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El Paro Nacional y el performance “Un violador en tu camino”: una historia de amor en cuatro partes

I.

No es casualidad alguna que el performance feminista que nos tiene conmocionadas y emocionadas estos días haya surgido en tiempos de agitación política, en países políticamente agitados. Aunque la coreografía cantada o canto coreografiado de “Un violador en tu camino” sea ya un fenómeno global, es innegable que su nacimiento en Chile y su particular acogida en Colombia tiene todo que ver con la coyuntura política que vive cada uno de estos países, cuyas ciudadanías protestan en las calles contra gobiernos injustos, corruptos, violentos, ineptos y elitistas.

Creo que, por lo menos en Colombia, esta canción fue la respuesta a la pregunta por cómo vamos las mujeres en el Paro Nacional. Y es que, como es costumbre, los asuntos de género son los primeros en diluirse cuando de movimientos por la justicia social se trata. Las mujeres salimos a la calle en este paro convencidas de la necesidad de un cambio radical en nuestros sistemas y en el gobierno y, sin embargo, conforme pasaban los días, sentíamos que el necesario enfoque de género en esta transformación que pide el país se nos escurría entre las manos. Nos preguntábamos cómo figurábamos en el pliego de peticiones y muchas buscaban alternativas para poner los asuntos de género sobre la mesa. Como siempre, la sensación general es que todo lo que tenga que ver con enfoque diferencial de género puede pasar a un segundo plano, que hay temas más urgentes. Los señoros de uno y otro lado de la mesa demuestran ser, en lo que a las mujeres respecta, el mismo tipo de señoros.

Pero pusieron la canción.

II.

En la introducción a El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir se pregunta por qué las mujeres no han logrado asumir una identidad grupal como sí lo han hecho otros grupos históricamente marginados. Y ensaya como respuesta lo siguiente:

La acción de las mujeres no ha sido jamás sino una agitación simbólica, y no han obtenido más que lo que los hombres han tenido a bien otorgarles. No han tomado nada: simplemente han recibido. Y es que las mujeres carecen de los medios concretos para congregarse en una unidad que se afirmaría al oponerse. Carecen de un pasado, de una historia, de una religión que les sean propios, y no tienen, como los proletarios, una solidaridad de trabajo y de intereses. Viven dispersas entre los hombres, atadas a sus hogares, el trabajo, a los intereses económicos, la condición social, a ciertos hombres -padre o marido- más estrechamente que a las demás mujeres.

El segundo sexo, Simone de Beauvoir

Y henos aquí. Con una canción y una coreografía nos tomamos las calles, y las pantallas de todos los celulares y las transmisiones de todas las radios. Y a través de la “agitación simbólica”, nada más y nada menos, le gritamos al mundo que lo queremos todo, que no aceptamos las migajas que nos dan. Somos conscientes, por fin, de que el pasado, la historia, la religión, la solidaridad y los intereses en común los tenemos es en nuestro cuerpo de mujer. Que son nuestros cuerpos el medio concreto, porque es la transgresión violenta de nuestros cuerpos el común denominador de nuestra experiencia en el mundo.

III.

“Un violador en tu camino” es una intervención que se toma uno de los espacios que en la cotidianidad nos ha estado prohibido a las mujeres en una ciudad patriarcal: la calle. En eso radica su poder. Se trata, además, de una demostración tangible de la forma en que las mujeres nos estamos tomando los espacios virtuales para reunirnos (primero virtual y luego físicamente) para reclamar nuestro derecho a ocupar todo tipo de espacios públicos y políticos sin tener que soportar la violencia sexual y el acoso.

Históricamente, la mujer ha estado relegada al hogar, no solo por la división machista de lo público como masculino y lo doméstico como femenino sino porque en nuestras sociedades las calles son y han sido espacios peligrosos para nosotras.  Las redes y las telecomunicaciones se han convertido hoy en lugares de resistencia, de encuentro y, por lo tanto, de solidaridad y resistencia colectiva en las que podemos encontrarnos porque la calle es hostil pero, sobre todo, para denunciar esa hostilidad y construir formas de combatirla.

La canción y la coreografía nacen en las calles chilenas, se gestan y reproducen en las redes sociales y se multiplican en las calles de todas las ciudades del mundo para gritar que le pasa a muchas, a demasiadas, que si le pasa a tantas, ¿qué supone uno?, y que ya no nos comemos el cuento encubridor de que la culpa es de la víctima.

Pero, además, conforme cada mujer toma de esta expresión colectiva la valentía para hacer su propia denuncia, se revela la tensión en el corazón de todo esto. Que no se trata solo de encontrarnos en la calle y reclamar nuestro derecho al espacio público. Se trata de que para una aberrante mayoría, esa historia de abuso que hoy nos congrega a todas, que es nuestro punto común de partida, sucedió en la “seguridad” de nuestros propios hogares. Que cuando muchas cantan “el violador eres tú” lo hacen señalando a padres y padrastros, hermanos y hermanastros, abuelos, tíos, amigos del papá, parejas y ex parejas, el médico de la familia, el cura del pueblo o del barrio.

Quienes han leído el performance como una acusación colectiva contra todos y cada uno de los hombres del mundo, caen en la más clásica equivocación y tergiversación del mensaje feminista contra la violencia sexual y de género. El baboso “no todos los hombres” es el escudo del ciego que no quiere ver. Este performance nos obliga a confrontar al elefante invisible parqueado en la sala de la casa: que hay una cultura y un sistema que le ha hecho creer a los hombres que tienen derecho sobre el cuerpo de las mujeres y las niñas. Que ese mismo sistema protege a los individuos que comenten abusos y violaciones. Que las pocas veces en que se denuncia esta violencia, la policía y los jueces y el estado revictimizan y calumnian a las víctimas mientras justifican o invisibilizan el actuar de los victimarios. Que en países con gobiernos como el nuestro o como el de Chile, son las propias autoridades las que muchas veces cometen directamente abusos y violaciones. Y que en una cultura machista y patriarcal todas las personas, pero en especial los hombres en sus pactos de varones contribuyen, algunos de formas más evidentes que otros, al encubrimiento de estos crímenes mediante el silencio o la indiferencia.

IV.

Duerme tranquila, niña inocente, sin preocuparte del bandolero, que por tu sueño, dulce y sonriente, vela tu amante carabinero, es quizá la estrofa menos viral de la canción. Se trata de la incorporación, con toda la ironía del caso, de una estrofa del himno oficial de los Carabineros de Chile, la fuerza de policía chilena.

Duerme tranquila niña inocente no es ya el susurro hipócrita en la habitación de esa niña que sabe que debe temer al bandolero de la calle tanto como al macho violador que está en su propia casa y al sistema que lo protege, a la familia tradicional que lo oculta, a la fuerza policial que lo justifica, a la sociedad que la culpa y al sistema judicial que asegura su impunidad. Es el grito en la calle de todas aquellas que se proponen, con su voz, con sus denuncias, con sus propios cuerpos, evitarle a las niñas de hoy el que hasta ahora ha sido el inevitable destino de más de una de cada tres mujeres en el mundo. Quizá por eso la adaptación de las mujeres colombianas es tan igualmente poderosa cuando en una variación del estribillo cantan: el estado no me cuida, a mí me cuidan mis amigas.

Quizá en mi optimismo exagero. Pero para mí que este paro nacional en Colombia no necesita más pliego de peticiones que ese: que el estado nos cuide como ahora sabemos cuidarnos entre amigas. Es decir, que proteja los intereses de las más vulnerables en lugar de seguir traicionándolas para sostener un sistema que solo les sirve a los patriarcas de siempre.

Duerme tranquila, niña inocente que si el estado no te cuida te cuidamos tus amigas.

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Carolina Sintura, también conocida como SinturaConEse, hizo de su pasión su proyecto de vida: es literata de profesión, por gusto y por convicción. Se declara enamorada del lenguaje y de la ficción por su enorme capacidad para transformar la realidad y aficionada a cuanto libro escrito por una mujer le caiga en las manos (y no, eso no es discriminación inversa si se lo están preguntando). Su amor por las palabras y los libros la llevó hasta la universidad de Georgetown en Washington D.C donde obtuvo una maestría en Lengua y Literatura Angloamericana. No se aguantó las ganas y siguió adelante con un doctorado en Literatura en la Universidad de California en Santa Bárbara, donde actualmente completa su programa doctoral mientras enseña e investiga la literatura contemporánea de inmigrantes y minorías étnicas y raciales en Estados Unidos. Dicen que tiene una habilidad sobrenatural para hacer las preguntas incómodas que todo el mundo quiere hacer pero nadie se atreve, en el momento más impropio (que, según ella, es el más indicado). Eso la llevó a acuñar su propio hashtag: #SinturaPregunta y escribir su propio blog: “NoSabe/NoResponde, el blog de SinturaConEse”. Esas experiencias en el mundo web la tienen curtida contra toda crítica destructiva, comentario ofensivo y fiscalización del tono. Si a eso vino, ella lo invita a irse por donde llegó. Si por el contrario quiere una interlocutora que cree en el poder de los argumentos meticulosamente construidos, acaba de encontrar lo que busca.

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