Los animales también son sujetos del feminismo

Durante el debate reciente sobre el aborto en Argentina, una diputada comparó el embarazo de una mujer con el embarazo de una perra. Dijo que, aún cuando es indeseado que una perra quede embarazada, los dueños nunca llevan a la perra al veterinario a buscar un aborto. Lo que sí hacen es apresurarse a buscar familias para los cachorritos. Esta comparación, según ella, sirve para ejemplificar lo que deberían hacer las mujeres humanas cuando quedan embarazadas: en ninguna circunstancia  abortar. Si es el caso, buscar familias adoptivas.

Del lado de los diputados pro-aborto la comparación causó muchísimo malestar e indignación. Es que precisamente acá no estamos hablando del cuerpo de una perra, sino del cuerpo de un ser humano. Es que lo que estamos tratando de decir es que la mujer es humana, y como humana debe tener derecho de autonomía sobre su propio cuerpo. Es que precisamente queremos que el aborto sea un derecho para eso, para que su cuerpo deje de tener el status legal de una cosa, para alcanzar al fin el status de persona.

Yo soy la primera en enfurecerme con esta visión de la mujer como una incubadora que no puede tomar decisiones sobre su cuerpo y su vida. Pero quiero invitarlos a mirar más de cerca la comparación entre la perra y la humana. ¿Qué hay detrás de la indignación tan profunda que nos provoca esta comparación? ¿Es realmente tan diferente el cuerpo de una perra al cuerpo de una humana?

En todo caso, dentro de una sociedad patriarcal vemos el cuerpo de las mujeres y el cuerpo de las perras de forma muy similar. Por un lado, entendemos el cuerpo de las mujeres y de los animales en oposición al cuerpo de los hombres. El cuerpo de una mujer es el cuerpo con ausencia de pene. El cuerpo de un animal es un cuerpo que no es de humano. Y para algunos la diferenciación es más profunda. El cuerpo del hombre es aquel que es sujeto, los otros cuerpos son objetos.

Dentro de esta lógica, el cuerpo de la mujer y de los animales se mira desde el provecho que se puede sacar de él. Su valor depende de su utilidad en términos de beneficios, frutos o de placer. Los animales son no en su individualidad sino en su utilidad para los humanos. Y el cuerpo femenino también lo concebimos en términos de su valor. Su valor para generar placer. Su capacidad de reproducción.

Es normal cuando vemos la forma en la que tratamos a los animales –como si existieran para nuestro provecho– que nos indignemos con que nos comparen con ellos. Pero tenemos que entender que la comparación no está tan alejada de nuestra realidad. Es el caso, por ejemplo de Alek Minassian, el hombre que mató a diez personas (la mayoría mujeres) en Toronto en nombre de la “rebelión incel”. La lógica detrás de sus acciones puede ser resumida así: las mujeres existen para complacerme sexualmente. Dado que estas mujeres no quieren tener relaciones sexuales conmigo, ya no están cumpliendo su fin y en consecuencia debo eliminarlas.

¿Se dan cuenta lo similar que es esta lógica a la que usamos con los animales? Hacemos nacer decenas de miles de animales para que nos den leche, huevos, y carne. Los hacemos vivir en condiciones repugnantes para minimizar nuestros costos y maximizar su utilidad. Y una vez ésta empieza a disminuir, nos deshacemos de ellos. Miren tan solo las diferencias entre la expectativa de vida de los animales de granja y sus promedios de vida actual. Una vaca puede vivir entre 20 y 25 años, pero las vacas en la industria de producción de carne viven en promedio apenas 7 años. Una vez dejan de ser útiles para la producción de leche, para la reproducción, o para el consumo humano, las mandamos al matadero. Santo Tomás de Aquino expresó esto en sus propias palabras cuando dijo que los animales existen por el bien de los humanos, no por su propio bien, y por lo tanto no está mal usarlos, ya sea matándolos o de cualquier otra forma.

