Purplewashing y Feministwashing: la moda de hablar sobre igualdad para ganar elecciones

Nada más parecido a un machista de derecha que un machista de izquierda y las elecciones para la alcaldía de Bogotá son prueba de ello.

Hoy les quiero hablar de dos conceptos importantísimos a la hora de tomar una decisión sobre por quien votar. Para cualquier feminista, el voto debe ser usado como herramienta política para defender nuestros intereses, los intereses de todas las mujeres y los intereses de las personas más vulnerables de la sociedad. Pero, ¿Cómo hacemos cuando en las propuestas de gobierno y los discursos políticos, todos los candidatos se presentan a sí mismos como aliados de las mujeres? ¿Basta con leer las propuestas de los candidatos para elegir por quién votar?

Es común, especialmente en las elecciones recientes en occidente, que ciertas causas progresistas como los derechos de las mujeres o los derechos de las personas LGBT no sean tema de gran controversia. A excepción de los candidatos populistas de extrema derecha como Trump o Bolsonaro, no solemos escuchar discursos abiertamente homofóbicos, racistas y machistas en las campañas electorales sino más bien discursos ambiguos y poco precisos sobre la igualdad.

Por ejemplo, en la campaña presidencial del 2018 en Colombia se les preguntó a los candidatos su opinión sobre el derecho al aborto y si pretendían limitar el número de semanas en las que las mujeres podían abortar y todos los candidatos, incluyendo a Iván Duque (el principal candidato de derecha) dieron respuestas reiterando la importancia de respetar las decisiones de la Corte Constitucional. Así mismo, enfrentados al tema de matrimonio igualitario, Duque afirmó “estoy de acuerdo con la igualdad de derechos patrimoniales y civiles para las parejas del mismo sexo”, lo cual, si bien no es exactamente un sí rotundo, es lo suficientemente vago para que el candidato pretenda buscar el apoyo electoral de la población homosexual.

Y, sin embargo, hay candidatos y partidos políticos que representan una  amenaza a nuestros derechos. ¿Cómo saber qué discursos representan un verdadero compromiso con la igualdad y la justicia social y cuales son solo una máscara para usar a las minorías como moneda de cambio electoral? Pues empecemos por entender que significa el Feministwashing y el Purplewashing.

Estos dos términos, que en español traducen a lavado feminista y lavado púrpura, fueron desarrollados por académicas feministas con base en el concepto de Pinkwashing desarrollado por Dean Spade y Jasbi Puar, dos académicos queer que señalan cómo el discurso a favor de la población LGBTI puede ser instrumentalizado con fines bélicos y para desarrollar una identidad nacionalista en torno al supuesto respeto de estos derechos. Por ejemplo, Jasbir Puar argumenta que el discurso por-LGBTI que el Estado de Israel empezó a promulgar como parte de la “marca Israel” es explotado como una herramienta para legitimar la ocupación de Palestina. Cuando se transmite esta imagen de aceptación LGBTI internacionalmente, a pesar de que el Estado de Israel ha tenido políticas de opresión contra su propia población LGBTI, también se legitima y perpetúa la idea de que Israel es un país civilizado rodeado de países salvajes, fanáticos y barbáricos y que esta barbarie es evidente al ver la homofobia del pueblo palestino y los otros pueblos musulmanes que lo rodean.

Es exactamente la misma herramienta que utilizó Trump y partido Republicano de Estados Unidos con la propuesta de prohibir la entrada de personas provenientes de países mayoritariamente musulmanes al territorio nacional. Uno de los argumentos es que las personas de países musulmanes no podrían integrarse adecuadamente a la sociedad americana porque viven en sociedades altamente homofóbicas e intolerantes con las personas LGBTI . Y, sin embargo, es el mismo partido republicano el que se opuso a la decisión de la Corte Suprema de legalizar el matrimonio igualitario, el que promueve las terapias de reconversión de personas LGBTI, el que prohibió que las personas trans sirvieran en el ejército, el que votó en contra de prohibir la discriminación laboral con base en la orientación sexual, etc.

El purplewashing, desarrollado por Brigitte Vasallo, se refiere exactamente a la misma instrumentalización que el pinkwashing, pero esta vez con los derechos de las mujeres. En sus propias palabras, el purplewashing es “el proceso de instrumentalización de las luchas feministas con la finalidad de legitimar políticas de exclusión contra poblaciones minorizadas, habitualmente de corte racista. La paradoja es que estas poblaciones minorizadas también incluyen mujeres.”

Vasallo da un ejemplo de purplewashing que me parece muy diciente, hablando de la serie de violaciones y abusos sexuales que sucedieron en la ciudad de Colonia, en Alemania en la noche de año nuevo del 2016: “A partir de las denuncias de tocamientos y abusos sexuales en Nochebuena se construyó la imagen de los violadores como refugiados (rapefugees) y de las violadas como blancas. La extrema derecha, bien conocida por su machismo constituyente, pudo dar rienda suelta a un racismo sin cortapisas para perseguir a esos “otros hombres” violadores, obviando que la violación es una herramienta de un patriarcado defendido y promovido por la extrema derecha, obviando que es un problema endémico en Europa que nada tiene que ver con la llegada de nadie, invisibilizando la cantidad descomunal de asaltos sexuales que se producen en Europa por parte de hombres blancos, y creando un espacio discursivo en el que las “otras mujeres” forman parte de los asaltantes, cuando son ellas las asaltadas en tanto que mujeres y en tanto que refugiadas, migrantes, etcétera”.

Por otro lado, el Feministwashing se refiere al uso del discursos de igualdad de género como herramienta política y de mercadeo que permite vender productos, ganar votos y lavar la imagen de candidatos escondiendo las acciones que perpetúan la desigualdad y la violencia contra las mujeres. Un ejemplo emblemático es este reciente comercial de Nike que utiliza varios puntos de conversación propios del feminismo como estrategia (exitosa) de venta, haciéndose pasar por una empresa comprometida con la igualdad de género cuando en realidad sus prácticas laborales explotan a miles de mujeres del sur global, y la empresa fue demandada por una ex-empleada por discriminación de género y acoso sexual.

Sabiendo entonces cómo funcionan estas dos estrategias políticas, podemos ver cómo están siendo utilizadas por algunos de los candidatos a la alcaldía de Bogotá. Específicamente, creo que Miguel Uribe Turbay y Hollman Morris son muy buenos ejemplos del purplewashing y el feministwashing.

Estos dos hombres en su programa de gobierno y a través de su carrera política han declarado estar comprometidos con los derechos de las mujeres; posan en eventos, marchas y charlas sobre igualdad de género, publican tweets en el marco del día internacional de los derechos de las mujeres, e incluyen en sus programas de campaña propuestas sobre violencia de género, acoso e igualdad de género. Sin embargo, y a pesar de mostrarse a sí mismos como grandes aliados de las mujeres, estos dos candidatos han actuado en detrimento de los derechos de las mujeres y a través de sus acciones y propuestas han legitimando discursos machistas.

Hablemos primero de Miguel Uribe Turbay:

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Este joven, que recibió el aval del Centro Democrático, empezó su carrera como Secretario de Gobierno de Bogotá en la administración de Enrique Peñalosa. Fue cuando desempeñaba este cargo que la Secretaría de Gobierno debió responder a la demanda interpuesta en contra de la Alcaldía de Bogotá por la familia de Rosa Elvira Cely, una mujer que fue violada, torturada y asesinada en el 2012. En la respuesta oficial a la demanda, la secretaría argumentó que el asesinato de Cely había sido “culpa exclusiva de la víctima”:

