Columnas
Comment 1

Tenemos un problema punitivo

“Hacemos un llamado a los movimientos de justicia social para que desarrollen estrategias y análisis que aborden tanto la violencia estatal como la interpersonal, particularmente la violencia contra las mujeres. Actualmente, los activistas / movimientos que abordan la violencia estatal (como los grupos de brutalidad contra la prisión y contra la policía) a menudo trabajan aislados de los activistas / movimientos que abordan la violencia doméstica y sexual “. Critical Resistance e INCITE, 2001

Una de las más marcadas diferencias entre las corrientes más mainstreams del feminismo y otros movimientos de justicia social es nuestra instrumentalización del sistema carcelario como herramienta de cambio social.

A pesar de que el feminismo carcelario ha existido en todas las olas del feminismo, ha sido especialmente visible en los últimos años, con el surgimiento de fenómenos sociales que giran en torno al género y a las mujeres y que nos han hecho tener conversaciones muy importantes sobre la violencia de género, nuestros derechos y nuestra posición social. Les dejo dos ejemplos:

  1. #MeToo nos permitió tener, tal vez por primera vez, una conversación global (si bien no siempre exitosa) sobre la universalidad y sistematicidad de la violencia sexual contra las mujeres.
  2. Varios países, especialmente en occidente han visto el surgimiento de movimientos revisionista en torno a las leyes que penalizan el abuso, acoso y violencia sexual y de las leyes de violencia contra la mujer. Varios países de América Latina tipificaron el delito de feminicidio (el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer). En España, por ejemplo cientos de miles de personas paralizaron las ciudades principales después de la sentencia exculpando a “la Manada”, bajo el eslogan “No es abuso, es violación”. En Estados Unidos activistas por los derechos de las víctimas han logrado cambiar el límite de prescripción para los delitos sexuales, y volverlo un delito federal. En Colombia, la ley 1258 de 2008 reglamentó la prevención y sanción de la violencia de género, marcando un punto de quiebre en la protección a las mujeres contra la violencia machista (si bien los resultados siguen estando solo en el papel).

Y estos fenómenos tienen un punto en común: en el fervor de las masas que los están propulsando hay un impulso punitivo. Es como si, ya que por fin nos escuchan, por fin estamos hablando abierta y sincera y dolorosamente de la violencia y sevicia a la que la sociedad patriarcal nos somete, sintiéramos que la única forma de remediar estos males es someter a nuestros opresores a las más fuertes penas y sufrimientos.

Algo similar sucede con la nueva tendencia de “True Crime” (como los americanos llaman a las historias de delitos) y que es ahora un fenómeno mundial cuya audiencia es marcadamente femenina. Documentales, series, libros, podcast y canales enteros están dedicados a explorar la historia de asesinos en serie, de desapariciones, asesinatos, y casos sin resolver. Y casi sin excepción, los autores de estas historias nos llevan a un punto común: la necesidad de castigo y de venganza, de “dejar a estos criminales pudrirse en una prisión”. 

Y en este afán de justicia, olvidamos que el sistema carcelario es en sí mismo un sistema de opresión, de violencia y de injusticia, y olvidamos la tortura que representan las penas privativas de la libertad. El feminismo, como movimiento que lucha contra la opresión, tiene que preguntarse seriamente sobre el apoyo y legitimación a este sistema.

En términos del colectivo de mujeres de color en contra de la violencia  INCITE! El feminismo carcelario es el término utilizado para describir la dependencia en el aumento de la vigilancia, enjuiciamiento y encarcelamiento como la principal solución para la violencia de género. En general, el feminismo carcelario ve las soluciones a la violencia de género desde un lente de clase media y de raza blanca, ignorando así las maneras en las que la intersección de identidades como la raza, la clase social, identidad de género o estatus migratorio, dejan a muchas mujeres en una posición de mayor vulnerabilidad frente a la violencia, incluida la violencia de género.”  

La lectura de esta columna les va parecer muy poco satisfactoria pues no tengo una alternativa propicia para proponerles. Y porque de todas formas, ninguna alternativa ofrece el placer inmediato que brinda la idea de venganza. Pero me parece importante escribirla porque como sociedad perdimos completamente noción de lo que implica la carcel, y normalizamos su utilización. Y es necesario que nos lo cuestionemos.

La cárcel es un error histórico:

La idea común de que las cárceles siempre han existido es falsa. O, al menos, es falso afirmar que siempre han existido en la forma en que existen hoy. En realidad las cárceles son un azar histórico. 

Hasta el siglo XV, la cárcel no era considerada un castigo en sí misma, sino apenas como un lugar para reunir (y exhibir) a los acusados de un delito mientras esperaban a ser juzgados. Antes del Siglo XV, los tipos de castigos se clasificaban dentro de cuatro categorías: multas, vergüenza pública, castigos físicos o, para los crímenes considerados como más graves, la pena de muerte. La privación de la libertad no estaba contemplada como castigo, excepto en algunos contados casos de prisioneros políticos, y el aislamiento de la sociedad tomaba forma de exilio y no de confinamiento.

Como tantas cosas, las cárceles empezaron a surgir como una alternativa interesante para la criminalidad gracias al capitalismo. Y esto se explica en cuanto el surgimiento del capitalismo trajo consigo una percepción del crimen mucho más marcada. Como lo explica Jack Lynch, “El desarrollo del capitalismo temprano y el comienzo de la revolución industrial transformó la economía y todo esto hizo lo delitos más prevalente, o al menos más obvios en la esfera pública. El temor a la criminalidad generalizada provocó un frenesí de persecución contra el crimen, y cada vez más delitos fueron designados delitos capitales”. Es entonces que las penas privativas de la libertad empezaron a considerarse como una solución adecuada y eficiente. 

La privación de la libertad es un castigo excesivamente alto:

Estamos tan desensibilizados al flagelo que implica la carcel que no somos capaces de darnos cuenta lo desproporcionado que es como castigo a la mayoría de crímenes. 

Una pena de prisión implica la privación de las libertades fundamentales de la persona detenida. No implica solamente privarlo de la libertad de movimiento, sino aislarlo completamente de la sociedad, de la familia, de su desarrollo humano. Es obligarlo a detener todos lo elementos de su vida social, económica, familiar, sentimental y privada y forzarlo a seguir viviendo. Es confinar a un ser humano a un espacio delimitado. Y, en el sistema carcelario colombiano, implica además un limitado acceso a la justicia, a la salud, a la educación, a las condiciones mínimas de higiene, a una vida digna digna.

Cuando nos indignamos de las condiciones de privación de libertad de los criminales de cuello blanco, que nos parecen mucho mejores que las de los detenidos promedio, estamos ignorando que la privación de la libertad es, en sí y sin importar otras condiciones, una pena altísima.

Pero además, recurrir a la prisión como pena para todos los delitos siempre me ha parecido una muestra de debilidad de las instituciones sociales; una admisión de derrota. No puede ser que la solución sea aislar sistemáticamente a la persona de la sociedad. Especialmente sabiendo que meter a las personas a la cárcel no ayuda a remediar las causas estructurales de la violencia ni tiene efectos reales de disuasión, especialmente para delitos como la violación o la pedofilia.

Justicia y prisión son una falsa equivalencia:

Es simplemente falso que una sentencia penal más larga equivalga a mayor justicia, a pesar de que sea un impulso instintivo exigir que a mayor gravedad del delito la pena sea más alta. 

Es además un contrasentido, pues el sistema penal actual está construido bajo la premisa de que las penas tienen el fin de reeducar y reinsertar a la persona que cometió el delito a la sociedad. La venganza NO es un fin de la pena, así como no lo es tampoco la reparación de las víctimas o de sus seres queridos.

Y este hecho no es meramente anecdótico. El hecho de que las penas no estén concebidas como una forma de venganza es la materialización del principio de que el Estado no tiene un poder absoluto sobre sus ciudadanos y significa también que nuestra concepción de justicia no es retributiva (ojo por ojo, diente por diente). Entonces, no es lógico que la dureza de la pena dependa de la gravedad del crimen.

Pero además, el sistema penitenciario es tan violento y opresivo, que es intolerable pensar que someter a una persona a una pena de prisión equivale a hacer justicia. La activista Beth Richie del Colectivo INCITE! Argumenta que “El encarcelamiento reemplaza el abuso por parte de un individuo por el abuso por parte de las fuerzas del orden, las cortes y las cárceles, sin hacer nada para atender a las causas estructurales de la violencia contra las mujeres”. 

Igualmente, es necesario que reconozcamos que el sistema carcelario es racista, y clasista. Los castigos más severos y las sentencias más largas siempre han sido más duras y devastadoras para las personas y las comunidades de color y las clases más bajas. En Estados Unidos, por ejemplo, las sentencias de los hombres negros son en promedio 20% más largas que las penas impuestas a hombres blancos por el mismo delito,

En últimas, tal vez el argumento más importante en contra del feminismo carcelario es que no hace nada para solucionar los problemas estructurales que causan la violencia de género y a cambio genera una violencia estatal que afecta desproporcionadamente a las poblaciones más vulnerables. Queremos que la violencia contra la mujer sea reconocida justamente, pero el precio de esto no puede ser la opresión y la violencia de otro grupo de personas. ¿Qué hacemos entonces con nuestros agresores? Honestamente, no lo sé. Una solución mucho más digna y útil sería implicarlos a la solución del problema, en vez de aislarlos completamente de la sociedad.

¿Qué opinan ustedes?

 

 

 

This entry was posted in: Columnas

por

María Paula Toro, alias Pio. Creció en una familia en la que sus tías creen que es perezosa por sugerir que los hombres pueden recoger los platos de vez en cuando y sus tíos creen que es radical por decir que tocar un plato una que otra vez no hace que se les caiga el pene. Su papá tiene el carácter de hacer cosas en la casa aún cuando nadie se lo pide, y su mamá siempre agradece esa "ayuda". 14 años en un colegio del Opus Dei le enseñaron el arte de la "administración del hogar" y el pudor que debe tener ante su propio cuerpo pecaminoso. Dos décadas de ser mujer le enseñaron sobre la culpa: la culpa de comer un postre que la hace feliz, la culpa de responder mal a alguien que la trata mal, la culpa de sentir placer cuando, como y con quien quiere. 25 años de pensamiento crítico la convirtieron en feminista, pacifista, anti-racista, anti-capacitista, anti-clasista, animalista, humanista y activista (y del lobby gay, por si acaso). Si vinieron en busca de alguien que les diga las cosas con dulzura y en buen tono, vinieron al lugar equivocado, porque frente a la igualdad entre seres humanos ningún compromiso vale.

1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .