¿Es posible ser feminista y estar a dieta?

Mi primera dieta, la dieta de la guatila, la hice cuando tenía catorce años. No sabía qué era la guatila o cuáles eran sus beneficios, solo recuerdo que parecía un aguacate pero más hostil y que cuando la empecé a consumir me dieron calambres en las piernas. Sin embargo nada de esto me detuvo y durante varios meses en las mañanas, antes de irme al colegio, me tomaba un batido de guatila con linaza.

Luego en algún semestre de la universidad hice la dieta del astronauta con mi mamá. Habíamos escuchado “maravillas” sobre esta dieta, es decir, comentarios de dudosa procedencia que convertí en mi credo durante esas eternas semanas en las que los astronautas dictaron mi destino. Fueron semanas en las que mamá y yo consumimos exquisitas preparaciones como un tinto para desayunar y dos huevos duros con zanahoria rayada para almorzar.

Decir que he estado a dieta desde que tengo catorce años sería una exageración porque solo tengo estas dos anécdotas para contar. Pero decir que desde esa edad no ha pasado un solo día en el que no me preocupe por mi peso y por lo que como sería acertado. Y esta declaración no es solo mía: estoy segura que a muchas mujeres nos angustia más la apariencia que la salud de nuestros cuerpos y que esta angustia se agrava con los mensajes tan contradictorios que recibimos a través de medios como las redes sociales. De hamburguesas bañadas en queso y bowls hechos de churros pasamos a vestidos de baño en promoción o aplicaciones para bajar de peso (“esta sí es diferente”, dicen todas). Todo parece indicar que vivimos en un limbo entre el comer para vivir y el vivir para comer.  

Ahora bien, no soy la primera ni seré la última feminista en tratar este asunto de las dietas, los pesos y los cuerpos ideales. Por eso es que antes de hacer mi aporte voy a retomar el trabajo de Susan Bordo, escritora estadounidense y pionera en los estudios culturales del cuerpo. En su libro de 1993 ‘El feminismo, la cultura occidental y el cuerpo’, Bordo señala que la disciplina y normalización del cuerpo femenino es la única opresión de género que se ejerce a sí misma, es decir, que somos las mujeres las que más nos encargamos de juzgar nuestros cuerpos y los de las demás. Entre más lo hacemos, más perpetuamos la idea de que nuestra apariencia nunca será suficientemente buena y que siempre habrá espacio para “mejorar”.  

Otro argumento de Bordo es que, más allá de restringir nuestra alimentación, el ideal al que muchas mujeres aspiramos es no sufrir esta restricción y tener una relación casual con la comida. En otras palabras, una cosa es que reemplacemos el pan de la hamburguesa por dos pedacitos de lechuga, pero el verdadero reto está en que lo hagamos con placer. Esta aspiración está muy relacionada al control, un concepto que para Bordo es muy recurrente en la publicidad para mujeres, en la que el mensaje subyacente es estar en total control de nuestros antojos—o permitirnos un antojo de vez en cuando si consumimos alimentos que no nos engorden tanto (por ejemplo, el “cuídate, no te castigues” de Tosh). Un tema fascinante pero al que no entraré en detalle aquí es que, según Bordo, el descontrol o la indulgencia femenina frente a la comida sí está permitida en la publicidad, siempre y cuando esta se sexualice (un muy claro ejemplo es la marca de paletas Polet).

Con los argumentos de Bordo me pasa lo que siempre me pasa con la teoría feminista: me encanta, me la aprendo y hasta la predico (un saludo especial a las personas que me escuchan o que aparentan hacerlo), pero quedo preocupada por el panorama tan desalentador que las autoras describen. Sus soluciones, si las hay, son difíciles de implementar y usualmente dependen de la destrucción parcial o total del patriarcado. Y aunque es cierto que debemos luchar todos los días para que esto pase, ¿por qué no pensamos en victorias tempranas y beneficios inmediatos? Esta es precisamente mi invitación con esta columna: les voy a contar sobre mi nueva dieta, que es la dieta feminista

Propongo esta dieta porque no me siento cómoda con las dos opciones que tenemos las feministas. La primera opción es perpetuar el problema y perseguir esos estándares de belleza mediante dietas como la de la guatila y la del astronauta (lo cual es poco feminista). La segunda es resistir y adoptar un discurso de aceptación y de amor propio para apreciar nuestros cuerpos como son. Este discurso es muy poderoso porque busca devolverles la confianza a muchas mujeres y adolescentes y le ha permitido al feminismo volverse más mainstream (llegándoles a mujeres que no se identifican como feministas e incluso a marcas de belleza, cuidado personal, entre otras). Pero debo admitir que a mí, feminista, aún me cuesta apreciar mi cuerpo tal y como es y aún quiero cambiarlo. Por eso no estoy en una posición para hablarles del amor propio (como todo en el movimiento feminista, el amor propio es un proceso de aprendizaje, no un momento de revelación); por eso mejor les cuento sobre las dos lecciones de mi dieta feminista.

