Sobre el feminismo y el autocuidado

“Ya vino la feminazi a hablar” es una frase que siempre le oigo a una de mis amigas en el momento en el que toco un tema que le parece incómodo o que está relacionado con el feminismo. Le escribí un mensaje a ella y a las mujeres que piensan así en otra de estas columnas, pero hoy quiero hablarles de algo relacionado: lo doloroso que puede llegar a ser una feminista activista y dizque mega empoderada.  Quiero hablarles de esta dificultad no para quejarme sobre lo miserable que puede ser nuestra vida como feministas, sino para que hablemos de algo importante que normalmente no consideramos o que dejamos pasar: cuidarnos a nosotras mismas.

Cuando pensé en escribir esta columna dudé mucho si hacerlo. Lo primero que pensé es que el autocuidado muchas veces me hace ver como una persona débil o facilista, pues pareciera que estuviera evitando una situación que no quiero afrontar. O que también me hace ver como una persona egoísta o poco autocrítica, pues puede llevar a que lo que otro diga no importe o no se tenga en cuenta. 

Aunque el feminismo trae toneladas de cosas buenas, soy consciente de lo negativo que implica creer en la igualdad real entre hombres y mujeres, de los momentos y situaciones que me pueden destruir a nivel individual antes de que pueda construir a nivel colectivo. Cuando empecé a activamente proclamarme como feminista, venía cargada de energía y de muchísimo poder y con una voz altísima que no se cansaba de estar parada en cuanto espacio o momento considerado necesario. Con el tiempo, aunque muchos de mis mensajes sí llegaban al público objetivo y lograba generar pequeños cambios que me llenaban de esperanza, también llegaron muchos comentarios negativos y de odio que me desgastaban a un nivel del que no era consciente.

No es tan fácil ignorar este odio o este tipo de crítica no constructiva. Aunque a veces estas críticas que desgastan vienen de personas que no conocemos, aquellas que no simpatizan ni un 1% con nuestra causa y que lanzan comentarios del estilo de “es que a esta perra feminista no se la han comido bien y por eso habla mal de los hombres”, otras veces vienen de personas que hacen parte de nuestra comunidad y que incluso admiramos profundamente. Las críticas de los amigos, familiares o personas que nos importan no son fáciles de digerir, como cuando nos dicen que estamos siendo exagerada al resaltar un acto claro de micromachismo o cuando nos dicen que “le bajemos a la cantaleta” porque quieren tener un velada en paz. 

Todos estos momentos generan rabia y tristeza y un vacío en el estómago muy difícil de explicar, pero muy recurrente cuando se está en el mundo del activismo. Porque si de algo estoy segura es que no es un sentimiento exclusivo de las feministas, lo sienten otros movimientos como los LGBTI+, los de minorías étnicas o los ambientalistas, para dar algunos ejemplos. Son sentimientos que me destruyen poco a poco, pero debo reconocer que no soy la única atravesando esto. 

¡Y hablemos de las cargas y responsabilidades que nos imponemos algunas feministas por esta urgencia de cambiar el mundo de un solo tacazo! Yo por ejemplo siento que tengo el deber o la obligación de siempre responder, de dar la mejor respuesta a cualquier pregunta que me hagan que esté relacionada al feminismo. De siempre dar una opinión cuando alguien tiene una duda o de estar disponible 24/7 cuando una situación machista sale en las noticias para reaccionar de manera acertada. Y realmente el problema se encuentra en el “siempre”. Aunque no parezca, ser activista también es un trabajo, no pago, no remunerado, pero sí necesario y que quita tiempo y espacio para cada persona que decide ejercerlo.

En el momento en que yo no logro estar disponible siempre, me nace una culpabilidad acompañada de un sentimiento de traición al movimiento, la cual me lleva a autodenominarme como una mala feminista. Y llega la ansiedad con sus inseguridades y con sentimientos que me obligan a parar y a pensar en mi autocuidado.  Guiada por amigas que llevan muchos más años que yo en el feminismo y acompañada de amigas que pasan por lo mismo, entendí que el autocuidado es algo importante y que necesariamente debía incluirlo en mi vida. Porque no hay activismo que dure 100 años ni cuerpo o mente que lo aguante si simultáneamente te estás desgastando. 

Para interiorizar este nuevo concepto de autocuidado en mi vida, poco a poco fui entendiendo qué era lo que realmente me afectaba y cómo lo podía cambiar. Empecé por las razones de las “críticas”, odios y amenazas que les mencioné anteriormente. La amenaza de ser una mujer con voz y poder en la sociedad patriarcal es muy alta, incluso entre nosotras mismas es algo que no hemos podido eliminar, porque genera una necesidad de silenciamiento en la presencia de una mínima diferencia. Las mujeres con voz y poder somos las que movemos el sistema, entonces ante cualquier cambio siempre van a haber amenazas.

