El Niño Dios no existe… y otras verdades liberadoras

Recuerdo muy bien la forma en que me enteré de que el Niño Dios son los papás. Tenía ocho años y estábamos con mi primo jugando en el cuarto de mi tío menor en la casa de mis abuelos. Empujamos la puerta del clóset y cuando se abrió vimos los regalos que habíamos pedido. Estaba el Furby Baby que yo había descrito con todo detalle en mi carta, y todos los regalos que escribieron o dibujaron en las suyas mi hermano y mis primos. Fue la confirmación final del rumor que repetían algunos niños de mi curso: el Niño Dios son los papás.

Pero en el fondo dudaba, y me dio miedo confrontar a mis papás porque si estaba equivocada, ¿qué tal el Niño Dios no me trajera mis regalos por dejar de creer? Entonces, esperé hasta que pasara Navidad y ya con Furby en mano, le solté la bomba a mi mamá. Así que fue por esta misma época, tal vez hoy mismo hace 19 años, que le dije a mi mamá: “Ya sé que el Niño Dios son los papás, y no me puedes decir que no porque el Furby y los regalos de Felipe, Andrés, Luisa, Juan Pablo, Sergio y Nicolás estaban en el clóset de mi tío Alex desde antes del día de Navidad”. Era una verdad irrefutable, con siete regalos para siete primos como evidencia. Así que mi mamá me contestó con el mismo cuento que tantos otros han debido escuchar: que el Niño Dios es el que nos da todas las oportunidades para que los papás, en su nombre, nos compren lo que le pedimos. Y una máxima: cuidadito con ir a decirle algo a los otros cinco que no habían estado en ese cuarto frente a ese clóset.

Acaté esa máxima cabalmente. Sinceramente, me importaba muy poco dar a conocer el hecho revelado. Había una verdad mucho más grande, mucho más importante y mucho más privada: los papás mienten y yo lo sabía. Me solazaba en ese conocimiento porque implicaba otra verdad igualmente liberadora: los papás no son perfectos y yo, que como muchos otros hermanos mayores crecí con un ánimo exacerbado por complacer e impresionar a los adultos, entendí por fin que mi propia imperfección era aceptable.

En agosto de este año fui a tomarme una cerveza con dos amigas entusadas. Creo que las tres nos identificamos como feministas y, si no, por lo menos nos consideramos mujeres liberadas e independientes. Una de ellas optó por mandar a su ex al mismísimo carajo y superar la tusa en brazos de múltiples conquistas. La otra todavía permanecía en conversaciones cordiales con el causante de su despecho e incluso se debatía ante la posibilidad de acompañarlo a un evento importante que ocurriría un par de meses después. Y confesó sentirse menos empoderada por no ser capaz de hacer lo mismo que la primera. “Es que yo no soy como ustedes,” nos dijo. “Yo quisiera ser así de fuerte, pero no puedo y buscarme otros manes no creo que funcione para mí y me siento muy tonta por eso”.

Me fui a mi casa un poco achantada ese día. Me di cuenta que en el blog que escribo hace ya varios años y en mis redes sociales personales he contribuido a pintar el empoderamiento femenino como un asunto unívoco: las mujeres liberadas y empoderadas son las que hablan duro y de frente, las que se secan las lágrimas una noche y se van de levante a la siguiente, las que no le aguantan ni media a ningún tipo, las que no buscan complacer a nadie más que a ellas mismas. Y había pintado muchas veces el feminismo como una cuestión de perfecta coherencia entre lo que sabemos y leemos y decimos y compartimos, y la manera en que nos comportamos y las decisiones que tomamos.

Desde ese momento empezó a gestarse en mi cabeza la idea de escribir este texto. Pero no lo hice. Temí (y sigo temiendo) que decir este tipo de cosas implique (como estoy segura que sucederá) darle herramientas a las personas que se aferran a las incoherencias y debilidades de las mujeres feministas – sin entender todos los matices que como cualquier ser humano tenemos– para invalidar nuestros argumentos, nuestros reclamos y nuestra lucha.Pero la semana pasada ocurrió algo que me hizo sentir la urgencia de escribir esta columna. Una amiga me contó de una situación de violencia machista que vivió. Me dijo que se sentía incoherente por identificarse como feminista y no haber terminado esa situación en cuanto comenzó. Es para ella y por ella, y para todas las demás que me han expresado sentimientos parecidos, y para mí misma que escribo estas palabras. Si hay quienes las usarán para rebatir mis posiciones y cuestionar mi lucha, me importan mucho menos que yo misma y todas las personas que necesitan que estas palabras se hagan públicas.

