Carta de una feminista furiosa a los escépticos

Por: SinturaConEse

Querido escéptico:

Tu sabes quien eres. Nos hemos encontrado varias veces en la vida y sueles cambiar de cara cada día. Has sido mi novio y mi ex, mi amigo (con derechos y también sin ellos), mi amiga del colegio que me quiere a pesar de lo que pienso, y de lo que digo y cómo lo digo. Te has presentado con la cara de mi papá, de mi hermano, de mi tío y de varios de mis primos y no menos veces como amiga de mi mamá o mamá de alguna de mis amigas. Y a veces no tienes cara y te me presentas como comentario en este blog o en mis redes sociales. Te escribo por que a pesar de las muchas veces en que solo me has visto como una feminista excéntrica, resentida o demasiado ruda para poder hablar conmigo sobre feminismo, también en algún momento y con varios niveles de interés, has hecho evidente al menos algún indicio de querer comprender esta causa que he tomado como bandera.

Para comenzar, te pido que consideres una escena que se seguro has protagonizado y, si no, que sin duda has visto desarrollarse frente a tus ojos: una pareja (de novios, de esposos, de amigos, de hermanos)  se enfrascan en una pelea a gritos. Cada uno cree tener la razón y no escucha las razones del otro. Desde la rabia es imposible hacerse escuchar pero también escuchar a los demás. No es una revelación nueva y mucho menos una conclusión difícil. Cualquiera que haya sentido la ira de sentirse ultrajado, ofendido, contrariado o menospreciado sabe lo que se siente: el cerebro como que se nubla, las extremidades se tensan y la visión se reduce a los 90 grados en los que se enfoca. Y esa “visión de túnel” no es solo literal sino también figurada: solo vemos lo que queremos ver y como en un túnel con eco solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Todo esto lo sé. Y, sin embargo, soy una defensora acérrima del feminismo furioso.  Primero, porque es desde de la ira que ejerzo mi feminismo y porque estoy convencida de que mi capacidad de sentirla está íntimamente ligada a mi capacidad de empatizar con quienes no son tan privilegiados como yo. De no ser porque me hierve la sangre por todas las injusticias que padecen las mujeres, especialmente las que no tienen todas las oportunidades que tengo yo, pues no estaría metida en este cuento. Mi vida es demasiado cómoda y meterme a pelear no solo por lo que me pasa a mí sino por lo que le pasa a mujeres que ni conozco sería demasiado fácil. Pero descubrí que todas esas pequeñas cosas que me suceden a diario – el acoso en el espacio público, la infantilización en espacios profesionales, las limitaciones que no padecen los hombres, la percepción de la mujer como objeto, la conceptualización de lo femenino como débil y sumiso, etc, etc, etc, – hacen parte de un sistema que nace ahí y se reproduce hasta llegar a consecuencias devastadoras para todas las mujeres, especialmente para las más vulnerables. Y una vez abrí los ojos ante esa realidad ya no había vuelta atrás: me había convertido, de una vez y para siempre, en una feminista irremediablemente furiosa.

Y segundo, defiendo el feminismo que se ejerce desde la rabia porque me he dado cuenta de que ese miedo que se siente ante la ira de la mujer no es más que un reflejo del miedo que se siente de que la mujer se salga de su rol asignado: un rol maternal, de cuidado, entrega, negación de sí misma y, sobre todo, de sumisión. En pocas palabras, la historia del miedo ante la rabia femenina es la historia de la opresión femenina. Me gustaría, querido escéptico, que leyeras las historias de las mujeres que fueron tachadas de histéricas o locas, y remitidas a manicomios en que las drogaban hasta la inconsciencia, porque se atrevían a hacer o decir lo que no les estaba permitido.O las historias de las brujas que murieron en la hoguera porque decidieron combatir, abierta o clandestinamente, las injusticias que les imponían a las mujeres de su época. Y ni qué decir de la satanización de las mujeres que se atrevieron a reclamar derechos que hoy muy pocos se atreven a cuestionar: los derechos de las mujeres a votar, a la anticoncepción, a la propiedad privada, al divorcio.

Así se caricaturizó a las sufragistas, mujeres que se organizaron y lucharon por obtener el derecho al voto para las mujeres.

¿Cómo es posible, entonces, que defienda la ira feminista si soy plenamente consciente que desde la ira es imposible entablar una comunicación efectiva? Pues, sencillo. Porque reconozco que, como todas las personas, las feministas somos seres humanos únicos, cada una viviendo y habitando su propio proceso en esta lucha, y cada una capaz de experimentar más de un sentimiento en toda su vida.

¿Qué quiero decir con esto? Volvamos al ejemplo del principio: si este par de iracundos, después de tener la oportunidad de ventilar su rabia con suficiencia, luego decide que es mejor calmarse y hablar las cosas en otro momento, ¿qué pasa? No soy bruja (o sí, un poquito, pero no de las que adivina el futuro) pero me atrevería a decir que, con un poco de calma y mucho de reflexión, cada uno de los sujetos en cuestión es capaz de entender en dónde falló, por qué la otra persona se puso como se puso y qué puede hacer para remediarlo. Y me atrevo también a afirmar que esa es la base de la buena comunicación entre individuos: primero, no negarle al otro la oportunidad de hacer evidentes su sentimientos y, segundo, una vez esto ha sucedido, buscar la oportunidad de una comunicación y negociación posterior.

Y así me caricaturizan a mi hoy en día. A veces, avalados por tu escepticismo.

Quienes nos caracterizan como unas histéricas, gritonas, odia–hombres solo buscan una caricaturización falaz, reduccionista y silenciadora. Quieren que todos aquellos que, acostumbrados a la sumisión de las mujeres y alimentados por siglos de satanización de las mujeres que no son como la sociedad les dicta que deben ser, se incomoden con nuestra furia y piensen: “todas las feministas son unas locas y siempre están enardecidas. Por lo tanto, todo lo que dicen es falso o, aún si no lo es, pues no lo quiero escuchar”. Esa generalización incluye, además, una fiscalización del tono y una negación de nuestro derecho a sentirnos y mostrarnos indignadas frente a lo que nos afecta. Pero además es esa caricatura, que en un mundo machista aceptamos con tanta facilidad, la que en realidad está impidiendo la posibilidad de una comunicación o una conversación, no la rabia en sí misma. 

Para ser un poco más clara en mi argumento te pido que consideres lo siguiente: si alguna vez ha estado frente a una mujer (que probablemente he sido yo) que se emputa contigo cuando haces o dices algo o cuando le haces una pregunta relativa al género, entiendo y me parece justificado que te sientas ofendido e indispuesto a considerar el contenido de lo que te está diciendo, por la forma en que te lo dice. Lo que encuentro imperdonable es que ante este hecho dejes aflorar todo tu escepticismo, te rindas, bajes los brazos y tengas la osadía de decir: “yo lo intenté pero es que con ustedes no se puede”. ¿Tienes UNA o UNAS POCAS feministas al frente y con eso te basta para decir que CON TODAS es imposible entablar una conversación? Y lo que me resulta aún más indignante, ¿te parece absolutamente inconcebible que una mujer se empute cuando te habla de las mil y una injusticias que vive día a día mientras la miras con cara de “no sé si creerte”?

Pero, además, piensa en esto: ¿cuando te sientes enfermo te quedas con el diagnóstico del médico que no supo decirte qué pasa y te manda a la casa sin solución? Supongo que no. Entonces, no es coherente que digas que te interesa la justicia de género o que tienes una intención real por entender los reclamos de las feministas si sales huyendo y apuntando tu dedo acusador (o, aún sin apuntarme, hablas a mis espaldas de mis malas maneras, de mi furia desproporcionada o de mi incorregible forma de ser).

En pocas palabras, las feministas somos muchas, y somos personas que cambian, aprenden, viven y sienten cosas diferentes cada día. Algunas podemos hablar con más pausa, tranquilidad y coherencia sobre ciertos temas mientras otros solamente nos sacan de casillas, porque son los que llevamos más cerca al corazón o los hemos vivido en carne propia. Siempre habrá otras que puedan comunicar algunos asuntos mejor que yo, mientras puedo ser yo quien hable con pausa y sin recriminaciones sobre otros en los que ellas no logren controlar sus emociones. Sumémosle a esto que puede que tengamos días buenos y días malos y que, como las situaciones que nos enfurecen son cosa de todos los días, es posible que nos hayas cogido en uno de los segundos y no de los primeros.

Y, por último, considera que nunca antes en la historia de la humanidad hemos tenido tanta información y tanto contacto con el universo a nuestro alcance desde diminutos dispositivos que cargamos en el bolsillo siempre. Por este motivo, las feministas también damos por cierto que nuestros interlocutores son capaces de educarse, informarse, cambiar y aprender como lo hemos hecho nosotras. Asumimos que nuestros argumentos, actitudes y, sí, nuestra rabia, pueden provocar en los demás – en tí– un interés por informarse, aclarar algún punto, y buscar otros testimonios tal vez más acordes con tus expectativas o gustos particulares frente a la forma y el tono. Si algo de lo que decimos no parece evidente, claro, justificado o suficientemente desarrollado, no está de más darnos el beneficio de la duda y consultar con el buen amigo Google. Las feministas queremos denunciar, suscitar reflexiones e instar al cambio, pero no todas tenemos vocación de maternal profesora de primaria y pedirnos que lo seamos a cambio de no invalidar nuestros reclamos es solo una injusticia que se suma a las que ya nos toca vivir .

Entonces, para poder decir que tu compromiso por entenderme es sincero, que te interesa realmente la justicia de género, que has buscado una empatía concreta y auténtica conmigo y con otras como yo, que realmente quieres superar las taras machistas que nos inculcaron a todos y cada uno de nosotros, tienes que: 1) darme a mí y a todas las demás feministas la oportunidad de expresar nuestra furia (que bien justificada está) y procurar iniciar una o varias conversaciones posteriores, ya en calma, sin juicios, silenciamientos o acusaciones por sentir lo que sentimos , 2) hacer un esfuerzo propio y no esperar que quien denuncia también te dé todo masticado y además tenga la paciencia de hacer figuras de plastilina y, 3) tener más de una feminista en tu vida, por aquello del diagnóstico de confirmación. No es difícil. Si no te convenzo yo, tan solo en este blog ya puedes consultar a otras seis.

 

La ilustración que acompaña esta carta es obra de nuestra colaboradora Luisa Maria Cardona (@luisamariafotogr).

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