De mi también circuló un video íntimo y no fue mi culpa

Cuando tenía unos 12 años, un video en el que mostraba las tetas se regó por todo mi colegio. Cuando mis papás lo descubrieron, me pegaron un regaño tan monumental que me oriné mientras lo recibía. Recuerdo ver a mi mamá endemoniada de rabia y a mi papá llorando por primera vez en mi vida. Recuerdo que mis amigas me dijeron que ya no querían andar más conmigo y me excluyeron del grupo. Recuerdo que un par de niñas de mi curso a quienes les caía mal se ponían en sus estados de Messenger que yo era una “estrellita porno” y me escribían para ofenderme. Recuerdo que mientras compraba unos útiles escolares en un almacén, la mamá de una compañera me pidió que habláramos afuera para decirme que no quería que andara con su hija. Recuerdo que un tipo, unos años mayor y que me fascinaba, de repente comenzó a escribirme por Messenger, primero para conocerme y al final para preguntarme, “¿cuándo vienes pa’ mi cama?”. Recuerdo que el psicólogo del colegio me sacó de clase para que habláramos del tema y ver si yo tenía algún problema sexual. Recuerdo que todos los días de mi vida me levantaba con una carga inmensa y dolorosa, que me costaba ir al colegio y que lloraba todas las tardes por alguna nueva humillación. Es un episodio que he tenido bien reprimido por muchos años, pero cada vez que lo revivo siento como si lo estuviera viviendo aún.

Deben estar preguntándose, “pero, ¿qué hacía una niña de 12 años mostrando las tetas en un video?” Una pregunta inevitable, porque en nuestra sociedad patriarcal las mujeres siempre tenemos la culpa de lo que nos pasa, sea que nos violen, nos peguen, nos maten o nos rieguen un video íntimo. Pues resulta que a los 12 años yo era precisamente una niña y no entendía las implicaciones de mi desnudez. Ese video resultó de una tarde de muchas risas con otra amiga mientras hacíamos una tarea de español. Nuestro cuerpo y nuestra desnudez aún nos daba risa. Pero apenas supe que el video estaba rotando y recibí todos los rechazos y juicios ofensivos, entendí que mi cuerpo no era solo mi cuerpo: era un objeto de deseo, un objeto sexualizado, así fuera un cuerpo de 12 años. Yo era una niña, no había dado mi primer beso y ya me sentía avergonzada de mi cuerpo y de mi desnudez, sentía que evocaba sexo así nisiquiera lo conociera, y me daba asco. Por un momento llegué a sentir que tener unas tetas y un culo grande era un calvario, porque debía aguantar que mi cuerpo fuese observado lascivamente por unos tipos que vieron ese video sin mi permiso y me desearon y sexualizaron a costo de mi vergüenza y de mis pinches 12 años.

Y, ¿saben qué le pasó al tipo que lo regó? Nada, porque la culpa de haber sido sexualizada a los 12 años sin duda era mía y nadie vio el hecho como una invasión de mi privacidad. ¿Por qué? ¿Por qué el hecho de que se divulguen fotos o videos íntimos nos convierte en zorras a las mujeres y a los hombres no? Nuestra sociedad está construida sobre premisas que permiten responder este interrogante. En la cultura occidental, fuertemente permeada por la tradición judeo-cristiana, la mujer suele ser el símbolo de la carne y la tentación que lleva al hombre a pecar, y por eso nuestra sexualidad, motor del pecado, es sinónimo de vergüenza. De allí se sostiene una larga tradición de culpar a las mujeres por los excesos de los hombres, quienes terminan siendo víctimas por su instinto sexual aparentemente incontrolable. En la religión católica, Eva es la incitadora del pecado original y Adán es una víctima que cae en su tentación. María Magdalena es apedreada por promiscua, pero ninguno de los hombres con los que se acuesta recibe un juicio similar. En la mitología griega, Medusa, por ser tan bella, es violada por Poseidón y recibe un castigo monstruoso por haberlo hecho caer en esa tentación. Y si bien estos ejemplos pueden parecer lejanos, no es coincidencia que una universidad le exija a las mujeres que se tapen para no distraer a sus profesores y compañeros, que el dueño de un prestigioso restaurante justifique una violación en el establecimiento porque la chica llevaba minifalda, o que el actual Presidente del Brasil considere que una mujer fea no debe preocuparse por ser violada.

