Inclusión más allá del género

La inclusión no es sólo para las mujeres. Ayer tuve una enseñanza de vida de cómo, pasivamente, estoy (y diría en general estamos) discriminando a un grupo de personas. 

Vine a Europa para una conferencia del Foro Económico Mundial. A esta conferencia fuimos invitadas 400 personas de 150 países del mundo. Aquí conocí a Rayis O’Brien. Rayis es de las mujeres más empoderadas que he conocido: fuerte, risueña, positiva y con ganas de aportar al mundo. Rayis, además, es una persona con discapacidad: se encuentra en una silla de ruedas.

Sin embargo, esto no ha parado a Rayis. Ella lidera en Guadalajara, México, iniciativas para la inclusión de personas en situación de discapacidad. Las personas en situación de discapacidad son una minoría de la cual no tenemos consciencia en nuestro día a día. Aún como feministas, cuando hablamos de la lucha por la inclusión y la equidad, lo primero que se nos viene a la cabeza son las mujeres y la comunidad LGTBIQ, racializadas o pobres. Hoy quiero rescatar la lucha por la inclusión y la equidad de personas en situación de discapacidad.

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Verán, yo también soy culpable de esto. Rayis, esta mujer imparable, decidió que aprovecharía la invitación a la conferencia para hacer su primer viaje por fuera de México. SOLA ¿A cuántas mujeres nos ha dado miedo viajar solas? No es ningun socreto que esto nos pone en una situación de vulnerabilidad,  pero la vulnerabilidad es doble cuando el lugar a donde llegas no está adaptado para que te puedas mover sin la ayuda de alguien. París es una ciudad que tiene, en general, un sistema público de transporte bastante completo incluyendo trenes, metros y buses. Como en la mayoría de las ciudades de Europa, la alternativa más rápida de transporte es el metro, que está conectado a los aeropuertos y estaciones de trenes para facilitar la movilidad en la ciudad. 

Rayis llegó ayer a París y nos encontramos en la estación de trenes. Ella había intentado viajar en bus la noche anterior pero le negaron el transporte porque ‘no podía bajar y subir las escaleras sola’ y, por lo tanto, no se hacían responsables de ella aún cuando otras personas de la conferencia asumieron la responsabilidad. La solución fue viajar en tren.

Para cualquier persona viajando, el problema más grande para tomar el metro es el precio del transporte y entender las rutas. Nuestro primera preocupación fue encontrar un ascensor que nos llevara a la línea de metro que necesitábamos. Caminamos un rato y encontramos uno que nos dejaba a mitad de camino. Luego decidimos montarnos en las escaleras eléctricas en las que hábilmente Rayis sabe acomodar la silla de ruedas. Al llegar a la línea, nos dimos cuenta que esta no tenía servicio para personas con movilidad reducida. Aún peor, nos dimos cuenta que sólo una línea de metro estaba condicionada para que las personas con movilidad reducida pudieran llegar a la línea y salir a la calle solas. 

Asumimos el reto de tomar la ‘línea inclusiva’ y buscar otra línea inclusiva en el camino. Para hacer la historia corta, debimos hacer UN cambio de linea de trenes, tomar cinco o seis escaleras eléctricas adicionales, botar de la silla a Rayis dos veces y caminar por hora y media, antes de cansarnos del sistema y pedir ayuda para cargarla y salir a la calle para tomar un taxi. Una persona en condición de discapacidad hubiera requerido tomar solo dos líneas de metro y en 30-40 mins había llegado a su destino. Es decir, nos tomó hora y media llegar a mitad del camino y decidir pagar un taxi. 

Ayer fue la primera vez que entendí que en ningún momento de mi vida había pensado en la movilidad para personas que no pueden caminar con facilidad. Sabiendo las circunstancias, nunca se me ocurrió preguntar o pensar si en el metro se podía mover con facilidad, o si un bus hubiera sido una mejor opción aún si nos hubiéramos demorado más. En mi privilegio y comodidad, yo asumí que el transporte funciona de la misma manera para mí que para mi amiga con movilidad reducida. Ahora, el transporte debería funcionar así, pero claramente aún no. 

Ser mujer nos deja en situaciones de vulnerabilidad en muchos contextos, pero ser mujer y tener una condición de discapacidad crea una doble vulnerabilidad. Como feministas fallamos en luchar por esta inclusión. Buscando sobre feminismo y discapacidad, encontré las palabras de Fatine Oliveira de la comunidad EMERGENTES, y esta vez estoy de acuerdo con sus palabras:

“Sí, hermanitas. Lamento ser tan franca, pero la mayoría de ustedes no se acuerdan de nosotras. No nos ven como mujeres, ni buscan entender nuestra realidad. Creen, al igual que el resto de la sociedad, que nuestra problemática se resume en la accesibilidad. O mejor dicho, a la rampa y la escalera. No las juzgo. Tal como el machismo, el capacitismo es estructural. La mayoría de la personas no necesitan lidiar con ciertas capas de prejuicios. Para las mujeres sin discapacidad hay, en la mayoría de los casos, tres cuestiones a enfrentar: género, raza y clase social. Para nosotras son: identidad, autonomía, género, raza, clase social.”

El feminismo se ha centrado generalmente en la cuestión de desigualdad por razones de género, raza y de clase social. Y con esto dejamos de lado el tema de la discapacidad. El feminismo no ha estado excento de la infantilización de las personas con discapacidad ya que desde nuestro privilegio tenemos una visión minimizada, limitada y marginilizada de cómo viven su vida e ignoramos las necesidades especificas que requieren para poder vivir una vida “habitual”. El problema es que la ceguera a la que nos induce nuestro privilegio, nuestra incapacidad de ver el mundo como el laberinto de obstáculos a los que las personas con discapacidad se ven enfrentados en su vida diaria, nos hace normalizar su marginalización y su aislamiento. El feminismo tiene un rol importante que jugar en la lucha por los derechos de las personas con discapacidad. Los necesitamos en nuestra vida cotidiana para que nosotros aprendamos a ser más incluyentes y ellos/ellas puedan vivir con independencia plena. 

Si para mí esta experiencia fue frustrante, no me imagino cómo debe ser el día a día de Rayis. Por esta razón, hago un llamado a incluir más interseccionalidad en el feminismo y que llevemos las banderas de las personas con discapacidad. 

 

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