Mujeres: ¿el proletariado emocional?

Por: SinturaConEse

Pocos meses después de la primera publicación de Siete Polas estaba en un almuerzo familiar con una prima, su esposo y su hija de 6 meses. El esposo de mi prima se jactaba conmigo “la feminista pública de la familia” de ser un compañero y padre ejemplar a la altura del siglo 21. “Yo lavo ropa y teteros, cambio pañales, me levanto las veces que me toque por la noche, hago el mercado los domingos mientras ellas duermen. ¿Cierto?” le preguntó a mi prima que hacía malabares para cambiar a la bebé debajo de la mesa. Un “ajá” de ella corroboró esta versión. “¿Y sabes qué marca de pañales usa tu hija? ¿Y qué talla? ¿Cuando haces el mercado cuántas veces llamas a tu esposa a hacerle preguntas? ¿Y cuando lavas la ropa de tu hija lo haces por iniciativa propia o porque tu esposa te lo pide, y sabes hacerlo sólo de principio a fin o te da ella instrucciones paso a paso de lo que debes hacer?”  Él la mira a ella de reojo con una sonrisa pícara y ella me mira con cara de “no preguntes obviedades”.

Le dije entonces que en esa segunda parte del asunto hay unas desigualdades tal vez invisibles para él. Que por muy involucrado que estuviera en la crianza de su hija siguen existiendo unas diferencias fundamentales que hacen que su esposa asuma una carga desproporcionada de las labores que mantienen viva a su hija y a su familia a flote y feliz. “El trabajo emocional de tu hogar lo asume ella, no tú, pero eres tu quien goza de la tranquilidad, el éxito familiar y la felicidad producto de esa labor. Cuando es ella quien cambia los pañales, lava la ropa o hace el mercado, tu puedes despreocuparte, sabes que todo va a salir bien. Cuando lo haces tu no la estás relevando a ella del trabajo del hogar de la misma forma en que lo hace ella por ti. Cuando vas a mercar ella se tiene que preocupar por guiarte, cuando se trata de ordenar y limpiar la casa ella es la que debe notar qué es lo que hay que hacer y pedirte que lo hagas, cuando haces labores domésticas ella se debe encargar de dirigirte. Todo eso requiere un esfuerzo mental y emocional del que tu no estás asumiendo tu parte.”

“Trabajo emocional” es un concepto bastante discutido en los estudios de género. Tal y como lo planteo en el ejemplo de arriba parece que guarda una íntima relación con las actividades de gerencia de asuntos personales y del hogar. Y esa relación efectivamente existe y es fundamental. Pero es más que eso. En términos generales, la labor emocional es toda aquella actividad intelectual, emocional, social y física que permite que una relación de dos o más personas se mantenga, prospere y crezca. La labor emocional es, además, necesaria en todas las relaciones interpersonales, no solo en las familiares o de pareja. En los grupos de amigos, suele haber quien se ocupa de mantener al grupo unido. En los grupos de amigos que se convierten en espacios seguros y buenos soportes emocionales de sus miembros, suele haber una o más personas que propician situaciones en las que individual o colectivamente hay una catarsis emocional: estar pendiente de la vida de los demás, preguntar por la vida y los sentimientos de los otros, dejar en claro que se está presente en las dificultades. Una convivencia feliz y armónica en la oficina suele estar atravesada por la labor de personas que planean eventos, están pendientes de los cumpleaños, se preocupan por la persona que sale llorando de la oficina del jefe. Las familias extendidas que mantienen dinámicas cercanas suelen estar lideradas por personas que se preocupan por informarse de las vidas de sus familiares, incentivar la comunicación y planear eventos y encuentros.

Si en los ejemplos anteriores varias o todas las “personas” mencionadas aparecen en su imaginación con cara de mujer, entonces usted ha observado lo que vienen observando los sociólogos y psicólogos hace décadas: el trabajo emocional de la mayoría de relaciones interpersonales la cumplen desproporcionadamente las mujeres. Y antes de que me llenen el inbox todos los defensores del #NoTodosLosHombres, aclaro que no estoy diciendo que ningún hombre se involucre en estas actividades o que no lo hagan ocasionalmente. Pero no suele ser la regla porque, desafortunadamente, en un mundo en el que nos han enseñado que las mujeres son cuidadoras y dadas a las emociones mientras los hombres son socialmente castigados cuando expresan emociones, somos las mujeres quienes asumimos desproporcionadamente las cargas del trabajo emocional. Por los mismos motivos, desde pequeñas se nos educa para contemplar e intentar comprender las emociones, necesidades y motivaciones de quienes nos rodean, y a poner esas emociones y necesidades por encima de las nuestras.

Esto último es el secreto para entender la verdadera carga que la labor emocional involucra. No se trata solamente de lo que hacen las mujeres que no suelen hacer los hombres (planear eventos, coordinar reuniones, tener muy claro qué se compra en la casa o en la oficina o para el paseo con los amigos y cuándo hay que hacerlo, recordar fechas importantes, comprar los regalos) sino de otras formas más sutiles de trabajo emocional que estas y otras actividades requieren: permanecer atentas a los sentimientos y emociones de otros y moderar el comportamiento y las emociones propias para mantener la estabilidad emocional de la pareja o del grupo.

Una de las primeras personas en usar el término – la socióloga americana Arlie Hochschild – describió el trabajo emocional como el acto de “inducir o suprimir sentimientos y emociones para mantener la armonía percibida que produce un estado emocional y mental placentero en otros”. Hochschild no se refería específicamente a las labores o roles que cumplen las mujeres pero el término que acuñó se ha prestado precisamente para describir las situaciones que menciono arriba, y muchas otras similares. El término lo adoptó y popularizó Gemma Hartley en un célebre ensayo publicado en Harper’s Bazaar en 2017 en el que ilustró, mucho mejor de lo que podría hacerlo yo, la carga emocional que involucra gerenciar tanto las labores del hogar como las emociones de las personas que lo componen.

En cualquier caso, la definición de Hochschild resulta muy útil para contemplar el elemento fundamental del trabajo emocional: no se trata únicamente de las cosas que uno piensa, planea o hace y que sostienen una relación. Se trata de que, al pensar, planear o hacer esas cosas uno tiene que suprimir, al menos en parte, su bienestar, sus deseos o sus emociones. Es decir, se trata de las cosas que uno deja de hacer, pensar o sentir para poder convivir junto con otra persona o personas. Cuando es una sola persona la que hace estas renuncias, como suele suceder, la desigualdad no es evidente pero sí patente.

Confieso que todo este asunto de la labor emocional me resultó siempre útil e interesante para comprender y explicar a profundidad la injusticia de algunas jerarquías de género, sobre todo en las relaciones heterosexuales de pareja. Pero mi prima y yo vivimos vidas muy distintas y nunca pensé que la charla de ese día con su esposo me resultara tan importante para entender muchas de las cosas que me están sucediendo en este momento. Yo vivo sola, lejos de mi familia la mayor parte del año, no tengo una pareja estable hace mucho tiempo y, entonces, la distribución desigual de la labor emocional es una de esas cosas en las que pensaba conceptualmente pero no veía como relevantes para mi experiencia personal. Estaba muy equivocada.

Ya he escrito antes sobre el daño que me ha causado el haber sido educada, como muchas mujeres, para obedecer y complacer. Llevo varios años intentando tomar decisiones conscientes para liberarme de estas conductas y empezar a priorizar mis preferencias y sentimientos por encima de mi impulso por complacer. A veces lo logro y, a veces, dejar de ser la obrera emocional de algunas relaciones (familiares, de amistad, en el trabajo) resulta toda una pesadilla: confusión, reclamos, reproches, rencor. Cuando eso sucede, regreso a mis labores: soy yo quien tiene que preocuparse por dar los primeros pasos para reparar “el daño”, preocuparme por no dejar pasar los sentimientos adversos sin resolución, proponer las conversaciones difíciles, preocuparme por indagar sobre los sentimientos de la otra persona y ser muy explícita, clara y sincera sobre mis sentimientos y necesidades emocionales. Cuando las personas están acostumbradas a que la base emocional de una relación recae casi exclusivamente en una persona y esa persona deja de cumplir con sus labores emocionales, no es como que mágicamente surja una nueva y mejorada distribución de estas labores. ¿Y la labor de intentar reparar y redistribuir? ¡Adivinaron! Recae sobre quien ha recaído siempre.

Lo anterior no es exclusivo de mis relaciones con hombres, pero sí es más frecuente con ellos. Me he convertido, además, en la minera emocional de un montón de nuevas relaciones de amistad (y digámoslo de una vez, de un par de amistades con derechos) con las que la vida me ha bendecido. Agradezco por todos estos amigos de la adultez, no pensé que fuera posible establecer lazos de amistad tan contundentes en esta época de la vida. Pero me he impuesto (yo solita, lo reconozco) la tarea de extraer el diamante escondido bajo metros y metros de emociones enterradas y compactadas bajo la presión de los años.

Cuando dicen que las feministas odiamos a los hombres o que los espantamos, yo me río mucho. Entre más hablo y escribo sobre lo mierda que es el patriarcado con nosotras y lo mierdas que los hace ser a ellos, más dispuestos están muchos hombres, antiguos y nuevos amigos, a abrirse conmigo. Una situación que me llena de satisfacción y esperanza. Pero en esta dinámica, cada día me sorprende más la poca inteligencia emocional con la que crecen la mayoría de los hombres en un país como el nuestro. Cada día me abruma más ver el sufrimiento que padecen ellos mismos en su incapacidad por enfrentar y conectarse con sus emociones, y las enormes dificultades que tienen para comunicarlas. Cada día soy más consciente de que no son solo ellos los que sufren, que también sufrimos las personas que los rodeamos y queremos pues debemos padecer la proyección de sus inseguridades, de sus traumas, de sus emociones no resueltas y, sí, hacer mucho, muchísimo trabajo emocional que, para ellos, en su propia ineptitud emocional, es totalmente invisible.

Eso sí, aclaro que esto no se trata de querer renunciar al trabajo emocional que dedico a las personas que quiero y me importan. Este trabajo emocional es, con frecuencia, tan satisfactorio como agotador. Pero sí quisiera que las relaciones que tanto me esfuerzo por sostener y contener me sostengan y contengan a mí en igual medida.

Además, me inquieta darme cuenta que, desde que me proclamé públicamente feminista, el trabajo emocional es algo que se exige de mí. “Tu que eres la amiga feminista, sírvete educar a los machitos del grupo. Eso sí, con tacto, buena onda y una sonrisa en la cara”. “Por favor, aclárame que eso que escribiste no es sobre mí porque no soy capaz de confrontar mi propia imagen en el papel”. “Tú, que eres feminista, pronúnciate y haz algo por todos los males que aquejan al planeta y a la humanidad”. Me preocupa ver que, como en tantas otras cosas, las feministas terminamos por asumir, con más ahínco que nunca, los roles contra los que creemos y queremos luchar.

Hoy, me rehúso a pensar en una posible solución para estos asuntos. Me limito a poner por escrito mis pensamientos y emociones. Que mi trabajo emocional sea para mí por lo menos en estas líneas.

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