Feliz día del Padre: una carta abierta sobre mi papá

Ha habido tres momentos en mi vida donde me he considerado una mala hija.

El primero, hace ya un par de años, fue cuando estaba en primero y me iba tirando el año por vaga. Me daba una pereza infinita hacer tareas. Y no era porque no entendiera lo que veía y postergaba lo inevitable, sino que consideraba que jugar con mis vecinas o ver televisión era mucho más divertido. Me acuerdo cuando en la entrega de notas de mitad de año mi directora de grupo (Lili, siempre vas a ser de mis profesoras favoritas), y mis papás me sentaron porque iba perdiendo el año y me cuestionaron porque no solo debía ser inteligente sino también debía aprovechar mis capacidades y tener disciplina. Claramente duré castigada sin poder ver ni ‘Ruggrats’ por tres meses mientras subían mis notas. Pero fue la cara de decepción, porque esperaban más de mí, la que me marcó en ese momento.

Es misma cara me la volví a encontrar en sexto/séptimo. Esta vez no porque estuviera dejando de lado mis responsabilidades académicas (aunque todavía me seguía dando pereza infinita hacer tareas), sino porque “me había escapado” con una amiga. Este siempre lo voy a desmentir porque realmente no me escapé. Para todos los lectores, estaba en el Parque de la 93 y fuimos a Atlantis a recoger a una amiga para volver al Parque (de verdad, que cantidad de maldad en este hecho). Pero para mi desfortuna me encontré en la entrada de Atlantis con mi hermana, quién me dijo estas famosas palabras que nunca se me van a olvidar: “los llamas tú y les dices, o los llamo yo y les digo”. Bajo el gran espectro de posibilidades que me dio me tocó llamar a mis papás, devolverme corriendo a mi casa (evitar que me robaran en el proceso), y encontrarme nuevamente con las palabras que más le duelen a cualquier hijo escuchar: “estoy decepcionado de ti”.

Esta frase me la encontré nuevamente en mi vida hace un par de meses. Pero esta vez, de verdad, la cagué. La cagué con mis papás y la cagué conmigo misma, porque no fui fiel a lo que yo creía. Los hechos esta vez no importan, pero quiero que sepan que esta vez fue la que más me dolió.

Uno nunca se acostumbra a oír estas palabras, y menos cuando vienen de la mano con realidades que uno no quiere enfrentar de uno mismo. Y porque por primera vez se que mis papás realmente no están de acuerdo con muchas de las cosas que yo hago y digo, pero que no las hago por rebelde sino porque creo que están bien. En su mayoría. Y esto duele. Más viniendo de mi papá.

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Mi todo, mi familia. Y yo, con déficit de atención.

Yo tengo un papá fuera de este mundo al que admiro y respeto profundamente. Mi papá siempre me ha alentando a crecer intelectualmente y me apoya en mis luchas feministas. Por ejemplo, justo en estos días puse a mis papás a ver “Yo no soy un hombre fácil” en Netflix. No habían pasado ni 20 minutos de la película para el primer comentario de mi mamá: ¿a ti de verdad te gusta esto? ¿Por qué lo estamos viendo? Pero mi papá no es así. A los cinco minutos de la película se estaba riendo tanto como yo y hablábamos de los estereotipos de roles que tanto ridiculizan en la película. Mi papá fue el que me mostró los escritos de Marvel Moreno, y se siente orgulloso cada vez que menciono que soy una mujer independiente.

A mi papá, el que me apoya incondicionalmente, le he fallado. No solo he fallado porque no he vivido conforme a sus expectativas y valores. También le he fallado por lo mucho que me cuesta explicarle mis propias expectativas y valores. Por esto, nuevamente, me siento como una mala hija.

Me da pánico pensar en el día que me siente con él a contarle que no estoy de acuerdo con todo lo que él me ha enseñado, y que algunas cosas por las que lucho están en contra de las cosas en las que él cree. Me da pánico imaginarme como su cara iría cambiando a medida que le cuente que no quiero lo mismo que él planeaba para mi vida, o más bien, no de la misma manera que él las vivió. Me da pánico vivir con la frase “estoy decepcionado de ti” para siempre. Y sé que ésta es mi falla más grande, pues como diría él “yo la crié para que tome decisiones, así yo no esté de acuerdo con ellas”.

No es que esté en contra de lo que me han enseñado, es que quiero más cosas y diferentes. Sé que ha sido el mejor papá que puede ser: él se ha esforzado por darme lo mejor y por enseñarme lo que está bien y lo que está mal. Él se ha esforzado por siempre proveer para la casa y por estar fuerte cuando las cosas se han puesto difíciles. Pero también creo que muchas de las cosas que le han enseñado sobre ser hombre juegan en su contra. Me duele verlo pelear y sufrir solo, porque los hombres “machos” no muestran emociones. Me choca cuando considera que se está pareciendo a una vieja porque se queda en la casa y es él quien cocina la comida. Me duele cuando carga en mi mamá todas las tareas del hogar.

Pero, ¿cómo le explico que cada vez que trato de debatir sobre alguno de estos temas se me hace un nudo en la garganta y me dan ganas de llorar? Porque por más fuerte que quiera ser, por más que crea que hay situaciones que toca cambiar, por más valiente peleando y viviendo mis ideales, él siempre será mi papá y ocupa un lugar importante en mi vida.  Esta es y será una de las debilidades más grandes que tengo como feminista: el miedo a perder la aprobación de mis papás.

Se que este año no ha sido el mejor para nosotros. Para mi ha sido un año de crecimiento y de reafirmarme quién soy como persona. Para él, ha sido un año en el que le he decepcionado y le he mostrado un lado de mi que no conocía y que estoy segura no está orgulloso pues no lo comparte. Al declararme feminista he tomado la bandera de luchas que mi papá no apoya, y que se está directamente en contra de sus creencias fundamentales.

Pero en la mitad de mi miedo y mis inseguridades me di cuenta que ha sido esta misma decepción la que me dio la oportunidad de que me conocieran mejor, de ser más honesta con ellos y conmigo, y de cuestionarme frente a lo que hago. La posibilidad de cagarla con mi papá me ha enseñado a mi sobre mis valores y sobre las cosas que estoy dispuesta a luchar por encima de todo. Me ha hecho una persona más integra y por tanto una feminista más asidua. Me di cuenta que ser una mala hija no es haberla embarrado, sino reconocerme a mi misma como persona y autodefinir mis valores con las herramientas que mis papás me brindaron.

Por esto, mi columna de hoy es para mi papá. Para decirle lo mucho que me ha impactado y reconocer que lo que soy hoy es por él. Mi papá me enseñó a pensar por mí, pero también por los demás. A ser honesta y objetiva sin dejar de lado los que me rodean. Me enseñó a tomar decisiones difíciles, y sobre todo, a estar firme en mis principios en situaciones difíciles. Por eso se que aunque él no esté de acuerdo conmigo en todo lo que hago y digo, me respeta a mi y a mis opiniones profundamente.

 

Mi papá es mi héroe, y aunque suene contradictorio, espero decepcionarlo otra vez. Honrarlo es convertirme en la mujer que quiero ser.

 

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