El autocuidado en tiempos del patriarcado

Mi día siempre ha empezado con un café y un periódico. Todos los días. No me siento preparada para afrontar el mundo si no sé las cosas más importantes que están pasando. Además, levantarme tranquilamente y sentarme con mi periódico me ha producido siempre un inmenso placer. También acostumbro ir al trabajo escuchando un podcast que analiza la actualidad política. Y luego, a lo largo del día, me encanta discutir lo que he aprendido con los demás.

Esto empezó a cambiar poco a poco el día después de la victoria de Trump. A veces, después de leer las noticias, con mi café en mano, me entraba una sensación de tristeza. A veces me tomaba unos minutos más pasar a la actividad siguiente. A veces me generaba angustia pensar en el tema que se discutiría en el almuerzo, porque no quería pensar más en él. Esto me pasó, por ejemplo, cuando el escándalo de la separación de familias migrantes salió a la luz. Me pasó con la victoria del NO. Me pasó durante las elecciones presidenciales en Colombia. Me pasó con la victoria de Salvini. Me pasa con los asesinatos sistemáticos de líderes sociales. Me pasó con la sentencia de la Manada. Me pasa con las noticias espantosas sobre el calentamiento global. Me pasó con las noticias de la limitación del aborto a lo largo del mundo. Me pasó con el 46% de Bolsonaro.

Y luego, hace un par de semanas, cuando se estaba debatiendo la nominación de Brett Kavanaugh, un juez conservador, anti aborto y acusado por tres mujeres de abuso sexual, a la Corte Suprema de Estados Unidos empecé a levantarme cada mañana con una verdadera aprehensión de abrir el periódico. Era una sensación de ansiedad, una angustia transformada en nauseas que me dificultaba levantarme y discutir los temas coyunturales con los demás.

El punto culminante fue la audiencia en la que la Dra. Ford, la primera acusadora de Kavanaugh, y el juez rindieron testimonio ante el Congreso de los Estados Unidos. Ese día escuché la audiencia no con la sensación de interés en el estómago que me ha impulsado siempre a ser curiosa sobre el mundo, sino con una sensación de agonía profunda. Ese viernes hice algo que no había hecho nunca antes. Me desconecté de todo centro de noticias, de todas las redes sociales, no me involucré en ninguna discusión. Me aislé del mundo, del patriarcado y hasta del feminismo. Y esto es lo peor de todo, me sentí inmensamente culpable haciéndolo.

¿Cómo puedo ser una buena feminista, una buena activista, una fuerza contra el fascismo que se está tomando poco a poco el mundo si no estoy enterada de todo lo que está pasando, discutiendo con todas las personas, respondiendo todos los comentarios racistas, machistas y xenófobos? ¿Cómo puedo ser parte de la resistencia y guardar silencio? Estas preguntas, este conflicto interno que me desgarra no me ha permitido nunca tomar una pausa en mi feminismo para practicar el autocuidado. Por eso decidí que mi columna de Siete Polas la dedicaría a explorar la importancia de este tema. Tengo miedo que si no aprendo de autocuidado, así sea a la fuerza, dentro de poco no voy a poder dar nada más de mi. El punto es que estar consciente de la opresión nos obliga a estar furiosas. Todo el tiempo. Y nadie puede vivir así todos los días de toda la vida. Entonces tenemos que encontrar maneras de equilibrar nuestra lucha con nuestra propia felicidad o nada va a valer la pena.

Pero es más grande que solo la necesidad individual de cuidarnos. El autocuidado es en sí mismo un acto político y feminista. Lo que no entendía, hasta ahora, es que las actividades que pueden formar parte del autocuidado (desconectarse de internet, leer un buen libro, ver una serie, meditar, una larga caminata, etc.,) no equivalen a tomar una pausa de la vida política.  En otras palabras, tomar parte de estas actividades es un acto político en sí mismo porque el patriarcado le impone a las mujeres el rol de cuidadoras. Cuidamos de los niños, de los adultos mayores, de las personas con discapacidad, de la casa y de nuestro esposo. Pero no cuidamos de nosotras mismas. Ante esta realidad, tomarnos un tiempo para nosotras es en esencia disruptivo del patriarcado. En un mundo que nos dice constantemente que no valemos como individuos, valorarnos lo suficiente como para saber cuando tomar una pausa es revolucionario.

