El feminismo puede explicar la incompetencia de nuestros líderes

Una de las bendiciones (¿o las maldiciones?) del feminismo es ese impulso por interpretar las situaciones cotidianas desde una perspectiva de género. Hace unos días encontré unos cuadros que me encantaron por Instagram. Mi amor por ellos me llevó a consultarle a una amiga que trabajaba en la galería, y al escribirle expresé mi interés de manera algo torpe: que quizás era muy “iluso de mi parte” pero que me interesaba saber el precio, que “ni sabía si están a la venta” pero que “no perdía nada”. Repaso esta interacción y lo que veo es una persona que desde el primer mensaje se está condenando al fracaso.   

Justo después de los cuadros me encontré con una publicación de CNN Business. Al parecer, la Revista Forbes finalmente le otorgó al cantante Kanye West la etiqueta de “multimillonario”, algo que West llevaba solicitando desde hacía un tiempo (tanto que a finales del año pasado señaló que estaba pensando en cambiarse el nombre a Christian Genius Billionarie Kayne West). La publicación de CNN Business señalaba que el cantante no estaba del todo satisfecho con la decisión de Forbes. Que aunque la Revista lo había declarado multimillonario, había calculado mal el valor de su fortuna. Esto llevó a West a decir que “nadie” en la Revista Forbes sabía “contar”.   

Traigo a colación estas dos situaciones porque son prueba de algo que ha sido un patrón en mi vida y seguramente en la vida de muchas, muchas mujeres. ¿Por qué andamos por la vida con tanta torpeza e inseguridad? ¿Por qué para preguntar cuánto vale un cuadro (o cualquier objeto que nos interese) primero nos declaramos ilusas y poco conocedoras? ¿Por qué los hombres se expresan con más irreverencia? Los hombres no tienen que ser declarados multimillonarios por la Revista Forbes para sentirse empoderados y actuar de esta manera. Los hombres corren y saltan y pisan el charco. Tengo un repertorio de anécdotas que confirman esto, pero también tengo y compartiré con ustedes una serie de estudios organizacionales y sobre el liderazgo. Todo con el fin de demostrar que los hombres confían más en sí mismos y que esto explica un poco la manera en la que ciertos mandatarios han lidiado con el coronavirus.

Empecemos con un hallazgo que seguramente ya habrán escuchado y que siempre surge cuando hablamos de la inseguridad de las mujeres: según un reporte de Hewlett Packard, mientras que las mujeres tienden a aplicar a un trabajo solo cuando cumplen con el 100% de los requisitos, los hombres lo hacen cuando cumplen con el 60% de estos. Un estudio posterior complementó este reporte señalando que había una diferencia importante en la explicaciones que daban hombres y mujeres cuando decidían no aplicar al trabajo: la explicación de los hombres era que nos les interesaba invertir tiempo y energía en la aplicación y la de las mujeres era que no querían fracasar. ¡He aquí ese miedo al fracaso que les mencioné al principio! ¡He aquí esa aversión al riesgo, incluso en situaciones donde el riesgo es mínimo!

Este fenómeno se ha consolidado en la literatura como la brecha de la confianza. Y es desafortunado que exista una brecha de genero aquí porque en nuestra sociedad tendemos a interpretar cualquier señal de autoconfianza como una señal de competencia o de capacidad. En otras palabras, consideramos que una persona segura de sí misma sabe lo que está diciendo, que es precisamente esta sabiduría lo que le permite expresarse con seguridad. Y la verdad es que no siempre hay una correlación y, de esta manera, sin darnos cuenta, personas seguras de sí mismas pero no necesariamente competentes llegan a posiciones de liderazgo. Y estas personas suelen ser hombres y estas posiciones de poder pueden ser, desafortunadamente, la presidencia de un país.

Es la confianza en sí mismos lo que lleva a hombres incompetentes a convertirse en mandatarios. Por eso no nos debería sorprender la manera tan absurda en la que ciertos mandatarios han lidiado con el coronavirus. Por favor no pensemos que esta pandemia es simplemente un reto demasiado inmenso y que debemos ser comprensivos con nuestros líderes. Más bien entendámosla como evidencia (una de muchas) de que hay hombres que no merecen estar en donde están. Tan solo una visita al perfil de Twitter de Donald Trump es suficiente para darse cuenta de esto. ¿Cómo explicar todo lo que la comunidad feminista siente por este señor? Todos los días espero aquel comentario absurdo que sin duda superará el comentario absurdo del día anterior. Todos los días compruebo que debo desempolvar mis lecturas de antropología para entender por qué a pesar de su evidente incompetencia Trump no tambalea: sus seguidores ya no operan desde la racionalidad sino desde el culto o la adoración. Cada escándalo y cada error se tergiversan y solo lo empoderan más.

