#DomingoDeInvitadas: La geopolítica, el cuerpo y el nacimiento

Domingo de Invitadas por Luisa Ospina

Recuerdo cuando mi mamá me contó sobre el nacimiento de mis hermanos. Cuando vienes de una gran familia, estas son historias obligadas en cada reunión familiar. Sin embargo, mi madre rara vez habla de cómo fue mi nacimiento y nunca quise preguntarle los detalles. Todo lo que sabía era que había sido por cesárea. A diferencia de mis hermanos, que son mayores que yo, en el momento de nacer, las condiciones eran difíciles y mi madre eligió que dos de ellos nacieran por parto natural, en su propia casa, algo que sería impensable en estos días.

Lo único que sabía era que, aunque había sido muy doloroso (como se supone que es, si consideramos que, en términos médicos, el dolor que experimenta una mujer al dar a luz equivale a romperse 27 huesos de su cuerpo al mismo tiempo), mi madre nunca habló sobre el dolor, sino sobre la felicidad de traer una nueva vida. Sin embargo, mi nacimiento fue mucho más complejo de lo que pensaba. Mi madre tenía aproximadamente 39 semanas de embarazo cuando decidió ir al centro médico, sintió que estaba a punto de dar a luz. Fue planeado junto con mi papá, que todo se diera por parto natural y en la medida de lo posible, sin el uso de medicamentos para controlar el dolor. Los médicos la revisaron, se dieron cuenta de que todo estaba bien y que los 2 centímetros de dilatación no habían aumentado desde hacía unos días. Por eso aún le faltaba tiempo para dar a luz.

Según la información de mi madre, la persona a cargo de ayudarla en el parto llegó y le hizo un tacto vaginal. De repente, mi madre cuenta: “Sentí un dolor terrible y vi que comencé a sangrar mucho”, recordó con angustia. “No me dieron ninguna explicación, solo me dijeron que el bebé tenía que nacer ahora y que debería ser por cesárea”. Obviamente, cuando se está en el proceso de dar a luz, solo quieres como madre que tu hijo nazca bien, por lo tanto, a pesar del dolor y la sorpresa de saber que su hija debía nacer por cesárea, no se opuso al procedimiento.

El caso de mi madre es uno de los miles de casos de lo que ahora se llama “violencia obstétrica”. Algo que, aunque no tiene mucha visibilidad en nuestra sociedad, se practica de forma casi natural en los hospitales de todo el mundo. Cada año aumentan las historias de mujeres que han vivido o experimentado cesáreas forzadas, malas prácticas e incluso malos tratos por parte del equipo médico que atiende sus nacimientos.

Aunque a simple vista las ciencias como la geopolítica y un tema tan complejo como la violencia obstétrica no tendrían una relación aparente, esta última, no obstante tiene una explicación desde la geopolítica. La brutalidad hacia las mujeres sigue vigente en estos espacios debido a que se ve el cuerpo de la mujer como una cosificación, un instrumento para la procreación. Y en ese sentido, al igual que en la geopolítica, se entiende como un terreno a disputar y a ocupar por quien desee usarlo.

Pero, ¿cómo podemos explicar esto y aún más, cómo podemos relacionarlo con la geopolítica? Bueno, empecemos por definir el concepto. La geopolítica es una ciencia que estudia la distribución espacial de los fenómenos políticos, la influencia que los fenómenos geográficos ejercen sobre  los mismos y los que tienen en los procesos políticos.Esta ciencia se nutre con conceptos derivados de la geografía, las ciencias políticas y la historia. Y además permite que diversos autores interactúen entre si bajo estas dinámicas de territorialidad. La geopolítica como la conocemos hoy tiene su origen en el año 1900 a través de la obra del geógrafo sueco Rudolf Kjellèn, quien sentó  las bases de estudios derivados de esta materia.