Cuando caemos en cuenta de lo similar que tratan el patriarcado y el capitalismo  a las mujeres y a los animales no humanos tenemos dos opciones. La primera es hacer todo lo posible por diferenciar a las mujeres de cualquier otro animal para poder parecernos más al hombre. Es una estrategia similar a la que usaron algunas sufragistas americanas blancas frente a los activistas negros que reclamaban también el derecho al voto. Ante la posibilidad de que reclamar el mismo derecho las aproximara al estatus del hombre y la mujer negra, muchas sufragistas adoptaron slogans abiertamente racistas e incluso defendieron que se les negara el voto a los afroamericanos. La segunda opción es la de igualarnos por lo alto. La de entender que nuestra sumisión es compartida, es el síntoma y consecuencia de un mismo mal. Y que nuestras liberaciones están ligadas.

Mi objetivo es que nos demos cuenta que la diferenciación humano-animal, que parece tan intuitiva, tan lógica, es tanto una construcción social como la diferenciación hombre-mujer. La ciencia no ha podido encontrar el elemento que hace de los humanos un animal diferente, o aparte de los otros animales. Cada vez que pensamos saber la respuesta (es el lenguaje, la concepción de justicia, la conciencia, la política, el hecho de tener actividades económicas, etc.,) la ciencia descubre ejemplos de estos mismos elementos en el mundo animal. La diferencia humano-animal es una cuestión de grado y no de tipo. Pero debemos ser conscientes que nuestros intentos por encontrar aquello que nos diferencia de los animales también ha servido para justificar la dominación del hombre sobre la mujer.

La visión del mundo como una jerarquía de especies donde aquellas en los escalones más bajo deben servir a aquellas que se encuentran más arriba debería preocuparnos a todas las feministas. El humano puede estar en el tope de esta pirámide, pero no como una entidad neutra. Dentro de la especie humana la ciencia y la sociedad también ha impuesto escalones. El más alto ocupado por este hombre, blanco, heterosexual, sin discapacidad. Y más abajo el resto, en orden de la utilidad y valor que necesariamente imponemos a los cuerpos en las sociedades capitalistas, dependiendo de cuánto podemos servir y aportar.

En otras palabras la lógica de la dominación patriarcal de las mujeres es análoga a la lógica de la dominación sobre los animales. En ambos casos estamos dentro de un paradigma binario de dominación-subordinación. De un lado tenemos a los humanos, los hombres, los blancos, los heterosexuales y del otro a los animales, las mujeres, las personas de color, los homosexuales, etc. Si las feministas queremos destruir este binario de dominación, si nuestro fin último es la eliminación completa de este binario sexo/género que nos condena eternamente a una relación de subordinación, entonces lógicamente tenemos que cuestionarnos también sobre el binario humano/animal. La situación de los animales debe ser tan importante para el feminismo como la situación de las mujeres negras, indígenas, pobres, lesbianas, con discapacidad etc. Nuestro trato de los animales es un síntoma de nuestras jerarquías sociales. Y parafraseando  las palabras de Audre Lorde, me atrevo a decir que las mujeres no seremos libres mientras los animales no humanos no sean libres, aún cuando sus cadenas sean muy diferentes de las nuestras.

¿Qué podemos hacer entonces? Para empezar, interesarnos por el trato que le damos a los animales. Aprender sobre cómo se trata a los animales para satisfacer nuestra demanda de carne, huevos, leche, cuero etc. Aprender a comer vegano o vegetariano. Dejar de consumir productos que requieren el maltrato o esclavitud animal. Aprender sobre todos los productos de nuestra vida cotidiana que se desarrollan y prueban en animales. Dejar de utilizar todos lo productos que contaminan los ecosistemas. Y cuestionarnos todo el tiempo sobre esa idea tan perversa de que el planeta tierra y sus criaturas existen por y para nosotras. Un feminismo realmente interseccional tiene que preocuparse no solo por la suerte de las mujeres humanas, sino de todas las demás criaturas objeto de dominación.

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