Después reflexioné sobre por qué las personas a mi alrededor demandaban tanto de lo que decía o dejaba de decir. Y entendí que en parte es necesidad de información, pero también es exigencia de mi tiempo para resolver sus propias dudas y del imaginario que tienen de que es mi responsabilidad asegurarme que no quede ningún hueco en ninguna pregunta. Pero la vida no da para tanto y por esto hago un llamado a estas personas a que dejen la pereza a un lado y que si realmente quieren informarse, investiguen. Tomen la iniciativa de buscar por su propia cuenta y dejar de lado esa idea de “bueno, si eres públicamente feminista, para que yo te siga creyendo tienes que explicármelo todo. O si no, no te creo nada”. Porque tu conocimiento no puede estar a costa de mi tranquilidad.

Ahora entiendo que este autocuidado que tanto tiempo le había ignorado a mis amigas debía ponerse en práctica. Que los mensajes que atacan y destruyen siempre van a doler. Y que no podemos esperar que el mundo nos apoye cuando nos sentimos abrumadas. Sino que una responsabilidad con la que sí deberíamos cargar encima es apoyarnos y cuidarnos a nosotras mismas.

Aunque aquí en Siete Polas ya habíamos hablado del autocuidado, yo quisiera contribuir a al discusión con algunas recomendaciones puntuales que me han servido a mi y que encontré cuando leía sobre cómo cuidarnos a nosotras mismas como activistas feministas (o activistas en general):

1. No responder a todo no te hace menos feminista

Esta recomendación viene en dos sentidos. El primero es la dueñas de nuestro tiempo somos nosotras y nadie puede exigirnos cuándo y cómo lo invertimos. No nos vamos a sentir mal por decir, “hoy no”.  El segundo es que, como ya había sugerido la pola Maria Paula, debemos escoger qué peleas dar, y no darlas todas está bien.

2. Conversaciones seguras

Busquemos conversaciones de feminismo en espacios seguros. Hay muchas dudas, hay mucha desinformación y hay muchas ganas de tergiversar el mensaje. Busquemos espacios donde podamos dar estas conversaciones y hacer estas preguntas sin ser atacadas o juzgadas. Y si no nos sentimos cómodas, ¡pararse e irse siempre es una opción!

3. Tiempo para parar

Como las pausas activas que cada vez más nos exigen en nuestros trabajos, parar no es una opción, es un deber. Paren, busquen espacios diferentes y recárguense de energía. En mi caso, mi mejor PARE por siempre y para siempre va a ser un espacio con amigas y música. Busquen el que más les guste y más les sirva.

4. Eliminar mensajes de odio

Hubo una época en la que revisaba cada mensaje de odio, pero decidí empezarlos a eliminar. El odio no lleva a nada, solo nos demuestra que la persona que lo envía no tiene la más mínima intención de discutir o de tener un debate genuino. Si el odio no lleva a nada, ¿para qué lo dejamos entrar en nuestras vidas?

5. Nunca dejes que te callen la voz.

Muchas veces nos pasa no nos dejan hablar o que buscan insultarnos para callarnos. Tú decides cuándo callar, nadie más.

 

Con estas recomendaciones no quiero decir que es lo único y es exclusivamente que se debe hacer cuando piensen en autocuidado. Es algo que yo he utilizado y me ha funcionado, busquen que les funciona bien.

Tampoco quiero decir que solo tengamos conversaciones en espacios seguros. El feminismo se hizo para incomodar y es importante que sigamos incomodando para generar cambios donde sabemos que son necesarios. Cuando lo hagamos también asegurémonos que no estamos en un espacio de odio, sino en un espacio que permite debate y confrontación sana llevadera y afrontemos que esta puede llevar, o no, al cambio. Pero nada más satisfactorio que saber que se está en un espacio que transforma y hace el mundo cada vez más feminista. Hace que todo valga la pena, ¿o no?

En últimas, siempre, siempre pensemos nuestra presencia en cualquier espacio desde el cuidado personal. Y como mejor lo explica SinturaConEse, para alcanzar nuestra propia paz estemos conscientes de lo que realmente podemos controlar (nuestros propios actos, lo que hacemos, lo que decimos, lo que dejamos de decir y las razones por las que lo hacemos) y lo que no podemos controlar (cómo se reciben nuestros actos y palabras, que piensan de nosotras y si se vuelven feministas o no).

2 comentarios sobre “Sobre el feminismo y el autocuidado

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: