#DomingoDeInvitadas: Sobre encontrar el amor donde no se le busca.

Ilustración por Caro Ocampo

Por Laura Gallo Tapias para #DomingoDeInvitadas

A pesar del riesgo de sonar como un horóscopo o como autoayuda barata, quiero escribir sobre la búsqueda del amor. Como mujer feminista y bisexual, trabajando en investigación sobre salud mental y problemas de género, y como la persona ridículamente sentimental que soy, éste es un tema relevante para mí desde muchas perspectivas.

Concuerdo con la columna de Nathalia Guerrero, publicada en Vice el 20 de febrero, en la que dice que el proceso de “deconstruir” el amor que nos enseñaron, el amor monógamo y romántico y heterosexual y patriarcal, puede ser muy doloroso. Implica estar incómoda la mayoría del tiempo y asumir la incertidumbre. Para mí, significa reflexionar mucho sobre las distintas maneras en las que puedo hacer daño y evitarlas activamente, repensando con cada encuentro, con cada nueva persona, cómo puedo herir y cómo debo cuidar a quienes me importan (y también, muchas veces, a quienes están implicados tan sólo indirectamente: el “daño colateral” en las relaciones de pareja también suele ser evitable).

A veces olvido que debo pensar en cómo protegerme a mí misma y que ser consciente de las asimetrías y los roles tóxicos que nos marcan y nos atraviesan no es siempre suficiente.

Entonces, aún sin saber bien dónde buscar, me digo que hay que buscar el amor siempre, siempre, como se pueda, así no parezca posible. Aunque sea sin acudir a las estructuras que nos son conocidas y que los medios de comunicación, apoyados en las nociones de consumo y de propiedad privada, nos hacen creer que son milagrosas, unívocas y sostenibles.

Escribí entonces un mensaje para mí misma, que es a la vez exactamente lo mismo que quisiera decirle a esas personas en mi vida con quienes he hablado largamente sobre desamores, sobre fidelidad, sobre violencias y género: recuerda que importas. Que vales. Que sientes y eso no es en sí una desventaja. Que en muchas ocasiones hiciste las cosas bien y eso es importante, aunque esa certeza no te garantice nada, aunque algunas cosas hayan salido mal o, incluso, terriblemente mal. Y valdrá la pena seguir haciendo las cosas bien, desde el respeto y el cariño. Esta convicción es fundamental en mi vida.

Se trata de conocer tu lugar, que no es de ninguna manera un lugar secundario: eres y vas a ser siempre la primera y última persona de tu vida. Por momentos es casi como si fueras la única, porque a veces estamos muy solos, o nos sentimos muy solos. Y aunque el amor y las amistades son enormes a veces, aunque hay personas increíbles en el mundo, no se trata de esperar garantías ni un statu quo feliz, porque los humanos somos muy complejos y asustadizos y reaccionamos mal bajo presión.

Hay que alimentar constantemente la noción de que somos suficientes y esto tiene su ciencia y su arte, porque oscila entre los extremos de la egolatría como una cura mágica que implica valorizarse por encima de todo y el pesimismo nihilista de pensar que estamos totalmente solos e indefensos. Esta autosuficiencia implica recordar que, si bien nos situamos en espacios liminales de intercambio, interacción y negociaciones con el otro, tenemos un centro y existimos. Que nuestro cuerpo es el que tenemos y hay que vivirlo, como se pueda, de manera precaria a veces, pero sin odios, sin rechazos.

Mirándome en el espejo el otro día me decía: ya pasaste 27 años aquí, y el balance general es bastante positivo. Has sentido placer de muchas maneras, estás sana, eres capaz de muchas cosas. Es el cuerpo que tienes, es quien eres hoy y ahora, y tienes que vivir en él no en un futuro en el que seas más flaca o más fuerte o más firme, sino en su continuidad, en su presente, en su existencia física y actual. En su corporalidad, valga la redundancia. En su cotidianidad, que es maravillosa.

Entonces, encontrar el amor significa, primero, dejar de buscarlo en las preconcepciones o expectativas irreales que hemos aprendido y, segundo, abrirle camino a nuevas formas de entregar y de querer que, para mí, se enmarcan siempre dentro de un compromiso ético de cuidado. Es un trabajo constante y dispendioso, pero hay que encontrar maneras de darle la bienvenida a la ambivalencia. Implica renegociar frecuentemente, de manera crítica, un lugar desde el cual contar con uno mismo y confiar en los demás sin desentenderse de sus (nuestros) límites humanos. Es un equilibrio frágil e intermitente, pero no tiene que ser amargo. Y dirigiéndome de nuevo a mis cómplices de feminismos, les recuerdo: para eso nos tenemos.

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