Más sirenas negras y más reflexiones sobre la representación

Foto de Rifle Paper Co.

La noticia de que la actriz negra Halle Bailey será quien interprete a Ariel en la versión no animada de La sirenita es de lo mejorcito que me ocurrió la semana pasada. Primero, porque nunca antes había disfrutado tanto de la manera casi tierna en la que ciertas personas han intentado justificar su racismo por medio de la ciencia. Curiosamente, han escogido una película en la que los animales hablan (extra puntos al cangrejo por su acento cubano) y en la que el pelo de las sirenas es inexplicablemente perfecto por dentro y por fuera del agua, para ser rigurosamente científicos. ¿Pueden creer que estas personas han llegado a decir que las sirenas no pueden ser negras porque no reciben suficiente luz solar para producir melanina? Sin duda el mundo sería un lugar mejor si estos “científicos” se preocuparan menos por las sirenas y más por otras criaturas marinas, cuyos hábitats están siendo destruidos por los desechos, por el cambio climático y por nuestra indiferencia (además, estoy segura de que Ariel y sus amigas se la pasaban al sol, bronceándose y fantaseando sobre hombres como Eric).

Y segundo (y en esto sí estoy totalmente de acuerdo con estos “científicos”), porque considero que la discusión sobre si Bailey debería o no interpretar a Ariel es de suma importancia. No porque crea que Disney esté cometiendo un error garrafal, sino porque estoy absolutamente de acuerdo con la decisión y la defenderé hasta que me crezcan aletas. Es una decisión que nos invita a reflexionar sobre lo que consumimos como espectadores y la manera en la que esto afecta lo que pensamos y cómo nos relacionamos con los demás. Y en los siguientes párrafos pretendo contribuir a esta reflexión como feminista, quizás como feminista sorprendida, una que nunca se imaginó que una sirena sería el punto de partida para abarcar este tema tan interesante (además, Ariel ni siquiera es mi princesa de Disney favorita).

Para empezar, les cuento sobre una conversación que he tenido varias veces con Ana Gutiérrez, jefe de prensa de Cine Colombia y gran conocedora de la industria del entretenimiento. Ana dice que llevamos tanto tiempo viendo historias de hombres (y de hombres blancos) que nos hemos acostumbrado a que estas historias son estándares, universales y neutras. Todos podemos disfrutar de una película de acción o de drama cuyo personaje principal es un hombre blanco, todos podemos sentirnos identificados con este personaje y con sus luchas. En cambio, un hombre blanco nunca se sentirá identificado con una historia de mujeres (y mucho menos con una historia de mujeres negras o mujeres latinas), porque nunca ha tenido la necesidad de aferrarse a la experiencia de otros para disfrutar de la televisión. Y por esto es que la historia de todo aquel que no sea un hombre blanco usualmente quedará relegada a géneros más especializados que la acción o el drama. Por ejemplo, ¿por qué pensamos que toda película sobre mujeres es necesariamente para mujeres y por lo tanto una comedia romántica?  

No estoy exagerando cuando digo que esta percepción de la historia del hombre blanco como la historia neutra de la humanidad tiene implicaciones reales. Como nuestro punto de partida es uno de los clásicos de Disney, hablemos de las películas y programas infantiles. Hablemos de un estudio de 2012 que, después de observar a 400 niños y niñas estadounidenses, concluyó que la televisión les subía la autoestima a los niños blancos y les bajaba la autoestima a los niños negros y a las niñas blancas y negras. Los investigadores de este estudio sugieren que los programas para niños y niñas refuerzan estereotipos de raza y de género: mientras que los personajes que son hombres blancos son poderosos, determinados y racionales, los hombres negros suelen ser el mejor amigo chistoso y ridículo o el revoltoso y desadaptado. A su vez, las niñas blancas son frágiles, emocionales y sensibles y las niñas negras pueden ser todo esto o pueden ser personajes sexualizados por su “exotismo”.

El asunto va más allá de los programas infantiles. Debemos reconocer el poder que tienen los medios masivos para hacer juicios sobre la raza, el género, la orientación sexual, la nacionalidad y otras identidades y para definir la manera en la que cada persona se ve sí misma y a las demás. Solo así podremos reconocer lo difícil que puede ser para ciertas personas estar en una posición en la que depende de cómo es percibido por otros: cuando solicita un préstamo, cuando va al médico, cuando asiste a una entrevista de trabajo, cuando intenta comprar algo en un almacén o restaurante.