Como los regalos del Niño Dios, hace ya tantos años, quiero que la evidencia salga regada de ese clóset. No quiero acatar ninguna máxima que impida la revelación de una verdad liberadora. Entendámoslo de una vez y para siempre: el Niño Dios no existe y la feminista perfectamente coherente y plenamente empoderada tampoco. Esa exigencia de coherencia y pleno empoderamiento que nos exige este universo patriarcal que se resiste a cambiar (y que nosotras, sin darnos cuenta hemos interiorizado) no es más que la reproducción de un sistema machista que nos quiere aspirando a la perfección para tenernos inseguras y calladas.

Entonces sí, soy una mujer orgullosamente feminista, creo y practico mi liberación sexual y aprovecho el privilegio de haber tenido una vida (y, sobre todo, una mamá) que me ayudaron a forjar una personalidad fuerte y frentera para hablar abiertamente de mi feminismo y de mi liberación. Pero, ¿saben qué más soy? Soy profundamente incoherente y no siempre soy la SinturaConEse del blog y de las redes sociales que dice lo que piensa y no se la deja montar de nadie.

Hasta hace como diez días tenía planeado escribir acá sobre todas las cosas que las mujeres debemos dejar de pedir o proponernos para el año nuevo. Pensaba componer toda una diatriba contra el propósito de ser más flacas, de conseguir un príncipe azul y de conseguir alguna cosa que le envidiamos a alguna amiga. Pero, obvio, esa publicación la necesito yo más que cualquiera de mis lectoras y eso no siempre queda claro cuando uno escribe un texto de estos. Por supuesto que mientras me como los buñuelos, el tamal y la arepa que me encantan pienso que “esto lo bajo en enero como sea”. Porque uno no puede haber crecido en un mundo que solo valora la delgadez, no pueden haberle insistido durante vida y media que haga dieta, y no llevar toda esa carga consigo. Y aunque no estoy para nada insatisfecha con mi actual libertad romántica y sexual, es inevitable que esa mujer que aprendió que el mayor logro de una mujer es encontrar una pareja se asome todos los domingos por la tarde cuando el logo de Netflix solo me inspira un aburrimiento digno de un poeta maldito.  Y tendría que ser la mismísima Mujer Maravilla para poder contrarrestar 22 años de crecer y educarme en un mundo que me enseña a envidiar y criticar a mis congéneres con 5 años de darme cuenta que lo que necesito son hermanas de lucha.

¿Saben qué otra cosa soy? Una boba con los hombres que amo y he amado. Claro, a los de mi familia les he dicho muchas verdades a la cara y les he amargado más de un almuerzo intentando explicarles qué es eso del privilegio que ostentan por haber nacido hombres. Pero la mayoría de veces asumo roles tradicionalmente femeninos no por elección propia sino para no causar problemas y tener que pelear con ellos o dejarle todo el trabajo a mi mamá. Y la relación amorosa en la que más he dado de mí misma fue en la que menos recibí. Durante meses me sentí menospreciada, poco valorada y poco respetada. Me dediqué a apoyar a ese novio en todos sus proyectos y sueños, incluso a costa de mis propios proyectos y sueños, sin recibir una reciprocidad real. Sentí en muchas ocasiones, con su familia y sus amigos, que le avergonzaba mi forma de ser y la manera en que expresaba abiertamente mis pensamientos y posiciones frente a la vida. Me traicionó y lo perdoné (y excepto por un par de amigas muy cercanas, esta es la primera vez que la mayoría de personas en mi vida se entera de esto. Porque un sentimiento de culpa internalizado, este también producto de mi socialización como mujer, me hace sentir avergonzada al respecto). Estuve ahí en momentos de crisis emocional y fui muy receptiva a sus sentimientos siempre, aunque la mayoría de las veces no ocurriera lo mismo cuando yo lo necesitaba. Y, enamorada hasta los huesos y engañada por una idea del amor romántico como renuncia del amor propio, no fui yo quien terminó esa relación. Y aún hoy, que tengo clarísimo lo profundamente machista que es que los hombres suelan no darle importancia a lo sentimientos de sus parejas porque siempre tienen algo más importante (el trabajo, los amigos, su propios problemas) o incluso porque piensen que todo lo nuestro es sensiblería o regludez, me lo encuentro en reuniones o fiestas y vuelvo a ser su amiga y consejera aunque, cuando de amistad se trata, el man me deja esperando una respuesta a mis mensajes durante meses, porque el trabajo, los viajes, los amigos, los problemas.

Y si sigo dando ejemplos de lo mismo, mejor escribo un tratado. El punto es que soy fieramente feminista porque, aunque a veces se nos olvide incluso a nosotras mismas, el feminismo no es otra cosa que defender nuestra posibilidad de ser totalmente incoherentes y profundamente imperfectas. Ya lo dijo Emma Watson: el feminismo no es un garrote con el que castigar a otras mujeres. Yo quisiera añadir que el feminismo no es un garrote para castigarnos a nosotras mismas. Porque el empoderamiento es simplemente la facultad de decidir por nuestra cuenta cómo enfrentarnos al mundo. Así es que, larga vida a las feministas incoherentes e imperfectas, como ustedes y como yo.

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