¿Deben las feministas cisgénero hablar sobre transfeminismo? (Parte 1)

Para comenzar, un resumen noticioso.

 

Primero, la noticia rosa: la candidata española al concurso internacional de la belleza, Ángela Ponce, es una mujer trans y a la recién elegida señorita Colombia, Valeria Morales, le parece que “hay que respetarla pero no compartirla”.

 

Segundo, la noticia política: el gobierno de Donald Trump busca limitar la definición legal de género a criterios exclusivamente genitales lo que equivale, básicamente, a despojar a los norteamericanos trans de múltiples derechos fundamentales y civiles tales como el acceso a la salud y a la educación.

 

Tercero, un asunto poco noticioso pero poco nombrado en Colombia hasta ahora: resulta que desde hace rato en el mundo feminista existen algunas que se hacen llamar RadFem (feministas radicales) que también han recibido el nombre de TERF (trans exclusionary radical feminist). Se trata de mujeres que consideran que el feminismo no puede reconocer a las mujeres trans como mujeres a sus reivindicaciones como parte de la lucha feminista.

Todo esto está pasando y, sin embargo, muchas feministas, sobre todo en Latinoamérica, se niegan a tocar el asunto. Aducen que no es su tema, que no están preparadas para responder preguntas al respecto, que para eso están las feministas trans. Mientras tanto, las RadFem se unen a las huestes de los antiderechos y les ayudan a cocinar elaborados argumentos contra la población trans. Y, ojo, que no se trata de acusar o señalar, se trata de animar a las que no lo han hecho y no lo hacen a estudiar, investigar, indagar y cuestionarse e impulsarlas a que busquen el ángulo respetuoso y responsable desde el que podemos hacer nuestra intervención en este tema. Y me propuse hacerlo a través de una pregunta que aparentemente no tiene nada que ver, y una confesión….

La pregunta: ¿pueden los hombres ser feministas?

Perdí la cuenta del número de veces que me han preguntado esto desde que empecé a identificarme como feminista. Y, hoy por hoy, mi respuesta es que no. Los hombres carecen de una característica fundamental que tenemos las feministas: habitar el universo como mujeres en un entorno y cultura machistas. Y los peligros de una persona “feminista” sin la experiencia femenina son muchos: terminan hablando con indebida propiedad sobre una experiencia que no conocen y no pueden conocer (mainsplaining que llaman), su privilegio les impide caer en cuenta cuando están apropiando un discurso para ponerse ellos mismos al centro de ese discurso (ya saben, el típico man que se gana todos los aplausos por su parla feminista pero no se da ni cuenta de lo problemático que eso es), su privilegio les permite opacar en el discurso público a los sujetos principales del feminismo (es decir, en medio del aplauso al hombre feminista se le olvida que todo lo que sabe lo sabe por una mujer feminista a la que en lugar de aplausos la insultan y amenazan por tener exactamente las mismas ideas que él). Entonces no, un hombre que se llama a sí mismo feminista es un hombre que está usurpando un lugar que no le corresponde.

Sin embargo, obvio que creo que los hombres tienen lugar en el feminismo y ese lugar es el lugar de aliados. La distinción no es meramente lingüística. Se trata de asumir un lugar de enunciación, es decir, una conducta y una actitud muy real y palpable. En pocas palabras, el hombre que se reconoce como “aliado” es aquel al que no se le olvida su privilegio y entonces sabe reconocerlo y cuestionarlo cuando lo que él dice suena divino cuando lo dice él pero no cuando lo dice una feminista. El aliado del feminismo que no ubica sus necesidades y las de sus congéneres en el centro de esta lucha (es decir, no vuelven el feminismo un simple: uy sí, esto está chevre porque también es bueno para los hombres), y usa sus privilegios no para usurpar el lugar de las feministas en el espacio y el discurso público sino para llevar las reivindicaciones feministas a los lugares a los que las mujeres no tenemos acceso (por ejemplo, cuando cuestionan a los amigotes de su grupo de Whats App que mandan chistes sexistas y comparten videos y fotos de mujeres desnudas sin consentimiento de ellas). La diferencia puede parecer sutil pero es vital.

[Todo esto parece no tener nada que ver con el título de esta columna. Pero lo tiene. Ténganme paciencia que vamos para un punto. Lo juro.]

