De cómo #MeToo acabó con el coqueteo

Desde el gran momento de #MeToo y #TimesUp en los Globos de Oro, muchos (y muchas) ven venir el fin del coqueteo entre hombres y mujeres. Esto hizo Antonio Caballero en su columna en El Espectador en diciembre del año pasado, en la que señaló que tocar el culo o pellizcar una teta es una grosería, una vulgaridad, una falta de decoro sexual, pero no un abuso. Mientras tanto, en Francia, unas cien personalidades mujeres francesas rechazaron a Time’s Up por ser un movimiento de “puritanismo sexual”, desde el que se predica el odio hacia los hombres, pues “la violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un delito, y también la galantería no es una agresión machista”.

Si bien este movimiento surgió a partir de las denuncias de artistas de Hollywood sobre un tipo que bien puede definirse como un depredador sexual, toda la ola de denuncias que le siguieron presentan casos menos escandalizantes que el de Harvey Weinstein. Un caso para ejemplificar este punto es el de Aziz Ansari, el actor de ascendencia india, protagonista de la serie de comedia estadounidense ‘Master of None’. El portal feminista babe.com publicó la historia de una chica, que utilizó el nombre ‘Grace’, que salió con él y que dice haberse sentido acosada. En resumidas cuentas, la historia es que salieron a cenar, tomaron algo de vino y terminaron en el apartamento de él. Ahí él intentó en repetidas ocasiones tener sexo con ella: la besaba “forzadamente”, se le desnudó, la desnudó y hubo sexo oral. Grace alega que le demostró en repetidas ocasiones que estaba incómoda y él ignoró o no entendió sus señales, hasta que ella le expresó con claridad que quería irse y él no se opuso.

Para muchas personas, este no es un caso de acoso sexual sino la historia de una mala cita, tan común para hombres y mujeres. Estas personas se preguntaban, ¿por qué Grace no le dijo de frente a Ansari que no quería acostarse con él? O, ¿por qué no simplemente se fue de su casa? A esto se suma que Ansari no estaba en una posición de poder frente a Grace. No era su jefe y por tanto su rechazo no implicaba la pérdida de un trabajo o una carrera profesional que la forzaran a decir que sí. Esto muestra lo difícil que es trazar la línea entre el coqueteo y el acoso.

Yo por mi parte, al leer el caso de Ansari no tuve dudas de que allí hubo acoso sexual. Sin embargo, al ver que tanta gente sí tenía dudas al respecto, me puse a pensar no solo en ese caso particular, sino en la forma en que hombres y mujeres interactuamos cuando media la atracción y el deseo. Mi conclusión, que es el propósito de esta columna, es que mucho del coqueteo que sucede entre hombres y mujeres en realidad es acoso, solo que es tan normal y socialmente aceptado que ponerle el rótulo de “acoso” nos parece aberrante. Les cuento mis por qués…

El problema viene de la raíz…

Comencemos por el principio. En general, las formas en que mujeres y hombres interactuamos están fundamentadas en roles de género. Es decir, tanto mujeres como hombres tenemos una serie de conductas y estándares predeterminados por el simple hecho de haber nacido de uno u otro sexo (la #PolaJuliana ya había hablado de esto). Para el caso de las mujeres, nosotras debemos ser delicadas, complacientes, agradables, aspirar a ser bellas y aspirar a tener un hombre al lado, pues en muchos casos, esto último es la fuente principal de la aprobación social (de dónde viene el famoso “se quedó solterona, pobrecita”). Por otro lado, a los hombres les corresponde ser fuertes, rudos, poco sensibles, independientes, los proveedores del hogar, guiados por su apetito sexual tanto que su hombría es directamente proporcional al número de corazones que rompa o vaginas que penetre.

