El cuidado en los tiempos del coronavirus

Reviso mi celular de manera religiosa por lo menos 3 o 5 veces al día. Miro las noticias, reviso los chats de grupo. Intento estar pendiente de las personas alrededor de mí. Me hice cargo de la alimentación en mi casa para ayudar a mi mamá. Todo esto parece sacado de una película. Sí, una película apocalíptica o de guerra que, sin duda alguna, nos llena de ansiedad. 

Da miedo saber que no podemos escapar. Que la amenaza no está lejos sino cerca. Y que no hay mucho que podamos hacer sino esperar. Hoy más que nunca me queda claro que como humanos somos aversos a la incertidumbre.

Al pensar esta situación como una película – en la cual irónicamente estamos siendo protagonistas – hizo llegar a mi mente momentos no tan cinematográficos, sino más bien momentos plasmados en los libros de historia: a las guerras, pestes y grandes recesiones económicas. Hoy somos más conscientes de qué es vivir la historia.

Curioso que haya un programa llamado el precio de la historia. Nadie nos contó realmente lo que costaba. O sí, pero ese valor se había quedado en los libros de texto que alguna vez ojeamos en el colegio. Nunca imaginamos tener que vivir una crisis de esta magnitud en carne propia.Y hasta ahora no podemos calcular el precio que nos va a cobrar la historia a nosotros.

Como feministas, no sólo nos está preocupando la vida de nuestras familias y amigos. También nos alarma que en crisis y emergencias se hacen más evidentes las inequidades existentes. Puede que los hombres sean los que tengan la mayor probabilidad de adquirir y morir del virus – de hecho hay estudios que muestran que también está relacionado a los hábitos de higiene donde las mujeres tienden a salir mejor libradas por la menstruación, maternidad y desarrollo de las tareas del hogar -, pero son las mujeres las que se van a llevar la mayor carga de las consecuencias sociales y económicas.

En la industria de servicios las azafatas, enfermeras y profesoras son en su mayoría mujeres, exponiéndose a la primera línea de batalla. Ocho de cada diez enfermeras son mujeres. Eleanor Holroyd, profesora de enfermería de la Universidad de Hong Kong, recolectó testimonios de estudiantes durante una epidemia de síndrome respiratorio agudo grave (SRAS) en 2003. Relata confusión, ansiedad y estrés luego de largos días con los pacientes y viendo a sus colegas caer enfermos. Algunos dormían en el hospital, tanto para atender a los enfermos como para proteger a sus familias.

Aún cuando no tienen que exponerse por su trabajo, son las mujeres las responsables de las labores del hogar: de cuidar de familiares y enfermos, de cocinar, de estar pendientes de tener lo necesario para pasar los periodos de cuarentena. No es el mismo trabajo de cuidado, y además sigue siendo no remunerado. 

Como feministas nos preocupa porque, sin duda alguna, enfrentar el coronavirus es un tema de privilegio. Escribo esto sentada en mi computador, luego de poder trabajar de manera remota durante una semana, de haber conseguido y comprado la suficiente comida para mi familia para las próximas dos semanas, y con la tranquilidad que por ahora seguiré trabajando. El coronavirus está exponiendo a los más vulnerables: trabajadores informales, sin prestaciones y con la necesidad de salud y sueldo. Aquellos que van todos los días en transporte público o los que están trabajando en los lugares de donde nosotros nos estamos abasteciendo. O quienes han perdido sus trabajos por quedarse a cuidar a sus hijos.

El coronavirus nos ha mostrado la precariedad del sistema de salud mundial. En Colombia, el sistema de salud parece pegado con babas y chicles, y ahora tenemos una pandemia para la cual sólo tenemos 2.000 camas de cuidados intensivos para todo el país. De acuerdo al Instituto Nacional de Salud, se proyecta que se presentarán casi 4 millones de casos, de los cuales 187.000 serán críticos. Nos ha mostrado también que a veces la salud mental no tiene el mismo lugar que la salud física. Sin duda, no está contemplado en los planes de emergencia.

Sin embargo, lo que nos ha causado más angustia es la incertidumbre. La incertidumbre nos paraliza y no nos permite movernos. No sabemos a dónde nos van a llevar los pasos que demos. O más bien, los que no demos. Estamos viendo cómo poco a poco las ciudades se han empezado a apagar: los lugares cierran, las personas en su casa y el gobierno cada día anuncia una medida de prevención nueva. No vemos un horizonte claro y más que nada, no sabemos cuánto va a durar. 