Ahora bien, respecto a la relación entre la geopolítica y la violencia obstétrica, comienza a existir una conexión entre la geopolítica y estos problemas, incluso desde el momento de la concepción. Tus padres, por ejemplo, desde que tu madre estaba embarazada, seguramente ya habían pensado en qué ciudad nacerías  y eso en sí mismo nos empieza a enmarcar desde muy jóvenes en una nacionalidad y en un territorio, elementos que son fundamentales en la geopolítica.

En este punto, está claro que existe una relación desde el momento del embarazo, pero aún más claramente podemos distinguir esta dinámica si hablamos del proceso del nacimiento. Este proceso como tal involucra una amplia gama de actores que interactúan entre si y ejercen un dominio particular. Por ejemplo, los gerentes de hospitales o los obstetras, controlan de cierta medida unos territorios particulares (en este caso los hospitales o las salas de partos), sometiendo en algunas ocasiones a la mujer a prácticas indebidas en contra de su propio cuerpo. Desde esa óptica, incluso los cuerpos de las madres están bajo este dominio, debido a que, como se mencionó anteriormente, se tiene un imaginario respecto al cuerpo de la mujer en donde esta es un mero contenedor de un producto valioso, un bebe. Por lo cual, ante este tipo de lógicas los cuerpos se convierten en un “territorio a dominar” en el parto, tal y como sucede en la geopolítica.

Dentro de las investigaciones del antropólogo Robbie Davis-Floyd  se argumentó que el nacimiento en sí juega un papel y es una forma de socialización ritual experimentada por las mujeres. En términos generales, esto produce una madre que cree en la ciencia y reconoce su inferioridad, consciente o inconscientemente. En ese sentido, en algún momento termina aceptando los principios del patriarcado al no tener un dominio de su cuerpo durante el parto.

Desde una perspectiva feminista, existen dinámicas de territorialidad y lucha política que han logrado penetrar en los espacios más simples de la vida cotidiana e incluso influir en dinámicas tan íntimas como el embarazo o el parto. Como mujeres debemos decidir libremente no solo el cuándo o el si queremos, sino también el cómo deseamos parir.  Esta es una decisión que implica libertad, autonomía y poder para descubrir por cuenta propia nuestras capacidades físicas que nos permiten dar vida.

Se deben replantear esas lógicas retrogradas en donde la labor de las matronas o parteras es mal vista y satanizada (muchas de estas mujeres fueron quemadas y juzgadas como brujas por su labor), el hecho de que las mujeres a través de estos espacios puedan elegir como quieren que su parto sea asistido, es una muestra clara del control sobre su maternidad, el parto desde esa respetaba la decisión propia de la mujer y era un reducto puramente matriarcal sin ningún tipo de influencia externa. Desde mi punto de vista, creo que la geopolítica y la forma en que se ha utilizado ha logrado afectar y controlar incluso nuestros cuerpos, convirtiéndolos en un territorio para construir, reclamar e incluso como se ejemplifico anteriormente, disputar.

Es en este punto donde la experiencia de mi madre es relevante. Nos enfrentamos a una realidad latinoamericana en particular, donde las cascadas de intervenciones se enmarcan dentro de las prácticas de parto medicalizadas y las cesáreas, como en el caso de mi madre, realizadas sin indicaciones clínicas claras.

Los datos resultan escabrosos. El número de nacimientos por cesárea en el planeta prácticamente se duplicó en 15 años, del 12% al 21%, según cifras publicadas por el Congreso Mundial de Ginecología y Obstetricia. El caso de América Latina y el Caribe es preocupante. Y aunque hasta el momento la República Dominicana es un líder mundial en este tipo de intervención con 58.1% Colombia presenta datos igualmente altos, donde alrededor del 45.9% de los nacimientos son asistidos por cesárea, de las cuales no sabemos con certeza cuantas de estas fueron practicadas forzosamente.

Esto, además de tener implicaciones en términos de salud pública, ya que su uso excesivo puede afectar la salud de la madre, se ha convertido en una dinámica acompañada de una serie de beneficios económicos para las clínicas y una forma de acelerar el proceso de dar a luz. El Dr. Juan Diego Villegas, presidente de la Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología, publicó recientemente un artículo, titulado “Políticas y programas de salud en América Latina”, en el cual ofrece una mirada crítica al sistema de salud de la región.

Desde su punto de vista, este tipo de figuras, como el uso excesivo de la cesárea y aún más grave la realización de esta práctica sin previo consentimiento, no tienen justificación médica. De hecho, los estudios muestran que la mayoría de las mujeres prefieren los partos vaginales y confirman que los ginecólogos se han “relajado en las buenas prácticas” y las han transformado en un intervencionismo innecesario reflejado en el exceso de estos procedimientos. Desde el punto de vista colombiano, en los últimos dos años se han hecho esfuerzos para reconocer y castigar este tipo de agresión contra las mujeres y quienes las ejercen.

Una muestra de este progreso se refleja en el proyecto de Ley 063 de 2017 o la llamada “Ley del nacimiento humanizado” de la Cámara de Representantes, por medio de la cual se garantizan los derechos de la madre al padre y al hijo o hija, que nacerá durante el nacimiento, por ejemplo, para poder decidir si quiere vivir la experiencia en un hospital o en un hospital o en su casa. Un paso significativo en el interés de respetar los deseos y los cuerpos de mujeres en nuestro país.

Finalmente, queda claro que el espacio tal como lo concebimos está sujeto a visiones polarizadas y los derechos de las mujeres al dar a luz, dan cuenta de que los sistemas de las sociedades actuales están diseñados para socializar a las mujeres y sus bebés para que a menudo se conviertan en sujetos médicos. Muchas veces sin control sobre sus cuerpos, ocasionando experiencias perturbadoras y a menudo abusivas de nacimiento.

Este tipo de discusión nos lleva a pensar que es esencial que haya más educación en el campo del embarazo y el parto, para eliminar los falsos mitos y tener la opción como mujeres de elegir de una manera informada y consciente cómo queremos dar a luz. Es imperativo que busquemos la educación en el feminismo de hombres y mujeres en las sociedades actuales, para ayudar a establecer una mejor comunicación y colaboración entre ambos y evitar que este tipo de problemas continúen ocurriendo en el mundo.

Un comentario sobre “#DomingoDeInvitadas: La geopolítica, el cuerpo y el nacimiento

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  1. Me encanta la aproximación desde la geopolítica. Ya varias de estas cosas me habían pasado por la cabeza, pero no tenia elementos para hacer el análisis como en la columna. Me gustó mucho.

    En Medellín, desde hace mucho tiempo se han creado colectivos de parto humanizado y crianza respetada en facebook. Su alcance aun no ha sido medido, pero a partir de allí han salido campañas interesantes, denuncias a clínicas de la ciudad que predican un proceso de parto muy alejado de su realidad. También un proyecto hermoso del colectivo “Mamás tejiendo camino” sobre “cien historias de parto”. Van por la 77. Al leerlas, uno se da cuenta de la triste realidad alrededor de la violencia obstétrica. Violencia tan clara y permanente que lastimosamente ni yo misma me salvé. Porque al estar a merced del sistema, uno termina inevitablemente en las manos infames de algunos(as) medicos(as) de turno que han olvidado de qué se trata realmente el ejercicio médico.

    Quiero agregar que mis amigas cercanas que han vivido un verdadero parto respetado, lo han tenido que pagar de forma particular… Y que las doulas son ángeles en la tierra. Yo amo y respeto infinitamente a esa mujer que me acompañó durante las horas de trabajo de parto, y que le dio tareas específicas a mi pareja, que pudo realizar y que le hicieron sentirse más que útil, también parte del nacimiento de su bebé.

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