“Sin putas no hay feminismo”: Una mirada al debate sobre el trabajo sexual

Hace varias semanas por la cuenta de Twitter de Siete Polas intentamos coleccionar aquellas premisas comunes para todos los feminismos. En ese hilo me encontré con varios comentarios de Mónica Roa sobre los desgarradores debates alrededor del trabajo sexual, asunto que implica insuperables fracturas en el feminismo en muchas partes del mundo. Y fue ahí que caí en cuenta no solo de lo poco que sabía del tema, sino de la poca información que encuentro al respecto a mi alrededor.

Luego, marchando con otras miles de mujeres el día de la mujer, pasé por primera vez caminando por una calle del barrio Santafé, catalogado como una zona de tolerancia para el trabajo sexual. Al pasar, vi como muchas mujeres se asomaron a la puerta y desde las ventanas de los establecimientos a mirar la marcha, algunas saltando y gritando alegres desde donde estaban, pero también vi también muchas caras de desconcierto. No supe qué sentir ni cómo interpretar lo que estaba viendo. Mientras tanto, las mujeres de la marcha gritaban, “¡Mujer, escucha, únete a la lucha!” y “¡No estás sola!”, y yo seguía caminando con una sensación extraña que tampoco lograba descifrar.

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Foto propia tomada en la marcha del 8 de marzo de 2019 en el barrio Santafé en bogotá.

Estos episodios de no saber ni qué pensar ni qué hacer me llevaron a decidir dedicar una columna al trabajo sexual. Sin embargo, gracias a la brillante idea de una gran amiga, entendí que para hablar de ello es mejor vivirlo en propia piel, y que por tanto no era yo quien debía hablar al respecto. Es por eso que decidí traer a este blog la voz de Pollito, activista y directora ejecutiva de Las Callejeras.

¿Quién es Pollito?

Luz Mary Pardo, mejor conocida como Pollito, fue trabajadora sexual y consumidora de drogas hace algunos años. Sin embargo, por cuestiones personales y de salud decidió abandonar esa actividad y el consumo de drogas, pero siempre conservó el deseo de trabajar por las personas a su alrededor, es decir, trabajadoras sexuales y consumidores de droga, particularmente habitantes de calle. Así, al dejar el trabajo sexual se unió a las Hermanas Adoratrices para ayudar a las mujeres que aún lo hacían a salir de esa vida y encontrar otras opciones. En aquél entonces, esta actividad no se consideraba trabajo y las mujeres lo ejercían sin ningún tipo de garantías ni contaban con el apoyo permanente de defensores de derechos humanos.

“En ese tiempo las violencias que se vivían eran mucho más fuertes porque en ese momento no se había reconocido como trabajo sexual. En ese tiempo era catalogado como ‘prostitución’. No había sentencia entonces aún era delito, a las mujeres se las llevaban detenidas para la UPJ, entonces te imaginarás los favores sexuales que pedía la policía, la violencia que sufrían las mujeres. […] Entonces lógicamente, pues era un delito, pues era perseguir a las chicas, entonces yo trabajaba en ese tiempo en el enfoque de que se pueden salir de ahí. No había todo esto que hay ahorita de que el trabajo sexual es trabajo, y podemos trabajar por nuestros derechos, mejores garantías laborales, de salud y todo eso”.

Conoció el activismo cuando entró a hacer parte de un proyecto sobre el plan de renovación del centro de Bogotá en la Universidad de los Andes. Su dominio y reconocimiento en los territorios la llevó a integrar una organización conformada por varios académicos, que como es habitual, suelen carecer de las relaciones fuertes y el contacto real que sí tenía Pollito con los territorios y comunidades que estudiaban y por las que trabajaban. En ese trabajo, aprendió que el trabajo sexual era trabajo, que era posible luchar por defender los derechos de las mujeres que lo ejercían y se unió a esa lucha, convirtiéndose en una líder reconocida en los territorios y en la misma academia. Consciente de la importancia de sus conocimientos, Pollito sabía que no tenía que ser académica para ser una activista:

“Yo no soy académica, no tengo carrera universitaria, soy bachiller, pero mis conocimientos más allá de no ser académica son muy poderosos. Y aunque no soy académica, pues igual sé cosas de derecho, sé cosas de sicología, porque yo he apoyando muchas tesis de maestría en diferentes ámbitos en diferentes carreras. […] Las que yo he apoyado en sus tesis también han aportado para mis fortalecimientos y conocimientos en cosas que son importantes para los derechos de las personas con las que yo trabajo. Entonces yo soy abogada, psicóloga, antropóloga, psicóloga otra vez. Entonces de cada carrera he aprendido mucho, y así como yo les he enseñado ellas me han enseñado a mi”.