Hay dos soluciones para impedir que se perpetúen estos estereotipos en los medios masivos: la primera es reconsiderar el rol que le otorgamos a ciertas personas o a ciertos personajes en las historias que contamos. La segunda es contar historias diversas, para que sujetos más allá de los niños y los hombres blancos tengan a quien admirar y puedan sentirse identificados. No soy fan de las películas de superhéroes, pero creo que Pantera negra fue un rotundo éxito en este sentido. El siguiente tweet de la ex primera dama Michelle Obama lo resume a la perfección:

Creo que otro ejemplo reciente es nada más y nada menos que Roma, la historia de una empleada doméstica que llevó a la mexicana Yalitza Aparicio a la fama y nos puso a pensar sobre la visión tan limitada que tenemos de cómo debería verse una actriz de Hollywood (este es otro tema que he hablado bastante con Ana: el impacto tan tremendo y tan positivo de que niñas mexicanas vean a Aparicio y puedan soñar con ser actrices). Casos como el de Aparicio son tan excepcionales que nos permiten entender lo increíblemente resistentes que pueden ser los medios a estos cambios en el statu quo: por ejemplo, la revista Hola! demostró su habilidad para el photoshop de la manera más descarada cuando destacó a una Aparicio blanca y delgada en su portada: 

Algo importantísimo que debemos entender es que las condiciones actuales nunca se van a invertir. No señores, no habrá un día en el que tengamos más historias de mujeres negras o mujeres latinas que de hombres blancos. Porque por cada historia diversa que contemos, se seguirán contando diez historias de hombres blancos, de aquel personaje que hemos creído neutro y universal. Un hombre blanco nunca sentirá que no está representado y por eso no hay nada más patético que señalar a Disney de imponer la “tiranía” de lo políticamente correcto. En otras palabras, entendamos que una Ariel negra no representa ninguna amenaza ni para las niñas blancas ni (desafortunadamente) para el statu quo. En cambio sí es una ganancia inmensa para las niñas negras, quienes sonreían al verse reflejadas de alguna manera u otra en la nueva sirenita. ¿Cuánto tiempo tuvieron que esperar estas niñas para tener una princesa negra a la que aspirar? Solo se me ocurre la princesa Tiana de La princesa y el sapo, una película de 2009 (¡cuando Disney llevaba haciendo películas de princesas desde 1937!). ¿Cuánto tiempo tuvieron que esperar para verse reflejadas no solo en la televisión, sino en las muñecas con las que jugaban? La primera Barbie negra fue lanzada en 1980, 21 años después que la primera Barbie. El tardío lanzamiento de muñecos negros quedó plasmado en una serie de estudios realizados durante la década de los 40, en los que niños y niñas negras preferían los muñecos blancos sobre los negros cuando les pedían que escogieron su favorito.

Entonces no digamos que la Ariel negra es el principio de una nueva hegemonía, en la que lo políticamente correcto dominará al mundo y arrasará con todo lo bueno que alguna vez sacó la televisión. Más bien veamos esto como una oportunidad para volver a ver las historias con la que muchas crecimos, pero esta vez con un toque de inclusión. Hemos progresado mucho con historias como la de Moana o la de Elsa y Anna de Frozen, que son historias en la que estas mujeres son dueñas de su propio destino y tienen preocupaciones más allá de cuánto les tocará esperar para que llegue su príncipe (a diferencia de Blancanieves, que después de huir de una mujer la quiere matar para ella ser “la más linda del reino”, decide que lo mejor es ponerse a hacer aseo en la casa de los siete enanos). Ahora es el turno de la diversidad.

La conclusión es que hay perfecta cabida para contar historias diversas y aun más en este caso, pues estamos hablando de una sirena, de una criatura mitológica y no de un personaje histórico. Y para quienes siguen insistiendo con lo científicamente e históricamente correcto, sepan que el mismísimo Cristóbal Colón vio sirenas en las Indias y nunca habló de su blanca piel. ¿Quedarían más tranquilos si suponemos que Ariel es una de estas sirenas de las Indias y que nadó hasta Dinamarca en búsqueda del amor verdadero? ¿Serían capaces de conciliar el sueño y llevar esa rigurosidad a otros espacios que valgan más la pena? 

Confieso que antes de todo esto no sabía quién era Halle Bailey, pero le deseo lo mejor y estoy segura de que hará una gran sirena. ¿Y saben quién también le desea lo mejor? Jodi Benson, la actriz de voz de la Ariel original. Yo digo que sí, Ariel dice que sí, ¡así que nos vemos en cine! 

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