Una feminista de 18 años… o de 28

No recuerdo con claridad cuándo empezó la cosa, pero siento que ha sido desde siempre. Odio mi cumpleaños. Me parece una complicación innecesaria. Si todos los años me acostara a dormir el 25 de diciembre y me levantara el 27 me sentiría plenamente satisfecha y en paz. Ah sí, hoy, 26 de diciembre, estoy cumpliendo años. 28 para ser exacta. Y, como les decía, esta fecha no suele emocionarme en particular. Cuando chiquita me adelantaban el cumpleaños o me lo atrasaban, porque quién demonios se aparecería a una piñata el día después de Navidad. Hasta los 12 años el día de mi cumpleaños era el día que viajábamos a Cali a pasar el fin de año con mi familia paterna. Al principio, nos íbamos en carro. 9, 10, 11 y hasta 12 horas de carretera y yo era de esas niñas que se marea con solo sentarse en cualquier vehículo motorizado. Al poco tiempo la cosa evolucionó y viajábamos en avión. Pero no crean que era una maravilla. Íbamos cansados de las celebraciones navideñas, mi hermano y yo cargando cada uno el regalo del Niño Dios a cuestas, mis papás estresados, afanados, peleando. Lo normal para un paseo familiar en una fecha tan especial. A los 12 no sé de dónde saqué la valentía para decirle a mi papá que por favor no viajáramos más el día de mi cumpleaños, que la verdad no me causaba tanta emoción como había fingido hasta entonces llegar a partir el ponqué con mis primos en Cali después de un día de viaje. Me entendió y dejamos de viajar ese día. Igual nunca sentí que fuera la gran solución. Por las inevitables presiones que la vida ejerce sobre un ser complaciente como yo, insistí en intentar celebrar mi cumpleaños, más para agradar a los que querían verme celebrar que porque yo misma quisiera una celebración. Y siempre era un dolor de cabeza y, usualmente, una decepción. Llegaban menos de un cuarto de los invitados, llegaba uno o dos amigos de cada parche y entre parches no se conocían; tocaba juntar la celebración con la familia y la celebración con los amigos y aunque amo profundamente a unos y a otros, decir que era incómodo para todos pero en especial para mí sería ponerlo de forma demasiado amable.

Hasta que hace unos cuatro años empecé a hacer con el día de mi cumpleaños lo que se me daba la gana. El primer año lo doné a una buena causa. Celebramos ese día la despedida de soltera de la primera de mis amigas que se casaba. Otra fue la reina el día de mi cumpleaños y nunca había disfrutado esa fecha tanto como ese día. Al año siguiente repetí la donación. Organicé una reunión de mi promoción del colegio aprovechando que todos los que se habían ido a estudiar por fuera estaban en la ciudad por las vacaciones de fin de año. Los invité a todos, (nos graduamos 98) llegaron como 40. Menos de 8 se acordaron de mi cumpleaños. Me valió. Bailé, me emborraché, me di besos con un amigo con el que me daba besos a los 15. Nos reímos de nosotros mismos y nos despedimos de beso en la mejilla, como siempre. Amé ese 26 de diciembre porque no fue mi cumpleaños. Al año siguiente le dije a mis papás que, ya que me valía tanto huevo la fecha, ya no me importaba viajar ese día. Y no viajamos a Cali, sino a otro destino exótico. Y fue hermoso. Todas las llamadas que me hicieron y no quise contestar se fueron directo al buzón porque podía decir que iba en el avión. El año pasado volví a invitar a un pocotón de gente a mi casa, pero la mayoría no sabía o no se acordaba que era mi cumpleaños. De nuevo, un no cumpleaños de ensueño: la pasé increíble.

Todo esto para decirles que el día de mi cumpleaños la única celebración que me gusta es celebrarme a mí misma. Este día lo disfruto desde que entendí que no se trata de que otros celebren mi vida, ni siquiera de que celebren conmigo, sino de celebrar yo misma quien soy.

