Tenemos que hablar de las trabajadoras domésticas

Imagen de Karim MANJRA

“Los blancos no podemos vivir sin cholos, Joaquín. Porque entonces ¿quién trabaja para nosotros, quiénes son nuestros obreros, nuestra mano de obra? Tienen que ser los cholos, pues. ¿Y quiénes son nuestras empleadas, nuestras cocineras, nuestras lavanderas? Tienen que ser las cholas, pues”.

Si hay algo que me han enseñado el feminismo y la lucha por los derechos es que todos tenemos interiorizados las estructuras de opresión. Nacemos, crecemos y aprendemos que unos son más y otros son menos. Nadie que haya sido criado en nuestra sociedad puede llegar a la edad adulta y afirmar honestamente no tener prejuicios racistas, clasistas, sexistas, etc., sin haber hecho antes un trabajo larguísimo y doloroso de deconstrucción.

¿Es posible liberarse completamente de los prejuicios? La verdad no lo se. Lo que sé es que el feminismo nos invita, nos obliga casi, a empezar este trabajo de autoevaluación y de crecimiento.

Mi columna de esta semana es tan solo un peldaño más en este eterno trabajo de deconstrucción. No tiene la intención de ser condescendiente ni moralista. Mi intención no es hacerme pasar por mejor que alguien. Mi intención es solamente compartir con ustedes mi más reciente reflexión. Y para eso tengo que admitir que esta viene de un lugar de privilegio. Puedo sentarme hoy a escribir este texto porque tuve el enorme privilegio de migrar a Europa de forma legal, alejándome de la realidad colombiana, de nuestras configuraciones sociales y nuestra forma de ver el mundo, pero además porque tuve y tengo el privilegio de poder volver con cierta regularidad a mi país. Y los ires y venires me han obligado a replantearme cosas que antes me parecían normales. Y fue en una de las idas y vueltas que me cuestioné por primera sobre la figura de la empleada doméstica.

En Colombia es usual que las familias de clase media y alta tengan una persona que trabaje varios días de la semana haciendo las labores domésticas. No es inusual tener empleadas a tiempo completo, llamadas “internas” que viven y trabajan de lunes a domingo en la casa de los empleadores. La figura de la empleada es parte de nuestro imaginario social colectivo y las tenemos completamente normalizadas. Tenemos telenovelas, libros y películas al respecto, (como Roma, la última película de  Alfonso Cuarón) en las que se muestra a la empleada doméstica como una figura central dentro de la familia, como aquella que vio a los hijos crecer, y aquella que es a la vez parte de la familia y completamente sumisa a ella.

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Foto de la Revista ¡Hola! En su edición de diciembre del 2011

En cambio, en Europa, o particularmente en Francia que es el contexto que conozco, la figura de la empleada doméstica es muy diferente. Sí hay personas que se dedican a hacer las tareas domésticas, pero trabajan por horas. Los contratos se firman en agencias organizadas y cada trabajadora recibe misiones en varias casas cada semana. La relación empleado-patrón es equivalente a aquella en cualquier otra prestación de servicios. Ni siquiera las familias más adineradas tienen una empleada doméstica de tiempo completo. Y esto no es solamente porque el costo de contratar una empleada doméstica es significativo. Acá, la idea de tener a una persona dedicada a tiempo completo a las labores domésticas suena absurdo, anticuado, deshumanizante.

¿Qué explica estas marcadas diferencias? Creo que hay múltiples respuestas. Por un lado hay elementos culturales e históricos importantes. Por otro lado, la legislación en Europa y su nivel de aplicación, particularmente en lo que concierne a la protección de derechos de trabajadoras domésticas, es mucho más avanzada. Pero creo que el punto central, lo que hace posible que en Colombia haya cientos de miles de mujeres trabajando a tiempo completo como empleadas domésticas en condiciones bastante problemáticas, mientras queen Francia esto sea inconcebible es que las relaciones de poder empleado-patrón en Colombia nacen en un contexto de profunda desigualdad económica y social. Solo en un contexto de desigualdad tan marcada podemos designar a ciertas personas como estando a nuestro servicio en detrimento de sí mismas.

En otras palabras, el sistema de empleadas domésticas se basa en la desigualdad entre la empleada y “el patrón”. No es una coincidencia entonces que América Latina sea la región del mundo con mayor número de empleadas domésticas en proporción a su población, ni que en Colombia el 96% de las empleadas domésticas sean mujeres, ni que en general sea un trabajo reservado a mujeres pobres, racializadas, desplazadas, migrantes o víctimas del conflicto armado.

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Gráfico de la OIT

A continuación, les hago un pequeño resumen de la evolución social y legal del trabajo doméstico en Colombia:

 

 

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De lo anterior podemos concluir que heredamos nuestro sistema de trabajo doméstico de la colonia y que la ley ha sido una aliada de la discriminación sistemática que enfrentan las empleadas domésticas. A pesar de que Colombia firmó el Convenio sobre Trabajo Decente de las Trabajadoras y Trabajadores Domésticos, y que la Corte Constitucional colombiana reconoció (¡¡apenas en 2015!!) la igualdad en derechos de empleadas domésticas frente a los otros trabajadores, la realidad es muchísimo más oscura. Según cifras del DANE del periodo entre 2010 y 2017, 61% de las trabajadoras domésticas gana menos de un salario mínimo, el 77 % recibe alimentos como pago en especie y al 99 % no les pagan horas extras. Además, solo el 13 % de las trabajadoras domésticas de Colombia cotizan al sistema de salud y al de riesgos, y apenas el 12 % al de pensión.

