“Todas somos bellas”: un dilema del empoderamiento femenino

Hace poco menos de un mes el mundo descubrió una realidad devastadora: hasta las modelos de Victoria’s Secret son panzonas después del embarazo. La asombrosa revelación la hizo Candice Swanepoel, en mi opinión una de las mujeres físicamente más espectaculares que existe. La modelo salió a la playa 12 días después de haber dado a luz a su segundo hijo y el bikini que llevaba puesto revelaba su abdomen inflado y flácido. ¿Cómo podía ser?

La desilusión de su cuerpo perfecto –ese que muestra en sus impactantes apariciones en las pasarelas del Victoria’s Secret Fashion Show– fue tal, que la modelo salió a defenderse en sus redes sociales con un mensaje empoderador: “No tengo que esconder mi barriga porque la sociedad tiene estándares irrealistas para las mujeres. Podemos dar vida, ¿que podemos hacer? Mujeres, estamos juntas en esto, seamos amables entre nosotras”.

Sin embargo, algo de este mensaje no me terminó de convencer. Candice Swanepoel, una sudafricana rubia, alta, blanca, de ojos azules, dueña de una figura fascinante (abdomen plano sin ser demasiado marcado, cintura pequeña, nalgas perfectamente redondas y paradas, sin una gota de celulitis y piernas interminables), se estaba quejando de los estándares de belleza que la sociedad le impone a las mujeres. Candice, una mujer que encaja perfectamente en el estándar de belleza que la sociedad le impone a las mujeres, se estaba quejando de los estándares de belleza que la sociedad le impone a las mujeres. O mejor aún, Candice, la imagen del tipo de cuerpo ideal que la sociedad le impone a las mujeres, se estaba quejando de los estándares de belleza que la sociedad le impone a las mujeres. La contradicción es inevitable.

Ante todo, no quiero decir que el hecho de que Candice sea modelo y su cuerpo sea una locura le impida quejarse del “body shaming”, como se le ha denominado en las redes al hecho de señalar el cuerpo de una mujer con el ánimo de avergonzarla por no parecerse al cuerpo bello estándar. Pero ser así tampoco le impide a Candice, ni a todas las modelos, cantantes, actrices o influenciadoras bellas del mundo, ser conscientes de las implicaciones de su imagen y su trabajo. Candice ha hecho su plata gracias a que el mundo opera bajo un sistema que le exige a las mujeres ser bellas para el ojo masculino. Candice tuvo la suerte de nacer en un cuerpo que encaja perfectamente en lo que busca ese ojo masculino y su imagen sirve para mostrarle a las mujeres a lo que deben aspirar (y Candice gana mucho $$ por eso). Como es natural, esto termina excluyendo otros tipos de cuerpos dentro de lo que se considera “bello”, y por consiguiente, creando inseguridades en las mujeres que llegan al punto de hacer que se suiciden. Que Candice haga todo esto de forma consciente es algo que no puedo afirmar. Pero su contribución en el problema es innegable.

Una compañera de Candice, la deslumbrante modelo brasileña Adriana Lima, cayó en cuenta del sufrimiento que su imagen generaba en otras mujeres y decidió no volver a quitarse la ropa, salvo que fuera por alguna causa. De allí en adelante, sus fotos son sobre todo con su familia y practicando boxeo, pero no tanto de sus sesiones de fotos en ropa íntima ni de su cuerpo en bikini. Aunque celebré en su momento que lo hiciera, esta tampoco me pareció una solución ideal. Esconder el cuerpo femenino y sentir culpa de ser bello, así sea para la mirada masculina, no me parece especialmente liberador. Además, sería injusto desconocer el sufrimiento que estas mismas modelos pasan por cuenta del mismo sistema que las celebra. Cameron Russell, otra modelo de Victoria’s Secret, cuenta en un Ted Talk que el tener que fijarse todos los días en su cuerpo le genera a ella y a varias modelos muchas inseguridades y las hace infelices. Asimismo, por ser modelos, estas mujeres son rechazadas más enfáticamente cuando deciden usar su voz para criticar su entorno y se salen del rol de maniquíes, que solo están para ser vistas y no escuchadas.

