Por qué cualquier feminista debería tomarse un momento para reflexionar sobre el genocidio de Ruanda

¿Qué estaba pasando hace 25 años?

Yo acababa de cumplir un año de vida y, aunque no lo recuerde, tengo fotos que confirman que pasé mi primer cumpleaños rodeada de familiares y de otros bebés en pintas tan noventeras como la mía. Mientras tanto, a unos 12.000 kilómetros de mí y de mi torta de cumpleaños, en la República de Ruanda la muerte era la ley, pues este país africano estaba atravesando lo que se convertiría en uno de los genocidios más desgarradores de la historia. Entre abril y julio de 1994, entre 800.000 y 1’000.000 ruandeses fueron brutalmente asesinadas, una cifra que equivale a más del 10% de la población para ese año. Y tendrían que pasar casi 15 años para que yo, una ingenua adolescente colombiana, me viniera a enterar de todo esto, en sexto grado en clase de historia.

Está bien que me hayan enseñado sobre el genocidio de Ruanda pero está mal que lo hayan hecho de tal forma que mi prioridad y la de mis compañeros haya sido memorizarnos una serie de fechas y de nombres para pasar un examen. No hubo un proceso de reflexión y, en cuestión de días, ya habíamos pasado al siguiente tema. Por eso tuve que esperar hasta mi pregrado en antropología para tener algunas herramientas que me permitirían entender la particularidad y las enormes implicaciones de esos tres meses en uno de los países más pequeños de África. Me obsesioné con los procesos de colonización y entendí que las tensiones entre los hutus y los tutsis (los dos grupos étnicos involucrados en el genocidio de Ruanda) fueron, en parte, producto de la intervención belga después de la Primera Guerra Mundial, de la manera en la que estos señores favorecieron a los tutsis y de las estrategias implementadas para avivar diferencias étnicas.

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Una de las estrategias de los belgas que avivaron las tensiones entre los grupos étnicos fue la del uso de tarjetas de identidad, en las que se especificaba el grupo étnico de cada ciudadano. Imagen obtenida de un.org. 

En mi carrera también entendí que la imposición de un orden supuestamente más civilizado es de lo más violento que existe, pues desestima dinámicas culturales orgánicas y las reemplaza por otras, todo en nombre del “progreso”. El antropólogo colombiano Arturo Escobar se ha dedicado a criticar y a ridiculizar los programas de desarrollo de la segunda mitad del siglo XX, y cita en uno de sus más recientes libros a expertos de las Naciones Unidas, que en la década de 1950 sugerían que el “progreso económico rápido” era “imposible sin ajustes dolorosos”, que las “viejas instituciones sociales” tenían que “desintegrarse” y que “pocas comunidades” estaban dispuestas a “pagar el precio del progreso económico”. Me pregunto si, al hablar de ajustes dolorosos, estos señores expertos se imaginaron que pudiera suceder algo tan doloroso como la masacre del 95% de los tutsis (y unos cuantos hutus moderados) por parte de los hutus más radicales—cuando ambos habían logrado vivir en relativa armonía.

Hoy les contaré que he encontrado en el feminismo aun más herramientas para reflexionar sobre el genocidio de Ruanda, porque hay cabida para pensar qué pasó con las mujeres antes, durante y después de lo sucedido. Aprovecharé que se están cumpliendo 25 años de esta tragedia para contarles que la experiencia de las mujeres en el genocidio fue totalmente multifacética, pues podemos y debemos hablar de mujeres víctimas pero también de mujeres victimarias y agentes de cambio. Y por eso vale la pena que cualquier feminista se tome el tiempo de reflexionar sobre este acontecimiento.

Mujeres como víctimas

En un artículo sobre la conquista de América, sugerí que cualquier proceso violento tiene una dimensión de género que debe ser reconocida y el genocidio de Ruanda no es la excepción. Los testimonios que encontré investigando para este tema lo confirman. Mukeshimana Vestine, por ejemplo, se pregunta en una entrevista con el Independent si todo hubiera sido más fácil haber nacido hombre: “Oh sí, hubiera sido mucho más fácil.” Se refiere a las 350.000 mujeres que durante esos nefastos tres meses fueron víctimas de violación por parte de los hutus radicales. A que la agenda el día era matar a los hombres tutsis pero humillar a las mujeres y a las niñas tutsis por medio de la violación (frecuentemente frente a sus familiares). Y como si esto no fuera suficientemente aterrador, se calcula que casi el 70% de las mujeres víctimas de violación fueron infectadas con VIH, algo más bien estratégico y para nada accidental en el plan de exterminio de los hutus radicales.

Immaculée Ilibagiza sobrevivió el genocidio y recopiló sus experiencias en un libro que se convertiría en un New York Times Best Seller. Pasó esos tres meses escondida en el baño de un pastor, un espacio de un metro por un metro en el que había otras siete mujeres tutsis escapando de la implacable violencia. Alphonsine Mukayitesi, otra sobreviviente, señala que a veces piensa que es “menos afortunada por haber sobrevivido”. Basta con revisar unos cuantos testimonios para darse cuenta de que haber vivido el genocidio de Ruanda fue, para muchas mujeres tutsis, más doloroso que la misma muerte.

Mujeres como victimarias

Podría extenderme hablando sobre las mujeres como víctimas de la violación y de tortura, pero no lo haré. Aunque es relevante visibilizar la dimensión de género de episodios como el genocidio de Ruana, actualmente contamos con cientos de testimonios y de análisis al respecto. Así que discutamos cómo las mujeres también podemos ser las malas del cuento. Porque cuando admitimos que las mujeres pueden ser capaces de cometer atrocidades, estamos desafiando los roles de género. Estamos siendo capaces de ir más allá del estereotipo de la mujer dulce, reconciliadora, delicada y sumisa y la estamos reconociendo en toda su humanidad, tanto lo bueno como lo malo.

Esto es muy interesante llevado al caso de Ruanda. Antes del genocidio, la sociedad ruandesa era fuertemente patriarcal: las mujeres eran generalmente más pobres que los hombres, también eran iletradas y se encargaban del 70% del trabajo agrícola del país. En un informe de la Cruz Roja de 2010, encontré refranes como “la gallina no cacarea con los gallos” o “la única riqueza de las mujeres es su esposo”, que son fuertes reflejos de esta sociedad tradicional. Por todo esto es que, en los años inmediatamente después del genocidio, fue difícil para los jueces y para el país en general aceptar que las mujeres habían participado en las masacres. Llegó al punto en el que las mujeres hutus que habían cometido atrocidades equiparables a las de los hombres hutus eran tildadas de “no mujeres”.

Esto es algo que el criminólogo Otto Pollak llamó la teoría de la caballerosidad y se refiere a la incapacidad de jueces, investigadores y fiscales de percibir a las mujeres como criminales, porque es algo que contradice el imaginario que tienen de lo femenino. Todo esto ya lo había discutido la pola Maria Paula en un excelente análisis sobre las mujeres combatientes del Estado Islámico: “Las mujeres han tomado parte activa de todas las guerras en la historia reciente, ya sea como combatientes, resistentes, guerrilleras, y hasta espías. Y sin embargo hemos borrado su participación de la historia y de los libros porque reconocerlo contradice los roles de género de los que depende la sociedad patriarcal.”

Ahora bien, si hablamos de la naturaleza de su participación, nos damos cuenta de que la mayoría de las mujeres hutus tuvo un involucramiento indirecto en las masacres de los tutsis. En otras palabras, mientras que los hombres hutus eran los del machete y las armas de fuego, las mujeres delataban los escondites de los tutsis, entraban a sus casas a robar e informaban y atendían a los hombres hutus. Y como en los juicios locales y nacionales se le dio prioridad a los del machete y las armas (¡que fueron nada más y nada menos que un millón de personas!), se calcula que menos del 6% de los detenidos por crímenes relacionados al genocidio son mujeres.

Mujeres como agentes de cambio

Me pregunto si a los ruandeses les sucede lo mismo que a nosotros los colombianos cuando reducen nuestro país al narcotráfico. ¿Será que están cansados de que reduzcamos su historia e identidad a un genocidio, por más impactante que haya sido? Por eso es que en esta última parte voy a hablar de lo que pasó después y de cómo las mujeres han sido participantes activas de esto.

Después del genocidio, el 70% de la población de Ruanda eran mujeres. Por eso es que no es exagerado decir que las mujeres fueron las principales encargadas de reconstruir este país. Y que un requisito para esto se diera de la mejor manera fue aprender a perdonar. La siguiente foto es un ejemplo muy claro de esto, porque demuestra que las víctimas y los victimarios del genocidio están aprendiendo a convivir por medio de grupos de apoyo. El propósito es restablecer la armonía y consolidar una nueva identidad ruandesa, en la que la diversidad tenga perfecta cabida.

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Una foto de Maria Mukagasana, sobreviviente de la Masacre de Cyanika y Juvenal Moudenge, perpetrador de esta misma masacre. Foto de Helena Hermosa y obtenida de globalcitizen.org

Me disculparán por esto, pero hay una frase de cajón (de lo más profundo del cajón) que tiene perfecta cabida aquí: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego.” Porque ¿qué pasa si las 500.000 viudas que dejó el genocidio salen a vengarse? La resiliencia y el perdón son una herramienta más poderosa que el machete y las armas y las mujeres de Ruanda han entendido esto. Por eso tenemos tanto que aprenderles a ellas, porque que además de perdonar (¡de mirar a la cara a quienes asesinaron a sus seres queridos y las violaron!), se han involucrado activamente en la reconstrucción de su país. Y una consecuencia de esto ha sido la inclusión política.

La Nueva Constitución de Ruanda, que fue introducida en 2003, señala que debe haber una cuota de mujeres del 30% en los cargos parlamentarios. Y es por medidas como esta que el 67% mujeres de la Cámara de Diputados de este país está conformado por mujeres. Hay quienes señalan que la participación política de la mujer y la equidad de género han sido una estrategia por parte del gobierno actual para desviar la atención y tomar decisiones de manera más autoritaria y menos democrática. Por lo tanto hay cabida para analizar hasta qué punto más mujeres en cargos de toma de decisiones se ha traducido en más aceptación por la diversidad. Sin embargo, es innegable que el rol de las mujeres tuvo una transformación muy profunda a causa del genocidio. Lo clave aquí es que las demás sociedades no nos esperemos a atravesar una tragedia de esa magnitud para darnos cuenta de la enorme fortaleza y contribución de las mujeres al mejoramiento continuo.

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