Entonces, decidió seguir adelante por su sueño de trabajar por las personas alrededor de las cuales creció, y de ahí nació una locura llamada Las Callejeras, una organización que trabaja en la defensa de los derechos de trabajadores y trabajadoras sexuales, consumidores de droga y habitantes de calle. A través su organización, Pollito y su equipo le enseñan a su población objetivo que tienen derechos y que esos derechos deben ser respetados.

“Porque cuando un territorio, una población no conoce que tiene derechos, permite que esos derechos sean violentados y lo ven como algo legítimo. El habitante de calle ve como algo legítimo que el policía lo violente y lo agreda porque no sabe que tiene derechos. “No es que como a mi me vieron consumiendo droga, el policía tiene toda la potestad de agredirme” y no es así. Entonces, capacitamos a las poblaciones en sus derechos y cómo pueden exigirlos”.

Además de ello, participa en plantones y manifestaciones, documenta y denuncia violencias y provee acompañamiento legal a trabajadoras sexuales y habitantes de calle. Y esta locura llamada Las Callejeras ya lleva dos años.

El trabajo sexual en Colombia: un trabajo reconocido pero aún estigmatizado

En Colombia el trabajo sexual se considera como un trabajo como cualquier otro gracias a la Sentencia T-629 de 2010 de la Corte Constitucional. Antes de ella, si bien no estaba prohibido, el Código de Policía de 1970 otorgaba a las autoridades policiales competencias para restringir su ejercicio, pues la prostitución se consideraba una actividad que no podía ser castigada pero que debía prevenirse y quienes la ejercían debían rehabilitarse. La misma Corte la había considerado una actividad inmoral y denigrante en sentencias de 1995, 1997 y 2009.

Esta visión sobre el trabajo sexual cambió en el 2010. La Sentencia T-629 de 2010 marcó un hito en la historia al considerar que “si media la voluntad libre y razonada de una persona que vende el trato sexual”, esto debe considerarse un trabajo. Luego, en la Sentencia T-736 de 2015, la Corte reconoció que los trabajadores sexuales conforman un grupo discriminado y marginado por su actividad, por lo que el Estado tenía un deber de especial protección con dicha población. Y finalmente, ante un caso de violencia policial contra trabajadoras sexuales, en la Sentencia T-594 de 2016 la Corte reconoció que tales prácticas policiales se fundamentan en un discurso represivo de la autonomía de la mujer, la identidad de género y la orientación sexual de las personas, y que a su vez perpetúa la discriminación y marginación del grupo. Con ello, ordenó al Ministerio de Trabajo a regular el trabajo sexual, reconociendo que esa falta de regulación incrementa la vulnerabilidad de quienes ejercen el oficio.

Pollito participó directamente en el litigio que terminó en esta última sentencia y reconoce el efecto empoderador que los fallos han tenido en las mujeres:

“Uno de los grandes logros es que en el espacio donde pasaron los hechos ya la policía por lo menos no violenta tanto a las chicas. Porque las chicas ya están súper fuertes y empoderadas y saben que hay una sentencia que las protege, que les da garantías de estar en un espacio, y cuando ella las viene a atacar ellas mismas dicen, “que pena contigo pero hay una sentencia que dice esto y eso”. Entonces es un gran logro. El que los territorios conozcan sus derechos hace que ellas mismas hagan que esos derechos se validen”.

Los reconocimientos y órdenes que impartió la Corte para la protección de trabajadoras sexuales fue también un motivo para que Pollito fundara Las Callejeras, pues sentía que eso no podía quedarse en el papel. Sin embargo, al día de hoy el Ministerio del Trabajo no ha emitido ninguna regulación al respecto y la violencia y la estigmatización sobre el trabajo sexual persiste. El informe de derechos humanos del Observatorio de Trabajo Sexual del 2016 “Ley entre comillas”, realizado por la fundación Parces y PAIIS, documenta violaciones fuertes que sufren las trabajadoras sexuales por la policía y las personas en general, fundados en los estigmas que aún persisten en nuestra sociedad frente al trabajo sexual.

“Mucha gente dice que las trabajadoras sexuales venden su cuerpo. Nosotras no vendemos nuestro cuerpo. ¿Porque qué es el cuerpo? Esto [mostrándome una uña] hace parte de mi cuerpo. Un dedo hace parte de mi cuerpo. Mi boca hace parte de mi cuerpo. Entonces es como si yo estuviera partiendo mi cuerpo en pedacitos y lo estuviera vendiendo y ‘no, partí mi cuerpo’. Nosotras no vendemos nuestro cuerpo, prestamos un servicio sexual y todas las mujeres tenemos derecho a tener sexualidad, ¿cierto? Pero nosotras lo hacemos por una bonificación, por dinero. Entonces ahí está el estigma […] Entonces esto es una opción de vida que una mujer adulta en su potestad, con todos sus sentidos dice, ‘no, yo quiero hacer esto’”.

Estos estigmas también han penetrado fuertemente en las autoridades judiciales, lo que impide que las mujeres puedan obtener justicia cuando son víctimas de abusos sexuales. Normalmente, antes de prestar el servicio, las mujeres acuerdan con sus clientes lo que ellas están dispuestas a hacer además de una relación normal, así como el precio a pagar por ello. Es decir, desde el inicio los clientes conocen hasta dónde llega el consentimiento de las trabajadoras, que autónomamente han decidido qué y cómo prestan su servicio, e inclusive si lo prestan o no, de manera tal que todo lo que pase por fuera de ello es violación. Desde su experiencia, Pollito confirma que ni en la calle ni en los establecimientos las mujeres son obligadas a tener sexo con cualquiera que se los pida. Sin embargo, cuando ese consentimiento es vulnerado por un cliente, las trabajadoras no ven en el Estado un sistema capaz de proveer justicia para ellas.

“Lastimosamente en esta sociedad, muchas mujeres estrato alto son violadas y no les creen, y sabemos que está el estigma de que “a ella le gusta que le hagan eso”. Entonces a una trabajadora sexual es muy difícil que le crean que fue víctima de violación. Eso también está todavía muy mal en esta sociedad. Dicen “no pero es que una trabajadora sexual denunció que fue violada … ¿pero cómo va a denunciar si eso es lo que ella hace todos los días?”. La sociedad no comprende que si no fue con mi consentimiento, no fue aprobado y yo no lo acepté es una violación, independientemente de lo que yo haga con mi cuerpo”.

Los dilemas de la regulación

Si bien es una obligación del Ministerio del Trabajo regular las condiciones para el trabajo sexual con el fin de disminuir la vulnerabilidad en la que se encuentran quienes lo ejercen, lo cierto es que la regulación no puede hacerse sin antes superar unos grandes retos. Pollito reconoce que, aunque cada vez menos, aún existen relaciones de explotación sexual que no deben ser protegidas propiamente como trabajo.

“Hay mujeres que lo toman como una opción de vida y es respetable, pero también hay trata y explotación, que no hay que ocultarlo. También existe, no tan visible como hace muchos años, pero todavía existe. Entonces hay que ser muy cuidadoso en cómo se maneje, porque muchos proxenetas puedan meterse por ahí”.

La explotación, dice Pollito, se da especialmente cuando el servicio se presta en establecimientos. Cuando se trabaja en la calle, las mujeres deciden con quién se van y con quién no, deciden los horarios en los que trabajan y deciden cuánto cobrar por sus servicios. Mientras tanto, en los establecimientos las mujeres deben cumplir jornadas largas, generalmente por las noches, y deben estar constantemente consumiendo alcohol pues es de este consumo con los clientes que los dueños de los establecimientos ganan dinero. Esta obligación de consumir alcohol es para Pollito una forma de explotación, que además acarrea graves consecuencias de salud para las mujeres. Entonces, si bien una regulación puede mejorar las garantías laborales de las mujeres y con ello remediar la desprotección frente a los riesgos de salud que implica el trabajo sexual en establecimientos, lo cierto es que esto puede terminar por legitimar una práctica que a todas luces es una forma de explotación.

Aunado a ello, Pollito reconoce que hay muchas niñas prostituidas, por lo cual una regulación puede ser difícil. Sin duda alguna, la situación de las menores de edad es de singular vulnerabilidad y en su caso no puede hablarse de trabajo sexual como en el caso de la mujeres adultas. La prostitución infantil es siempre explotación sexual. Sin embargo, Pollito afirma lo irónico que le parece que las autoridades se amparen en la situación de las menores de edad para perseguir el trabajo sexual:

“Una cosa que yo he discutido mucho es por qué cuando somos menores, ¿dónde están los garantes de los derechos de las menores de edad? Cuando uno es menor de edad uno debería tener los derechos. Y tu ves normalmente muchas niñas menores de edad en el centro, en la zona de tolerancia, a plena luz del día, y pasa la policía y no pasa nada, no les dicen nada. Pero si atacan a las mujeres cuando ya son mayores de edad. Entonces me parece algo muy contradictorio. ¿Por qué cuando muchas empezaron siendo niñas, siendo menores de edad no hubo nadie ahí?. Pero cuando ya somos personas mayores, conscientes, ahí si empieza una persecución. Me parece muy irónico. No estuvieron cuando tenían que estar pero ya pasados los años ahí sí”.

