El escrache y la justicia feminista

Imagen de Elena Lopez Alvares

El pasado 24 de mayo una cuenta de Instagram y Facebook publicó una lista de nombres de varios hombres del gremio de la música, fotografía, tatuadores, y otras industrias creativas acusados de violencia sexual, acoso, difusión de imágenes y violencia psicológica y emocional. La cuenta recibió testimonios de decenas de mujeres, los cuales que publicó de manera anónima. Un par de días después, y ante las amenazas de violación y de muerte, la cuenta desapareció, pero los testimonios siguieron rondando por internet y con ellas decenas de discusiones y polémicas que plantean preguntas muy importantes para el feminismo.

Este tipo de denuncias, por redes sociales y anónimas presentan bastantes problemáticas si se miran desde un lente legal tradicional. Al fin y al cabo, el principio de la justicia penal es precisamente que el acusado, protegido por la presunción de inocencia, pueda enfrentar a su acusador y defenderse frente a una tercera parte imparcial. Las denuncias anónimas en redes sociales en cambio no dejan campo para una defensa del acusado, y no hay un juez o jurado que pueda examinar la legitimidad de las pruebas y castigar o absolver al acusado. Y, sin embargo, muchas veces es la única herramienta con la que cuentan las victimas

Vale la pena, entonces, que las feministas nos preguntemos sobre la legitimidad de este tipo de acciones. ¿Estamos permitiendo que se cometa una gran injusticia contra los hombres acusados de violencia sexual? ¿Estamos habilitando un sistema de “justicia” (o de venganza) paralegal? ¿Por qué las mujeres no denuncian ante las autoridades competentes? ¿Es justo tildar todas las denuncias por redes sociales y los escraches como problemáticas?

Para poder responder a estas preguntas tenemos que partir de una verdad innegable: Nuestro sistema judicial es patriarcal. Las mujeres que se atreven a denunciar sus violaciones son sometidas a un infierno. Revictimización, palabras puestas en duda, insultos, amenazas de muerte. La mayoría de casos reportados nunca son investigados, y solo hay una ínfima parte en los que los agresores son condenados. En Estados Unidos, por ejemplo, solo el 18% de los casos de violaciones reportadas concluyen con un arresto y el 2% con una condena. En México, sólo 1 caso por cada 1000 denunciados termina en una condena.

Y para llegar a una condena, la víctima tiene que repetir innumerables veces su trauma, los abogados y jueces ponen en cuestión su forma de vestir, de actuar, cuanto había tomado, con cuántos hombres se había acostado antes, (o, en otras palabras, si se lo merecía). Y al final del día, en una gran parte de los casos las víctimas se enfrentan a una situación de “él dice, yo digo” en un mundo machista donde la voz de los hombres suele tener más peso.

El sistema legal está hecho para que solo se reconozca la culpabilidad del acusado cuando la víctima de violación es una “víctima perfecta”. Todos los matices y zonas grises que existen en los casos de violación en la vida real juegan en contra de la víctima. A pesar de que al fin estamos reconociendo que las victimas de violación pueden demorarse mucho tiempo en contar su historia, pueden tener reacciones ambiguas frente a su victimario, incluso volviéndolo a buscar, pueden tener comportamientos problematicos, esto sigue siendo un impedimento para determinar que alguien es culpable más allá de toda duda razonable. No es sorprendente, entonces, que tantas mujeres no se atrevan a denunciar. Esto sin mencionar que para muchas mujeres denunciar implica darle una vuelta a su vida familiar, social o laboral, enfrentarse a familiares y amigos, romper relaciones importantes (recordemos que la mayoría de violaciones son perpetradas por familiares o amigos cercanos.)

En consecuencia, acudir al sistema judicial es simplemente demasiado oneroso para muchas mujeres. La alternativa, para muchas, son las redes sociales. Publicando su historia, anónimamente o no, muchas víctimas tienen la posibilidad de retomar la narrativa de sus historias y de nombrar a sus victimarios. Es una acción de justicia (y a veces de venganza) que muchas veces se siente como la única posible y que tiene el mérito de devolverle a la víctima su agencia. Muchas feministas lo ven como una herramienta para prevenir a otras mujeres y disuadir nuevas violaciones, y de demostrar que ya no nos vamos a callar más. Adicionalmente, ha sido una herramienta muy poderosa para forzar al sistema judicial patriarcal a tomar en serio y a investigar ciertos casos de abusos. Sin las denuncias públicas, por ejemplo, Harvey Weinstein no estaría hoy en la cárcel.

Y ante la falta de alternativas, ¿cómo podemos pedirles a las mujeres que no acudan al escrache? Pero es necesario que reconozcamos dos grandes problemas con estas acciones. En primer lugar, ¿Qué modelo de justicia representa el escrache? ¿No se parece más a un sistema de justicia propia y paralegal que a un sistema de justicia reparativa y basada en derechos? Y con esto no estoy diciendo que creo que las mujeres mientan, sino que el feminismo legitime un sistema de justicia individual y propio abre la puerta a otros sistemas de justicia paralegales. Es una pregunta que merece al menos ser estudiada, porque un modelo de justicia propia casi siempre implica la perpetuación de un sistema de poder.

En segundo lugar, ¿qué justicia y reparación obtienen las víctimas con este tipo de acciones? La idea de un sistema penal no es solo castigar a una persona, sino también edificar un sistema en el que las personas tengan pocos incentivos para cometer un delito, y sobre todo que se garantice la reparación de las víctimas y la resocialización de los victimarios cuando lleguen a ocurrir. Y a través del escrache no logramos ni lo uno ni lo otro. Ni contribuimos a despatriarcalizar a los abusadores, ni logramos una verdadera reparación de las víctimas, que incluya el reconocimiento del sufrimiento que vivieron y la garantía de no repetición. El sistema legal colombiano también está lejos de garantizar estas cosas para todas sus víctimas, pero no por eso una justicia feminista debe apuntar por menos.

En términos prácticos, el efecto del escrache sobre los acusados es afectar, frecuentemente sin muchas consecuencias, su buen nombre. Si usted realmente cree que el escrache les daña la vida a las personas, solo tiene que ver a Louis CK, lanzando un nuevo especial de comedia donde se burla de las acusaciones en su contra apenas meses después de que varias mujeres lo acusaron de abuso, o a Donald Trump, que lleva 4 años siendo el hombre más poderoso del mundo a pesar de tener decenas de acusaciones y haber admitido ser un predador sexual en televisión. Vean a todos los machitos, unidos en una especie de fraternidad para proteger a sus amigos, como sucedió en el gremio creativo tras la publicación de la lista el 24 de mayo.

¿Por qué, a pesar de su falta de efectividad y sus matices problemáticos, los escraches son cada vez más visibles? Porque a falta de una justicia con enfoque de género y feminista, a falta de un Estado que combate la cultura de la violación, nos quedan muy pocas opciones que unirnos entre nosotras y replicar la voz de quienes antes de quedaban calladas.

Porque a pesar de que llevamos ya varios años en la era #metoo que ha liberado la palabra de las mujeres, la violencia sexual sigue estando normalizada. Por eso escuchamos a tantos hombres decir “ya no se puede hacer ni decir nada”. Están precisamente haciendo referencia a esa idea de que por fin estamos reivindicando que comportamientos que parecen banales (los piropos, los comentarios sexuales en la oficina, asumir el consentimiento dentro de la pareja, etc.) son en realidad extremadamente violentos y hacen parte de la cultura de la violación, y que son apenas la punta del iceberg.

Para terminar, quiero dejar algo claro: Yo le creo a estas mujeres. ¿Por qué? Porque todas las veces que he tenido conversaciones con otras mujeres sobre la violencia sexual y el acoso, la mayoría de ellas han tenido sus propias historias de abuso para contar. Historias que nos contamos entre nosotras, muchas veces sin atrevernos a llamar lo que pasó por su nombre. Y si la mayoría (y realmente es la gran mayoría) de nosotras ha sido víctima de algún tipo de violencia sexual, es apenas lógico que muchos hombres hayan sido victimarios. Por eso es que la respuesta a ese comentario incrédulo de un rapero en Instagram “¡ahora resulta que la mayoría de mis amigos son violadores!” es sí. La mayoría de hombres participan en diferentes medidas a la cultura de la violación. lo único que está cambiando es que las mujeres ya no se están guardando estas historias, y he ahí otro de los méritos de las denuncias públicas.

El escrache, con todas sus zonas grises, es la respuesta a este limbo. La liberación de la palabra, en un contexto en que el sistema legal hace demasiado oneroso para las mujeres hablar. ¿Qué otra opción tienen todas mujeres para contar su historia y obtener al menos una ilusión de justicia? Y si pretendemos poder dejar de depender del escrache, la tarea es titánica. No es ni más ni menos que transformar nuestro sistema legal en un sistema feminista.

3 comentarios sobre “El escrache y la justicia feminista

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  1. La resocialización del agresor me parece una zona gris muy importante, si estoy tratando de alertar a mis compañerxs, pero al mismo tiempo “entorpeciendo” la despatriarcalización del agresor, ¿no estoy haciendo lo contrario? Es horrible saber que aún conociendo su abuso sobre mí, mis amigxs deciden respaldarlo porque “está cambiando”, porque “ya no es el mismo de antes.”

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  2. El sistema judicial es patriarcal porque defiende la presunción de inocencia. Pregunto: ¿estaríais de acuerdo las mujeres en eliminar la presunción de inocencia, pero para TODOS y TODAS?
    ¿Qué os parecería que alguien os denunciase de intento de homicidio y automáticamente fueseis culpables y tuvieseis que demostrar vuestra inocencia? ¿Verdad que así ya no se ve tan patriarcal la presunción de inocencia?
    Siempre es muy fácil destruir los derechos humanos fundamentales de otros pero mantener intactos los propios.

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    1. Hola. Creo que leíste mal. Precisamente porque la presunción de inocencia y el debido proceso son fundamentales para una justicia penal justa es que me parece problemático el escrache. Sin embargo, como la justicia es patriarcal y es un calvario para toda víctima de violación obtener justicia (penal) surgen modos alternativos de justicia (no penales).
      La presunción de inocencia nunca dejará de ser un principio, ni siquiera en un mundo en que se normalice el escrache, porque este no tienen consecuencias penales.

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