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La culpa exclusiva de la víctima es una causal de exoneración de responsabilidad. Voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible. Imagínese que usted está manejando un carro y atropella a un peatón por pasarse un semáforo en rojo. Este acto implica una responsabilidad y usted deberá responder civil y/o penalmente por los daños causados a la persona que atropelló. Pero si la causa del atropello es que la persona estaba borracha y se atravesó la calle cuando el semáforo peatonal estaba en rojo, usted iba sin exceso de velocidad, y usted pitó e intentó esquivar al peatón, pero él se atravesó en su camino, entonces sería muy injusto que se declarara que el atropello es su responsabilidad. En este caso, se puede establecer que el accidente es “culpa exclusiva de la víctima” pues sus acciones (y ningún otro factor) fueron la causa del accidente.

En el 2015, la respuesta oficial de la Secretaría de Gobierno, dirigida por Miguel Uribe Turbay, a la demanda de la familia Cely pretendía argumentar que lo ocurrido a Rosa Elvira Cely era culpa exclusiva de la víctima. ¿Se dan cuenta? Esto quiere decir que, según la secretaria, Rosa Elvira fue la ÚNICA culpable de su propia violación, tortura y asesinato. Porque para establecer la “culpa exclusiva de la víctima” se requiere que sea el comportamiento de la víctima EXCLUSIVAMENTE lo que haya causado el accidente y que no sea imputable a ningún otro agente. En otras palabras, la secretaría de Uribe dijo que no era responsable porque la culpa de la violación, tortura y asesinato de Rosa Elvira Cely no es del violador, torturador y asesino, ni de la policía que la dejó esperando durante horas antes de atenderla, ni del sistema judicial que había dejado en libertad a su asesino a pesar de haber sido condenado por la violación de dos menores de edad y un homicidio, sino de ella misma por haber salido con él.

Ahora, es cierto que esta respuesta oficial a la demanda no fue escrita por Uribe Turbay en persona. Pero también es cierto que, como superior jerárquico y cabeza de la entidad, es su responsabilidad aprobar las acciones de la secretaría, y que un documento con su firma fue enviado a un juez pidiendo que se declarara a Rosa Elvira Cely la única responsable de su propia muerte.

Por otro lado, el Centro Democrático, partido que le dio el aval a Uribe Turbay y el que ahora representa en las elecciones municipales es un claro ejemplo del purplewashing. Por ejemplo, a través de argumentos como la lucha contra la impunidad de delitos sexuales en el conflicto armado, el Centro Democrático lideró una campaña para votar NO en el plebiscito para aprobar los acuerdos de paz, sin reconocer que la violencia sexual en Colombia en el marco de la guerra fue sistemática, y que también fue un arma utilizada por Paramilitares y por las fuerzas de seguridad del Estado casi con total impunidad. La protección de mujeres y niños también ha sido usada como argumento de su partido para promover la guerra contra las drogas o el uso de glifosato, estrategias que afectan desproporcionadamente a las poblaciones más vulnerables, más pobres y más abandonadas del país.

Y así mismo, el Centro Democrático es muy hábil usando estrategias de feministwashing, usando por ejemplo la figura de Martha Lucía Ramírez, la primera vice-presidenta de la historia, o felicitándose por el número de mujeres que hacen parte de su lista electoral, mientras al mismo tiempo hacen lobby para limitar el número de semanas para ejercer el derecho al aborto en Colombia, promoviendo marchas en contra de las cartillas de educación sexual para niños niñas y adolescentes, alimentando el “fantasma de la ideología de género” o diciendo en la plenaria del congreso que no existe “el derecho de una mujer a decidir sobre su propio cuerpo”.

Por otro lado, Hollman Morris, candidato por el partido MAIS y quien recibió el apoyo de ciertos miembros de la Colombia Humana, incluyendo a Gustavo Petro hace parte de un movimiento político que dice ser “un movimiento propositivo, renovador, pluralista, democrático, incluyente, defensor de los Derechos Humanos y de la Madre Tierra; capaz de liderar propuestas, procesos y cambios políticos que coadyuven en la construcción de un modelo de sociedad cimentado en el buen vivir, la gobernanza, la paz y la apropiación del proyecto de vida de la diversidad étnica, política, social y cultural del país”. Desde su postura política de izquierda, Morris pretende encarnar los valores de la justicia social, los derechos humanos, y la inclusión de todos los ciudadanos.

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Y, sin embargo, Morris fue acusado por su exesposa de violencia económica, verbal y física, tiene pendiente una demanda por incumplir su pago de alimentos y ha sido acusado por dos mujeres de acoso sexual y laboral.

A finales de enero del 2019, cuando Morris era apenas un precandidato a la Alcaldía, su esposa, Patricia Casas Herrera, interpuso una denuncia en su contra ante la fiscalía por violencia económica, pues Morris retiene los pagos que le debe por alimentos obligándola a vivir cortes de luz, a enviar a sus hijos al colegio sin haber desayunado, y a no poder comprar los útiles escolares. Casas también denunció que en una ocasión el conductor de Hollman Morris le “lanzó el carro” causándole una caída que le dejo lesiones.

Como parte de la denuncia publica, Casas publicó  unas conversaciones de WhatsApp en las que Hollman la insulta y la trata de mantenida cuando ella le pide que cumpla con sus obligaciones de cuota alimentaria. Para contextualizarlos un poco, Patricia Casas se casó con Hollman Morris en 1998, y tras esto la pareja decidió por mutuo acuerdo, que Casas iba a dejar su trabajo de periodista para ocuparse del hogar y de los hijos, puesto que Morris tenia aspiraciones políticas y la necesitaba como apoyo en el hogar. Así, Casas lleva más de 20 años alejada del mercado laboral formal y ejerciendo labores no remuneradas para beneficio de Morris. Y después de todo esto, Morris se atreve a tratarla de “mantenida”, como si las miles de horas de trabajo gratuito que realizan las mujeres en Colombia no valieran nada. Es un insulto tan patriarcal, tan ignorante de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres y de las dinámicas patriarcales de las labores del hogar y de la economía del cuidado que después de ver las conversaciones de Whatsapp es imposible creerse que Morris sea el candidato que promueve “un modelo de sociedad cimentado en el buen vivir, la gobernanza, la paz y la apropiación del proyecto de vida”.

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Pero eso no lo es todo. Después de que las denuncias de Casas se volvieran publicas, dos otras mujeres acusaron a Morris  de acoso sexual. La periodista Antonia García de la Torre relato que meintras vivía en Madrid y trabajaba para el periódico El Mundo, contactó a Morris para hacer una nota sobre un documental que él codirigió. Se reunieron en el barrio Lavapiés para hablar y Morris la “agarró por la fuerza, la manoseó y la besó en la boca”. Por su lado, Lina Marcela Castillo denunció que cuando trabajaba en el Concejo de Bogotá entre 2016 y 2017 fue repetidamente acosada por Morris, incluyendo “Además de las típicas frases por ir en falda, soy de rasgos morenos, un día empezó el primer comentario, salió alusivo al tema de que quería estar con una morena y me picaba el ojo. Una vez salimos a almorzar con todo el equipo, me pidió que me sentara al lado de él y me tomó de las piernas”.

Si bien el candidato no ha sido condenado penalmente por los supuestos actos de acoso, y si bien pretende legitimar su candidatura detrás del pretexto del derecho al debido proceso y a la presunción de inocencia, también es cierto que estas acusaciones se conocían antes de que Morris se convirtiera en el candidato oficial de MAIS y de la Colombia Humana. Es absurdo y descorazonador que un partido político le dé el aval a este hombre sabiendo que tiene este tipo de acusaciones en su contra, y sin haber esclarecido previamente la veracidad de los hechos. Sobretodo cuanto se presenta abeirtamente como un partido comprometido con la igualdad de género.