La industria del modelaje, tal vez por la resonancia del feminismo en esta era del #MeToo, ha comenzado a incluir mujeres de otros tipos de cuerpos. Las semanas de la moda de febrero de este año tuvieron una notable participación de mujeres negras. Una de ellas, Winnie Harlow, sufre de vitiligo y su imagen es símbolo de aceptación para mujeres que padecen enfermedades visibles en la piel. Por otro lado, Ashley Graham, una modelo “de tallas grandes”, fue protagonista en las pasarelas de diseñadores como Michael Kors y Prabal Gurung (no es que fueran muchos tampoco). Estas mujeres están abriendo la puerta del cuarto oscuro y estrecho de lo que la mirada masculina ha denominado “lo bello”, justamente para iluminarlo, ampliarlo y redefinirlo.

Y aunque esta tal vez puede ser una solución aceptable, también me genera dudas. La lucha porque no haya un estándar de cuerpo ideal y porque la belleza incluya también mujeres no blancas, altas, delgadas y rubias, puede tener un efecto contrario a la liberación femenina si no se promueve con cierto cuidado. Creo que hacer tanto énfasis en la belleza puede terminar reforzando la idea de que el valor de las mujeres está en la belleza, y de ahí la necesidad de buscar la forma de que más mujeres quepan en ella. Además de luchar para que nos vean bellas a todas, y no solo a las blancas, altas, delgadas y rubias, también deberíamos estar luchando porque no nos exijan ser bellas para ser valoradas.

Siempre he tenido mucho recelo de frases como “todas las mujeres son bellas”. Entiendo que muchas mujeres –la gran mayoría, para ser más exacta– sienten profundas inseguridades con su cuerpo y promover la idea de que su cuerpo es bello a pesar de lo que diga la sociedad es una forma de empoderarlas. Sin embargo, para mi esa frase es una mentira. Ante mis ojos, y estoy segura que ante los ojos de muchxs, algunas mujeres son físicamente bellas y otras no. Y creo que es un problema que nos parezca mal aceptar eso. ¿Qué tiene de malo no ser bello? La belleza no es la única fuente de poder de una mujer. La belleza es una de las tantas características que puede tener una mujer y no nacer con ella no debería ser un problema porque siempre habrá otras cualidades valiosas con las que habremos nacido: una voz melodiosa, un talento para la pintura, una mente dotada para las ciencias duras o un don para enseñar, entre tantas otras. De manera que querer empoderar mujeres a punta de decirles que son bellas, anulando nuestros propios juicios estéticos, puede terminar por debilitar esa consigna feminista que busca mostrar que las mujeres no valemos solamente por nuestra apariencia.

Quisiera terminar con una fórmula perfecta para balancear el modelaje, el culto a la belleza y el feminismo, pero no la tengo. Y si hay algo que me impide llegar a ella de forma transparente es que me fascina el Victoria’s Secret Fashion Show, me fascina Candice Swanepoel y me fascina Emily Ratajkowski y su feminismo que reivindica el deseo sexual femenino precisamente a través del modelaje. Acepto que tengo una debilidad por la industria de la moda y el modelaje y por eso quiero evitar a toda costa caer en la satanización de la profesión. Especialmente porque el modelaje ha sido también una plataforma de lucha que mujeres como Ashley Graham o Emily Ratajkowski han reclamado para incorporar la mirada femenina en la definición de lo que es la belleza o para reivindicar la sexualidad femenina. Invalidar su lucha me partiría el corazón.

Así pues, en vez de terminar esta columna con una respuesta, la termino sembrando preguntas. ¿Cual debería ser el aporte de las mujeres “bellas” en la liberación de las mujeres? ¿Cómo promovemos el valor de las mujeres desde focos distintos a la belleza, sin caer en la fiscalización de la voluntad de las mujeres que deciden sacarle plata al haber nacido bellas? Las respuestas pueden ser varias, pero cualquiera que le impida a las mujeres hacer lo que su voluntad les dicte no puede tener cabida dentro de esta discusión.

 

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