Estas premisas culturales occidentales explican que cuando retratamos nuestro cuerpo desnudo, por diversión infantil, como yo, o para alimentar el apetito sexual de una pareja, como muchas otras, la sociedad nos humilla y excluye a nosotras, mientras que una foto de un pene suele pasar desapercibida. El costo de la divulgación de unas fotos o un video íntimo es muchísimo más alto para una mujer que para un hombre porque en nuestra sociedad veneramos a una mujer casta y pura, con un deseo sexual nulo, cuyo cuerpo debe reservarse para un solo hombre, y si ese cuerpo se convierte en dominio público gracias a WhatsApp, de nuevo, la culpa es de nosotras, las incitadoras del mal. En ese caso, la desmedida invasión a la privacidad que supone enviar las fotos de una mujer desnuda sin su consentimiento pasa a un segundo plano. Mientras tanto, para un hombre, a quien la sociedad le acepta y le aplaude su instinto sexual animal, nadie lo tilda de zorro desvergonzado si se hace fotos o videos de su cuerpo, porque apropiarse de su cuerpo y su sexualidad hace parte de su naturaleza.

Pero lo más hipócrita de nuestra sociedad es que igual las mujeres hemos sido cosificadas y sexualizadas masivamente por décadas. Nuestros cuerpos sin ropa, sea lo que sea, siempre están cargados de sexualidad, así estemos cagando o recogiendo la basura. Por eso los caso de violencia digital no se limitan a castigar a mujeres que mostraron su deseo sexual mandando fotos a parejas íntimas, sino a mujeres que se tomaron fotos para medir sus avances de tonificación, mujeres que se grabaron midiéndose un par de vestidos o niñas como yo, que estaba solo jugando. Hagamos lo que hagamos, un cuerpo femenino sin ropa no puede verse sino con ojos de deseo, y aunque esto pasa incluso en contra de nuestra voluntad, la culpa igual es de nosotras, al parecer, simplemente por tener un par de tetas y un culo.

Y en la medida en que somos solo cuerpos sexualizados, nuestro consentimiento y privacidad también pasan a un segundo plano. Por eso es que nos parece una gracia pedir y mandar fotos de otras mujeres sin ropa, sin importar cuánto ella sufra, y encima echarle toda la culpa tildándola de zorra porque quién le mandó a ser tan arrecha y hacerse esos videos. Tan poco vale el cuerpo desnudo de una mujer, que cualquier persona se siente con el derecho de disponer de él para lo que quiera, hacerse una paja o difamar a la dueña, y de culparnos por eso.

El Estado, por su parte, claramente concuerda con que la violencia digital que acaba con la vida de muchas mujeres es culpa de las mismas mujeres. Prueba de lo anterior es que en Colombia no existan datos oficiales para medir la violencia digital ni medidas para prevenirla y combatirla. Y si bien existen tipos penales como la extorsión, injuria y calumnia, –como suele ocurrir– los fiscales y operadores judiciales revictimizan a la mujeres y realizan investigaciones sin una pizca de enfoque de género que terminan en la impunidad. El que el Estado no le ponga atención a esto manda un mensaje claro de que la violencia digital contra las mujeres es un asunto de segunda, como suelen ser los temas de mujeres.

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Tomado del reporte de la Comisión sobre la Banda Ancha de las Naciones Unidas sobre violencia digital contra las mujeres, disponible en: http://www.unwomen.org/~/media/headquarters/attachments/sections/library/publications/2015/cyber_violence_gender%20report.pdf?v=1&d=20150924T154259

Para finalizar, quiero dirigirme a los hombres. ¿Es esto contra ustedes? Sí y no. En general, que actuemos de esta forma tan violenta se debe más a un sistema patriarcal que a personas en particular. Pero si usted es un hombre que ha recibido desnudos femeninos, que los ha pedido, que los ha enviado, que está en grupos de WhatsApp dedicados a mandarlos, que se ha quedado callado frente a otros que los rotan, entonces sí, a usted lo estoy culpando. Los hombres tienen un rol activo que jugar en esto. No es suficiente con que no reevíen fotos o videos íntimos, porque quien calla ante la violencia es cómplice de ella. Por eso, si a usted le envían fotos íntimas de una mujer y usted no protesta por no quedar como un idiota, usted está simplemente aprovechándose de un privilegio ganado del machismo, y eso lo hace responsable. Y si su mente saltó inmediatamente a pensar que usted no puede ser más culpable que la que se tomó esa foto o ese video, devuélvase al título y vuelva a empezar.

En los 14 años que han pasado desde ese suceso, esta es la segunda vez que cuento la historia, pero es la primera vez que la cuento sin sentir vergüenza de mi misma. Esta es la primera vez que siento que debo rescatar cada uno de los recuerdos que tengo de ese video y todo lo que me causó, y decirle sin pena a mis padres, a mis amigas, a mis enemigas y a sus mamás, y a todo aquél que me juzgó, que nada de lo que sufrí fue mi culpa y que al contrario de joderme con una reputación de puta, hoy estoy cambiando el mundo con esta historia.

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