Activismo feminista y (mi) salud mental

Buscando inspiración para esta columna le pregunté a un amigo que qué le gustaría leer hoy en SietePolas. “Bueno, ¿y si nos cuentas (a tus lectores y lectoras) sobre un número (cualquiera) de momentos felices que te ha traído este proceso?”, me respondió. Por proceso no sé si se refería a mi incursión en el feminismo o, más específicamente, a mi participación en SietePolas. Me quedé sin saberlo porque en el momento de su respuesta no me preocupé por lo que me estaba diciendo sino por aquello que yo presumí que me estaba queriendo decir; no me fijé en las palabras que estaban ahí sino en las que imaginé que no. “¿Son muy amargadas mis columnas? ¿Siempre tienen que ver con cosas malas?” Resulta que el man solo quería hacerme pensar en cosas felices. Nada más. Es que, siempre dramática y sobreactuada, antes de pedirle una sugerencia para este texto le había advertido que le haría una pregunta que “tenía el potencial de cambiar el curso de mi noche” y entonces él pensó que si tenía el poder de definir el curso de mi noche entonces me guiaría hacia pensamientos felices. Además de los “momentos felices” que su sugerencia buscaba inducirme a recordar, podría también haberme enfocado en el inciso “lectores y lectoras” y recordar que efectivamente hay gente que me lee y que aprecia mis escritos. O podía haber interpretado ese “un número cualquiera” como una curiosidad genuina por lo que tengo por narrar o, incluso, como un juicio positivo de mi escritura: cualquier cosa, larga o corta, que yo escribiera sobre el tema que me apasiona podría resultarle interesante.

Pero no. Esa frase llena de asociaciones positivas me llevó a dudar y mal juzgar el contenido, la forma y la recepción de lo que escribo. Se llama ansiedad funcional. Y entre otras muchas cosas feas que me hace pensar, me pone a dudar constantemente de mí misma, de mis capacidades y de la forma en que las personas que me rodean me perciben. No soy psicóloga ni entiendo mucho de diagnósticos y, mucho menos, me atrevería a hablar de trastornos de ansiedad u otro tipo de afectaciones a la salud mental. Para eso, recomiendo siempre acudir a una profesional. Pero cuento todo esto, en medio de la ansiedad que me produce pensar en quién, cómo, cuándo y dónde será leído, porque quiero contar algo que no había contado así tan con todas sus letras hasta este momento.

El año pasado tuve momentos en los que mi mente me traicionó de maneras en que no lo había hecho nunca antes. Siempre he sido una persona excesivamente crítica de mí misma, exigente, rígida, temerosa del fracaso, incapaz de manejar la incertidumbre. Pero todo ello se había traducido en cosas que una sociedad como la nuestra valora: disciplina férrea, planeadora minuciosa, ejecutora implacable. Y coseché no solo muchos triunfos profesionales y académicos sino un reconocimiento que me precedía. Esa es la parte de lo “funcional”. Pero cuando la ansiedad salta de este lado al otro lado de la cuerda el asunto cambia de color. No daré detalles porque ni vienen al caso ni he avanzado tanto en mi proceso como para ser capaz de hacerlo. Pero, básicamente, se me derrumbó mi apreciación de mí misma y con ella mi disciplina, mi planeación y mi capacidad de ejecución. Y estaba en el primer año de mi doctorado. Todo bien.

Este año ha sido mucho mejor y aunque estoy aún nadando frenéticamente en el río turbio de las consecuencias que trajo mi desplome mientras, con el agua al cuello, rebusco en las aguas revueltas los pedazos de mí que aún me falta por volver a juntar, estoy mejor y, sobre todo, más convencida que nunca de que estoy donde debo, pertenezco a donde estoy y me merezco haber llegado hasta aquí.

Hay varias conexiones entre el feminismo y la salud mental que me resultan muy evidentes. Entre muchas otras, que las investigaciones médicas suelen hacerse sin ningún tipo de enfoque diferencial de género, y eso incluye a las enfermedades mentales. Que las mujeres y las personas LGBTI han sido históricamente patologizadas – las primeras por “histéricas” las segundas por “desviadas”– y que esa historia persiste hoy en día en una atención precaria y prejuiciosa hacia estas poblaciones. Que los motivos por los que las mujeres padecen de traumas psicológicos se relacionan en una abrumadora mayoría con instancias de violencia sexual y que sus enfermedades mentales tienen conexiones con el sexismo que no se han estudiado lo suficiente. Que el menosprecio por lo femenino y la asociación de lo emocional con lo femenino tiene consecuencias evidentes en la salud mental de los hombres y que les impide buscar ayuda psicológica temprana cuando enfrentan situaciones emocionales complejas.

