Una reforma con enfoque de género para los modelos de Naciones Unidas

Foto tomada por el equipo de fotografía de MONUA 2014.

Escribir esta columna me hace pensar en todas esas veces que intenté explicarles a mis papás lo que era un modelo de Naciones Unidas—y los motivos por los cuales una universitaria exhausta como yo estaba tan dispuesta a dedicar sus fines de semana y sus lunes festivos a esta misteriosa actividad.

Hoy les ofrezco a ustedes este mismo resumen: los modelos de Naciones Unidas son algo así como un club de debate, pero el debate se da en el marco de la Organización de las Naciones Unidas. Esto implica que los participantes representan y defienden los intereses de un país y que discuten temas que realmente se discuten en los comités de la ONU, como lo son el Consejo de Seguridad, la Comisión de Desarme y el Consejo Económico y Social. Los modelos son un fenómeno mundial y en Colombia están “de moda”. Cada vez más colegios y universidades de varias ciudades del país organizan el suyo y buscan diferenciarse, en parte, a través de la innovación: ya no solo se recrean comités de la ONU, básicamente cualquier organismo internacional o regional, evento histórico o universo ficticio puede recrearse.

Yo usaba este resumen para convencer a mis papás de que todo esto valía la pena. De que no estaba descuidando mis materias y de que en los modelos estaba adquiriendo habilidades fundamentales para mi futuro, tales como el trabajo en equipo, la comunicación oral, la resolución de conflicto y todos esos términos huecos que aparecen, esencialmente, en cualquier hoja de vida. Hoy recurro a mi resumen para un propósito muy desafortunado, que es describir el contexto en el que han surgido una preocupante cantidad de denuncias por maltrato, acoso y abuso sexual. 

Esto me duele y quisiera decir que también me sorprende, pero la verdad no me sorprende tanto. Sin mucho esfuerzo, se me ocurren al menos dos factores que favorecen la aparición de comportamientos tóxicos y violentos en los modelos de Naciones Unidas. Por un lado, los modelos son espacios excesivamente jerarquizados: se habla de jefes, jefes de jefes, subdirectores, directores, coordinadores, asesores, advisors, sponsors, en fin, toda una serie de títulos que quizás tendrían mayor sentido en una empresa multinacional (¿o hasta en el ejército?). Y sé que más de un participante o ex participante estará de acuerdo conmigo con esto: parte de ser un verdadero “MUNer” es comprender, respetar y escalar esta cadena de mando. Por lo tanto vale la pena preguntarnos si este estricto organigrama está mejorando la experiencia de asistir a un modelo de Naciones Unidas o si más bien está favoreciendo la consolidación de relaciones de poder muy marcadas entre estudiantes. 

Por otro lado, al menos en algunas universidades del país, los modelos son una actividad administrada por estudiantes. En estos casos, los estudiantes toman decisiones sobre su participación en los modelos de manera autónoma, algo que, podría argumentarse, los prepara y los empodera para asumir posiciones de liderazgo a futuro. No obstante, en el momento en que sucede un problema, lo más cercano que hay a algo así como un mediador es una junta directiva compuesta por estudiantes, estudiantes que, incluso si no están directamente involucrados en dicho problema, tampoco están lo suficientemente desprendidos emocionalmente como para tomar decisiones difíciles. Y es en este contexto de muchas jerarquías y pocos mecanismos de control que ya van más de 100 denuncias por maltrato, acoso y abuso sexual en Twitter. 

La gran mayoría de las denuncias han sido publicadas en la cuenta de Twitter de una estudiante que se ofreció a recolectarlas y a compartirlas de manera anónima, bajo el hashtag de #NoMásSilencioEnMun. En las publicaciones se describen todo tipo de situaciones deplorables que las denunciantes vivieron una o varias veces en modelos de Naciones Unidas, pero no se necesita de una feminista para identificar ciertos patrones. El primero es que muchos de los denunciados son participantes con relativo poder que se aprovecharon de una participante en un “rango” inferior en la jerarquía que ya les mencioné. Participantes que hicieron lo que hicieron o dijeron lo que dijeron con la seguridad de alguien que sabe que está en una posición intocable a los ojos de su víctima. Participantes cuya actitud me recuerda un poco al director Bryan Singer que, como muchos depredadores en la industria del entretenimiento, les decía a sus víctimas que “nadie les iba a creer”. 

Un segundo patrón es la determinación de algunos denunciados de insistir a pesar de la evidente incomodidad de sus víctimas o de hacerlo incluso después de un “no”. Al parecer, el “no” de las mujeres es incompatible con la fantasía que viven algunos hombres, en la que nosotras nos hacemos “las difíciles” y ellos cortejan. Y en su fantasía se vale apoyarse de herramientas para esta gran conquista, herramientas como el alcohol, que es un elemento presente en los modelos de Naciones Unidas si tenemos en cuenta que los debates vienen acompañados de espacios de “socialización” como cócteles y rumbas. ¡Cuánto daño nos ha hecho esta versión distorsionada de la realidad! Pensaría uno que es más racional entender que no es no y no lo opuesto. ¿Acaso no eran ellos los racionales y nosotras las locas? 

Con tantas denuncias y tanta actividad en redes sociales, es difícil saber cómo proceder y esta incertidumbre ya se empieza a sentir. Varios usuarios exigen respuestas por parte de las autoridades de las universidades involucradas y otros más atrevidos han optado por involucrar a actores como Vicky Dávila, la Revista Semana e incluso la Fiscalía. Yo propongo una alternativa menos mediática pero antes propongo una reflexión: no pensemos que los modelos de repente se plagaron de acosadores. No pensemos que con identificarlos y condenarlos ya solucionaremos el problema y regresaremos a la normalidad. Más bien admitamos que el maltrato, el acoso y el abuso estaban absolutamente normalizados en este mundo de los modelos y que hasta ahora están saliendo a la luz, gracias a la iniciativa y a la valentía de algunas participantes. Por eso el verdadero enemigo, incluso más que los denunciados, es esa normalidad incuestionada. Intervenirla es la única manera de evitar casos de maltrato, acoso y abuso a futuro. 

Por eso mi sugerencia es reformar, de manera profunda y contundente, los modelos de Naciones Unidas. Las denuncias, el hashtag y el escrache lograron su cometido e incluso más, si consideramos que varios denunciados ya se han disculpado y / o han renunciado a sus cargos y a sus pintorescos títulos. Pero ahora viene la construcción a futuro y un buen punto de partida son los mecanismos de control. Ya empiezan a aparecer comités para prevenir el acoso y la discriminación, espacios seguros a los cuales podrán acudir los participantes. Pero no sobra considerar ajustes organizacionales más profundos y disruptivos. ¿Qué tal repensar la junta directiva para que esta esté suficientemente separada del quehacer diario de los modelos (y del drama universitario en general) y pueda así jugar un rol de verdadero mediador? ¿Qué tal apoyarse más en la universidad que con tanto anhelo representan cuando compiten en los modelos? Es probable que su institución ya cuente con grupos o iniciativas estudiantiles con las que podrían aliarse para manejar casos de acoso, discriminación etc. de la mejor manera. 

Otro punto esencial de esta reforma que propongo: ¡capacítense! Sí, es posible capacitarse en temas de género. No me refiero a una clase de introducción al feminismo ni a un curso online de esos cuyo contenido puede “saltarse” hasta llegar al quiz de selección múltiple. Ya hay talleres absolutamente fascinantes e inmersivos diseñados para esto que todo tipo de organizaciones están implementando. Aprovechen la próxima ocasión en la que pensaban capacitarse sobre técnicas de debate y negociación para hablar sobre género, asuman un reto quizás más difícil que representar a los Estados Unidos de Trump en cualquier comité de derechos humanos: identificar y reflexionar sobre aquellos comportamientos que tenemos totalmente normalizados que en realidad son tóxicos. Si quieren aportar al cambio, más vale incomodarse y ser autocríticos (y hacerlo todos los días) que escribir un par de tuits de apoyo y seguir existiendo en una normalidad incuestionada. 

¿Qué tal intervenir la jerarquía que les menciono? ¿O como mínimo garantizar que haya paridad y representación? Esto implica, cuando no haya mujeres candidatas a los cargos directivos, ir más allá del hecho de que no las hay y considerar si puede haber motivos que lo expliquen (protip feminista: ¡siempre los hay!). ¿Qué tal revisar los códigos de vestimenta que muy orgullosamente redactamos en los manuales de los modelos? ¿Qué tal, incluso, llevar estos temas incómodos pero muy presentes en nuestra cotidianidad al debate? No tiene mucho sentido recrear espacios como ONU Mujeres en los modelos y que, en simultáneo, ocurran situaciones como las descritas en los testimonios.

Mi punto aquí es que una reforma no solo es necesaria, también es posible. Y creo que debe diseñarse en un marco participativo, estoy segura que hay más de un participante dispuesto a contribuir para rescatar lo bueno y descartar lo tóxico de los modelos. Lo importante es aprovechar el momento para realmente cambiar, insisto que cruzarse de brazos y esperar a que el hashtag se apague para retomar la operación no es una posibilidad. ¿Con qué cara van a ir los estudiantes organizadores a invitar a estudiantes de bachillerato a sus modelos (y a buscar patrocinios) después de esto? La reforma es la única salida, es necesaria para que estudiantes y profesores no piensen que, cuando decimos que los modelos nos preparan para la vida, nos referimos a que nos exponen a esas experiencias de maltrato, acoso y abuso que inevitablemente nos vamos a encontrar en este mundo tan machista. 

Acabo esta publicación uniéndome a muchas participantes y ex participantes que han pedido disculpas por no cuestionar e incluso celebrar las dinámicas de poder y la falta de mecanismos de control que dieron paso a estas denuncias. He dicho que el feminismo es cuestionar la realidad en la que vivimos todos los días y que uno nunca se gradúa como feminista. Hoy reitero esto, pues nunca me había tomado un momento para pensar en los modelos de Naciones Unidas que tanto aprecié en mi época universitaria desde una perspectiva de género.

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