Y a esto se suma la violencia física, psicológica, sexual y verbal que enfrentan las empleadas domésticas en su trabajo cotidiano. Aunque no hay cifras oficiales sobre la violencia de género cometida contra trabajadoras domésticas porque en las denuncias presentadas ante la Fiscalía y el Instituto de Medicina Legal no se registra la ocupación, si hay indicios preocupantes. Por ejemplo, Viviana Osorio, abogada e investigadora experta en trabajo doméstico explicó a Cero Setenta en su artículo “La cadena de violencias que padecen las trabajadoras domésticas en Colombia” que “en cada una de las 293 encuestas que realizó en Urabá y Cartagena [con trabajadoras domésticas], sin excepción, apareció la violencia sexual. ‘Unas veces más evidente y otras más camuflada, pero siempre presente’”.

Las labores domésticas, y quienes las ejercen deben ser una reconocidas y protegidas por el Estado y por la sociedad en igualdad de condiciones que cualquier otro trabajador. Pero este no es el caso de Colombia. En nuestro país, el trabajo doméstico es la reproducción de un sistema de explotación y opresión.

El problema no es solo los casos de explotacion y esclavitud que Cero Setenta relata de forma muy clara en su articulo. El problema es la cultura de servidumbre a la que tenemos sometidas a las trabajadoras domésticas de forma general. Tenemos normalizado y naturalizado el hecho de tener a alguien empleado en nuestras casas que está ahí cuando nos despertamos y cuando nos vamos a dormir. Nos parece perfectamente natural que alguien ajeno a nuestra familia viva con nosotros, lejos de su propia familia para llevar a cabo las labores que permiten el funcionamiento de nuestra casa. O en su defecto, no nos alarma que una persona pase hasta 6 horas de su día en el transporte público para venir a hacer nuestras labores domésticas.

Pero para tener esto normalizado, tenemos que tener normalizado también que el trabajo doméstico es un trabajo “inferior” y poco digno y que no tenemos que rebajarnos a hacerlo. Tenemos que tener interiorizado que sea normal que haya solo una categoría social específica (mujer, pobre, vulnerable) que se dedique a este tipo de labores. En otras palabras, tenemos que tener interiorizado que el trabajo doméstico es un “trabajo sucio” y que hay una barreras de clase, de género y de raza que determinan quién debe y puede dedicarse a este trabajo y quién no.

Y también tenemos que tener interiorizadas y normalizadas muchas violencias (de género, de clase, de raza, etc.) que nos permiten simultáneamente hablar de las empleadas en términos familiares (es parte de la familia, nos crió, qué seríamos sin ella, la amamos) y a las vez tener un discurso de alterización frente a ellas. Es decir, al mismo tiempo que hablamos de las empleadas domésticas como parte de nuestra familia y que les imponemos nuestros espacios de vida, nuestro ritmo, nuestro espacio privado, hacemos también todo para delimitar los espacios que puede habitar, separar su comida y sus pertenencias de la nuestras, demarcar nuestra propiedad privada que ella habita pero no puede usar ni poseer, y para recordarles que hay una diferencia inherente entre la familia patrona y la empleada doméstica, y que ella es la “otra”.

Y para que esto pueda pasar, se necesita pensar consciente o inconscientemente, que las empleadas domésticas son inferiores. O tal vez más concretamente, se necesita considerarse a sí mismo superior, merecedor del derecho de tener a alguien que renuncia a su vida privada y familiar para limpiar, cocinar, y lavar por uno.

Podemos sentir mucha empatía, mucho cariño por nuestras empleadas domésticas. Podemos ser muy generosos, donarles toda nuestra ropa vieja y hasta llevarla de vacaciones con nosotros. Pero esta familiaridad no significa que estemos la oprimiendo o discriminándola menos. Es más, muchos autores consideran que es a través de esta familiaridad, de estos lazos de “cariño” que somos capaces de esconder (tal vez de nosotros mismos) el control social y la violencia que ejercemos contra las empleadas domésticas . Y en últimas, si ese cariño no se traduce en un trato digno y justo, en un pago justo, en la garantía de todos los derechos que la ley reconoce para los trabajadores, en el respeto de la dignidad humana y sobre todo en una relación laboral y social construida entre iguales, entonces es solo un disfraz de la opresión.

Tal vez uno de los peldaños de deconstrucción más importantes en este esfuerzo continuo al que nos obliga el feminismo es ese: el de tomar a las personas más vulnerables de nuestro entorno y obligarnos a mirarlas una y mil veces hasta que dejemos de ver a alguien que está a nuestro servicio y empecemos a ver a un igual. Porque a un igual nunca lo trataríamos como tratamos a las empleadas domésticas.

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