Eso no quiere decir que esté finalmente en paz con esta fecha. Otra razón para odiar mi cumpleaños es que de un tiempo para acá me da pavor envejecer. Jamás me imaginé ser de las personas que sufriera por la edad. Pero lo soy. Otra de las consecuencias del patriarcado? Es posible. Todas tenemos muy clarito que si la sociedad nos valora por encima de todo por la forma en que nos vemos y cada día nos vemos menos lozanas, menos guapas, menos tonificadas, pues qué más esperaban. Pero aunque este sea una parte del problema no es todo el problema, ni siquiera la parte más importante del problema. Cuando siento que detesto ese número que aumenta cada 26 de diciembre, no pienso en arrugas, celulitis, canas o tetas caídas. Pienso en que “ya tengo tantos años y todavía no…” Todavía no soy famosa, todavía no soy dueña de mi propio negocio, todavía no soy doctora, todavía no me he comprado nada significativo con mi propia plata, todavía tengo que llamar a mi mamá a preguntarle cuál es la forma más rápida de descongelar una pechuga de pollo porque se me hizo tarde esta mañana y acabo de llegar muerta de hambre a hacer comida y se me olvidó sacar el pollo del congelador.

Y todos esos “todavía” me recuerdan a la adolescente que era hace diez años. En algún momento imaginé esta columna como una de esas típicas “Cartas a mi yo de 18 años” en las que uno se presenta a los 28 como un ser más sabio, más experimentado, absolutamente dueño de sí mismo y entonces hace una lista de las cagadas que hizo y de porqué diez años después eso no le volvería a pasar porque ya aprendió la lección. Y se da consejos para que ese yo del pasado crezca en una realidad paralela sin los sufrimientos que uno pasó ni las inseguridades que uno cargó consigo. Pero cuando pienso en esos “todavía” me doy cuenta que mi yo de 18 no necesita nada de eso. Mi yo de 18 se imaginaba, sin un ápice de duda o ironía, que a los 28 ya iba a tener casa propia, carro propio, Ph.D en lo que se le hubiera ocurrido, amplio reconocimiento en su disciplina de estudio, una editorial independiente y un novio que la persiguiera por el mundo anonadado ante su grandeza. ¿Sabiduría? Sabiduría la mía a los 18, querida.

Así que hoy empiezo por celebrar a mi yo de 18 años en su inocente coraje y su valiente descaro ante la vida. Cuando la absoluta misoginia de nuestra sociedad se expresa por medio del desprecio hacia la adolescencia femenina, yo me solazo en el recuerdo de mis 18 años. Sin saberlo ya era sabia, poderosa, imparable.

Y, claro, en estos diez años ha pasado de todo. Rompí un corazón, me lo rompieron a mí. Subí 15 kilos, los bajé, volví a subir 5, me empezó a valer tres pesos cuánto peso. Viví un año en Francia, volví. Estudié un pregrado que nadie se toma en serio, que no da prestigio, y aprendí a tomarme más en serio que nunca y aprendí que el prestigio me lo doy yo a mí misma. Conocí a mis amigos de la universidad, esos que uno conoce y ama después de ya conocerse y amarse plenamente a uno mismo. Elegí a mis mentores y ellos me eligieron a mí. Terminé la carrera en medio del peor semestre de mi vida gracias al amor de mi familia, de mis amigos y mis profesores. Me gradué, me fui de mi casa a vivir a otro país, viajando del sur al norte de las Américas. Padecí y gocé dos años de maestría en una de las mejores universidades del planeta y me gradué con honores, con amigos que nunca hubiera escogido como amigos pero que la vida escogió para mi como el regalo más grande y con más ideas en la cabeza de las que podré ejecutar. Dicté clases en una universidad única en su género. Y mis alumnos me odiaron y me quisieron por partes iguales. Me volví a mudar, esta vez de un lado al otro del continente, de Oeste a Este, a empezar el doctorado de mis sueños. Sobreviví con éxito los primeros tres meses de una nueva ciudad que se siente como otro país, y en una nueva universidad que exige todo de mí porque me da todo de sí. Fundé con otras 6 maravillas un blog feminista en el que puedo dedicar más de 1500 palabras a decir que soy genial y siempre lo he sido porque así me siento en el día de mi cumpleaños número 28, para comunicarle a otras mujeres, de 18 o de 28, que amarnos y celebrarnos es la revolución feminista más poderosa por la que podemos empezar.

Así que mi yo de 28 también merece una celebración. Aunque no esté donde soñaba con estar y al mismo tiempo haya llegado más lejos de lo que pude haber imaginado a mis 18 años. Feliz cumpleaños, SinturaConEse, en todo tu feminista, fantástico y fabuloso ser.

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