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Las esposas del Estado Islamico: las mujeres y la guerra

Imagen: https://www.abc.net.au/radionational/programs/saturdayextra/isis-wives-in-camps/10837128

“(…) Transcurrieron por lo menos unos treinta años hasta que empezaron a rendirnos honores…A invitarnos a dar ponencias…Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novios habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos. De un modo muy diferente…Nos arrebataron la Victoria, ¿Sabes? Discretamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina. No compartieron la Victoria con nosotras.” – “La guerra no tiene rostro de mujer”, Svetlana Alexiévich

El pasado lunes 11 de marzo, las Fuerzas Democráticas Sirias, apoyadas por la coalición de Estados Unidos, iniciaron el asalto final en el último bastión del Estado Islámico (EI) en Siria: la ciudad de Baghouz. Miles de civiles y combatientes han escapado la ciudad y se han entregado a los kurdos en lo que se considera la última batalla para derrotar al Estado Islámico. Ante lo que parece ser una inminente victoria, varios países occidentales han tenido que enfrentar una complicada pregunta: ¿Qué hacer con los combatientes extranjeros que fueron a Siria para unirse al Estado Islámico?

Entre el 2011 y hoy miles de personas provenientes de países europeos, asiáticos, americanos y del norte de África viajaron a Siria y a Irak para unirse al Estado Islámico y formar parte del califato. Aunque las cifras son difíciles de calcular, se estima que entre 25000 y 40000 extranjeros se unieron al EI y otros grupos terroristas islámicos desde el inicio de la guerra contra en Irak en el 2003. Para ver el estimado total de yijadistas extranjeros, las invito a que vean el mapa interactivo disponible aquí. Hoy, la suerte de aproximadamente 5000 de estos extranjeros está siendo decidida por sus países de origen. ¿Qué hacer con ellos? ¿Repatriarlos? ¿entregarlos a las autoridades kurdas, sirias o iraquíes? ¿volverlos apátridas?  

Hasta ahora las respuestas han sido bastante diferentes. Estados Unidos, por ejemplo, repatrió  casi todos los combatientes americanos que se unieron al grupo terrorista islámico, con el fin de juzgarlos en el suelo americano. Otros países como Rusia repatriaron a un gran número de menores, sin dar indicaciones todavía de lo que planean hacer con los combatientes. Algunos países europeos han expresado la voluntad de repatriar mujeres y niños, pero abandonar los hombres a su suerte o dejar que sean juzgados en Iraq, donde el castigo por haber combatido con el EI es la muerte.

Para mí, sin embargo, lo más interesante dentro de la respuesta dada por los estados es la marcada diferencia en el trato que le dan a las mujeres combatientes. Sin importar la respuesta considerada u ofrecida, todos los países han implementado estándares diferentes para las mujeres combatientes que para los hombres.

A pesar de incitar los estados europeos a repatriar los combatientes yijadistas, por miedo a que el vacío de poder en Siria les permita escapar y reagruparse, los Estados Unidos no ha repatriado a las mujeres americanas que se unieron al Estado Islámico, ni a sus hijos. Este país, así como el Reino Unido, incluso revocó la ciudadanía de algunas de estas mujeres para impedir su repatriación y cualquier ayuda consular.

Por su parte, en Francia, el gobierno parece estar agonizando sobre la decisión de qué hacer con los combatientes. Hace algunas semanas se anunció por la radio que 130 personas (hombres, mujeres y niños) serían repatriados para que los adultos fueran juzgados por actos terroristas por el sistema judicial francés y los niños fueran acogidos por la protección a la infancia. Sin embargo, después se dijo que solo las mujeres y los niños serían repatriados. Los detractores de la propuesta argumentaban que la repatriación de los hombres combatientes, que en Francia pueden ser condenados a una condena máxima de 20 años de prisión, se volvería un problema de seguridad pública a futuro.