Finalmente, Pollito me cuenta que recientemente los casos de explotación sí han incrementado con trabajadoras sexuales venezolanas. La profunda vulnerabilidad en la que se encuentran las migrantes las hace blanco de explotaciones por parte de proxenetas que las engañan y las explotan.

“Hace mucho yo no había escuchado temas de explotación, y ahorita se está viendo mucho la explotación con mujeres venezolanas. Lógicamente los hombres se están aprovechando de la situación de mujeres venezolanas, van hasta Cúcuta, las traen a Colombia con engaños. Hace rato no se veía eso, en mi tiempo lo veía, pero en los establecimientos les quitan su documentación y las ponen a trabajar con horarios terribles y ellas cobran mucho menos, entonces los clientes se quedan con la mayoría del dinero y les dicen “como yo te traje tu tienes que pagar transporte, lo que estás comiendo, el hospedaje que te estoy dando” y se está viendo mucho la explotación ahora con mujeres venezolanas”.

¿Y qué hay del feminismo?

Este fue mi momento favorito de la entrevista, porque Pollito me hizo entender aquella sensación extraña que tuve durante la marcha del 8M.

“Lastimosamente sabemos que el feminismo existe, pero el feminismo no reconoce mucho a la mujer trabajadora sexual. Todavía nos siguen viendo como víctimas, no nos ven como mujeres sujetas de una lucha, de un poder, entonces es algo complicado”.

El año pasado fue la primera vez que las trabajadoras sexuales y las mujeres trans fueron invitadas a participar de una marcha feminista. Sin embargo, Pollito cuenta que debido a un comunicado que ellas quisieron leer en la marcha, la idea de unirse a la marcha no salió muy bien. Este año nuevamente las invitaron a marchar y acordaron un punto de encuentro en el barrio Santafé para unirse a la marcha y caminar con el resto de mujeres hacia la Plaza de Bolívar. Hicieron actividades en el barrio durante el día, pero en la noche, en el momento de la marcha, las trabajadoras sexuales se quedaron esperando.

Lastimosamente en el momento en que pasó la marcha dentro de Santafé, que pasaron por la caracas, las arengas que hacían contra las mujeres trabajadoras sexuales era como “ven únete a nuestra lucha”. ¿A nuestra lucha? O sea, el llamado a las mujeres trabajadoras sexuales es.. ¿por qué no las mujeres se unen a la lucha de nosotras? ¿Por qué tenemos que unirnos a una lucha que es feminista supuestamente, pero está en contra de nuestros derechos? Según lo que tengo entendido la marcha entró una cuadra abajo del Santafé. ¿Con eso ya nos querían incluir? ‘No, ahora somos incluyentes porque estamos una cuadra abajo del Santafé’. […] Y las arengas que muchas chicas vieron o postearon. ¿No están solas? Nosotras nunca hemos estamos solas, nosotros ya tenemos voz y potestad sobre nuestros derechos. Nosotras nunca hemos estado solas. Nosotros ya tenemos nuestro propios grupos donde luchamos por nosotras y nuestros derechos. Lo que tiene que cambiar el feminismo es que nosotras también tenemos que hacer parte de ese movimiento, incluirnos en ese feminismo. Nosotros no somos víctimas ni somos pobrecitas ni somos las menos”.

Finalmente, al preguntarle sobre cuál debía ser el rol de feministas como yo con las trabajadoras sexuales, Pollito me respondió con algo con lo que quiero terminar esta entrevista y dar paso a sus propias reflexiones:

Nosotros no somos víctimas de nada. El hecho de que no seamos unas profesionales ni seamos académicas no nos hace menos mujeres. No nos hace menos feministas. Nosotras ya tenemos un reconocimiento en esta sociedad, y es incluirnos en ese reconocimiento. Y es reconocernos y aceptarnos tal como nosotras nos reconocemos, como mujeres trabajadoras sexuales, como mujeres trans, como mujeres sujetas de derechos.

 

Para saber más sobre el tema recomiendo leer más en: “Ley entre comillas”, Informe de Derechos Humanos del Observatorio de Trabajo Sexual, 2016, realizado por Parces y PAIIS.

 

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