Para cuerpos distintos, dietas distintos

¿Qué tienen en común la dieta de la guatila y la dieta del astronauta que ya mencioné? Que nunca supe por qué las estaba haciendo o si estas dietas eran las más adecuadas para mí. Cuál era mi peso ideal o cuáles eran mis objetivos son preguntas que no hubiera sido capaz de responder (¿por qué guatilas y astronautas y no sapotes y argonautas?) y esto demuestra lo poco que me preocupé por conocer mi cuerpo antes de someterlo a meses de batidos y semanas de huevo duro.  

En este punto las dietas se parecen mucho a mi profesión. Los antropólogos insistimos que antes que nada, lo más importante es escuchar y entender a las personas y comunidades involucradas en un proyecto. Suena como una estupidez, pero no hay nada más subestimado que la voz de las personas ante los ojos de empresas u organismos que creen que lo han visto y lo saben todo. Llevado a nuestros cuerpos y a nuestras intenciones de perder peso, lo más importante es conocernos para así entender la dieta que más nos conviene. Así que hasta aquí llegaron los tips de revistas y redes sociales. Desentiéndanse de lo que comen sus celebridades e influencers favoritas (aún más teniendo en cuenta que algunas practican dietas ridículas y peligrosas) y de aquellas “maravillas” que les han contado sobre dietas que desconozcan. Visiten a profesionales como nutricionistas a deportólogos para establecer un objetivo sensato y un plan para alcanzarlo. Entienden cuál debería ser el rol de la alimentación y del ejercicio en la dieta que se planteen, entiendan si es cuestión de detener el consumo de ciertas comidas o si más bien es cuestión del tamaño de las porciones o incluso de los horarios para comer.

El punto aquí es que las feministas podemos ponernos a dieta, siempre y cuando nos informemos y lo hagamos desde una posición crítica, en la que no nos dejemos llevar por nuestras redes sociales o las “maravillas” que escuchemos. Todos nuestros cuerpos son distintos y no podemos hablar de una singular dieta que nos de los mismos resultados a todos.

Me preocupo por mi cuerpo y no por el de las demás

Muchas dietas requieren que paremos de consumir ciertos alimentos. En la dieta feminista, en cambio, yo hago una invitación para que paremos de juzgar a las demás mujeres, tanto a las que están a dieta como a las que no. Les pongo un ejemplo: cuando conozco a una mujer que nunca acepta un postre o que vive metida en un gimnasio inmediatamente la tildo de superficial y de potencial enemiga del feminismo. Pero esto no debería ser así y retomo una cita que es muy poderosa en nuestro movimiento: “Una parte importante de ser feminista es darle la libertad a otras mujeres de tomar decisiones que uno no necesariamente tomaría”. Otras mujeres tomarán la decisión de salir del trabajo para el gimnasio, yo en cambio tomé la decisión de aplazar el gimnasio para cuando entregue mi tesis de maestría.    

Esto de dejar a los otros cuerpos en paz tiene dos implicaciones: nunca deberíamos estar en una relación con una persona que nos exija una dieta con la que no estamos de acuerdo. Claro, una cosa es preocuparnos por la salud de nuestra pareja pero otra muy diferente es hacerle una amenaza disfrazada de sugerencia cada vez que se come algo no light. La otra implicación tiene que ver con los desórdenes alimenticios como la anorexia y la obesidad. Debemos parar de tildar a estas personas de inestables, obsesivos y desadaptados y reconocer estos desórdenes por lo que son: enfermedades de salud pública. Las autoridades de salud tienen la responsabilidad de prevenir las condiciones que llevan a estos desórdenes y de reconocer el importante rol de las marcas y de la publicidad.  

Mi intención con estas dos reflexiones era demostrar que es posible estar a dieta sin sacrificar comportamientos feministas. Es cierto que en el feminismo el discurso del amor propio y de apreciar nuestros cuerpos va muy bien, pero también es cierto que puede y debe haber amor propio en el cambio (es decir, si decidimos empezar una dieta, hacerlo completamente informadas y partiendo de que amamos nuestros cuerpos, no de que los odiamos). Además, para mi el feminismo es una herramienta para hablar las cosas como son y esto incluye reconocer que incluso si predicamos un discurso de amor propio, hay muchas mujeres (y feministas) que aún se someten a dietas ridículas. ¡Reconozcamos esto y antes de rechazar las dietas en su totalidad consideremos cómo podemos acercarlas al feminismo!

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