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Guía feminista para el Black Friday y el consumismo

Hace un tiempo, la pola Vanessa publicó una excelente reflexión sobre el fast fashion y la explotación laboral de la mujer en la industria de la moda. Hoy quisiera construir sobre esto e invitarlos a tomar una posición feminista ante el monstruo inescapable que es el consumismo y su más tremenda manifestación: el Black Friday.

Cada vez estoy más convencida de que la gran ventaja del feminismo es que nos lleva a cuestionar lo establecido, incluso aquello que, a primera vista, no tiene una relación directa con el género y con la situación de las mujeres. Ser feminista es preguntarse por las normas que rigen nuestras vidas y            que determinan nuestros deseos y nuestros miedos. Por eso hoy preguntémonos por el orden económico y social que es el consumismo, por su historia y cómo culminó todo esto en esta fecha de nombre fúnebre. Luego hablemos de algunas recomendaciones no para evitar esta fecha (porque no creo que podamos evitarla en su totalidad), pero sí para navegarla con algo de conciencia feminista.

Los historiadores señalan que durante el siglo XIX en los países de Europa noroccidental, ocurrió algo así como una revolución consumista. Los salarios aumentaron como consecuencia de la expansión de las economías y muchas personas empezaron a comprar pequeños lujos que transcendían lo estrictamente necesario para sobrevivir. Este aumento en el consumo resultó en el crecimiento de los negocios y por lo tanto de los salarios—y por lo tanto del consumo. En aquellos países católicos, la Iglesia se opuso a este nuevo materialismo y les advirtió a sus seguidores que comprar sin necesidad era cometer el pecado de la vanidad. Pero sus esfuerzos fueron en vano porque el consumismo no hacía más que consolidarse, y no hubo vuelta atrás cuando economistas y pensadores de la época desarrollaron el racional económico que lo justificaba: el filósofo Bernard Mandeville fue el primero en sugerir que la riqueza de los países era una consecuencia directa del consumo por placer. Aquel país en el que los ciudadanos invirtieran tiempo y dinero en la compra de pendejaditas sería más próspero y más estable que aquel país en el que primaran los valores y la moral.   

Las críticas a este consumo masivo, el cual tuvo otro auge en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando ser un buen ciudadano era revivir la economía nacional por medio del consumo, no son cosa nueva. Están, por ejemplo, las esculturas que el artista Claes Oldenburg elaboró durante la década de los sesentas. Su propósito era invertir el tamaño del objeto y el sujeto para generar disonancia y ridiculizar la dependencia de economías modernas en el consumo desenfrenado.

Sin embargo, a pesar de todas las críticas, reflexiones y resistencias, aun vivimos en una sociedad de consumo, donde las personas son valoradas según su poder adquisitivo. Poder comprar y poder consumir es lo aspiracional, es la manera en la que medimos qué tan exitosa es una persona. Y esto tiene enormes implicaciones para nosotras las mujeres y las feministas, porque hemos aplicado todo esto a nuestro imaginario de la mujer empoderada: ella es una mujer que sabe lo que quiere y lo puede comprar. Ella reafirma su independencia cada vez que compra, ella es como las cuatro amigas de Sex and the City, mujeres muy exitosas que recurren al shopping como una especie de terapia (por favor, pensemos en maneras de practicar autocuidado que no refuercen la sociedad de consumo). Y las marcas y los almacenes muy dichosos de complacer a esta mujer aparentemente empoderada a través de la tergiversación del feminismo (pueden consultar la columna de la pola Pio sobre feminist washing).

Por todo esto es que las feministas debemos asumir una posición crítica y reflexiva sobre el consumismo y estamos en un buen momento para hacerlo, porque ya no es solo Black Friday, ahora nos acompañan sus versiones mutadas como el Black Weekend e incluso el Black Week. Al parecer, 1966 fue el año en el que se empezó a usar este nombre para referirse al viernes después del Día de Acción de Gracias. Como el jueves es un festivo, muchos estadounidenses se empezaron a  tomar el viernes para así tener un fin de semana de cuatro días y empezar sus compras navideñas. El título de viernes “negro” hace referencia a la contaminación, el caos y hasta la violencia provocada por el desplazamiento de los ciudadanos a centros comerciales y almacenes.

Es cierto que en la actualidad no es necesario que nos desplacemos para participar en el Black Friday, pues cada vez más almacenes cuentan con tiendas en línea. Comprar en línea es una manera de disminuir la contaminación y el tráfico pero definitivamente no es nuestra salvación. Cuando compramos en línea somos más impulsivos e irresponsables. Es menos probable que devolvamos o que cambiemos una prenda que no nos gustó o que no nos quedó bien, lo cual nos lleva a acumular ropa que nunca nos pondremos. También es una forma de compra más adictiva, en la que recibimos no uno sino dos golpes de dopamina (uno cuando pagamos y otro cuando recibimos el producto). Por eso es que incluso si compramos en línea estamos contribuyendo al caos, que es el impacto y el costo social y ambiental de la producción masiva. Así que miremos algunas recomendaciones para manejar esta temporada de descuentos que se nos viene.

La primera recomendación es tan obvia que quizás muchos me tilden de estúpida: hay que parar de comprar. No comprar es una forma de resistencia y de ejercer el feminismo, el problema aquí es que es mucho más difícil de lo que parece. El Black Friday está en todas partes, basta con conectarse un par de segundos a alguna de nuestras redes para darnos cuenta de esto (recordemos con nostalgia el Facebook sin publicidades de hacer una década). Y lo más difícil de todo es que las publicidades que recibimos están totalmente conectadas a nuestros intereses y puntos débiles.

Una implicación muy grande de esta primera recomendación es que dedicarnos a comprar marcas ambiental y socialmente sostenibles para sentirnos bien es un pajazo mental. Si tenemos que comprar algo siempre será mejor que busquemos estos lugares, claro, pero no estamos haciendo nada si estamos replicando nuestro comportamiento consumista en otra parte. Es mucho mejor abandonar este comportamiento del todo y así lo afirma la Rubia Inmoral en un episodio el excelente podcast Vida Real de Verónica Orozco. El episodio es sobre el concepto de slow fashion, el cual nos invita a disminuir las prendas que compramos más que a comprar prendas de marcas o almacenes sostenibles. Por eso es que ser feminista va más orientado a la disminución del consumo desenfrenado e imprudente que al consumo de marcas responsables.

Otra cosa que me encanta de esta recomendación es que todos podemos convertirnos en consumidores más responsables porque todos estamos en la capacidad de disminuir lo que consumimos. Para ser más responsables no nos toca gastarnos más dinero (teniendo en cuenta que las marcas sostenibles, responsables y/o locales suelen ser más costosas), sino menos.

La segunda recomendación es que nos informemos. La misma pantalla que nos tortura y nos provoca con descuentos y promociones también nos ayuda a ser personas más informadas y conscientes. Cada quien decidirá qué tan profunda será su investigación, pero un primer paso es aprender a cuidar la ropa que ya tenemos para que esta dure más, porque la sostenibilidad es algo que podemos practicar no solo en el momento de la compra, también en el uso. También contamos con herramientas como Good on You para saber cómo están nuestras marcas favoritas en términos de impacto social y ambiental y otra posibilidad que tenemos es comprar ropa de segunda (Desprendarte está en Bogotá y tiene envíos nacionales) o participar en trueques (un sistema de intercambio alternativo al capitalismo que ha sido objeto de estudio de la antropología desde principios del siglo XX). ¿O qué tal si estamos pendiente de iniciativas y eventos? A principios de este año se llevó a cabo la Semana Fast Revolution en Bogotá y tuve la oportunidad de asistir a un taller llamado Armario Cápsula, para “descubrir el potencial de las prendas que hay en tu armario y aprender a sacarle el máximo provecho a lo que ya tienes para evitar compras que pueden ser innecesarias.” Relacionado a esto, les recomiendo un video sobre todos podemos y deberíamos conocer nuestro estilo personal para saber qué mínimos debe cumplir una prenda, de manera que sí la vayamos a usar y a cuidar.   

No podemos cambiar nuestro comportamiento consumista en unos cuantos días, pero sí podemos reflexionar y buscar pequeñas victorias. Y algo que sí debemos entender es que el slow fashion (o la disminución del consumo) no es una tendencia pasajera y que en unos años estaremos hablando de algo más. Es una invitación a que participemos en una revolución muy profunda o en un cambio de paradigma. A veces es difícil imaginar que existe algo más allá de la realidad consumista y capitalista en la que vivimos (“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, dijo Fredric Jameson), por eso debemos practicar nuestra capacidad de imaginar futuros alternativos, que es algo que ya están haciendo muchas universidades especializadas en diseño y en moda. Y el primer paso para todo esto siempre es cuestionar e incomodar.

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Juliana es una antropóloga que cada día redefine el alcance y las posibilidades de su disciplina. Hace un tiempo decidió que ser antropóloga y trabajar en consultoría no era venderle el alma al diablo, y que podía estar más interesada en el cosmos de Sagan y en la ciencia ficción que en cualquier cosmovisión indígena. En esta ocasión, ha decidido que la curiosamente nombrada “ciencia del hombre” le permite contribuir a la causa feminista como bloguera—y como una de Siete Polas. Juliana no pretende ni resolver las contradicciones del feminismo ni demostrar su vasto conocimiento sobre este tema, pues es un conocimiento incompleto y no vasto, que sigue y seguirá en construcción. No obstante, sí pretende que cada palabra que escriba sea un reclamo por todas esas experiencias indeseables y ridículas que desafortunadamente siguen siendo una realidad para ella y para muchas mujeres en Colombia y en el mundo. Siempre evitando llamar la atención, su propósito aquí es llamarla toda, y demostrar su inconformismo sin recurrir a las peleas, las diatribas o la estigmatización.

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