Pero como empecé hablando de guerras, me voy a tomar el atrevimiento de usar palabras de discursos de guerra aquí. Traduciendo a Franklin Delano Roosvelt, “lo único que debemos temer es al miedo mismo”. Toda esta situación se siente increíblemente incómoda, pero va a pasar. La vida da muchas vueltas y el mundo está cambiando. Nosotros no vamos a ser los mismos cuando esta crisis finalice o se atenúe. Sea lo que sea que nos espera en un par de meses, es nuestro reto decidir cómo vivirlo. 

Como feministas, es nuestro deber pensar en colectivo y actuar a nivel individual. Sólo porque el mundo está oscuro, no quiere decir que nosotros debamos serlo. Por eso, con esta columna, no solo quiero transmitir cifras y datos alarmantes. Por el contrario, quiero que sea el principio de lo que llamaremos normalidad por un buen rato. 

En tiempos de Coronavirus necesitamos empezar por el amor y la compasión – quédense conmigo, no pierdan la fé en la columna.

Empezar por el amor propio y el autocuidado. Darse tiempo para sentir, llorar, hablar. Tomar agua y ver cómo podemos ajustar las rutinas para tomarnos el día con actividades que edifiquen, que busquen seguir construyendo la persona en la que estábamos trabajando. Tomar tiempos para meditar, para orar, para leer. Buscar recetas que puedan hacer en sus casas pensando en cómo nutrirse. Desconectarse de los medios y las redes sociales por ratos. Son días abrumadores para los cuales nadie estaba preparado. Es normal sentirse confundido.

Estos no son días para pretender por redes sociales. TODOS, literalmente todo el mundo, está pasando por lo mismo. Estos son días para reconectarse con sus familias, amigos y conocidos. No se trata de cuántos seguidores tenemos, sino de las redes que estamos construyendo. Habla de manera constante con tus amigos, pregúntales cómo están ellos y su familia. Compartan recetas, libros, películas. Inclusive pueden hacer estas actividades al tiempo a través de múltiples plataformas. Muestra que hay alguien que se preocupa y está ahí para ellos. Así como también confía en poder hablar de tus sentimientos cuando lo necesites. Va a ser muy fácil sentirse solo en las próximas semanas. 

Demostrar amor y compasión por los que están alrededor tuyo. Empezando por los adultos mayores y personas que van a tener limitaciones para acceder a artículos de primera necesidad (ya es hora de conocer a los vecinos), y pasando por los que están más cerca de ti: ayuda en las tareas domésticas como cocinar, lavar y limpiar. 

Mostremos compasión por nuestros amigos emprendedores que no están pudiendo vender o trabajar, busquemos maneras de ayudar. Compasión por las personas que siguen en la calle, porque su trabajo implica trasladarse. Incomodémonos más en aportar ese dinero extra a quienes nos ayudan en nuestro día a día y dependen de nosotros para subsistir. Si podemos, donemos tiempos o recursos a los más débiles: trabajadoras sexuales, habitantes de la calle, entre otros. 

No podemos dejar de lado que en días de cuarentena el trabajo de cuidado aumenta y la probabilidad de ser violentadas también. No están solas. A nivel nacional se puede acudir a la Línea 155, o en Bogotá a la línea púrpura llamando al 01800112137 o por whatsapp al 3007551846.

Ni los libros ni la historia nos prometen que va a ser fácil. Nos prometen que las cosas pasan y cambian. Y no está de más pensar que la crisis puede traer cambios positivos. De hecho, las dos guerras mundiales fueron cruciales para el feminismo: la primera guerra mundial llevó a las mujeres en el Reino Unido a trabajar y a empezar a organizarse, la segunda guerra mundial hizo que participaran aún más en la fuerza laboral , llevando a una década de empoderamiento y una nueva ola del feminismo. Así mismo, la crisis financiera del 2008 en Estados Unidos llevó a que más mujeres trabajaran y se empezaran a dividir las tareas del hogar. La crisis del coronavirus es una oportunidad para cuestionar las dinámicas sociales que tenemos, de tal manera que beneficie a hombres y mujeres. 

Pensemos en nosotras como proveedores y recipientes de cuidado. Es ahora nuestra responsabilidad el asegurarse que cada persona se está cuidando a sí misma, a sus seres queridos y que los lugares de trabajo son seguros para todos.

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