#DomingoDeInvitadas|Los hombres muertos en vida por amor

Por: Paula Santos

Típico de un hombre de clase media-alta. Los que tienen abundantes vellos en el pecho cazan con facilidad a las mujeres refinadas. Buscan especialmente a esas que son casi como barbies. Es curioso que busquen aquello que son lo opuesto a su aspecto. Parece ser como la búsqueda de algo tan leve e indefenso como su ego que solo es voluminoso por tener los miles de vellos. Diría que su ego es igual de hermoso que un limpiador de inodoro. De los blancos que se ensucian de marrón al intentar solucionar una embarrada. Algo que despierta mi curiosidad de igual manera es que deben depilar su mayor signo de hombría, el falo. Necesitan estar limpios para que el animal de su misma especie y de sexo opuesto, la hembra, se sienta satisfecha. Mientras más peludo arriba será más indefensa la mujer que desean, y al estar bien depilado abajo, indefensos, se sentirán más deseados. Así de incoherente son los hombres de mi generación. La fotito, el restaurante más caro, los tragos más dulces y coloridos para las mujeres, y un vodka con speed para el hombre.

Yo quiero a alguien que me lleve a un hueco escondido que nadie conozca, que me pida un Jameson doble con un par de cubos de hielo, y que no tire su billetera sobre la mesa cuando pide la cuenta. Así me haría sentir la mejor mujer, me devolvería la seguridad que me quitó uno de esos machos alfas incoherentes y débiles. Hannah Arendt lo menciona en un ámbito filosófico, pero al fin y al cabo lo que explica en “La condición Humana” se cumple en el día a día. El que no actúa de forma coherente con lo que piensa y dice, está muerto en vida. A mí me han arrastrado en tres ocasiones hacia la muerte, pero felizmente nací mujer a fines del siglo pasado. Tal vez no es que Dios ha muerto, como bien dice Nietzsche, si no que el Hombre ha muerto. Tal vez la mujer está logrando identificar la poca hombría de la especie humana y lo divina que es la mujer independiente, firme y empoderada.

Existe otro tipo de hombre. Los que carecen de ese rasgo de masculinidad, los que juran ser un ejemplar de macho alfa sin tener vellos. Son los que se visten con camisas y pantalones que marcan su silueta ancha, esa contextura gruesa que los hace sentir firmes ante cualquier hembra de la especie. Ponen sus mejores cartas encima de la mesa en la primera cita y en su perfil de Instagram. El deseo de ser el objeto amado parece que sobrepasa el respeto hacia cualquier otro ser humano. Ellos son los que le dicen que sí en todo a la mujer, las consienten, nunca les hacen la contra, jamás las critican hasta que se aburren de ser tan cordiales. Una noche deciden que no pueden más con la relación porque tienen un nudo en el pecho. Ni ellos pueden entender su conflicto interno. Ese es el origen de las frases célebres de las rupturas: “No eres tú, soy yo”, “perdón, te mereces algo mejor que yo”, o el emblemático “necesito un tiempo, tengo que resolver cosas personales primero”. Sin lugar a dudas la incoherencia llega de nuevo a quitarnos la venda de los ojos. La muerte en vida es una constante en el ámbito amoroso de los hombres de mi generación.

Sin embargo, debo reconocer la gran debilidad de las mujeres. Tengo muchas amigas y cada una de ellas ha tenido al frente aquel hombre que es bueno, humilde, directo, detallista y fiel, pero los han descartados porque no sienten esa supuesta química necesaria para el amor. En lo personal, me tocaron muchos hombres así y solo fueron tres los que me arrastraron por un par de meses hacia la muerte en vida. Agradezco a los tres. Es ahora que percibo sus incoherencias casi por instinto y aprecio a los pocos hombres por los que vale arriesgarse. Cómo no agradecer a la familia por ser el ejemplar de la generación pasada, siempre más digna que la mía. A las amistades no está demás pedirles perdón por todas las veces que se bancaron las lágrimas, gritos y humillaciones. En cuanto al devenir, ya no me preocupa quedarme soltera, si logro tener una pareja con la cual pueda tener hijos e hijas, o si me quedo pagando sola el alquiler por el resto de mi vida. Sé abrazarme con este par de brazos en los peores y mejores momentos, puedo criar hijos e hijas sola, y sé que trabajaré eternamente para sobrevivir.

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