Los medios occidentales también han participado en la diferenciación de las combatientes extranjeras de sus homólogos hombres. Innombrables artículos, podcasts y emisiones han sido dedicadas a aquellas que se conocen como las “esposas del EI”, en las que se resalta la cantidad de hijos que tuvieron durante el califato, la suerte de sus esposos muertos en combate y su remordimiento (o la falta de él) de haber dejado sus vidas en su país de origen (vean por ejemplo este artículo).

El trato mediático, político y legal de estas mujeres que se fueron de sus países de origen para participar en el yijad es una representación clara de los prejuicios y estereotipos de género de nuestra sociedad. Las mujeres al ser consideradas menos peligrosas, más vulnerables, más fácilmente vistas como víctimas, pueden según el caso, ser repatriadas, porque no representan un peligro para la humanidad, o ser abandonadas a su suerte en Siria, porque no necesitan ser controladas por el poder judicial.

¿Por qué el trato diferente? Algunos dicen que las esposas del Estado Islámico no tuvieron un rol activo en las batallas, que su trabajo se reducía a tener hijos y cuidar el hogar. Otros dicen que las mujeres que fueron a combatir en Siria y en Iraq son en realidad víctimas; que fueron manipuladas por hombres que les lavaron el cerebro para convencerlas de unirse al EI. Otros dicen que las mujeres combatientes no representan un peligro igual a sus homólogos hombres.

Detrás de estos argumentos hay en juego unos prejuicios de género muy arraigados. La mujer como víctima, la mujer como débil y vulnerable, la mujer como dulce y pacífica, como obediente y sobre todo la mujer como objeto pasivo. El hombre, en cambio, es visto como violento, como victimario, como fuerte y decidido y como sujeto activo.

Para decirlo plana y llanamente, las mujeres han tomado parte activa de todas las guerras en la historia reciente, ya sea como combatientes, resistentes, guerrilleras, y hasta espías, y sin embargo hemos borrado su participación de la historia y de los libros porque reconocerlo contradice los roles de género de los que depende la sociedad patriarcal. Muchas se vieron forzadas a participar, claro, pero muchísimas también tomaron la decisión de hacerlo por voluntad propia.

La lógica detrás de invisibilizar o negar la participación de las mujeres en los conflictos armados es la misma lógica detrás de la frase, “mujeres y niños primero”. Aunque la frase ha sido por tanto tiempo sinónimo de caballerosidad y honra, es en realidad profundamente machista e infantilizante para las mujeres. Escucho frecuentemente la crítica de que las feministas nos victimizamos todo el tiempo, pero quienes lo dicen no han entendido que el patriarcado no nos permite adoptar otro papel que el de víctima. En nuestro rol establecido de víctimas solo podemos ser sujetos pasivos de la historia, y no sujetos activos.

Svetlana Alexiévich, la cronista premio nobel de literatura, recogió los testimonios de cientos de mujeres rusas que participaron en la segunda guerra mundial. Una de las mujeres entrevistadas afirmó que “Los alemanes no cogían prisioneras a las mujeres militares…Las fusilaban. O las paseaban ante sus tropas, mostrándoles: ‘No son mujeres, son unos monstruos’.” La frase es muy diciente: Nos son mujeres, son unos monstruos. Violaron el paradigma central de su existencia, la feminidad, al tomar las armas y participar en una guerra, y por lo tanto nuestra única opción es deshumanizarlas.

El problema no es solo que los prejuicios de género contribuyan a borrar el papel de las mujeres en la guerra. En últimas se podría argumentar que es mejor para las mujeres que cometieron atrocidades que sus delitos no sean recordados, o que es un gran privilegio para las mujeres no tener que prestar servicio militar obligatorio ni ser reclutadas en el ejército durante los conflictos armados. El problema es que la dinámica que nos impide reconocer a las mujeres en su rol de combatientes es la misma que nos encierra dentro de roles predeterminados en la sociedad: Las mujeres somos maternales, y entonces no podemos ser asesinas. Las mujeres somos delicadas, entonces no podemos causar daño, y así entonces, las mujeres somos emocionales entonces no podemos ser científicas, las mujeres somos delicadas entonces no podemos ocupar cargos políticos, las mujeres somos X y entonces no podemos ser Y.

Y mientras nos sea tan difícil entender que el ser mujer no es algo predeterminado, fijo, estable, nos es simplemente imposible reconocer a las mujeres como humanos en igualdad de condiciones que los hombres. Si no se reconoce que también podemos ser malas, manipuladoras, victimarias, detestables, solo se está reconociendo parcialmente nuestra humanidad.

Las consecuencias de esta deshumanización son desproporcionadamente negativas para nosotras, las mujeres. Pero los hombres, y la sociedad en general también paga un precio. En el caso de las esposas del EI, por ejemplo, la incapacidad de reconocerlas como victimarias y como peligrosas puede poner en riesgo la seguridad de los Estados a futuro, e impedir que se construyan programas efectivos para prevenir la radicalización.

No se cual es la respuesta adecuada para el problema de los combatientes extranjeros. Me parece irresponsable que los estados traten a sus nacionales integrantes del EI de forma desproporcionadamente diferente a como tratan a otros nacionales que han cometido delitos. Me parece irresponsable, por ejemplo, que Francia no abogue por que sus ciudadanos yijadistas no sean condenados a la pena de muerte como lo hace en todos los otros casos de franceses que enfrentan esta pena. Me parece irresponsable que los Estados Unidos y el Reino Unido le quiten la ciudadanía a personas nacidas en su territorio sin ningún precedente legal porque se unieron a este grupo terrorista. Pero me parece aún más irresponsable que los estados tomen decisiones de política pública y carcelaria con base a estereotipos de género que los vuelven ciegos a la realidad de las mujeres en la guerra.

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María Paula Toro, alias Pio. Creció en una familia en la que sus tías creen que es perezosa por sugerir que los hombres pueden recoger los platos de vez en cuando y sus tíos creen que es radical por decir que tocar un plato una que otra vez no hace que se les caiga el pene. Su papá tiene el carácter de hacer cosas en la casa aún cuando nadie se lo pide, y su mamá siempre agradece esa "ayuda". 14 años en un colegio del Opus Dei le enseñaron el arte de la "administración del hogar" y el pudor que debe tener ante su propio cuerpo pecaminoso. Dos décadas de ser mujer le enseñaron sobre la culpa: la culpa de comer un postre que la hace feliz, la culpa de responder mal a alguien que la trata mal, la culpa de sentir placer cuando, como y con quien quiere. 25 años de pensamiento crítico la convirtieron en feminista, pacifista, anti-racista, anti-capacitista, anti-clasista, animalista, humanista y activista (y del lobby gay, por si acaso). Si vinieron en busca de alguien que les diga las cosas con dulzura y en buen tono, vinieron al lugar equivocado, porque frente a la igualdad entre seres humanos ningún compromiso vale.

3 Comments

  1. Carlos says

    Como agentes que participaron en la fundación, conformación y mantenimiento del EI, las mujeres no se pueden calificar como elementos de bajo riesgo.
    Ellas al igual que sus parejas deben tener el mismo trato e igual nivel de riesgo.
    En cuanto a las decisiones de parte de los gobiernos de expatriar a sus ciudadanos participes en el EI, es dificil opinar si es correcto o no, ya que estos individuos como parte de su vinculación a este grupo terrorista, juraron destruir la figura estatal de sus paises, su cultura y erradicar a todos los “infieles”, amenaza que no se borra con el simple hecho de la derrota del EI.

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  2. Diana Sierra says

    Súper de acuerdo con casi todo, las mujeres de hecho deberíamos prestar servicio militar.
    Cómo sería tu posición si no se evaluarán primero mujeres y niños? Sospecho que sería como es posible que no se proteja a la mujer…

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  3. Pingback: Por qué cualquier feminista debería tomarse un momento para reflexionar sobre el genocidio de Ruanda – SietePolas

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