cumplirlo a su cabalidad. Casi siempre es la institución – la imagen que se tiene de la Iglesia – la que aleja a las personas del mensaje. Que es exactamente el caso con la comunidad gay. La Iglesia se ha dedicado a una persecución y estigmatización, que lo único que ha hecho es alejar a todas las personas de tener una fé. 

Los cristianos le hemos fallado a la comunidad LGBTIQ, y a otras comunidades marginalizadas. Les hemos fallado porque los rechazamos antes de oírlos. Los juzgamos antes de amarlos, y luchar en contra de sus injusticias. 

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

Este es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

Mateo 22: 36-40

Por eso, todo cuanto quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos, porque ésta es la Ley y los Profetas

Mateo 7:12

Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. […] El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

1 Corintios 13: 2, 6-7.

Ahora, no estoy diciendo nada en contra de la Biblia. Sino que muchas veces hemos optado por juzgar a las personas en vez de oírlas, de entender su realidad, y de mostrar siempre ese amor incondicional que nos han enseñado desde la escuela dominical. Y esa es la falla más grande del cristianismo con la comunidad LGBTIQ. Nos llenamos de preceptos, muchas veces poco introspectivos, para vivir conforme a estándares que no demuestran amor o compasión por las otras personas. 

Para los que crecimos en el cristianismo podíamos sentir que no estábamos siendo leales a Dios si no estábamos intentando cambiar a las personas a los preceptos de la religión o si estábamos cerca de alguien que cree diferente a nosotros. Haciendo esto estamos demarcando una falsa moralidad superior, donde oímos para responder y no oímos para entender al prójimo. Lo que necesitamos es ser moralmente honestos para oír a las personas y entender las situaciones por las cuales están pasando. 

Pero, lo bonito de este caso es que la misma Biblia lo contempla. Miremos el caso de la mujer que fué encontrada en adulterio:

“Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer, a la que habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes, y dijeron a Jesús:

—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio. En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?

Ellos preguntaron esto para ponerlo a prueba, y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les dijo:

—Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra.”

Juan 8: 3-6

A veces somos como esos fariseos tratando de juzgar a las personas a nuestro alrededor, sin olvidar que cada uno carga con sus propios pecados y cruces. Cuando logramos entender que como otros nos juzguen no compone nuestra identidad, es cuando podemos empezar a conciliar la fe con nuevos elementos de la identidad. Y no exagero cuando digo que las personas que voluntariamente escogemos una fé, esa fé se vuelve parte misma de la identidad de uno. 

Es mi decisión personal el poder aceptar cada persona como es y poder mostrarle una palabra/acción de amor, en vez de bombardearlo con prejuicios. Cómo dijo el Papa Francisco – si una persona se quiere acercar a Dios, ¿quién soy yo para juzgarla?

Pienso otra vez en mi amigo, y cómo en cada palabra que él decía me hacía sentir identificada en mi relación con mi fe y el feminismo:“He llegado a conciliar mi religión y mi sexualidad, y he entendido que no me voy a ir al infierno por eso. Sin embargo, llegar a este punto de conciliar dos elementos de la identidad no se llega fácilmente. No es un proceso de una deconstrucción de un día. Requiere de estudiar, informarse, pensar, y de tener la voluntad para poder conciliar las ideas.”

En mi caso, probablemente no estoy de acuerdo con muchos postulados de la Iglesia. Probablemente, me esté quedando corta de la vara moral que se espera de mí. Pero he aprendido a entender que mi identidad puede tener cosas de ambos lados. Y que seguiré, arduamente, tratando de construirme y deconstruirme en ambos caminos.

Un comentario sobre “Confesiones de una feminista cristiana: homosexualidad

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  1. Desde hace algunos años, me congrego en una comunidad cristiana de Bogotá, y tengo que admitir que pensar en la discriminación de la comunidad LGBTQ y la posición frente a temas tan delicados como el aborto, siempre me hacían alejar de mi iglesia porque me sentía inferior o menos cristiana. Poder llegar a esa reconciliación entre mi fe y el feminismo me tomó otros tantos años, amigos, discusiones conmigo misma y sobre todo con familiares. El poder entender que apoyar y hablar abiertamente sobre el aborto libre, seguro y gratuito no me hace menos cristiana, eso fue una reconciliación conmigo misma que me hizo traer paz con Dios, y poder ir a la iglesia sin estar pensando en que los demás me juzgaran, cuando muchas veces era yo misma la que lo hacía. Agradezco a Dios y al feminismo por haber llegado a mi vida.

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