No es un secreto para nadie que en las demandas por violencia intrafamiliar y por acoso, el sistema judicial impone barreras que hacen que sea muy difícil, costoso, demorado y revictimizante para las mujeres denunciar y obtener una condena. Y si Gustavo Petro, la Colombia Humana y MAIS pretenden ser aliados de las mujeres, lo mínimo que pueden hacer es tomar estas acusaciones con la seriedad que merecen y abstenerse de apoyar al candidato mientras no se conozca la verdad de los hechos.

¿Qué hacemos con el caso de Morris? No se trata de exiliar a Morris de la vida política infinitamente. Se trata solamente de tomar las denuncias en serio y no dar un apoyo a este candidato para las elecciones presentes. Es todo el debate que comenzó con #MeToo y con el que tendremos que lidiar por muchos años a futuro. ¿Cómo tratamos los casos de hombres que han acosado y abusado de mujeres y que ocupan una posición de poder en la sociedad? No tengo la respuesta a esta pregunta, pero lo único que sé es que ponerlo como candidato a la alcaldía de la ciudad más grande de Colombia no es la solución adecuada.  De lo contrario, están enviando el mensaje de que la integridad y dignidad de las mujeres vale menos que las ambiciones políticas y que nuestros derechos son moneda de cambio a la hora de ganar elecciones.

Y aprovecho este espacio para expresar que yo, que voté por Petro con convicción, estoy profundamente perturbada con su decisión de apoyar a Hollman Morris. Más allá del hecho de que ahora tengo que admitir que él también usa el feministwashing como herramienta política, apoyar esta candidatura es un acto profundamente hipócrita y oportunista. Y no tenemos tiempo para este tipo de discurso feminista por conveniencia en un país donde hubo 39 feminicidios en los primeros 4 meses del año, ni en una ciudad que fue nombrada la ciudad más peligrosa para las mujeres por acoso sexual a nivel mundial. 

¿A nosotras de qué nos sirve un candidato que dice en su programa que “haremos que las mujeres se sientan más seguras en la ciudad” o que “daremos cumplimiento a la normatividad vigente que protege a las mujeres y sanciona a los responsables”, si en la vida real, promueve el absurdo y barbárico argumento de que, si a una mujer la violan, la torturan y la matan es porque se lo estaba buscando? ¿De qué nos sirve que el candidato a la alcaldía y su partido político prometen hacer de Bogotá una ciudad segura para las mujeres, si solo se refieren a las mujeres de estrato alto con ingresos económicos, no racializadas? ¿De qué nos sirve tener mujeres en el equipo del alcalde, si después el partido político apoya políticas públicas que limitan los derechos sexuales y reproductivos? ¿De qué nos sirve un candidato que pretende defender la igualdad la inclusión y el pluralismo de la sociedad, pero que ejerce violencia física, psicológica y económica sobre su familia? ¿De qué nos sirve un partido político que se llama a sí mismo “Colombia Humana” pero que decide apoyar a un candidato que ha sido acusado de violencia machista para tener mayores posibilidades de ganar elecciones?

No nos sirve de nada. La elección de cualquiera de estos dos candidatos sería una cachetada a nuestras luchas y nuestros derechos y legitimaría la continuación de las políticas de opresión patriarcal. Así que más vale prestarle atención a lo que dicen y hacen los candidatos más allá de sus discursos rosas, progresistas y políticamente correctos. Porque recuerden, nada más parecido a un machista de derecha que un machista de izquierda, y nuestra lucha por la igualdad de género está siendo instrumentalizada por ambos.


Disclaimer: esta columna no pretende inducirlos a votar o no votar por algún candidato. Ni SietePolas ni yo, la autora de esta columna, apoyamos oficialmente alguna de las candidaturas.  Lo que sí pretende esta columna es darles herramientas para entender mejor los discursos de los candidatos y su compromiso real con la igualdad de género.

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