Lo que hasta hace poco no me resultaba tan evidente es la conexión entre el feminismo y MI salud mental. Porque es mucho menos directa y mucho más paradójica y contradictoria. Ser y enunciarse públicamente feminista en un mundo patriarcal es echarse al hombro un sin fin de responsabilidades, asumir la estigmatización que viene con ello, digerir los múltiples cambios culturales y de mentalidad que se requieren, y aceptar que se trata de un proceso que una vez empieza nunca se completa o termina. Además, se trata de aprender a lidiar con las expectativas de otros y las propias. El discurso irreflexivo del empoderamiento no da lugar a la equivocación, el del amor propio no da lugar a la duda y el de la interseccionalidad no da lugar a la ignorancia. Súmele a eso una personalidad ansiosa que, desde siempre ha visto en el fallar, el no poder y el no saber su más grande fracaso.

No estoy diciendo, por supuesto, que ser feminista y serlo públicamente e involucrarme con el activismo fuera el único motivo de mis problemas. Y mucho menos el principal. Solo quiero aclarar que no ayudó. Sería hipócrita de mi parte decir lo contrario. De hecho, parte del problema que observo es que mientras intentamos reivindicar nuestro lugar como seres iguales en una sociedad que se empeña, abierta y veladamente, en negárnoslo, a veces nos contagiamos de un afán de perfección, precisamente porque cualquier flaqueza se le cobra a una feminista a precio de dólar en tiempos de coronavirus. Y nos contagiamos entre nosotras la necesidad de aparecer infalibles.

Pero tampoco sería justo desconocer que las herramientas que me ha dado el feminismo fueron fundamentales para que mi crisis no terminara de llevarme por delante. Haber entendido que la separación entre intelecto y emoción es patriarcal y está diseñada para sostener jerarquías obsoletas y dañinas fue fundamental. En un mundo patriarcal me enseñaron que para aspirar al éxito en un mundo de hombres debía cultivar mi intelecto incluso a costa de mi bienestar emocional. Lo que es peor, me hicieron creer que mi valor como persona dependía de que los demás me vieran como una persona excepcionalmente inteligente. Y lo que es más doloroso aún, me enseñaron que esa marca, la de “mujer inteligente” me separaba del resto de las mías.

Y como no son pocas las paradojas en todo esto, admito que siento tanto malestar de admitir públicamente que estoy lidiando con un trastorno de ansiedad como de decir que me considero una vieja inteligente. Y no puedo dejar de reconocer que, ante ciertas conquistas del feminismo, parece más aceptable para una mujer decir que se considera bella que afirmar que se sabe inteligente. Y al mismo tiempo, la combinación entre saberse inteligente (aunque no lo puedas decir) y no haberse librado del todo de la idea machista, colonial y eurocéntrica de que el intelecto y la razón son los valores supremos, arroja una mezcla tan tóxica como la masculinidad frágil.  

El activismo feminista que me rodea de amigas feministas me ha mostrado una alternativa distinta. Me dio el antídoto para el veneno que el patriarcado me entregó envuelto en promesas de éxito y reconocimiento y que yo llevaba toda la vida tomándome con el juicio y la disciplina de la que tanto me enseñaron a enorgullecerme.  Procurar vivir una vida feminista de amor entre mujeres me había hecho ver que no existe tal primacía del intelecto sobre las emociones. Me había permitido experimentar el afecto verdadero entre quienes se relacionan horizontalmente y como iguales. Me había llevado a conocer personas cuya inteligencia social y emocional resultó ser la base más sólida de nuestro movimiento. Personas que me hicieron entender que el cuento que nos vendieron es para tenernos distraídas persiguiendo la aprobación del mundo exterior (si no es por bellas entonces por inteligentes) mientras descuidábamos nuestro mundo interior. Y junto a quienes aprendí que ese cuento no nos lo tragamos más. Y que en este cuento que ahora contamos desde lugares tan distintos y dispares y con voces tan diferentes, hay mujeres de todas las inteligencias y cada una es tan necesaria, tan fundamental, como la otra.

No se si esta es la columna feliz que me pidieron. Pero sé que es la historia que necesitaba contar. Y aunque no puedo no ser quien soy – una ansiosa funcional a veces más ansiosa que funcional – el feminismo y mi psicóloga me enseñan poco a poco que entre lo que me exige el mundo, lo que me exijo yo y lo que me exige el propio activismo feminista, doy de lo que tengo hasta donde puedo y lo valoro en toda su imperfección.

A todas estas, no sé si les conté, lectores y lectoras, siquiera un momento feliz de mi proceso como feminista. Pero escribí de un proceso en el que aún estoy y del que necesitaba hablar. Y me salió del corazón y no de la cabeza. Y en cuanto al curso de mi noche: me enfocó en lo que está, en lo que hay y lo que es. No en lo que me falta.

Un comentario sobre “Activismo feminista y (mi) salud mental

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  1. Hace unos años me convencí de que no había mayor poder transformador que el de una buena conversación; aquella en la que te paseas curioso por las exhibiciones del museo íntimo de ese otro que te invita y con quien descubres que puedes ser varios, que incluso puedes ser ese otro y aprender de lo que ha aprendido. Pero pocas veces me encuentro con invitaciones de esa índole en espacios digitales.

    Así que gracias. Gracias por el ritmo y la embrujada, por tu don para navegar el diccionario y pescar con tus letras en el mar digital, que a veces es tan cruel. Y sobre todo gracias Carolina por tu desnudez, porque con ella nos fortalecemos entre todas.

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