Además, para aprender a cuidarnos a nosotras mismas primero tenemos que tomar el revolucionario paso de conocernos a nosotras mismas. Conocer nuestros límites, aquello que nos hace estallar y aquello que nos ayuda a relajarnos. Después, tenemos que aprender a querer, respetar y apreciar estos límites. El feminismo nos empodera, claro, pero no por eso debemos creer que tenemos que ser invencibles. Al fin y al cabo, si nuestro fin último es que a las mujeres se les reconozca su humanidad, necesariamente tenemos que reconocer que somos imperfectas y que somos vulnerables

¿Qué podemos dejar de hacer en nombre del autocuidado?. Podemos dejar de involucrarnos en situaciones tóxicas sin ninguna razón de ser. ¿Es realmente necesario responder a todas las fotos, chistes y comentarios machistas que vemos durante el día? No. No lo es. Punto. Es una práctica que no sirve para cambiar la opinión de nadie y que no crea más que cansancio. Hay que aprender a escoger sus batallas. Un ejemplo concreto fue el “debate” que tuvo lugar entre Alejandra Borrero y Amparo Grisales en el festival ideas al barrio. De ese tipo de discusiones no se saca nada ¿Es realmente necesario estar conectadas a todos los ciclos de noticias cada hora del día? No. Este ciclo de noticias de 24 horas puede ser realmente nocivo para nuestra salud y no hace más que radicalizar nuestras diferencias. ¿Es imperativo velar por todas las causas todo el tiempo? No. Para eso existe esta sororidad interseccional y multidisciplinaria.

Ahora bien, hay un diferencia entre no dar todo de nosotras y consumir contenido patriarcal o participar en actividades abiertamente machistas. Es una discusión que ya hemos dado antes en Siete Polas, especialmente en la columna de Sintura Una defensa feminista del reggaetón en 6 canciones. ¿Qué pasa si a veces nos gusta mirar series que reproducen estereotipos problemáticos? ¿Qué pasa si nos encata bailar o cantar canciones cuyo contenido objetiviza a la mujer? Pasa que eso nos hace más humanas. No existe una sola mujer en este mundo, por más feminista que sea, que no sea al menos un poco incoherente en sus creencias. Si nos vamos a pasar la vida luchando para que las mujeres de mañana tengan un mundo más justo e igualitario, un reggaeton bien bailado nunca está de más.

Llevemos esto aún más lejos. Aunque solo nosotras podemos conocer nuestros límites, el acto del autocuidado no puede ser solo una acción individual. El autocuidado debe ser un principio que aplicamos en esta sororidad feminista. El feminismo es una lucha colectiva que se lleva a cabo a través de batallas individuales. Tenemos que dejar de juzgar a nuestras aliadas en esta lucha, tenemos que dejar de volver al feminismo una competencia, tenemos que dejar de juzgar nuestros métodos de resistencia, tenemos que dejar de culpabilizarnos entre nosotras. Como dijo la poeta Adrienne Rich “Tiene que haber algunas personas al rededor de las cuales podamos sentarnos y llorar, y seguir siendo guerreras”.

Necesitamos tener derecho a abortar, a votar, a caminar tranquilas por la calle, a decidir sobre nuestros propios cuerpos, a ganar lo mismo por el mismo trabajo, a decir sí y a decir no. Necesitamos tener derecho de ser humanas. Necesitamos tener derecho a estar cansadas, a no poder más, y a romper en llanto. Y sobre todo, necesitamos tener derecho a ser felices. Que la lucha no nos impida disfrutar de la vida. Practiquemos el autocuidado.

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