Tierras y mujeres conquistadas: reflexiones feministas sobre el 12 de octubre

Pintura ‘The Guest’ de Adriana Varejão.

El feminismo puede ejercerse en varios frentes. Conozco feministas que lo ejercen en la política, en las calles, en las universidades y en los medios. Yo me he dedicado a un frente que cada vez me gusta más, que es el mercado laboral y más específicamente las empresas. Porque cuando una empresa se pone a la tarea de trabajar para la equidad de género, las cosas se dan y se dan muy rápido. Se diseñan planes de acción, se establecen indicadores para medirse año tras año, se intervienen las normas y las instalaciones y se transforman las comunicaciones y las prácticas. De verdad que es un gran alivio ver que nuestro movimiento puede ser compatible con las grandes empresas y que podemos empezar a abandonar el imaginario de la corporación malvada e inherentemente sexista.

Ahora bien, mi otro gran interés en el feminismo es casi opuesto a la equidad laboral de género, primero, porque es algo que ya sucedió y segundo, porque no se puede solucionar. Es un tema en el que me doy el lujo de decir todo lo que no digo en las empresas (donde debo moderar mi discurso y hablar de “equidad de género” y no de “feminismo”) y en el que además de feminista soy antropóloga y colombiana: se trata de la conquista y la colonización de América.

Este viernes 12 de octubre se celebra el Día de la Raza en Colombia y en varios países de América Latina (y Estados Unidos está en una onda similar, al haber celebrado el Columbus Day este lunes 8 de octubre). Así que compartiré una serie de reflexiones sobre estas fechas, para sugerir no solo la posibilidad sino la necesidad de implementar un enfoque feminista en la historia de la conquista—no porque haya habido mucho feminismo en esta época, sino para adoptar una posición más crítica frente a la manera en la que nos han venido enseñando sobre nuestro pasado.  

Para empezar, consideremos lo que nos contaron en el colegio sobre los conquistadores europeos y más específicamente, sobre el mismísimo Cristóbal Colón. Un hombre visionario, soñador y avanzado para la sociedad retrógrada y medieval en la que vivía, que con telescopio (o brújula o astrolabio) en mano, decidió arriesgar su vida y embarcarse en aguas desconocidas (con La Pinta, la Niña y la Santa María, recitaba yo en el colegio). Pues bien, desde mediados del siglo XX historiadores latinoamericanos han sugerido que este Colón que nos imaginamos es el resultado de interpretaciones posteriores al navegante y no de hechos históricos. Que, por ejemplo, sus motivaciones estaban perfectamente alineadas con las de la Corona Española, pues ambos buscaban “…nuevos territorios abundantes de riquezas naturales para explotar y un mundo idóneo para la evangelización.” Que en sus diarios, el navegante describió los cíclopes y las sirenas que supuestamente iba encontrando en su travesía, pues estaba predispuesto a ver las criaturas descritas en la obra de Plinio el Viejo antes de considerar que podían existir especies de animales aún desconocidas para los europeos. El Colón visionario del que nos enseñaron en el colegio no se parece a este hombre de motivaciones religiosas y creencias medievales; es más parecido al Colón de la biografía del estadounidense Washington Irving, al de la pintura del mexicano José Obregón o al de la película de Ridley Scott, lanzada en 1992 para celebrar 500 años del descubrimiento de América.   

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‘Inspiración de Cristóbal Colón’, por el artista mexicano José María Obregón.

Por todo esto, decir que Colón descubrió América en 1492—una afirmación que a primera vista es correcta e indiscutible—es problemático. No solo reduce el encuentro entre Europa y América a un “descubrimiento”, en el que Europa descubre y América, al ser descubierta, pierde todo tipo de agencia, sino que convierte un complejo proceso histórico en una hazaña individual. ¿Y dónde está el feminismo en todo esto? Que están reduciendo nuestra historia a una serie de actos de individualismo heroico de unos cuantos hombres europeos: primero Colón con América, luego Vasco Núñez de Balboa con el Océano Pacífico y por qué no, Gonzalo Jiménez de Quesada con la fundación de Santa Fe de Bogotá. El etnohistoriador Matthew Restall señala que estos hombres no fueron particularmente excepcionales o heroicos. Más bien fueron los promotores de un ambicioso (y violento) proyecto de expansión, impulsado no por su excepcionalismo, sino por los intereses de las potencias europeas de la época. Algo similar podría decirse del imperialismo del siglo IX, cuando se consolida la filosofía del White Man’s Burden o el deber del hombre blanco de encaminar a las sociedades más atrasadas hacia el progreso. Una vez más se redujo un proceso a los actos heroicos, los esfuerzos civilizadores y los sacrificios de los hombres europeos.

La segunda reflexión tiene que ver con la violencia de la conquista y colonización de América. Según el arqueólogo colombiano Karl Langebaek, la población indígena en lo que hoy en día es Colombia pasó de ser de 8 millones antes de la llegada de los españoles a 1 millón en el año 1550. Aunque muchas de estas muertes fueron provocadas por la exposición a nuevas enfermedades traídas por los europeos, no podemos olvidar las atrocidades cometidas por estos hombres (excepcionales solo por su violencia), quienes según San Bartolomé de las Casas, con “…espadas y lanzas entraban en los pueblos, no dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quien de una cuchillada abría al hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete, o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas.”

Y como en todo proceso histórico violento, hay cabida para hablar de una violencia de género. Ya varios historiadores se han preguntado por la experiencia de las indígenas durante la conquista y han señalado que estas mujeres fueron consideradas como “el otro oro” o “el oro secreto” del nuevo continente. En palabras del académico Abel Posse, “Más que el lugar del oro, América fue el lugar de la libertad sexual. Todas las clases sociales de España (incluidos los eclesiásticos) pronto supieron de esta atracción, del otro oro, que fueron los cuerpos.” Debo agregar que se trató de una libertad sexual sin consentimiento alguno y que resultó en la violaciones de miles de nativas americanas.

Lo importante aquí es recordar que cualquier violación es una relación de poder y no una relación sexual. Por eso no podemos decir que los europeos estaban inevitablemente atraídos por el exotismo y la desnudez de las indígenas o que después de tantos meses en altamar era tan solo entendible que tuvieron la libido disparada. Es más, según el historiador colombiano Gerardo León Guerrero, más que atracción los europeos sentían desprecio por las mujeres nativas, por los pecados que, a sus ojos, estas cometían contra la religión católica (tales como la idolatría, la sodomía y la barbarie). Y que esto no los abstuvo sino que facilitó su violación, al subvalorar y desconocer totalmente su humanidad. Por lo tanto no solo hubo violaciones sin consecuencia alguna, sino que estos actos tuvieron perfecta cabida en el proyecto de civilizar el nuevo continente y la imposición del catolicismo.

La tercera y última reflexión es más bien una invitación. Quiero invitarlas a considerar cómo este tema de la conquista y la colonia puede ser útil para nosotras las feministas latinoamericanas, sin importar el frente en el que trabajemos. Yo creo que es posible que las feministas colombianas que saldrán mañana a defender el derecho al aborto frente al Congreso—o aquellas que como yo impulsan la equidad laboral de género en nuestras empresas—pueden aprender algo importante sobre las reflexiones que he planteado en este artículo: el hecho de que nuestras identidades de género fueron construidas en una pluralidad de contextos (muy distintos, por ejemplo, a los de las feministas norteamericanas) y que como mujeres latinoamericanas debemos promover un feminismo diverso antes de automáticamente replicar los discursos feministas que nos llegan del Norte.

Esto es un debate que se ha dado en la academia desde mediados del siglo XX: las feministas poscoloniales ya han sugerido que si el feminismo se basa en la experiencia de la mujer blanca de clase media norteamericana para entender la experiencia de las mujeres en general, entonces el movimiento es completamente etnocentrista. No obstante, se trata de una discusión que al quedarse en la academia, no se ha visto plasmada en las estrategias de nuestro movimiento. Si no encontramos una manera de practicar (y no predicar) un feminismo de la diversidad, para distintos grupos de mujeres será muy difícil hacer alianzas políticas y construir una verdadera sororidad. Bell Hooks nos cuenta que esto fue exactamente lo que pasó con las feministas negras en la década de los 80s: decidieron construir su propio movimiento desde cero, pues el movimiento feminista que ya existía no las estaba teniendo en cuenta.

Mi intención con estas tres reflexiones era demostrar que es posible (y necesario) entender la historia de la conquista y la colonización de América desde una perspectiva feminista. Es triste, irresponsable y ridículo que en el colegio nos estén enseñando la versión eurocéntrica de nuestra propia historia, pero admito que sería ingenuo de mi parte creer que se pueda lograr una transformación tan profunda en las clases de historia (posiblemente, la clase más aborrecida hasta por los tomadores de decisiones). ¡Pero si no lo vamos a lograr en los colegios sí tenemos que lograrlo en movimientos sociales como el feminismo! Ya saben feministas: si se van de puente este fin de semana, lo mínimo que espero es que se tomen un momento para entender exactamente qué se conmemora el 12 de octubre.

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