Mujeres y poder: más que un manifiesto

Favorito de: Vanessa

Pocos libros tan cortos te cambian la perspectiva del mundo de una forma tan cruda. Pocos vuelos de ida y vuelta han sido tan retadores, tan fructíferos y tan reveladores para mi. El manifiesto de Mary Beard sobre mujeres y el poder es todo eso y más.

A través de múltiples ejemplos de la época clásica, Beard nos muestra que desde esos tiempos el poder ha sido una estructura dominada, pero sobre todo, creada, diseñada y enseñada a la medida de la masculinidad. En efecto, la apropiación del discurso y debate sobre asuntos públicos en la Antigüedad era una manifestación de la maduración de un niño a un hombre, pues la oratoria pública era un atributo fundamental de la virilidad. Esto resultó no solo en la exclusión sistemática de las mujeres de los debates públicos, sino en la estigmatización y burla de aquellas que se atrevían a hacerlo (salvo de las que lo hacían para proteger a los hijos o para ser mártires). Tanto es así, que existen múltiples ejemplos de castigos a las mujeres que osaban apropiarse del discurso público convirtiéndolas en animales (Júpiter convirtió en vaca a Ío, para que solo pudiera mugir) o expropiándolas de su voz (Eco es condenada a que su voz sea solo la repetición de las palabras de otros).

“Lo que quiero decir es que el discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género.”

Es a partir de esta tradición que el discurso público al que le otorgamos valor y reconocimiento es al discurso que se expresa con formas de hombre: voz grave y carácter fuerte –o “viril–, entre otras características. Mientras tanto, un discurso expresado por una voz femenina, más aguda y con menos carácter ni siquiera nos cautiva. No obstante, las mujeres que adoptan las formas masculinas para el discurso público es frecuente verlas ser calladas (como a Elizabeth Warren en el Congreso de Estados Unidos) o sus formas implacables –que en un hombre son habituales y consideradas normales– se traducen para la opinión pública en histeria (como a Claudia López y Paloma Valencia en el Congreso colombiano).

En conclusión, Beard concluye que el poder es un concepto, una manifestación, una cultura hecha por y para los hombres, y que para acceder al poder sin discriminación, es necesario repensarnos y reimaginarnos el poder desde una óptica femenina.

“No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”.

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