¿Cuándo sí y cuándo no estamos “hablando desde el privilegio”?

Pienso en esta columna como una continuación de una que escribí previamente y que titulé: Dejemos la pendejada: no es posible renunciar al privilegio. Allí, cuestioné la frase de cajón “renunciar al privilegio” y denuncié el peligro de seguir creyendo que es coherente y proactivo pedir que alguien “renuncie a su privilegio” o, peor aún, sentir que uno renunció a los suyos. Concluí así: “Lo esencialmente peligroso del discurso del “privilegio renunciado” es que nos permite el pajazo mental de sentir que, al hacer un proceso de introspección personal, ya hicimos lo que teníamos que hacer por la justicia social. Y lo esencial del privilegio es que nos cega ante la realidad: nos permite la comodidad de sentir que una mente abierta es suficiente para ejecutar un  cambio real en el mundo. Es un círculo vicioso que no se acaba hasta que nos quitemos las dos vendas que nos cubren los ojos; la primera, la de nuestro privilegio, la segunda, la de creer que ya “renunciamos” a ese privilegio y que con eso basta”.

Vuelvo al tema del privilegio por una frasecilla que se vale de esta palabra: “hablar desde el privilegio”. Me obsesiona excavar en el significado de las palabras y, en ocasiones como estas, observar con minucia el lenguaje como antídoto para el uso indiscriminado de fórmulas que nos permiten decir algo sin decir nada o, lo que es peor, zanjar un debate sin haber pensado ni en lo que decimos ni en lo que nos ha sido dicho.

“Hablar desde el privilegio” sí es un concepto útil y relevante y sí es importante reconocer cuando alguien o uno mismo cae en esta conducta. Lo que pasa es que el concepto se ha desvirtuado por completo y se ha vaciado de contenido desde que se popularizó su uso como herramienta para acallar voces incómodas o que nos contradicen. Ostentar un privilegio no descalifica de entrada a una persona para hablar de un tema en el que ese privilegio es relevante. Por ejemplo, el privilegio de clase de una persona adinerada no impide de entrada que tenga algo que decir sobre la pobreza o la justicia social; el privilegio de una mujer blanca o mestiza no implica, así sin más, que no pueda hablar sobre racismo o justicia racial; el privilegio de una mujer cisgénero no la inhabilita de inmediato para hablar sobre los derechos de las personas transgénero.

Eso sí, antes que nada, hay que reconocer que ostentar cualquiera de estos privilegios en cualquiera de estas situaciones sí implica que la probabilidad de tener un bache tremendo que nos resulte invisible precisamente a causa de ese privilegio es muy grande. Y que hay que cuidarse y pensar, hablar y actuar con minucia y mucha, mucha autocrítica. Lo que sí es “hablar desde el privilegio” es lanzarse a opinar sin observar precisamente la posibilidad de tener puntos ciegos a raíz de ese privilegio. Hablar desde el privilegio es no tomar las medidas necesarias para reducir esos puntos ciegos. Hablar desde el privilegio es centrarse a uno mismo en un tema en el que no es protagonista y usurpar el lugar de las personas que, precisamente, tendríamos que estar escuchando para procurar reducir nuestros puntos ciegos.

El problema surge cuando se usa un concepto profundo y con tantos matices como “el privilegio” y se instrumentaliza para cometer lo que se conoce como una ‘falacia ad hominem’. Es decir, cuando, para intentar rebatir o contrarrestar un argumento, se ataca a la persona que lo expresa y no las ideas o premisas del argumento. Observo con desazón y preocupación la frecuencia con la que, en redes sociales, se usa el concepto de privilegio para descartar argumentos a partir de ataques personales. “Habla desde el privilegio”, dicen, e invalidan los argumentos elaborados e informados de una feminista porque les parece banal el oficio al que se dedica. “Habla desde el privilegio”, dicen, e invalidan toda interpelación de una experta porque tiene estudios de posgrado en el exterior. “Habla desde el privilegio”, dicen, y se cierran a toda posibilidad de entretener los argumentos de otra porque su apellido suena de abolengo.

Además, “hablar desde el privilegio” es también un espectro. Es perfectamente posible que una persona no haya tenido en cuenta todas las aristas de un asunto o experiencia de la que habla (y que ese punto que omitió considerar sea producto de su posición privilegiada frente al tema) y que, al mismo tiempo, algo de lo que dice sea importante de entretener y considerar.

No podemos permitir que uno de los conceptos más importantes y útiles para la conceptualización, comprensión y transmisión de las ideas del feminismo interseccional se convierta en un arma de estereotipación. Señalar a alguien de ‘privilegiado por lo tanto inválido’ por su lugar de enunciación, por el lugar que ocupa en la sociedad, por la persona que es, el oficio al que se dedica, las oportunidades de estudio o laborales que ha tenido, etc., sin haber siquiera contemplado aquello que esa persona expresa es robarse a uno mismo la posibilidad de pensar, de cuestionar, de entretener una idea contraria y con eso evolucionar en un pensamiento propio o refinar lo que ya se piensa a partir de contradecir un argumento (que no es lo mismo que atacar a la persona que lo expresa).

Cuando digamos que un argumento carece de valor o validez a causa de la ceguera que provoca un privilegio asegurémonos de estar refiriéndonos al argumento, a lo que dice, a lo que calla, a lo que oculta o normaliza y no simple e irreflexivamente a las características de la persona que lo expresa y de las cuales no puede deshacerse. De lo contrario, terminaremos por renunciar al privilegio como concepto, como una palabra llena de significado que nos permite  comprender nuestra posición y la de otros respecto al mundo jerarquizado y categorizado que habitamos.

Solo así seguirá teniendo sentido el señalar, cuando realmente haya lugar a ello,  que un argumento (no una persona) es inválido por contener un sesgo que, por su posición privilegiada frente a un tema o experiencia, cega a quien lo emite.

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