Estereotipos de belleza: cuando los adjetivos sobran

Imagen: Debi Hasky (www.debihasky.com/shop)

Hace algunos días, el Palacio de Kesington anunció el  compromiso del príncipe Enrique y  la actriz y activista Meghan Markle. Ante el anuncio, varios medios de comunicación se dedicaron  a criticar  a Markle. Criticaban su aspecto  físico, su edad y su pasado. Sí, la criticaron abiertamente por su color de piel, por ser mayor que su pareja  y por estar divorciada.

¿Nos parece normal que, generalmente, el hombre sea mayor que la mujer, pero no podemos concebir que la mujer sea mayor que el hombre? ¿Me están queriendo decir que las “chiquidelicias”, “un poco de colágeno de vez en cuando” o el famoso “un pollito al año no hace daño” están bien vistos y son aceptados para hacer chistes pero no para ser realidad? ¿Más allá del estereotipo y el prejuicio, existe alguna razón válida para esto?

Se cree que  el sexo masculino es el sexo fuerte y que el hombre debe ser el proveedor, debe tener más experiencia y estar más preparado para afrontar cualquier problema y defender a su pareja pues ella, por supuesto, pertenece al sexo débil.  Afortunadamente, como señalé, lo anterior es solo un estereotipo y hoy en día tenemos varios ejemplos que nos muestran que esto se aleja de la realidad. Aclaro que no es que esté afirmando que los estereotipos son insignificantes, creo que es un tema bastante delicado y peligroso pero que al ser ideas comúnmente aceptadas por la sociedad es posible cambiarlas con un gran proceso de pensamiento crítico y concientización.  

Es absurdo que en pleno siglo XXI sigamos dedicados a juzgar la vida de los otros pero, sobre todo, la vida de las mujeres. Porque, no nos digamos mentiras, en estos casos las críticas les llueven a ellas y ellos terminan siendo unos verracos por haberse “levantado a la cuchibarbie”.

A Meghan Markle no solo le cayeron encima por su edad, sino por su apariencia. No importó que Markle se haya graduado  de teatro y estudios internacionales de la Universidad de Northwestern – una de las mejores universidades de Estados Unidos – y que sea mundialmente reconocida por ser una de las actrices principales de una de las series más populares de la actualidad: Suits. Tampoco se reconoció su trabajo como embajadora del programa World Vision en Canadá, consejera de One Young World, activista en contra de la desigualdad de género y fundadora de The TIG, un espacio en el que buscaba inspirar la vida de otras mujeres. Y sí esto les parece poco, desde que era una niña ha luchado contra los estereotipos y ha demostrado que las transformaciones son posibles. Cuando Meghan tenía 11 años, la multinacional Procter & Gamble sacó un comercial de jabón en el que afirmaban que “las mujeres luchaban contra la grasa”, dando pie a ese cuentico de que la mujer pertenece a la cocina. Ella estuvo en desacuerdo con que los niños crecieran pensando que sus mamás lo tenían que hacer todo y, animada por su papá, le escribió cartas a tres mujeres influyentes: Hillary Clinton, primera dama en ese entonces, Gloria Allred, abogada de derechos de las mujeres y Linda Ellerbe, presentadora del canal infantil Nickelodeon. Para sorpresa de todos, Meghan recibió respuesta a las tres cartas que había enviado y P&G modificó su comercial al cambiar la palabra “mujeres” por “personas”.

Por consiguiente, me cuesta aceptar que los medios solo pudiesen fijarse en su color de piel con un tinte bastante racista o calificarla en todos los titulares como “la bella” o “la atractiva”. Pero el caso de Meghan Markle no es único. Esta mirada superficial, la fiscalización y la crítica destructiva la padecen casi todas las mujeres que son figuras públicas, sin importar en qué campo se desempeñen. Los medios se han encargado de enviar un mensaje claro y permanente que objetiviza a la mujer y desconoce o minimiza sus logros. De hecho, para la mayoría de medios el príncipe Enrique llegó a “rescatar”, como en los cuentos de hadas, a la mujer linda y birracial – como para darle modernidad a la historia de Cenicienta –, desconociendo así toda su trayectoria y alcances.    

Y tristemente, este comportamiento se reproduce en cada uno de nosotros. Consumimos irreflexivamente este tipo de información, producto de la cultura machista en la que crecimos y a la que nos acostumbramos. Y ese sistema, que se nutre de cosas aparentemente pequeñas, como la forma en que se describe a una mujer en medios de comunicación, da origen a una cultura en la que se cree que la mujer siempre debe encargarse del hogar mientras el hombre trabaja, o que la mujer siempre debe retirarse por completo de su vida profesional y dedicarse al cuidado de sus hijos, o que la mujer no puede disfrutar de su vida sexual al igual que un hombre, o que la mujer gana menos en el ámbito laboral así haga el mismo trabajo de un hombre o que los hombres pueden abusar, tanto verbal como físicamente, de una mujer sin repercusiones. Así que la tarea que tenemos en este aspecto es generar conciencia con el ejemplo – y no con el silencio – que ni el plano laboral ni el plano doméstico corresponden a un género determinado.

Por eso lo que nos queda es reflexionar y transformar nuestros propios comportamientos, en los que con frecuencia minimizamos a la mujer y su influencia, la reducimos a roles limitados en la sociedad, objetivizamos su cuerpo y nos dedicamos a fiscalizar su aspecto y su comportamiento. Sí, nosotros también las hemos objetivizado, ya que nuestra sociedad machista permanentemente nos regala recordatorios de que debemos hacerlo. Desaprender comportamientos que nos han acompañado desde pequeños no es fácil pero tampoco es imposible, por eso vale la pena cuestionarnos ¿qué es lo que nos impulsa a juzgar y tratar de controlar a las mujeres, como si fueran propiedad de todos?

Nos han hecho creer que tenemos el derecho de rajar del aspecto físico de la que queremos, no solo de la que sale en televisión, en Netflix, en revistas o en periódicos, sino de todas las mujeres que nos rodean. Admiramos, después de haber analizado qué parte se habrá operado y cuánta plata se habrá gastado en tratamientos de belleza, a esas que tienen los cuerpos que la sociedad de consumo nos ha dicho que son los ideales y le damos palo, a más no poder, a esas que no cumplen con dichos estándares, que les gusta mucho la comida – pero de verdad, o sea, esas que comen como yo -, que no les gusta hacer deporte o que tienen una constitución gruesa.

A las mujeres nos han hecho creer que los gorditos, la celulitis, las estrías, las arrugas, las canas, los vellos, los granos, la altura, un determinado color de piel, etc., son antónimo de belleza y que la sociedad no los acepta en nosotras, a diferencia de lo que pasa con los hombres a quiénes sí se les permite y hasta se les celebran estas características. Pero olvidamos que éstos hacen parte del cuerpo y, tarde o temprano, todos estaremos ahí, con alguno de los anteriores recordando que lo realmente importante es lo que llevamos dentro. Durante esta aventura llamada vida lo que nos va a permitir consolidarnos como personas son nuestras experiencias, el crecimiento que hayamos tenido como seres humanos, nuestra relación con el entorno pero, sobre todo, nuestra relación con nosotros mismos y no el 90-60-90, el bronceado perfecto, la nalga y la teta parada, la cara tiesa por el botox o el pelo pintado. Entonces olvidémonos de esta imposición de estándares de belleza por los que nos medimos y nos miden los demás y disfrutemos la vida sin dietas cansonas, cirugías dolorosas, tratamientos carísimos o cremas “milagrosas”. Disfrutemos la vida como lo que somos: seres humanos imperfectos.

Así que esta es una invitación para que, como en la genética, entendamos que todos tenemos fenotipos distintos y que ser diferente es lo normal, así la sociedad se empeñe en decirnos lo contrario. Que no tenemos la necesidad de andar usando adjetivos (lindo, feo, gordo, flaco, etc.) para definir la apariencia física y mucho menos andar hablando del físico de las otras personas porque no nos pertenece y porque deberíamos empezar a preocuparnos por ser más respetuosos con nosotros mismos y con los demás. No podemos seguir permitiendo que las características físicas de una persona sean utilizadas en su contra porque, sin darnos cuenta, esa es otra forma de discriminación. También se trata de una forma de abuso a la cual las mujeres estamos acostumbradas, pero frente a la que no alzamos la voz porque seguimos creyendo en esos ridículos estereotipos de belleza que se reproducen por todas partes y que nos hacen olvidar la importancia del amor propio.

Como en el caso de las críticas a Meghan Markle, no podemos seguir permitiendo este sin número de estándares inalcanzables que nos hacen sentir inadecuadas, poco aceptadas, poco dignas y desprovistas del poder que sabemos que tenemos. Mujeres: querámonos, ayudémonos, admirémonos, celebremos nuestra existencia y no dejemos de levantar nuestra voz cada vez que veamos desigualdades, abusos, acosos o violencia a nuestro alrededor.

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