Estos roles de género son el fundamento de los códigos en los que nos comunicamos cuando nos estamos coqueteando. Dicho de otra forma, existen unas reglas en el coqueteo heterosexual que son un fiel reflejo de esos roles de género. Por ejemplo, eso de que el hombre es quien tiene que pagar todo al menos en la primera cita, o que el hombre no puede demostrar demasiado el interés y debe mostrar que tiene muchas de dónde elegir, y que si la mujer no se pone las pilas, se va con otra, nos recuerda que el hombre es el proveedor del hogar y que su valor recae en poder tener muchas mujeres en el historial. O por ejemplo, eso de que la mujer no puede hablar demasiado de ella en una cita para hacerlo sentir a él importante, o que no debe pagar en la primera cita o que no debe exigirle mucho desde el principio para no espantar al tipo, como recomienda la gran “filósofa” y youtuber colombiana Andrea Marmolejo en uno de sus videos, es una muestra del rol establecido para la mujer de ser complaciente para obtener la aprobación de un hombre, que además debe tener plata porque es el proveedor por excelencia.

El resultado de este conjunto de reglas del coqueteo fundamentadas en roles de género preestablecidos es que, de manera general, en el coqueteo las mujeres siempre le apostamos al autosacrificio para complacer al otro, mientras que el hombre solo va en busca de su propio placer sexual para demostrar y alimentar su hombría. Y bajo esta lógica, mujer sacrificada y hombre del descontrolado deseo sexual, frecuentemente rozamos en el acoso.

Y, ¿cómo es que pasamos del coqueteo al acoso?

Para abordar esto me puse a mirar definiciones de acoso, tanto en español como en inglés, pues quería asegurarme de “no estar exagerando”, como me diría Caballero (además de quejosa y puritana). De lo que vi, concluí que el acoso tiene una connotación de persecución o intimidación. El acoso se refiere a aquella insistencia tan reiterada de una persona a otra, que esta última llega a sentirse incómoda o intimidada. Así, lo fundamental en el acoso, como en el abuso, es el consentimiento. El acoso es acoso porque quien recibe la insinuación o propuesta no quiere acceder, y justamente de ignorar, no reconocer o aprovecharse de una posición de poder para no tener que recibir ese “no quiero” es de donde proviene la intimidación y la incomodidad.

Con base en esto, el coqueteo es coqueteo cuando es mutuo o al menos correspondido, donde no hay un “no quiero” que deba ser respetado. Cuando el coqueteo no es correspondido, ya sea porque hay un rechazo expreso o este se desprende de las actuaciones de una persona, seguir insistiendo, desconocer la voluntad de esa persona para obtener lo que se quiere, es precisamente la definición de acoso.

Pues muy sencillo, es solo que digan que no y ya…

No tan rápido. La manifestación del “no quiero” en las mujeres tiene problemas fundamentales que dificultan todavía más el tema. Por un lado, decir que no o poder demostrarlo no es tan sencillo, y aquí sé que los hombres lectores pueden quedar muy desconcertados. Las mujeres, por otro lado, seguramente me entenderán. Es más que normal para una mujer encontrarse en una situación donde a uno no le gusta el man con el que lleva hablando toda la noche, pero igual se nos hace difícil rechazarlo. Esto tiene que ver con dos cosas: la primera es que, de nuevo, las mujeres estamos educadas/entrenadas/socializadas para ser complacientes y no herir el ego masculino. De manera que el rechazo, que sabemos que incomoda al hombre, puede llegar a ser muy difícil de expresar, por lo que pocas veces decimos “no” de forma clara y enfática. Entonces, muchas (muchas, muchas, muchas) veces las mujeres terminamos aguantándonos la insistencia de un tipo que no nos interesa, porque el tipo no entiende el rechazo (¿o sí?) cuando este no es enfático. Y…. he aquí el acoso: una insistencia reiterada no correspondida que termina por incomodarnos.

Lo segundo que explica que sea difícil decir que no es que, en las reglas del coqueteo, si has sido complaciente con un chico por un tiempo, ya no tienes chance de arrepentirte porque si no eres una “calienta huevos”, aprovechada o arribista. Como la chica del caso Ansari: como le aceptó la invitación a salir, le aceptó una comida, una copa de vino y seguir a su casa, entonces estaba obligada a “darle alguito”. Este pensamiento también contribuye a que para las mujeres sea muy complicado decirle que no a las propuestas sexuales de un hombre. Y es por eso que el acoso no parece acoso.

Aclaración importante: Con esto no quiero decir que las mujeres somos unas pobres incapaces de decir que no. Es más, aprovecho para insistir que las mujeres tenemos que aprovechar movimientos como #TimesUp para apropiarnos de nuestra voluntad y hacerla valer. Mi punto es que los hombres deben entender que no es tan sencillo como “si no quiere, que diga que no y ya”.

Pero también hay otro problema fundamental en el “no quiero” de las mujeres. Más allá de que sea difícil para una mujer decir que no, en nuestras reglas de coqueteo, el “no” de una mujer no siempre significa rechazo. Me explico. Según nuestro sistema patriarcal, una mujer que vale la pena es una mujer difícil, con pocos hombres en su historial. Entonces, en el coqueteo, las mujeres debemos hacernos las difíciles y eso implica decir que no, o al menos demostrarlo, aún sin querer. Es por esto que los hombres creen que cuando una mujer muestra desinterés no es porque no quiera, sino porque se está haciendo la difícil. En los casos en que esto sí es así –la mujer rechaza para hacerse la difícil y atraer al hombre–, para mí no hay acoso, porque en últimas en realidad no hay un “no quiero”. Pero en los casos en que las mujeres dicen que no porque de verdad no quieren, toda la insistencia que viene después necesariamente es acoso.

Pero, ¿cómo hago para saber cuándo el no es no y cuándo es un ‘sí pero sígueme insistiendo’?

Al respecto lo primero que voy a decir es no se hagan los pendejos. Los manes son muy inteligentes y saben cuando una vieja en verdad no quiere. Lo que pasa es que son tan egocéntricos que simplemente no les da la gana de aceptar el rechazo y siguen insistiendo –o mejor, acosando– con la excusa de que creen que la vieja solo se está haciendo la difícil (si aquí es capaz de oír mi acento costeño, ¡va bien!). Y déjenme decir algo más, aprovechando que ya me dio coraje. Con campañas como Time’s Up y #MeToo las feministas solo estamos exigiendo algo tan básico como la igualdad en las relaciones sexo-amorosas heterosexuales. Las feministas no somos unas puritanas exageradas totalitaristas por decirle a los hombres que nos están acosando incluso cuando nos están coqueteando. Porque así es. Hombre: muy probablemente usted también ha acosado mujeres cuando cree que les está coqueteando y qué le vamos a hacer. Llamemos las cosas por su nombre.

Y para finalizar en un tono más agradable y más propositivo, lo primero que debo decir es que Time’s Up no está acabando con el coqueteo, sino con las formas machistas del coqueteo. Este movimiento nos invita a reflexionar en cómo podemos reinventarnos el coqueteo para que sea algo sano y delicioso. Y para esto, lo primero que hay que revertir son nuestros horribles roles de género y prejuicios machistas. Dejemos de pensar que una mujer que dice sí cada vez que quiere es una perra. Tal vez así eliminemos la posibilidad de excusar el acoso con el “es que yo pensé que sí quería”. De verdad, por experiencia propia, pasaremos todos mucho más bueno si respetamos la libertad sexual de todos y todas. Y por último, hombres: su deseo sexual merece tanto respeto como la voluntad de las mujeres. Si usted no se cree en la capacidad de entender y aceptar las señales de rechazo de las mujeres, mejor retírese del amor. Por favor y gracias.

Un comentario sobre “De cómo #MeToo acabó con el coqueteo

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: