Inventarnos el amor desde cero

A veces me engaño y pienso que siempre fui feminista. Pero no es verdad. Había en mí un millón de semillas. Y esas semillas tenían ya raíces fuertes. Pero este feminismo, que es hoy la piedra angular de la persona que soy, nació, creció, y se hizo poderoso cuando me rompieron el corazón. Porque fue ahí cuando descubrí que el amor es el espacio más desigual para las relaciones entre un hombre y una mujer. Sí. Más desigual que la política, que el trabajo, que la educación y que los negocios.

Sufrir por amor me llevó a buscar en las palabras de feministas como Beauvoir, Moran, Millet,  Butler y bell hooks el lenguaje para hablar de esa injusticia que intuía, porque la había padecido sin saber nombrarla. Me refiero a ese sentimiento de estar dispuesta a darlo todo por amor. Me refiero a la realización efectiva y literal de ese sentimiento en una relación en la que dejé de ser yo y de pensar en mí y me perdí en ese sacrificio. Me pasó a mí y, también, a demasiadas mujeres que conozco. Y sí, obvio, a algunos hombres también les pasa. Pero el problema es que a las mujeres nos pasa mucho más. Nos pasa casi a todas y, lo que es peor, todo el mundo piensa que es normal que sea así.

Y es que no me estoy refiriendo únicamente a las historias de desamor en las que una mujer se desbarata como piezas de Lego para armarse a gusto y semejanza de su pareja.  O a las relaciones de pareja en las que una mujer está tan alienada que perdona el maltrato verbal, físico y psicólogico de su novio o esposo porque a pesar de todo lo ama y siente que no puede vivir sin él. Me refiero también a todas las mamás que sacrifican su carrera profesional y, cuando no se retiran de su profesión, entonces aceptan un camino menos exitoso o menos exigente, no porque así lo hayan querido o soñado, sino porque creyeron que eso era así por default o porque, de cualquier otro modo, no hubiera sido posible tener una familia. Me refiero a todas las novias que renunciaron a un ascenso porque trasladaron a su novio a otra ciudad y se fueron con él sin pensárselo dos veces. O a la que, con todas las posibilidades de irse a estudiar a Harvard prefirió quedarse en la Universidad de Los Andes para no alejarse de su novio en Bogotá. Y por supuesto, la otra mitad de la historia es siempre la de un hombre que pensó que este sacrificio era normal, que esta anulación de aspiraciones, sueños y futuros es lo que, por naturaleza, hacen las mujeres por amor, que él no está obligando a nadie a nada, aunque él ni por el carajo haría un sacrificio ni medianamente semejante. Y también me refiero a esos pequeños sacrificios que hacemos cada día – callar una opinión que a él le molesta, abandonar una actividad que nos encanta porque es el único momento del día en que él tiene tiempo para estar en pareja, resignarnos a no recibir en el sexo lo mismo que damos – . Sacrificios en todo el sentido de la palabra (y no simples compromisos negociados como nos hacen creer), precisamente porque nos tocan desproporcionadamente a nosotras.

Y no, no es que se me esté saliendo la despechada que llevo dentro. Es que es una verdad incontrovertible que las mujeres entramos a las relaciones amorosas en condición de desventaja y por eso tenemos menos herramientas y capital para exigir lo que nos merecemos. ¿No me creen? Veamos.

Las niñas crecemos en una sociedad en la que todas las narrativas que nos rodean nos comunican: 1) que el amor de pareja es lo más grande a lo que podemos aspirar, y 2) que una mujer que se sacrifica hasta la propia anulación por las personas que ama es la máxima realización de nuestro rol como mujeres. Está en todas las historias de princesas y en todas las telenovelas. Y es la vida de nuestras abuelas, mamás, tías y hermanas. Tanto nuestras heroínas de la página y de la pantalla como las de carne y hueso son mujeres para quienes el amor es su vida entera, mientras que para los hombres de sus vidas (que son también los hombres de las nuestras: abuelos, padres, tíos) el amor, la pareja y la familia son una de muchas prioridades.

Obvio no es que uno le digan: mira, nena, ponte a ti misma siempre de segunda porque la felicidad y la realización de otros está primero y, además, tu máxima realización ocurre cuando seas esposa y madre. Y ya no a todas nos dicen (aunque a muchas, todavía, sí) que primero hay que buscar un buen novio que un buen trabajo porque ya estás en edad de merecer y qué tragedia tú tan inteligente y bonita pero solterona.  Pero en cualquier caso nos lo comunican de formas más sutiles y por lo tanto más efectivas. Cuando niños, como la ira del varón es aceptable pero el escándalo de la mujer no, entonces “préstale el juguete a tu hermanito y deja de hacer pataleta”. Cuando uno se inventa el juego y por ende está en su infantil derecho de mandar, no falta la tía que le dice que no sea mandona que a las niñas mandonas los niños no las quieren (¡o sea esas dos ideas perversas en una misma frase!). Y uno crece y luego quiere jugar a postularse a un doctorado y la mamá de más de una amiga de infancia le dice que si uno se la pasa estudiando a qué hora consigue novio, o que si será que las peladas tan sabelotodo sí consiguen marido o que si te consigues un buen novio y luego te aceptan en una universidad en la porra qué vas a hacer.

Tomado del Instagram de @nagu_cl

Mientras tanto, el hermano siempre consigue el juguete porque a él nadie le dijo que lo más inmundo de este planeta es exigir lo que uno quiere. El primo siempre se sienta en el puesto de adelante en el carro, porque “nena, déjalo que no te cuesta nada” y lo que a uno no le cuesta, él crece creyendo que es suyo por derecho. El novio exige (aunque por medio de una sutil sugerencia, por supuesto) que su novia se vaya a vivir con él mientras estudia su maestría en otro país, porque le parece inconcebible tener que elegir entre amor y carrera pero, además, porque está convencido de que ella sí puede elegir y siempre elegirá lo primero (precisamente por eso se atreve a hacer su exigencia) .

Bueno, y todo esto sucede antes de que uno entienda que no solo se trata de que su máximo cometido en la vida sea conseguir un hombre con quien empezar una familia, sino que lo tiene que conseguir rápido. Porque la edad de merecer para una mujer aparece pronto y dura poco. Porque el valor de la mujer en nuestra sociedad está netamente determinado por la juventud, la belleza y la capacidad para procrear. Cuando uno ya no está joven, bello y con el útero dispuesto, pues ya no es una mujer deseable. En cambio, los hombres siguen mereciendo hasta el día que se mueren, porque a ellos sí los valoramos en otros aspectos más allá del físico: tenemos en cuenta la personalidad, los logros, el humor, la labia y además sabemos que un hombre se puede realizar en mil y un aspectos más allá de la paternidad.

En resumen, el mercado del amor es un mercado entre actores desiguales (y como cualquier mercado se resuelve siempre en favor del más poderoso). Porque con todos estos condicionamientos (casi totalmente inconscientes) con los que llegamos todos a las relaciones de pareja, pues las mujeres tenemos muchos menos elementos con los que negociar. En el fondo, tanto hombres como mujeres, hemos interiorizado que la relación de pareja es más importante para nosotras (ellos siempre tendrán otras cosas y otros espacios en los que realizarse y además más tiempo para consolidar una relación definitiva). Y además, ellos llegan acostumbrados a hacer exigencias y nosotras entrenadas desde la infancia para ceder.

Y agréguenle a esto un elemento más: ¿se han dado cuenta que no solamente es aceptable sino percibido como deseable que una mujer sea menos exitosa, menos inteligente, menos estudiada, menos adinerada, menos experimentada que su pareja, pero que lo contrario se considera casi una aberración? ¿Se dan cuenta que, aunque no exista ninguna superioridad de uno sobre el otro en ningún aspecto, estamos acostumbrados a pensar – ya que esa es la expectativa –, que la mujer siempre trae menos a la relación que el hombre? O que lo que trae es precisamente esa capacidad de entrega, de cuidado y de sacrificio. ¿Nos sorprende, entonces, que el default de todos sea pensar que es ella quien debe ceder ante los gustos, exigencias y necesidades del hombre que es su pareja porque finalmente él es el más importante o el más capaz y ella lo necesita más a él que él a ella para ser feliz?

Tan amargada Sintura, que ve machismo en todos lados y ya vino a tirarse hasta el amor. Que se quede sola para siempre si eso es lo que quiere, pero que no venga acá a jodernos San Valentín.

Tomado del Instagram de @lola.vendetta

En par cositas sí tienen razón: no pienso celebrar nunca San Valentín ni nada que se le parezca. Prefiero donar ambos riñones antes que ponerme un anillo de compromiso (esa bellezurita que para tantos simboliza la promesa de amor eterno y en el que yo solo veo el símbolo del poder económico del varón – como si no tuviera nada más que aportarle a la relación – que además se pone la novia para que el mundo entienda que ya tiene dueño, pero que al novio no le toca usar sino hasta después del matrimonio). Y a todos los hombres que sueñan desde pequeños con un hijo a quién convertir en hincha de su equipo favorito solo puedo ofrecerles un breve romance mientras encuentran a la que sí les va a dar a ese ‘mini-me’ que tanto desean.

Todo eso es cierto. Pero también es cierto que me sueño con un romance tórrido, con una pasión incontrolable y duradera, con encontrar a una persona con quien compartir mi vida hasta que se acabe. Es más. Estoy segura de que creo más en el amor que muchos de ustedes. Estoy en constante conflicto conmigo misma, a ver si de a poquitos le voy ganando a todos esos condicionamientos que me inocularon desde chiquitica. No tengo anillo que lo pruebe, pero me comprometí a nunca volver a amar a nadie más que a mí misma. Y me esfuerzo por mandar al diablo las instituciones y los estereotipos y las reglas sociales y las expectativas y los condicionamientos que hacen que el amor sea una mierda para todos, pero especialmente para nosotras las mujeres.Y todo porque estoy segura de que hay vida y, sobre todo, más y mejor amor más allá de todo eso. Lo que pasa es que no veo fácil encontrar a ese que crea tanto en el amor que esté dispuesto a mandar todo al diablo conmigo, a olvidarnos de todo lo que nos enseñaron e inventarnos el amor desde cero.

2 comentarios sobre “Inventarnos el amor desde cero

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