Y lo verdaderamente problemático aquí es que, aunque el caso de Trump es el más ridículo de todos, definitivamente no es el único. No es una excepción a la regla, hay mandatarios incompetentes en todos los continentes y en todo el espectro político. ¿Qué tal López Obrador en México, a quien ya le dedicamos una columna aquí por su pésima gestión del coronavirus? ¿Qué tal Bolsonaro en Brasil, que a finales del año pasado cuando ardía la Amazonia insinuó que los incendios podían ser una “acción criminal” de las ONGs? El elemento transversal aquí es que la incompetencia de estos señores no es una barrera ni en su asenso al poder ni en su permanencia allí, pues sus seguidores están dispuestos a perdonar muchas imperfecciones siempre y cuando estos señores sigan mostrando esa seguridad en sí mismos. Y no solo eso: ¿sabían que estudios han demostrado que las personas narcisistas tienen una probabilidad más alta de llegar a posiciones de liderazgo? ¿Y que esto se debe al imaginario que tenemos de lo que es un líder (al parecer, una persona con trastornos de personalidad)?

Por eso Trump y compañía quizás no pasarán a la historia por ser grandes mandatarios pero sí saldrán bien librados de la pandemia y de sus años de gobierno. No subestimemos la habilidad de sus seguidores para perdonar todo tipo de imperfecciones, desde comentarios totalmente estúpidos que nos llevan a todas a pensar “¿esto es real?” (como el de inyectarse desinfectante para protegerse el coronavirus) hasta comportamiento tóxicos como el machismo y la violencia de género. Nunca debemos olvidar que Trump tiene más de 22 denuncias por acoso sexual.

Este asunto de la autoconfianza y el narcisismo como es un marco útil para entender las dinámicas de poder de prácticamente cualquier contexto. Con mi buena amiga Ana Gutiérrez, jefe de prensa de Cine Colombia, hemos discutido mucho lo que sucede en la industria del entretenimiento: “Alfred Hitchcock dijo que los actores son como ganado, frase que resume lo permisiva que puede ser la industria con el abuso de actores, porque todo es en nombre del arte, todo es para lograr buenas películas. Y una consecuencia de esta permisividad es que hemos creado el imaginario de un director genio, visionario y malentendido. Piensa en un Dr. House, genio, apático, pero al que todo se le perdona por su habilidad como médico. Es bastante grave que estos “genios” pueden llegar a pensar que abusar a un actor es parte del proceso creativo. Y es así como los depredadores como Harvey Weinstein o Bryan Singer ven en el culto al genio malentendido una oportunidad para abusar sin consecuencia alguna.”

Les confieso que no puedo evitar envidiar un poco a Trump y a ciertos mandatarios y la realidad en la que viven, en la que están haciendo todo de la mejor manera (en tiempos de coronavirus y siempre). Envidio eso que comparten estos señores con Kanye West y con los niños “necios” que corren y que saltan y que pisan los charcos: esa irreverencia y esa capacidad de convertir cualquier duda o cualquier crítica en “fake news”. Los ejemplos sobran y no los quiero aburrir, pero ¿recuerdan la manera en la que el taxista Freddy Contreras se disculpó después de haber sido tremendamente grosero e irrespetuoso con las conductoras de Uber? “Lo hice sin pensar porque yo soy bruto, o sea, hay que decirlo, yo no pienso para hablar, yo llego y hago las cosas más con el corazón y con odio porque nos han llevado a la ruina.” Esto solo es posible en un mundo en el que pesa más la autoconfianza que otros aspectos. ¿O qué tal este tuit en el que Trump culpa a la Organización Mundial de la Salud por la emergencia del coronavirus en su país y se posiciona como salvador y redentor?

Yo en cambio todos los días debo esforzarme para dejar de vivir en un estado permanente de ansiedad, de nervios y de pena. Pienso en cómo era yo en el colegio y entiendo que el hecho de que me sonrojaba por todo tiene una explicación feminista (solía decirse, incluso, que “usted no era parte de la promoción de 2011 si no había visto a Juliana ponerse roja”). Por todo esto estoy convencida, por más patético que suene, que la liberación femenina, o por lo menos mi liberación, tiene que ver con parecerse un poco a los hombres en este sentido: no tenemos que ser narcisistas ni groseras pero sí tenemos que ser más irreverentes y para de pedir perdón todo el tiempo. No sé muy bien cómo traducir esto pero debemos hacer eso que Walt Whitman expresó muy bien en su poema ‘Song of Myself’: “I sound my barbaric yawp over the rooftops of the world!” Esta noción de hacer ruido y de hacernos escuchar es esencial para las mujeres. De esto se trata el excelente libro ‘Mujeres y Poder’ de Mary Beard y el más que excelente artículo de Hélene Cixous cuyo título, que es ‘La risa de la medusa’, ya me empieza a llenar de emoción: “Sé por qué no has escrito,”, dice la escritora francesa, “porque sientes que el acto de escribir es demasiado ambicioso para ti, que está reservado para los grandes hombres.”

Existen toda una serie de barreras externas que las mujeres enfrentamos todo el tiempo en todos los contextos y en todas las áreas del conocimiento. No es la falta de confianza de las mujeres lo que explica las desigualdades de género. Sin embargo, sí creo que tengo la posibilidad de hacer pequeños ajustes en mi día a día (y seguramente muchas de ustedes también), así como para compensar por todas esas veces en mi niñez en las que no corrí ni salté ni pisé el charco.

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