La confesión: no quería escribir sobre esto

Le huí a este tema hasta el ultimo segundo. Me mentí a mí misma y pretendí que no tenía ideas para esta columna, pedí ayuda en mi Instagram personal y empecé a escribir alrededor de seis columnas distintas con las sugerencias que me dieron allí (que agradezco profundamente y a las que prometo volver).

Resulta que soy una mujer feminista, cisgénero, heterosexual con un sinnúmero de privilegios que no viene al caso mencionar. Muchos de esos privilegios resultan, precisamente, de la opresión de las personas transgénero. Y entonces al escribir sobre el lugar de la mujer transgénero debo ser muy cuidadosa de no hablar de una experiencia que no conozco y no me pertenece. Y debo cuidarme de no hablar en nombre de la comunidad trans o ejercer una vocería o una defensa que ellas ya ejercen con absoluto conocimiento de su propia experiencia y con toda autoridad sobre todo tipo de argumentos (científicos, filosóficos y morales). Y debo hacerlo aún con los múltiples puntos ciegos que tengo como resultado de mi privilegio cis.

Y entonces, acá se va materializando la analogía entre los hombres aliados del feminismo y… (sí! adivinaron) las mujeres cisgénero aliadas de la comunidad trans, particularmente de las mujeres trans. Y es que la pregunta sobre si pueden existir los “hombres feministas” tiene todo que ver con la ética y el lugar de enunciación que puede (o no) asumir una mujer cisgénero al hablar de asuntos trans. En últimas, es la misma pregunta: ¿qué es ser un aliado y cómo debemos ser aliados?

Con el ejemplo de los “hombres feministas” ya queda claro que un aliado es una persona que cree y actúa en pro de la causa de una comunidad oprimida pero sin pertenecer propiamente a esa comunidad (Y, voilá, como la analogía opera en ambos sentidos esta es otra forma de explicar porqué los hombres no pueden ser feministas: no pueden serlo porque no pertenecen a la comunidad de las mujeres de la misma forma en que yo, por mucho que crea en los derechos de las personas transgénero, no soy parte de esa comunidad. Pero ese no es el punto acá).

El punto es que no quería escribir esta columna y caer en la trampa de hacer lo mismo que le critico a los hombres que se declaran feministas y apropian un discurso que no conocen y no les pertenece. Pero ¡ajá! Evadir completamente la discusión sobre mujeres trans y feminismo simplemente porque eso puede abrirme a críticas, correcciones y cuestionamientos también es caer en la trampa del macho progre (ese que acumula todas las felicitaciones por su pensamiento feminista/progresista sin arriesgar su privilegio y sin arriesgarse a aprender).

Así que heme aquí, escribiendo con temor, desde la plena conciencia de las limitaciones de mi entendimiento sobre el tema, con plena conciencia de mis puntos ciegos, abierta a la crítica y el aprendizaje, tal y como le pido a los aliados feministas que hagan cuando de hablar de feminismo se trate.

Y heme aquí más de 1200 palabras después sin hacer lo que estoy pidiendo que hagan las demás: elaborar un discurso argumentado sobre el lugar de la mujer trans en el feminismo y en contra de los argumentos tránsfobos de las “radicales”. Lo siento por no sentirlo en absoluto. En realidad, esta es una reflexión muy necesaria y fue vital para mí ponerla por escrito. No podía adentrarme en este tema sin insistir primero en que las mujeres feministas (sobre todo las que tenemos una plataforma como SietePolas para dar a conocer nuestros discursos) y en realidad todas las personas que respetamos y reconocemos la dignidad de las personas trans tenemos la responsabilidad de educarnos, construir una posición informada frente a este tema y darla a conocer. Y que debemos asumir una posición de atención y receptividad acompañada de mucha autocrítica cuando de escuchar a la comunidad trans se trata, sin que esto se convierta en una excusa para asumir una posición de pasividad y silencio cómplice con la transfobia, sobre todo aquella que por estos días se atrinchera en medio de nuestra comunidad feminista.

Pero relájense, que tampoco me voy a salir con la mía, mandando a las feministas cisgénero a elaborar un discurso sin empezar por elaborarlo yo misma. Lo que pasa es que esta columna se divide en tres entregas. Esperen mañana la respuesta a la pregunta del millón: si “cualquiera” puede ser mujer entonces ¿qué es una mujer y quién es el sujeto del feminismo? 

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