Flores para el autocuidado

Esta semana hablamos de la importancia del autocuidado en estos tiempos donde todo en el mundo parece decepcionarnos. Hoy mi recomendado es una terapia de dispersión, entretenimiento y humor, que además de ser un espacio para cuidarse, es una razón para creer en el mundo. “La Casa de las Flores”, la serie de Netflix que tiene a to-dos ha-blan-do co-mo pin-ches co-rrien-tes, es mucho más que una serie.

El primer capítulo comienza con una muerte espantosa en la famosa “Casa de las Flores”, la floristería con la cual la familia De la Mora se ha hecho nombre y dinero –o al menos eso es lo que creen–. Esta familia de gran abolengo no es una familia tradicional, pero a diferencia de cómo vemos otras familias ricas en otras novelas latinoamericanas, las ‘disfuncionalidades’ de la familia De la Mora no son propiamente disfuncionalidades, sino normalidades de lo que somos pero que nos han enseñado a rechazar. Esta serie, más que una serie –o novela–, es un espejo crudo de una realidad que nos cuesta aceptar, y cuya maestralidad recae precisamente en enseñarnos a amarla.

A falta de una matriarca, la familia De la Mora tiene dos. Una de ellas, Virginia De la Mora, es interpretada por la inmortal Verónica Castro, una de las actrices más importantes de la industria televisiva y cinematográfica latinoamericana. Y la otra, Paulina De la Mora, mi preferida, es interpretada por Cecilia Suárez, quien además de actriz es activista por los derechos de las mujeres y socia de Greenpeace. Estos personajes encarnan mujeres tan fuertes como vulnerables, tan feroces como bondadosas y tan aparentadoras como reales. El gran valor de las mujeres de esta serie es que muestran el poder de tener varias versiones de uno mismo, derriban ese paradigma del binario, de ser o una cosa o la otra, tan típica de la mirada masculina del mundo. Virginia y Paulina redefinen el poder femenino al enseñarnos a valorar, en vez de rechazar, la contradicción. Ellas son la versión del feminismo que en Siete Polas queremos vender.

Sin duda, esta una serie que resalta todos los matices de la feminidad, especialmente por el personaje María José, ex exposo de Paulina, tal vez una de las primeras interpretaciones de una mujer trans en una novela latinoamericana. María José es interpretada por un hombre cisgénero, el español Paco León, cuya actuación ha recibido la aceptación de los movimientos de mujeres trans latinoamericanos. María José repite miles de veces durante la serie que no es un hombre con peluca sino una mujer. Debe probar constantemente su valor como persona y como abogada ante los jueces en los estrados judiciales, ante los altos ejecutivos bancarios ante los que defiende a su ex-suegro, y ante los ojos de nosotros, los televidentes. Lo mejor de todo, es que María José, con sus palabras exactas en el momento exacto, nos hace amarla sin condicionamientos. Tal vez la mayor flor de esta serie es enseñarnos que sí podemos amar sin importar la identidad de género ni la orientación sexual.

Y esto último no solo gracias a María José. Julián de la Mora, el único hijo varón de Virginia y su marido, es bisexual. Sostiene una relación con una mujer, para encajar en las expectativas sociales y familiares, y otra, para alegrar su corazón, con el contador de la familia, Diego Olvera. Al principio, la bisexualidad de Julián parece ser el factor detonador de la catástrofe familiar, pero luego la serie nos sorprende al mostrarnos que no. Que el verdadero interés de la trama es normalizar el amor y el sexo homosexual, así como las frustraciones de un hombre bisexual –que distan de ser iguales a la de una mujer bisexual, que es fantaseada por los hombres.

La Casa de las Flores debe ser vista por todo el mundo porque desafía nuestros prejuicios y nuestras asunciones heredadas sobre lo normal y deseable versus lo anormal y anulable. En especial esta serie debe verla el Presidente Duque, para que se enamore de Virginia De la Mora antes de darse cuenta de que es una fumadora recreativa de marihuana que en lo absoluto merece ser estigmatizada. Otra flor de esta serie, de color verde hierba, es derribar el estigma que reina en nuestros países hacia los consumidores recreacionales de droga, a quienes generalmente asociamos con la delincuencia y el vandalismo, características completamente lejanas a la burguesa familia De la Mora.

Invitarles una vez más a ver esta serie en esta conclusión sería una redundancia. “La Casa de las Flores” es una sátira fiel de nuestra identidad. Es una hipérbole y un símil al mismo tiempo. Una obra maestra de una de las manifestaciones culturales que más han marcado nuestra latinidad. Es un escape perfecto que nos mantiene en aquello de nuestra la realidad que sí queremos ver, y nos aleja, al menos por un rato, de aquello que no queremos ver. Es una respuesta perfecta a nuestra columna de la semana.

¡Sa-lu-dos al ca-cas!

 

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